Magia, la edad de oro

En el pasado, los magos fueron primeras figuras. Llegaron a participar, incluso, en misiones políticas. Un libro rico en imágenes repasa su historia a lo largo de cuatro siglos y medio.

Dieciséis años después de su debut, retirado de lo que podríamos llamar servicio activo de la magia, Jean-Eugène Robert-Houdin (1805-1871) seguía administrando su propio teatro en París. Había ganado mucho dinero, había creado a Antonio Diavolo, un autómata de 90 centímetros que hacía piruetas en su trapecio de miniatura y dejaba al público con la boca abierta, había hecho flotar en el aire a su propio hijo y había inventado su truco más hermoso, «El naranjo fantástico»: pedía un pañuelo, lo convertía en polvo, echaba el polvo sobre un pequeño naranjo, el arbolito florecía, después daba naranjas verdaderas, el mago tomaba una, la abría en dos y de adentro de la naranja sacaba el pañuelo.

Sentado tranquilamente en un sillón, Robert-Houdin pensaba en los pasados años de gloria cuando llegaron los enviados de Napoleón III. El Segundo Imperio Francés reclamaba su ayuda para sofocar una rebelión de los morabitos en Argelia. Debía desalentar a aquel grupo de sacerdotes musulmanes a quienes sus seguidores atribuían poderes mágicos mostrándoles que él -y, por lo tanto, Francia- era más poderoso que ellos.

Por supuesto, Robert-Houdin aceptó la misión. Viajó para enfrentarse, solo, con los morabitos. Le pidió al más robusto que levantara un liviano cofre de madera, lo que el grandote hizo, la primera vez, sin problemas. Pero la caja tenía en la base una plancha de acero y, bajo el piso del lugar en que se desarrollaba el desafío, Robert-Houdin había ocultado un electroimán de considerable consistencia. Como un actor dramático, el mago anunció que él sabía cómo quitarle a su rival la fuerza, y que lo haría allí mismo. Accionado el imán, no había nadie en el mundo que pudiera levantar el cofrecito. El morabito se enfureció. Hizo esfuerzos sobrehumanos y en lo más intenso de esos esfuerzos fue «beneficiado» con una descarga eléctrica. Gritó y salió corriendo. Sin que mediara mucho tiempo, los insurgentes se desconcentraron.

Vista desde la perspectiva actual, la anécdota parece una apología horrible del colonialismo, pero en aquel momento ningún habitante de la Ciudad Luz tuvo reparos en recibir de regreso a Robert-Houdin como a un héroe.

Esto ocurrió en los años de oro de la magia, cuando la prestidigitación y el ilusionismo llenaban los teatros de todas las ciudades. Un enorme libro publicado por Taschen, Magic, 1400-1950, reseña, sobre todo, el período que va entre mediados del siglo XIX y mediados del XX. Tiene 650 páginas, 29 centímetros de ancho por 44 de alto y un peso que hace añorar la posibilidad de llevarlo de un lado a otro levitando. Contiene la más impresionante cantidad de fotos de época, programas de mano, afiches multicolores y reproducciones de marquesinas gigantes que nadie pueda imaginarse: más de mil imágenes. Los autores de los textos son gente del ramo. Uno de ellos, Mike Caveney, es un mago profesional que publicó cincuenta libros sobre su especialidad. El segundo, Jim Steinmeyer, inventó los mejores trucos de David Copperfield, el mago más exitoso de estos tiempos, así como los efectos especiales en las puestas de Broadway de Mary Poppins y La bella y la bestia. El tercero, Ricky Jay, es historiador, y la editora, Noel Daniel, es una graduada de la Universidad de Princeton que se especializó, en Londres, como directora de galerías de arte fotográfico. Lo menos que se puede decir de este libro es que se aprende mucho sobre magia hojeándolo y leyéndolo.

El caballito arrepentido
Las raíces de la magia llegan muy lejos. En el papiro egipcio de Westcar (1700 años antes de Cristo) se cuenta la historia del hechicero Djedi. El faraón Keops, que había oído hablar de sus prodigios, le preguntó si era cierto que podía devolverles las cabezas a los decapitados. «Sí, pero prefiero no cortarle la cabeza a ningún ser humano para demostrártelo. No me gusta tratarlos tan mal», le contestó Djedi. Dado que no tenía los mismos reparos con referencia al reino animal, le probó al rey sus dones, sucesivamente, con un pato, un pelícano y un buey. Impresionado, quien era venerado por su pueblo como un dios se inclinó ante el mago y le suplicó a Djedi que tuviera a bien proteger en adelante a sus hijos.

