Murió en la capital un terrorista italiano

El italiano Giovanni Ventura, acusado de haber participado en uno de los más resonantes atentados terroristas de Italia, la masacre de Piazza Fontana, cometida en la ciudad de Milán en 1969, murió el lunes pasado en Buenos Aires, según confirmó su hermana, Mariangela Ventura, en una entrevista con el diario veneciano Il Gazzettino .Fue por años dueño del restaurante Filo.

Ventura fue durante años el dueño del conocido restaurante Filo, ubicado en la calle San Martín al 900, en pleno centro porteño.

Versiones difundidas días atrás por sus amigos más íntimos sostenían que Ventura estaba sumamente grave, víctima de una artritis deformante que sufría desde hacía años.

“Ni siquiera ahora lo dejan tranquilo, sin embargo todos se habían olvidado de él. Lamentablemente es cierto: Giovanni se apagó tras la enfermedad que lo había minado físicamente, desde los 64 años, obligándolo a quedar en silla de ruedas”, dijo su hermana al periódico italiano.

“Mi hermano Giovanni Ventura -agregó- murió el lunes, en su amada Buenos Aires, donde será sepultado en el cementerio cristiano.”

Giovanni Ventura, cuando fue a juicio.

Sobre los trascendidos que hablaban sólo de sus graves condiciones, pero negaban su muerte, la mujer dijo que la confirmación del deceso, “para quien no lo creyera, viene del hospital donde estaba internado y donde pasó las últimas semanas sufriendo mucho”. No se conoció cuál era el centro médico donde estaba internado.

Ventura, que durante años administró Filo, uno de los restaurantes italianos más populares de Buenos Aires, es recordado en Italia como uno de los más notorios “terroristas negros” (neofascistas).

El atentado de Piazza Fontana fue cometido el 12 de diciembre de 1969, cuando una bomba estalló ante las oficinas centrales de la Banca Nazionale dell´Agricoltura, en Milán, y provocó la muerte de 17 personas, y heridas de diversa consideración a otras 88.

En 1972 se realizó el proceso por el cual se juzgó la participación de media docena de ultraderechistas en la masacre. Entre ellos se encontraba Ventura, un profesor de filosofía. Aunque fue encontrado culpable de 21 de los 22 atentados dinamiteros anteriores al atentado de Milán, fue absuelto del cargo de “matanza”, aunque las sospechas sobre su participación en el caso continuaron y la causa varias veces estuvo por ser reabierta.

Tras cumplir su condena, Ventura se radicó en Buenos Aires, donde abrió el restaurante Filo. Recientemente habría transferido el fondo de comercio a un ex colaborador. Según algunos trascendidos, Ventura pensaba dedicarse a la industria del maní en las provincias de San Luis y Córdoba, donde tenía contactos.

 

 GIOVANNI VENTURA, EL NEOFASCISTA AL QUE NADIE LE DABA VUELTA LA CARA – 8/8/2010
Murió el lunes en Buenos Aires. Fue autor de atentados y regenteó un famoso ristorante porteño.
Sobre la calle San Martín, cerca de la Plaza, el restaurant Filò fue durante años un antro singular . Recreaba veinte años después el aura bohemia del Bar Bárbaro y la Galería del Este y, a cambio de la estética hippie, ponía en escena un pop de teatralidad nocturna, afín a la histeria de los años ‘90. Recuperaba así un circuito de paseo y galerías que no llegaba a lo masivo y había quedado para los habitués; de hecho, el subsuelo tiene una galería de arte. Angosto y muy largo, la parte frontal, la única con vista a la calle, está ocupada por una barra de excelentes cócteles (algo raro hace 20 años salvo en unos pocos hoteles), de manera que el salón se prolonga siempre como de noche, iluminado con unas costosas Artemide, las lámparas de diseño que su regente, Giovanni Ventura, fallecido el lunes, había comprado en un viaje a Milán. Manteles de un naranja muy vivo y servilletas negras, mozas elegidas en un cásting: carnadas excitantes y vagamente mafiosas. Sobre la izquierda, por encima de un maniquí medio cachivache vestido de mucamita hot inclinado a 90 grados, un DJ siempre torturó a los comensales con música house y tecno a todo volumen. Conversar, imposible. Pero al fondo persiste el gran respaldo de la tradición mediterránea: el horno de pizza y su maestro.

