Mayo, una revolución inconclusa

Mes de Mayo, las puertas del Bicentenario están abiertas para que los argentinos brindemos nuestro tributo a la gloriosa revolución que nos liberó del vasallaje al que estuvimos sometidos durante tres largos siglos. ¿El 25 de Mayo de 1810 marca el comienzo de una revolución, o fue sólo una táctica circunstancial, provocada por la invasión napoleónica de España y la destitución de Fernando VII?

Ambos criterios aparecen en publicaciones diversas. Los adictos a la Corona y, por ende, admiradores del absolutismo político sostendrán siempre que no hubo un proyecto de ruptura, por cuanto las disposiciones fundamentales se tomaban en nombre del rey (la máscara de Fernando VII). Por el contrario, los defensores de la república, su régimen institucional y las libertades individuales adoptan la sentencia del barón Alejandro de Humbold, cuando al regresar de su viaje por las Américas dice, ante un grupo de jóvenes reunidos en un café de París: “América está madura para la libertad”.

Aquello que muchos argentinos consideramos como el 25 de Mayo “primer grito de Libertad” y la expresión tangible de un fervoroso deseo de emancipación está corroborado por los documentos históricos de las primeras resoluciones revolucionarias; ellas acopian las esencias de nuestra doctrina política, de los principios democráticos que dieron origen a la nación argentina. Por tal razón, considero que el mayor homenaje que debemos rendir a los padres fundadores en el Bicentenario de su pronunciamiento es despertar la conciencia cívica del pueblo, hoy adormecida por décadas de claudicaciones y perjurios de aquellos principios que definieron nuestra identidad nacional.

Vayamos al encuentro de las “actas capitulares de Mayo”, donde se halla como testimonio indubitable todo lo actuado por el Cabildo en los días que precedieron al 25 de Mayo. La fecha clave es el debate de la asamblea realizada el 22, en la cual cobra vida el principio básico de toda democracia representativa: “la soberanía popular”. En efecto, la discusión se centra en un conflicto político-jurídico: la soberanía es potestad absoluta del rey, pero Fernando está cautivo. ¿A quién compete, en ese caso, el ejercicio del poder soberano? El debate es intenso, pero la brillante oratoria de Castelli sienta un principio: “la reversión de la soberanía.” El monarca está preso, la soberanía está vacante, por lo tanto, debe volver al pueblo.

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Por vez primera en la historia de la colonia, al derecho divino del rey para el ejercicio de la soberanía se le opone el principio de la soberanía popular. ¿No es esto, acaso, un hecho político de explícito carácter revolucionario? Atreverse a ese desafiante pasaje, ¿no supone una voluntad irreversible de cambiar el sistema y delegar en el pueblo la elección de sus gobernantes? La votación final y los fundamentos que las actas capitulares recogen constituyen el símbolo de que el camino hacia la libertad se abrió ese día. El voto paradigmático fue el de Cornelio Saavedra, hombre adscripto a la templanza y a las tradiciones conservadoras; sin embargo, fundó su voto con estas palabras: “Y que no queden dudas que sólo el pueblo confiere la autoridad o mando”. Con la designación de la Primera Junta del gobierno patrio se profundizó el dictamen del Cabildo.

¿No fue, acaso, revolucionaria la actitud del secretario de la Junta, Mariano Moreno, cuando el 7 de junio, a pocos días de su gestión, funda la Gazeta, primer periódico de la Revolución, para informar al pueblo acerca de los actos de gobierno y educarlo en los preceptos de la democracia? Al oponerse a la incorporación de los delegados del interior a la Primera Junta y defender la imperativa necesidad de un Congreso para el tratamiento de leyes que el nuevo sistema exigía, ¿no estaba preconizando la división de poderes, ínsita en el espíritu de la democracia?

Y el decreto de “supresión de honores” del 6 de diciembre de 1810, ¿no es un aleluya a la austeridad republicana, baluarte ético sine qua non para quienes ejercen funciones públicas? Su argumentación tan bien fundada determinó que, en los duros años de dictaduras militares o de unicatos civiles que padecimos, se impedía su enseñanza en las escuelas. Y, además, el decreto de libertad de imprenta, dictado en 1811 por el Primer Triunvirato, ¿no sigue el rumbo revolucionario, al consolidar en un instrumento legal la libertad de prensa y también la libre expresión del pensamiento? ¿Lo hubiera aceptado Fernando VII si, como dicen algunos seudohistoriadores, a los hombres de Mayo no los impulsaba una pasión revolucionaria sino la necesidad de gobernar debido a contingencias emergentes del cautiverio del rey?

