Murió Molina, el de las patas en la fuente

Juan Molina murió ayer a los 82 años. Es el hombre que ocupa el centro de la toma histórica en la Plaza de Mayo del 17 de octubre de 1945, día de la Lealtad Peronista.

 

A su izquierda, con un gesto calcado, aparece su hermano mayor que, como él, trabajaba en una fábrica de aguas gaseosas. Fue el historiador Fermín Chávez quien años más tarde descubriría a Molina, para entonces dirigente del gremio de la sanidad, en la foto de las “patas en la fuente”.
 

Fuente: 

Diario Clarín 11/7/2010

Informacion Adicional: 

JUAN MOLINA, 79 AÑOS; EL 17 DE OCTUBRE DE 1945 DEFENDIO A PERON Y REFRESCO SUS PIES EN UNA FUENTE – 17/10/2007

«Estuve en la Plaza aquel 17, sigo siendo peronista, pero hoy no sé a quién votar»Testigo privilegiado del nacimiento del peronismo, hoy es uno más entre los miles de indecisos.

Hace 62 años que Juan Molina vive atrapado en una foto. Tiene los pies en remojo y está sentado al borde de una fuente de la Plaza de Mayo, esperando que liberen a Juan Perón. Mira a un costado y se frota las rodillas, porque llegó agotado desde Palermo, hasta donde lo había acercado el tren. Tiene 17 años, la vida por delante y la historia enfrente, en ese balcón.

También se frota las rodillas ahora que es anciano y empieza a contar lo que pasó entre aquel recuerdo en blanco y negro y esta tarde soleada junto a las veredas floridas de Hurlingham. En diez minutos, el anotador de Clarín se puebla de anécdotas. Y de una revelación: Molina es uno de los indecisos para las elecciones presidenciales que se celebrarán en 11 días.

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«Soy peronista, pero no sé a quién votar. Busco a alguien que no guarde odios ni rencores, que tenga vocación de servicio y piense en un futuro de grandeza para el país. Alguien que se incline por el amor y la solidaridad. En fin… todavía no lo encontré», dice su voz cansada.

Su baúl de nostalgias guarda el momento en que conoció a Eva Perón. «Fue una emoción tremenda, insuperable. Me saludó, la besé en las mejillas, hablamos un poco. Luego la vi donar una casa y una máquina de coser a una mujer» que acababa de enviudar: «Cuidala, querida, no dejés que los yuyos te lleguen al techo. Mirá que una tarde paso a ver cómo la tenés y, de paso, tomamos un mate cocido», escuchó decir a la mujer delgada, que estaba por emprender el viaje hacia su propia leyenda.

Con brazalete de luto lo recibió Perón en la Casa Rosada, porque para entonces, 1953, Molina era dirigente del gremio de la Sanidad. Ninguno de los dos conocía entonces la historia de la foto.

La curiosidad del historiador Fermín Chávez, uno de los biógrafos de Perón, hizo que asomara la novedad:

-Che, Molina, fijate bien, ¿no sos vos el que está en esta foto?

-Uy, sí, y el de al lado es mi hermano mayor. Hasta tenemos el mismo gesto, miramos para el mismo lado.

Trabajaban juntos en una fábrica de aguas gaseosas el día en que decidieron sumarse a la multitud. Juan usaba botas ortopédicas, por una diferencia en el largo de sus piernas. En medio del camino, se las sacó. «Fue un gran error, porque los pies se me hincharon como dos empanadas». Al rato, el agua de la fuente le regalaba un alivio especial.

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Pudo saltar cuando la gente coreó: «La Patria sin Perón, es un barco, sin timón, sin timón». Y pudo emprender el regreso en el tranvía que iba de Chacarita a Campo de Mayo. Lo esperaba el reproche de sus padres:

-Se puede saber adónde estaban? Son las dos de la mañana…

Años después, Juan trabajó en una fábrica de curitas y cinta adhesiva y se hizo amigo inseparable de José Falón, el que más se entusiasma con los recuerdos del 17 de octubre de 1945.

El 20 de junio de 1973, cuando el regreso definitivo de Perón al país, corrió con sus pies imperfectos en Ezeiza, con ruido de disparos de fondo. También conoció a Isabel Perón: «Vino a entregar los diplomas de la escuela de enfermería, sin López Rega».

Prefiere no hablar de la dictadura: «No hay que acordarse de las cosas negativas». Pero sí de su paso por la estructura sindical liderada por Saúl Ubaldini, en el retorno democrático.

Hace justo un año, quería emprender otro viaje, a San Vicente, para ver la llegada de los restos de Perón: «Pero por suerte Martha, mi mujer, me frenó a tiempo». Se acaba esta historia y Juan se despide, porque tiene que poner sus pies en remojo.

por Pablo Calvo

 

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