Nadie le daba vuelta la cara a Giovanni Ventura , el terrorista que se atribuyó la participación en 21 de 22 atentados cometidos en Milán en 1969. Supongo que en los conocedores del magnífico anfitrión (artistas y gente ligada a las artes plásticas, la izquierda nucleada entorno de la librería Gandhi, políticos, entre ellos Jorge Telerman, progresistas de todo pelaje) siempre funcionó algo así como una “suspensión voluntaria de la ideología”. Creo que él ejercía una atracción superior, la que nos hace más débiles: el magnetismo propio de las máscaras , la curiosidad que despierta asistir al triunfo de una formidable impostura.

Giovanni era un maestro de ceremonias con los mejores zapatos de la ciudad y la dosis precisa de calidez, mundanidad y distancia, un ciudadano de la gran urbe, un plebeyo elegante y viril, aristocrático como todos los venecianos –aunque había nacido en Padua, su pueblo de adopción era Castelfranco, en Treviso, cerca de Venecia, donde murió su madre, a quien se le vio llorar.

Lo conocí a fines de los años 90 por amigos suyos y ya tenía a su esposa, una mujer más joven, una belleza autóctona de rasgos aindiados, con el aire neutro perfecto para acompañar al personaje.

Giovanni nadaba con gracia en todas las aguas y era un espléndido conversador. Le gustaba acompañar a ciertos clientes y ponderar detalles gastronómicos, precisar las diferencias entre el queso blanco y el auténtico mascarpone a los fines del tiramisú o la metafísica del aceite de oliva –hay escritos anaqueles enteros sobre la centralidad de la gastronomía en la sociabilidad mafiosa. Algunos amigos recuerdan las periódicas visitas de su madre, una mujer refinada y con aires de contessa . Aunque Ventura tenía mano suelta para las invitaciones de cortesía, cada plato de Filò no pasaba de los rigurosos 125 gramos de pasta. Yo pensaba en él como uno de esos raros casos en que una persona consigue ensamblar dos identidades consecutivas y logra que los testigos de su segunda vida consientan en la amable comedia de ignorar su vida anterior; un ser con la versatilidad y la gelidez necesarias para rehacerse –¿nunca soñaba con jueces o detonadores?–, para decretar la muerte de quien ha sido y recrearse bajo otra coordenada, a la manera de Wakefield, de N. Hawthorne, o mejor, de El pasajero de Antonioni. Si se piensa con rigor, es inconcebible la estrechísima amistad que tuvo con un intelectual de izquierda como Pancho Aricó o representarse una muy mentada cena, hace pocos años, en que el mismo Giovanni, ya enfermo, cocinó en silla de ruedas para el librero Elvio Vitali y sus mejores amigos.

“Travestirse en radical de izquierda fue la máscara que usó toda la vida” , sostiene el periodista italiano Mauricio Chierici. “Está probado por la Justicia que era un criminal ligado a los viejos servicios secretos italianos”.

Quienes compartían un rato o negocios con él aceptaban la convención de ignorar su trayectoria anterior, con su tendal de tragedia y víctimas , y participaban del alegre guión que la desmentía, lo que demuestra hasta qué punto los poderes de la simpatía y la seducción pueden ser corrosivos. Hay un hecho inobjetable: si la Justicia italiana acabó absolviéndolo, ¿por qué tendrían que hacerse cargo sus amigos de volver a procesarlo? Ni la Embajada de Italia le veía problema a Giovanni.

En Buenos Aires, alguna vez la ciudad de las bombas, en un país con deslizamientos políticos y torbellinos ideológicos que nos dejaron perplejos, en una cultura tan próxima a la italiana en su romantización del delito y su integridad vacilante, el criminal de lesa humanidad pudo renacer . Los graves actos de Giovanni Ventura fueron perdonados, prescribieron. Ya se sabe, panza llena, corazón contento; no hay diferencia que no se zanje ante una buena fuente de fusilli al fierrito.

