Murió Tomás Borge, el «último» sandinista

Era el último sobreviviente de los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional, creado en el primer año de los convulsionados ‘60 por Carlos Fonseca y algunos viejos milicianos que habían luchado a la par de Augusto Sandino contra la ocupación norteamericana en Nicaragua, en los años ‘30, y la dictadura de Anastasio “Tacho” Somoza. Tomás Borge –que falleció el lunes en Managua, a los 81 años– era venerado en el sandinismo, pero temido y odiado por sus detractores.

 “Si uno hace la revolución para su pueblo, no puede evitar ser odiado por los enemigos del pueblo”, le dijo a Clarín en 2006, cuando el FSLN se preparaba para volver al poder tras las elecciones presidenciales de aquel noviembre. Borge era un orador fogoso, combativo y filoso en sus comentarios. Tenía la impunidad que le dieron los años y su pasado en la lucha contra el somocismo. Por eso no tenía empacho en declararse admirador del gobierno comunista de Corea del Norte, elevar a la categoría de “ídolo” a Fidel Castro y llegar a decir que amaba tanto al escritor argentino Julio Cortázar que hasta hubiera hecho el amor con él. Poeta y escritor, solía mostrar con orgullo la enorme biblioteca de sus oficinas del barrio Bello Horizonte en Managua, regada de fotos con todos los líderes del “eje del mal” (incluído un muy joven Muammar Kadafi), pero también con personajes tan diversos como el ex presidente argentino Raúl Alfonsín, el colombiano Gabriel García Márquez o el ex dictador panameño Manuel Antonio Noriega. En esas oficinas, contaba con orgullo, el autor de “Bestiario” había dormido más de una vez en sus viajes por Nicaragua. Nacido en el seno de una familia pobre el 13 de agosto de 1930 en Matagalpa, al norte de la capital, Borge abandonó la universidad antes de recibirse para sumarse a la lucha armada contra la dictadura. Su papel fue clave tanto en el derrocamiento de Anastasio Somoza Debayle, “Tachito”, en julio de 1979, como en el establecimiento del primer gobierno Sandinista. Borge era los ojos y los oídos de la revolución. Fue acusado de graves violaciones de los derechos humanos como poderoso ministro del Interior del primer gobierno sandinista. Desde un edificio que llevaba en su fachada la consigna de “Centinela de la felicidad del pueblo”, controlaba la policía, la agencia de migración, el servicio penitenciario e incluso los bomberos, y usaba sus poderes irrestrictos para perseguir a los enemigos, a la prensa, a la Iglesia Católica y a la empresa privada. “Fuimos insensatos, arrogantes, burócratas y una frustración”, se sinceró ante Clarín al recordar sus años como ministro entre 1979 y 1990. Junto con Daniel Ortega fue acusado, también, de haberse enriquecido con la llamada “Piñata Sandinista”, el reparto de bienes incautados por la revolución antes de la derrota electoral, en 1990, a manos de Violeta Chamorro. Tuvo seis hijos, tres de ellos con su segunda esposa, la peruana Marcela Pérez, quien lo había abandonado y a quien intentó reconquistar como embajador nicaragüense en Lima, su último cargo. por Pablo Biffi Fuente: 

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 Diario Clarín 2/5/2012

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