Murió Norberto Imbelloni, el hombre de los mitos peronistas y de «Titanes en el Ring»

Tenía 80 años. Ex sindicalista metalúrgico, ortodoxo y pesado, compinche de Herminio Iglesias, pasó por varios escenarios clave de la vieja política, desde la confitería La Real hasta el acto de cierre del PJ en el 83.

Norberto Imbelloni, al lado de Herminio Iglesias en el acto del 83 de la quema del cajón. En la confitería La Real de Avellaneda, en medio de un tiroteo que pasó a la historia. O en las horas finales y desbocadas del gobierno de Isabel Perón. O en el mítico acto de cierre de campaña del PJ en el 83. Norberto «Beto» Imbelloni, prototipo del peronista ortodoxo, rudo y orillero, estuvo en muchos de los escenarios clave de una política que ya no existe. Con fama de «pesado» y gritón, pero cariñoso y tierno con los suyos, Imbelloni murió el viernes, a los 80 años. Figura recurrente en la vieja guardia del peronismo, Imbelloni se inició en la política sindical en los 60 como delegado de SIAM, gigante de la industria metalmecánica por esos años. En los entreveros del gremio metalúrgico se hizo amigo de otro delegado, Herminio Iglesias. A fines de esa década, fue uno de los que primero repartió piñas en la confitería La Real de Avellaneda, como parte del grupo de Augusto Vandor, la noche de la trifulca que terminó con la muerte a balazos del ascendente dirigente Rosendo García, episodio que fue relatado por Rodolfo Walsh en su investigación ¿Quién mató a Rosendo?. También fue funcionario de Juan Domingo Perón e Isabel Perón en los agitados años previos al golpe de 1976. Siempre parado firme en la ortodoxia del partido, fue subdirector de Saneamiento y se encargó de aplicar la polémica Ley de Abastecimiento, con sus modales. Imbelloni se encargó de acrecentar su propia mitología hasta con Titanes en el Ring, el muy popular programa de lucha en los 70 y 80. En algún momento, hizo circular la versión de que había sido el hombre debajo del traje de El Caballero Rojo y la leyenda urbana se hizo persistente. El dato nunca fue confirmado, y de hecho fue desmentido varias veces por otros miembros de la troupe de Karadagián, como Rubén Peucelle. También, mucho más creíble, aseguraba que él mismo le entregó a Herminio Iglesias el encendedor con el que su compadre quemó el cajón con los colores de la UCR en el acto de cierre de la campaña justicialista en el 83. A pesar de la debacle electoral del peronismo en el retorno de la democracia, Imbelloni fue elegido diputado nacional. Fue desde el Congreso el primero en instalar la versión de una supuesta apropiación ilegal de Papel Prensa, relato que años más tarde haría propio la gestión kirchnerista como parte de su ofensiva contra Clarín. Pero con la democracia también se reactivó una vieja causa judicial en la que estaba señalado. En el 85, lo requirieron en Tribunales por el homicidio del custodio del sindicato plástico Raúl Cuervo, un guardaespaldas de Jorge Triacca, padre del hoy ministro de Trabajo. El crimen había ocurrido en las aguas bravas de 1973. «Presentate», le recomendó paternal el entonces presidente de Diputados, Juan Carlos Pugliese. Imbelloni tomó el consejo, pero también un avión a Paraguay, donde puso una pizzería-rotisería llamada Beto’s. Estuvo hasta el 90 en el país vecino. Finalmente volvió y enfrentó a la Justicia. Fue condenado y pasó sus días preso en Devoto, donde compartió una suerte de pabellón VIP con el ex técnico Héctor Veira, el ex administrador de Aduanas Juan Carlos Delconte y el ex juez Remigio González Moreno. Dos decretos de Menem le acortaron sucesivamente la condena. Y la ley del «2 x 1» hizo lo restante para que saliera en libertad, en 1995. Fuente: 

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Diario Clarín 22/12/2015

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