E la nave va…

Entre mediados de los ‘60 y los ‘70, Italia vivió unos años de plomo marcados por la “estrategia de la tensión”, en la que las acciones ultraviolentas de la derecha y la izquierda se cruzaban subterráneamente con larvadas tentativas de golpes de Estado. Algunos historiadores definen esos años como una “guerra civil de baja intensidad”, cuyas derivaciones e híbridos ultra llegan tanto a la izquierda radical de los alemanes Baader Meinhoff como a las acciones de la P2. En esas confusiones entre extremos, bajo el paragua de una Ilustración muy acendrada, singular y propia de Italia –leer la increíble biografía de Giangiacomo Feltrinelli, editor y tirabombas–, Ventura aquilataba la doblez de su discurso radical inconformista.

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Nacido en Piombino, Padua, el 2 de noviembre, Ventura vivió su juventud en el pueblo de Castelfranco, en el Véneto. Bachiller en filosofía y amigo del declarado neofascista Franco Freda, abren la librería Ezzelino en Padua y la convierten en un polo activo de insurgencia antidemocrática y se integran al grupo Ordine Nuovo . La red crece a escala nacional sumando a otros grupos fascistas.

En 1969, en lo que se conoce como el “atentado de Piazza Fontana”, frente al Banco de Agricultura de Milán, un atentado mata a 16 personas, Ventura es el segundo imputado junto a Freda. La sala de Justicia pide para ambos la cadena perpetua. Pero cuando faltan apenas dos semanas para la sentencia, en uno de los procesos más escandalosos de Italia y después de muchos años, Freda se fuga. Dos días después Ventura escapa de su residencia vigilada en Cattanzaro, donde lo cuidaban tres gendarmes. Alguna vez en una mesa de Filò oí un relato tal vez apócrifo pero verosímil, muy apto para una vida tan cinematográfica: uno de sus tres hermanos fue a visitarlo e intercambió su ropa con él; las autoridades lo supieron dos días más tarde y tuvieron que liberar al Ventura incorrecto.

La opinión pública italiana está convencida de que la fuga ha sido organizada desde el poder , para no llegar a la conclusión de un proceso en el que están implicados no sólo los neofascistas, sino también militares, políticos y funcionarios con altos cargos. De hecho, originalmente se buscó descargar el atentado en anarquistas y grupos de izquierda. El informe del juez de Instrucción Guido Salvini concluirá que el atentado de Piazza Fontana fue más que eso. Uno de los testimoniantes, Vicenzo Vinciguerra, admitirá: “El grave acto tenía el fin de propiciar la declaración del ‘estado de excepción’ en Italia.” En 1973, cuando se produjo su arresto en Argentina y fue deportado, Ventura confesó su participación en 21 distintos atentados en 1969 pero negó el de Piazza Fontana. Fue condenado por actividades subversivas en relación con ellos: por poner dos bombas en Milán el 25 de abril y atentados a trenes el 9 de agosto, cuando ocho explosivos rudimentarios estallaron en 8 trenes en diversas localidades y dejaron doce heridos. Para entonces tanto él como Freda habían sido absueltos en el caso de la Piazza Fontana. Es inexacto, como aseguraba el folclore local, que participara del atentado en la estación ferroviaria de Boloña, en agosto de 1980: quien sí participó fue su amigo Massimiliano Fachini.

Don Giovanni regresó y se hizo definitivamente porteño . En 1992 se le restituyó el pasaporte para permitirle visitar ese noviembre a su madre enferma. Murió el lunes último en Buenos Aires de una atrofia muscular.

por Matilde Sánchez

 

