Memoria en vivo: «Se murió Kirchner, andá ya al hospital»

Son las 8.30 de la mañana del miércoles 27 de octubre de 2010. Faltan unos minutos para que muera Néstor Kirchner. El termómetro en El Calafate marca 9 grados, el sol está radiante y las calles vacías por el censo que se desarrollaba ese día. No hay viento, algo poco habitual en la zona. 

En el frente de la casa del entonces matrimonio presidencial la custodia oficial se empieza a alborotar. De repente se abre el portón de la casona K y se escucha un grito desesperado del titular de la seguridad de la ex presidenta Cristina Kirchner: “Llamalo al jefe de la Policía, es urgente. ¡Apurate, la concha de tu madre!”, le ordena a un agente panzón de la Policía de Santa Cruz que estaba subido a un patrullero estacionado sobre la calle Los Tehuelches. “Y rajalos a estos dos, ¿qué carajo hacen acá?”, le dice mirando a este cronista y al fotógrafo Eduardo Lerke que me acompañaba. Habíamos llegado hasta “el lugar en el mundo” de la Presidenta cuatro días antes enviados por la revista Noticias para investigar los nuevos negocios de los Kirchner en el Sur, para alojarnos en el hotel Alto Calafate -hoy investigado por la Justicia en el caso Hotesur- y conocer por dentro cómo era esa propiedad K y para cubrir el censo del matrimonio presidencial. Por la muerte de Kirchner, nunca llegaron a censarlos. Minutos antes de las 9, cuando la puerta de la casa de la ex presidentas empezaba a poblarse de policías, gendarmes, prefectos y agentes de la seguridad presidencial llegó el mensaje menos pensado. Un hombre de la máxima intimidad del matrimonio K se comunicó con este cronista y lo largó sin dudar: “¿Todavía estás en El Calafate? ¿Estás afuera de la casa de Cristina?». Antes de que le llegara a contestar, agregó:  «Se murió Kirchner. Andá ya al hospital”.  Adentro del hospital municipal José Fomenti, donde habían llevado al ex presidente, se vivieron escenas dramáticas, según reconstruyó Clarín de fuentes de la máxima confianza de los Kirchner. La ex presidenta lloraba desconsolada y llegó a pedirle que no la deje, mientras le agarraba las manos. Los 16 médicos y tres enfermeros que lo atendieron durante los últimos minutos se quedaron en silencio. Ahí también estaba el entonces director del Hospital, Marcelo Bravo, que había dirigido el operativo de reanimación. Habían probado todo para levantarlo, aunque ya sabían que no iba a reaccionar. Desde las 9.15, la hora en que se dictaminó oficialmente la muerte de Kirchner, hasta las 9.50, cuando Cristina decidió que llevaran el cuerpo del ex presidente para velarlo en su casa de El Calafate en una ambulancia custodiada por seis camionetas de la seguridad presidencial, la tensión era total. Las puertas vaivén de la sala de urgencias se abrían y cerraban con violencia y los médicos daban órdenes al aire.  Afuera del hospital, el clima también era de máxima tensión. Apenas nos enteramos que Kirchner estaba muerto, decidimos salir hacia el lugar. Entre la confusión y el impacto de la noticia, no sabíamos dónde quedaba. Casualidades de la vida: una enfermera que trabajaba en el Formenti escuchó que buscábamos ir al hospital, se subió a nuestro auto y nos guió. El lugar estaba sitiado. Había camionetas y patrulleros de todas las fuerzas de seguridad y unos 50 oficiales que no dejaban pasar a nadie. «No pueden sacar fotos, se van a 200 metros de acá, no rompan las pelotas», gritó un custodio de muy mala gana. La tensión era tan grande que una camioneta de la custodia que estaba en el lugar intentó salir a las apuradas y le destrozó la puerta a un Chevrolet Corsa rojo que estaba estacionado frente al lugar. Ahí, parados frente al humilde hospital de El Calafate, vimos pasar el improvisado cortejo fúnebre que acompañó a Kirchner hasta su hogar. Lo seguimos hasta la rotonda de la calle Leandro Alem, a 200 metros de la casa de los Kirchner, donde no pudimos seguir avanzando: ya estaba todo vallado.  En una de las camionetas blancas de la custodia iba la entonces presidenta. No había nadie más en las calles. El pueblo, recién empezaba a despertarse en un día feriado y se enteraba que Kirchner estaba muerto. Ese día, junto al fotógrafo Lerke, fuimos los únicos periodistas que estuvimos en el momento que se murió Kirchner en El Calafate. Y vimos todo. La llegada de su hijo Máximo arriba de una camioneta 4×4 acompañado de su amigo Rudy Ulloa Igor. Estaban en Río Gallegos cuando los sorprendió la noticia La llegada del ex ministro de Planificación, Julio De Vido, de su hermana, Alicia Kirchner y hasta del empresario y amigo del ex presidente, Lázaro Báez, hoy preso e investigado en la Ruta del dinero K. «Estoy destrozado, lo quería como a un hermano», dijo Báez a este cronista ese día.  A la distancia, en esos últimos días en El Calafate hubo varias señales de que Kirchner no estaba bien. Casi no salió de su casa y evitó las caminatas matutinas, una rutina que siempre repetía cuando iba al Sur. Un mes y medio atrás, le habían practicado una angioplastía con la colocación de un stent. Además, estaba preocupado por el asesinato del militante del PO Mariano Ferreyra. Pero hay un dato más que revela lo consciente que estaba de su salud. Luego de la última intervención cardíaca, le había pedido a su amigo Rudy Ulloa que comprara una parcela en el cementerio de Río Gallegos. por Nicolás Diana Fuente: 

Leer también >>  Facilitan el acceso a los archivos militares

Diario Clarín 28/10/2016

Memoria en vivo: «Se murió Kirchner, andá ya al hospital»
5 (100%) 586 votos

Por favor, apóyanos compartiendo en tus redes sociales.

Deja un comentario

Cerrar menú