No puede faltar en esta síntesis, la gran figura de Esteban Echeverría, a quien el siempre recordado tribuno Alfredo Palacios llamara “el albacea del pensamiento de Mayo”. Y en efecto lo fue, porque entre los desencuentros de los argentinos, unitarios y federales envueltos en una guerra fratricida, que culminó con la tiranía de Rosas, la Asociación de Mayo que Echeverría presidió tomó las banderas de 1810, aguardando la salida de un nuevo sol que iluminase lo que él llamaba El dogma o el credo de Mayo.

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No alcanzó a ver ese nuevo sol, que fue nuestra Constitución de 1853; murió en el exilio en 1851, un año antes del pronunciamiento de Urquiza. Sus restos se perdieron, pero su recuerdo permanece vivo porque fueron los hombres de la Asociación de Mayo los adalides de nuestra organización nacional, con Alberdi, con Gutiérrez, con Gorostiaga, con Sarmiento, con Mitre, con Félix Frías y con tantos otros que condujeron al país hacia el cenit de un gran destino.

El Primer Centenario se celebró con los fastos de un país leal al mandato de la Constitución inspirada en el credo de Mayo, investido ya con el prestigio de los acontecimientos magnos que marcan el perfil político y filosófico de las naciones y de sus pueblos. ¿Cien años después, festejaremos el Bicentenario con el mismo fervor patrio de aquella generación? A partir de 1930, con la primera ruptura constitucional, la ideología totalitaria que, lenta pero pertinaz, comienza a expandirse en ciertas regiones de Europa, halla eco en grupos de presión, admiradores de los gobiernos absolutistas, que consideran la única garantía para asegurar el orden social.

Sibilinamente, esas ideas aberrantes se infiltran tanto en ámbitos militares como civiles, la República que soñó Mayo comienza a trepidar en sus cimientos y se repudia por “liberales” a los hombres de 1810, a la generación del 37, a los proscriptos de la tiranía rosista. Esta involución, este nefasto retroceso hacia regímenes opresivos y personalistas, es la antítesis del dogma de Mayo. Se explica así el tono menor con el que en esos períodos se recordaba esta fecha. Rosas con el candombe federal; Perón con el día del reservista y un desfile de veteranos con sus típicos birretes. En el Bicentenario, las Fuerzas Armadas no integrarán el acto central, reservando para los adictos al régimen los lugares de privilegio.

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La Revolución de Mayo quedó inconclusa, continuarla era una tarea de muchas generaciones, los retazos de democracia que pudimos vivir fueron insuficientes para rescatar sus valores, la propensión hacia el absolutismo sigue vigente, las ideas retrógradas penetran en las escuelas a través de leyes incompatibles con la educación popular, el cambio de nombres de calles, plazas, hospitales, colegios e instituciones públicas, desplazando a figuras estelares de nuestra comunidad nacional por íconos sintónicos con el pensamiento único, constituyen un ejemplo palmario de que la República ha sido herida en sus entrañas.

El deber de la hora es rescatarla, con nuestro voto, en la plenitud de sus instituciones. Llevará tiempo y mucho esfuerzo porque el daño a sus esencias ha sido lacerante y, como corolario, el escepticismo en la política ha apagado el fuego sagrado que impulsó a los patriotas que nos dieron libertad y a tantos argentinos probos que pueden leer, sin avergonzarse, el decreto de supresión de honores de Mariano Moreno, antes citado.

En este Bicentenario, que viviremos con hondo dolor por todo lo que no hicimos para llegar a ser una gran nación entre las potencias mundiales, recobremos el principio de identidad que está en nuestros orígenes y, con él, luchemos contra la pobreza, rescatemos la educación tan diezmada para la escuela pública, gobernemos para el bien común, con el objetivo de que los argentinos del Tercer Centenario puedan mostrar ante la Tierra ese país con el que Sarmiento soñaba en su bellísimo autorretrato.

Un país surcado de barcos en nuestros ríos, infinitas extensiones de nuestros ferrocarriles fomentando el comercio y la comunicación entre los pueblos. Montar una infraestructura para establecer con ella una economía dinámica; poner en marcha la escondida riqueza de nuestro suelo y afectarla al servicio de los más desposeídos; sembrar educación para todos, en el vasto territorio nacional, a fin de que las nuevas generaciones puedan disfrutar del festín de la vida, que nuestra generación del siglo XX, en cambio, remedando a Sarmiento, sólo pudo “gozar a hurtadillas”. 

por Nélida Baigorria, quien fue diputada nacional (UCR)

 

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Fuente: 

Diario La Nación 24/5/2010

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