UNA RED DE AMISTADES TENEBROSAS EN LAS DOS ORILLAS DEL ATLANTICO

Giovanni Ventura se llevó los misterios que acompañaron su vida violenta. No sólo las bombas en los trenes y las bombas de plaza Fontana, sino la aventura boliviana a las órdenes de los generales de la coca , posteriormente del dictador Banzer, en compañía de Stefano Delle Chiaie, “hombres seguros” garantizados por los servicios secretos italianos. En Santa Cruz de la Sierra, Delle Chiaie “trabajaba” con Klaus Barbie, torturador de Lyon que escapó al último rincón del mundo cuando los nazis depusieron las armas. Ventura, no se sabe. Se sabe de la clandestinidad en Argentina de los dictadores, P2 bien recomendado por la red P2 de nuestros 007 que favorecieron su fuga de Italia. Pero el hilo de la violencia que lo mantuvo a flote permaneció invisible detrás de los manifiestos pacifistas y la solidaridad con los mundos desesperados. Impostor con buenos modales, se burló de todos. Y plata nunca faltó. ¿Plata de quién? Filò, restaurante italiano de gran moda en Buenos Aires, fue el último disfraz . Hasta el inconsciente Guccini se ve arrastrado a enriquecer, con la extemporaneidad de un pequeño espectáculo, el mito de Ventura “intelectual pacifista”. No sabía y, en cuanto le explican quién es, escapa horrorizado. Mesas acogedoras, tarjetas de regalo. No a la guerra. Ayuda a los niños que mueren de hambre.

Hipocresía jugada a dos puntas : parecer lo que no se es manifestando una identidad que facilita la fuga si te pescan con las manos sucias. Enseñanzas elaboradas por Pio Filippani Ronconi, ex comandante SS-Sturmbrigate muerto a los 80 años hace unos meses. Noble del sacro imperio romano, nazi por vocación y orientalista por ciencia (como declama, lleno de admiración, el elogio fúnebre en Il Giornale de Feltri) se había ganado la Cruz de Hierro combatiendo en Nettuno para detener el desembarco de los aliados: “Se arrastraba bajo los alambrados, degollaba al enemigo con el cuchillo, arma que manejaba con suma destreza”. Ventura, Zorzi, Freda, los tres de Plaza Fontana eran sus alumnos, cercanos y lejanos, incluso en los bancos de la universidad. Cuando Fillipani Ronconi se convierte en un viejo señor perdido en el budismo, comienza a escribir en el Corriere della Sera , a fines de los años ’90, pero la reacción del comité de redacción y del director De Bortoli le cierra las páginas en la cara. En el Filò de Ventura, manteles rigurosamente negros. Meseras que parecen auxiliares de Saló. Vestido de marinero, boina negra con la punta sobre la oreja, Denny De Biaso, veneciano, vigila el salón buscando clientes italianos para intercambiar dos palabras: “¿Descuento Alitalia?”, pregunta al momento de la cuenta. No solamente Alitalia, todo gerente de paso goza del favor de la raza. Hace doce años, nuestra embajada ofrece un almuerzo para festejar la publicación del Corriere della Sera en Buenos Aires. En el Corriere no lo sabían, pero en la cocina estaban los cocineros de Giovanni Ventura. Él paseaba entre los invitados, vice–dueño de casa después del embajador.

Como recordó el juez D’Ambrosio, fue un personaje central en el atentado de plaza Fontana, y no solamente eso. En 1966 envió dos mil cartas a dos mil oficiales del ejército invitándolos a levantarse contra el gobierno “de la inútil democracia”. Fue absuelto por falta de pruebas en Catanzaro, excarcelado con la obligación de una residencia vigilada, pero se va para América Latina, con pasaporte pasado bajo cuerda por los servicios secretos. La Bolivia del general de la coca García Meza necesita gente como Ventura y Stefano Delle Chiaie pero, en cuanto el dictador se va y vuelve la democracia, Delle Chiaie busca la protección de Pinochet y Ventura se escabulle a Buenos Aires.

Pasaporte falso: arrestado, liberado de inmediato gracias a la intervención de los servicios italianos . Años de nada. Reaparece como otra persona. Frecuenta la librería Gandhi, campamento de la izquierda radical, de los utopistas que hablan entre sí con autocomplacencia, infiltrado especial. Excita a los que quieren atacar los cuarteles donde engordan los militares culpables de torturas durante la dictadura. Predica el asalto, sugiere estrategias. Y cuando los cabezas calientes y un cura tratan de apoderarse del cuartel de la Tablada, la emboscada los está esperando con la precisión que la garganta profunda concibió. Dos muertos, y decenas de prisioneros que nunca volvieron. Enseguida, el prófugo con pasaporte falso comienza a gastar muchísimo dinero. Primero la pizzería de fuerte atractivo, después Filò: una star. Ya nadie recuerda los cronómetros calibrados desde los relojes Ruhla en el estudio de Ventura en Castelfranco Veneto: los mismos de las bombas de los trenes y de plaza Fontana. A nadie se le ocurre que los oficiales encargados de arrojar luz sobre la masacre de Milán, Piazza della Loggia y el atentado contra la estación de Bolonia, tenían todos en el bolsillo la credencial de la P2 , red que todavía envuelve los misterios de Italia.

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Vi a Ventura tres veces. Cuando estaba sentado en la caja de su primera pizzería de Buenos Aires, no lejos de Filò, alrededor de Plaza San Martín, pago la cuenta y le recuerdo quién soy. Se enoja y estalla: “Andáte o te hago sacar a patadas” , como diciendo: yo no me ensucio los pies. En 2008, Ventura atraviesa en silla de ruedas las mesas de Filò. Sus ojos me rozan sin rencor, fantasma alejado ya de toda memoria. Se fue con su fea historia. Sobrevive la lista de los muertos, sombras fastidiosas. Se reunió con ellas.

Por Giovanni Chierici,periodista italiano, editor del diario Il Fatto Quotidiano.

 

 

 

 

 

 

Fuente: 

Diario La Nación 6/8/2010

Informacion Adicional: 

La curiosa vida de Giovanni Ventura – MI PASADO ME CONDENA – 2/6/2000

En 1972, media docena de ultraderechistas italianos fue juzgada por el atentado en la Piazza Fontana, que tres años antes había causado 16 muertos y 88 heridos. Entre los acusados se encontraba Giovanni Ventura, un profesor de filosofía del Veneto. Si bien fue encontrado culpable en 21 de los 22 atentados dinamiteros anteriores a la masacre del ‘69, fue absuelto del cargo de “matanza”. Treinta años después, los investigadores siguen sospechando de su participación en lo que para muchos fue el principio de un golpe de Estado. Mientras el proceso contra otros imputados está a punto de reabrirse, Giovanni Ventura vive en Buenos Aires, donde es dueño de un conocido restaurante cerca de Plaza San Martín.

El 12 de diciembre de 1969, a las 16.30, una violenta explosión sumió en pánico a los vecinos del número 4 de la Piazza Fontana, en Milán. La bomba, colocada bajo una mesa ubicada frente a las ventanillas de atención al público de la Banca Nazionale della Agricoltura, dejó un saldo de 16 muertos y 88 heridos. Los carabinieri se lanzaron a la caza de anarquistas. Con el correr de los días, la búsqueda comenzó a cambiar de dirección: quedaron en la mira las tramas negras, los grupos de acción neofascistas, la ultraderecha del Veneto, los ideólogos de la “estrategia de la tensión”. Pasaron treinta años, tres jueces, se escribieron más de 60 mil fojas, pero aún no hay culpables. Sin embargo, el 16 de este mes, el juicio se reanuda. Algunos de los protagonistas de la “strage” –la matanza– de la Piazza Fontana escaparon; otros fueron encartados y absueltos del cargo más grave, el de “matanza”, y no pueden ser llevados a juicio nuevamente. En esa situación se encuentra Giovanni Ventura, que vive desde mediados de los años ‘80 en Buenos Aires y da de comer a yuppies y personajes del menemismo en Filo, su excelente y refinado restaurante del downtown.
Pocos saben que el hombre alto, moreno y refinado que controla el enorme local cercano a Plaza San Martín es una figura relevante del neofascismo. Y nunca reacciona igual cuando alguno se lo recuerda; a veces se ríe y dice “son todas mentiras”, otras responde con enojo, como cuando la periodista del Corriere della Sera, llegada para la asunción del nuevo Gobierno aliancista, le confesó que el verdadero motivo de la entrevista que le había solicitado no era su presente próspero sino su pasado. De todas maneras, el fotógrafo ya había hecho lo suyo y Giovanni Ventura, sonriente, apareció retratado en el periódico. Un par de semanas más tarde, los nombres de Ventura y del restaurante volvían a sonar en un programa que la RAI dedicaba a recordar la “strage”. Era un panel más que plural, donde Pino Rauti –líder de la ultraderechista Ordine Nuovo– y el príncipe Junio Valerio Borghese –cerebro del Frente Nacional– daban su versión de los hechos bajo la mirada flamígera de Mario Capanna, quien fuera dirigente estudiantil milanés durante la rebelión del ‘68 en Italia. Participaba, asimismo, la entrometida periodista del Corriere della Sera, quien explicó que Filo era un lugar de moda en el que se codeaban empresarios, influyentes, funcionarios e incluso la hija de Carlos Menem.
En verdad, la actitud de Ventura se presta a equívocos. En los últimos años resultó notorio su deseo de vincularse con grupos socialistas de debate, un intento en el que perseveró por largo tiempo. También sorprendente resulta su amistad con el sacerdote Antonio Puigjané, quien el año pasado lo casó en el convento de la Congregación de los Palotinos, donde el sacerdote se encuentra confinado luego de su excarcelación por razones de edad. Los religiosos, cuentan, asistieron boquiabiertos al derroche de manjares y vinos con que Ventura celebró el cambio de estado civil. Culto, de hablar pausado, el italiano alienta la actividad de artistas progresistas desde la galería de arte que Filo cobija.

Anatomía de un atentado A pocas horas de la masacre de la Piazza Fontana comenzó la persecución de los militantes anarquistas. Ellos y los grupos prochinos, principales protagonistas de la agitación de esos tiempos, eran el chivo expiatorio de los pesquisas. El resultado fue la detención de seis ácratas sindicados como sospechosos. Tres días más tarde, en la medianoche del 15 de diciembre, uno de ellos, Giuseppe Pinelli, caía sin proferir un grito desde el cuarto piso del departamento de investigaciones. Darío Fo tomaría ese extraño suicidio –así lo calificó rápidamente la policía– como leitmotiv de su obra Muerte accidental de un anarquista. Un hecho fortuito y la tendencia a la locuacidad de Giovanni Ventura iban a modificar, ese mismo día, el rumbo de las cosas. Un democristiano de Treviso, Guido Lorenzon, se presentó a un abogado de la ciudad para hacerlo depositario de un secreto inquietante: Giovanni Ventura le había hecho un pormenorizado relato de la “strage”, con tantas precisiones que resultaba impensable que fuera ajeno a los hechos. El joven profesor democristiano agregó que no era la primera vez que aquello ocurría. Ventura le había hecho en otras ocasiones detalladas descripciones de los ataques a trenes, ocurridos poco antes en el norte de Italia. Según Lorenzon, Ventura le había confesado también que pertenecía a una organización clandestina que proyectaba un golpe de Estado que establecería un régimen inspirado en la República de Salò. Lorenzon, consignaron los periodistas franceses Fréderic Laurent y Fabrizio Calvi, temía que Piazza Fontana fuera apenas un eslabón más en la irracional “estrategia de la tensión”. La misma historia fue repetida con prolijidad por Lorenzon a Pietro Calogero, procurador de Treviso, quien le aconsejó que siguiera frecuentando a Ventura y obtuviera toda la información posible. En breve tiempo el procurador Calogero había reunido fuertes indicios contra Ventura y un amigo suyo, Franco Freda, un abogado de Padua conocido por sus posturas neonazis. La Justicia de Treviso no dejó de vincular los datos con el ataque dinamitero, llevado a cabo en los primeros meses de 1969 contra el rector de la Universidad de Padua, de origen judío.
Lorenzon no sólo consiguió información. Hizo una pequeña biografía política de Freda y Ventura. Freda había nacido en Padua, era un entusiasta admirador de Hitler y las SS, profundo antisemita y a principios de la década había comandado el brazo estudiantil del MSI (Movimiento Social Italiano). Luego fundó los Grupos de Aristocracia Aria (Grupos AR), con grandes puntos de contacto con Ordine Nuovo. Ventura, nacido en 1944 y algo menor que Freda, era oriundo de Castelfranco Veneto y, sostienen los periodistas franceses, un padre “camisa negra” lo había educado en la “nostalgia de Mussolini”. Ventura había ingresado al MSI siendo extremadamente joven. En 1965, Ventura buscó una opción aún más ultramontana y se enroló en Ordine Nuovo. En uno de sus escritos, publicado por la revista neonazi Reacción, enfilaba los cañones contra la burguesía “pan-demo-pluto-judaica”.
Tres años más tarde, su versatilidad o las instrucciones de infiltración recibidas lo pusieron en contacto con grupos de la izquierda extraparlamentaria. Con los profesores de raíz prochina Quaranta y Franzin, Giovanni Ventura funda la editorial Galileo. Era el verano del ‘68 y sus proyectos se extendieron a Roma, donde, junto a un fascista infiltrado en el socialismo, crea “Enese” (Nueva Sociedad), destinada a difundir textos anarquistas. En plena expansión, y ahora con la colaboración de un auténtico miembro del socialismo, abrió también una imprenta: Lito Press. El arduo trabajo de aproximación de Ventura a la extrema izquierda dio sus frutos, al menos por un tiempo: trabó una buena relación con Alberto Sartori, uno de los referentes del PCML (Partido Comunista Marxista Leninista), de tendencia maoísta, y le ofreció la dirección de Lito Press.
Sartori no era un recién llegado a la política. Tenía un pasado glorioso como comandante “partisano” de la Brigada Garibaldi, y bajo el seudónimo de Carlo Loris había descollado en la guerra de guerrillas del Veneto. Los méritos de Sartori-Loris en combate no constituían una pura leyenda: los atestiguaba la medalla de plata al valor militar entregada por la Resistencia.
Sartori vio de inmediato el filón que conllevaba la oferta: obtener un excelente aparato de propaganda y simultáneamente hacer finanzas para el PCML. Pero Ventura cometió un error. Uno de los accionistas de Lito Press era el terrateniente aristocrático Pietro Loredan, conocido como “el conde rojo” por su intensa militancia en las asociaciones de ex partisanos. Eso le había permitido montarse un pasado a la medida, de antiguo guerrillero antimussoliniano. Sin embargo, Loredan, hermano de un dirigente “missino”, era en realidad uno de los jefes ocultos de Ordine Nuovo y sus escasísimos tratos con los partisanos los había tenido en calidad de agente de la OVRA, policía secreta del Duce. Sartori estaba envejeciendo, pero mantenía el olfato y algo extraño alcanzó a advertir poco antes del atentado de la Piazza Fontana. Ventura, Loredan y sus colegas buscaban “una cobertura de extrema izquierda para la provocación”.
En 1973, con la intuición –o la certeza– de que los investigadores de la “strage” se le acercaban, Loredan dejó Italia. En el mapa titilaba una tierra de promisión para la ultraderecha internacional. Y se vino a la Argentina.

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Culpa de la clase obrera A Giovanni Ventura la suerte volvió a jugarle una mala pasada. Esta vez por obra de la casualidad y del error de cálculo del albañil que efectuaba reparaciones en una casa de Castelfranco Veneto. Al operario se le fue la mano con el formón y atravesó la medianera. El agujero dejó ver el interior de la vivienda vecina, donde se acopiaban armas, explosivos y municiones con la marca NATO (OTAN). El propietario de la vivienda-arsenal, un edil socialista, explicó que todo aquello había sido depositado allí por Giovanni Ventura, poco después de la “strage” del 12 de diciembre en la Piazza Fontana. Las había trasladado desde un escondite anterior, en lo de un tal Ruggero Pan.
Detenido, Pan no escatimó referencias. Contó que en el verano de ese año, después de los atentados a los trenes, Ventura le había pedido que comprara cajas metálicas alemanas de la marca Jewell porque las empleadas para contener los explosivos colocados en los transportes eran de madera y no produjeron el efecto de “compresión explosiva del metal”. Pan se negó a cumplir con el encargo, aunque luego vio que las Jewell aparecían. Seguramente otro había tenido menos aprensión. Pan olvidó el episodio, hasta que el 13 de diciembre la televisión y los diarios mostraron la Jewell hallada en el lugar de la “strage”, idéntica a la que Freda y Ventura habían decidido comprar.
La Justicia descubrió que el grupo que formaban Freda y Ventura se reunía en un instituto de estudios de Padua al que el custodio Marco Pozzan, mano derecha de Freda, les franqueaba el acceso. Pozzan declara a su turno que el plan de acción del grupo había sido aprobado en abril, en el curso de una reunión con una persona llegada de Roma, Pino Rauti, y otro individuo al que Freda había identificado como “periodista y miembro
de los servicios secretos”. El 3 de marzo de 1972, Rauti –dirigente nacional del MSI y fundador de Ordine Nuovo–, Freda y Ventura fueron arrestados. Se los acusaba de los atentados a los trenes y a la estación Central de Milán. Las actuaciones referidas a la “strage” de la Piazza Fontana fueron remitidas a la Justicia de Milán por competencia territorial. Una de las evidencias recogidas por los magistrados fue la del paraguas protector que sobre los sospechosos abrían los servicios secretos italianos y el propio presidente del Consejo de Ministros, Mariano Rumor.
“Si Giovanni Ventura –escribió el juez Guido Salvini– se quebrara bajo el acoso de la actividad investigativa de los pesquisas, como se temía en los ambientes de Ordine Nuovo, del SID y del general Malletti (que le había ofrecido a Ventura una sencilla evasión de la cárcel de Monza, que éste rechazó), ciertamente que la operación íntegra del 12 de diciembre de 1969 hubiera salido a la luz y el castillo entero se hubiera derrumbado, dejando aflorar incluso las más altas responsabilidades.” El deseo no se cumplió. Pero sí pudo saberse que los ejecutores materiales de la matanza habían sido Carlo Maria Maggi y Delfo Zorzi. Zorzi se afincó en Tokio, se casó con una japonesa, se ciudadanizó y puso una empresa de diseño, como corresponde a un italiano de este tiempo. En 1973, Ventura hizo una admisión a medias de su culpabilidad: se declaró responsable sólo de los atentados sin víctimas y negó cualquier participación en la “strage”. En 1979 fue condenado en primera instancia y después absuelto del cargo de “matanza” (“strage”) durante la etapa de apelación. Eso sí: a él y a Freda se los había encontrado culpables en 21 de los 22 atentados queprecedieron a la matanza de la Piazza Fontana. La pena fue de 15 años de reclusión. En el ‘87, la sentencia quedó firme.
Para los instructores no quedaban dudas: los servicios de inteligencia habían formado codo a codo con el fascismo la puesta en marcha de la “estrategia de la tensión”. En la maraña de expedientes acumulados en torno al atentado de Piazza Fontana, advierten los periodistas Laurent y Calvi, se observa que no sólo fueron los servicios de inteligencia italianos los que se interesaron por la “strage”: eran todos los que operaban en el territorio y la sombra del golpe de Estado se proyectaba detrás de sus autores. Alguno de los “arrepentidos” del proceso llegó a asegurar que el llamado golpe Borghese del año ‘70 había sido planificado para un tiempo antes y la bomba en la Banca Nazionale della Agricoltura había tenido la misión de acelerarlo.
El 16, en apenas diez días, Milán asistirá a la reapertura del proceso por la matanza de la Piazza Fontana. Todos saben que la operación fue realizada con el concurso de Freda y Ventura, pero ellos no pueden ser juzgados nuevamente por la misma causa. Quedan Delfo Zorzi, inasible en Japón; el médico veneciano Carlo Maria Maggi, “regente” de Ordine Nuovo; y el técnico en explosivos arrepentido Carlo Digilio. El cuarto imputado, Giancarlo Rognoni, aguarda tranquilo: la acusación está prendida con alfileres. No hay más que indicios. Giovanni Ventura, cuentan, suele excusarse y calificar esos años y aquellos atentados fascistas como un pecado de juventud. Con todo, dicen también, no hace tanto que Franco Freda fue detenido comiendo en su compañía. Ventura explicó el encuentro a su manera, entre displicente y cínico. “Es que su mujer hace las mejores pastas de Italia”, dicen que dijo.

por Susana Viau

Murió en la capital un terrorista italiano
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