La Iglesia Católica y la magia tuvieron relaciones ambivalentes. Hasta 1066, las funciones de prestidigitación estuvieron prohibidas allí donde el poder religioso predominara, pero los altos dignatarios no se privaban de recurrir a efectos mágicos para impresionar a los fieles. En el libro Volar en el escenario, John A. McKinven refiere detalles de un «prodigio» que causó asombro entre los creyentes en Florencia, en 1439: «Tras un atronador retumbo, la Puerta Celestial situada en lo alto se abría y mostraba el Paraíso, con la figura de Dios suspendida en el aire». Nadie fue sometido a un proceso inquisitorial por la superchería.

En cambio, muchos magos tuvieron que marchar derechito a la hoguera. Uno de ellos fue el maltés Blaise Manfre, quien a comienzos del siglo XVII hacía un número callejero consistente en la ingesta de líquido (agua, leche o vino) y en su posterior eyección por vía oral en forma de espectaculares cascadas. Por su parte, Morocco, el caballo adivino que trabajaba a fines del siglo XVI en Orleans a las órdenes del mago William Banks, se salvó de las llamas porque, encarando al obispo que lo acusaba de brujería, bajó tres veces la cabeza en señal de arrepentimiento y sumisión. «Ningún hijo del Diablo se hubiera podido acercar tanto a una cruz», explicó el tribunal.

Sin pies, sin manos
Algunas historias de Magic… ponen a prueba la fe del lector. Y, sin embargo, son verídicas. Hay un mago argentino, René Lavand, que hace maravillosos juegos con naipes a pesar de haber perdido su mano derecha. Pero semejante handicap no se iguala con el del alemán Matthew Büchinger (Anspach, 1674), que no tenía ni manos ni pies. Pese a ello, se convirtió en el mago más famoso de su época. Era capaz de tocar una docena de instrumentos musicales, de bailar a su modo y de lucirse con sus carambolas cuando jugaba al billar. Asombraba al público con sus trucos de cartas, dados, cubiletes y bolas. Lo que quedaba de él medía medio metro, pero por sus habilidades era muy codiciado por las mujeres. Se casó al menos cuatro veces y fue padre de, por lo menos, once hijos.

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Büchinger era, además, un refinadísimo micrógrafo. Si se mira con lupa su autorretrato a plumín, realizado en 1724, se ve que su peluca a lo Juan Sebastián Bach estaba formada no por pelos sino por palabras. En ella se puede leer el siguiente poema: «A simple vista, es una larga cabellera rizada/ mas se convierte en letras ante una atenta mirada/ pues un doble fin persigue el hábil artista:/ a un tiempo complacer y confundir la vista». ¿No es, acaso, un breviario acerca de la misión de todo mago?

Matthew actuó frente a muchos reyes de las diversas regiones germanas y varias veces ante Jorge I de Inglaterra. Murió en Cork, Irlanda, en 1732.

La furia de Napoleón
En los siglos XVIII y XIX los magos se apoyaban mucho en sus muñecos mecánicos. Precursores de los robots, los autómatas se movían por sí mismos, como lo sugiere la palabra, pero muchas veces recibían ayudas del espacio exterior.

Eso ocurría con el Turco Ajedrecista, construido en 1769 por el científico e inventor húngaro Wolfgang von Kempelen para la emperatriz María Teresa de Austria. La carrera y la fama de este jugador invencible duraron más de 80 años. Aceptó desafíos de personalidades notables, entre ellas, Benjamin Franklin y Edgar Allan Poe, y salió siempre victorioso. Era un autómata de tamaño natural, sentado ante una caja de 1,20 metro de largo por 0,80 de alto, sobre la que había un tablero. El torso era articulado y el muñeco movía los brazos y las manos, a veces solo y otras veces con disimulada asistencia.

Es célebre la reacción de Napoleón Bonaparte después de haber perdido la tercera partida consecutiva contra el Turco: saltó de su sillón y barrió de un manotazo con todas las piezas. El pobre emperador nunca llegó a saber que se estaba midiendo con el campeón austríaco Johann Allgaier. Es que la caja escondía a un ser humano, y el hecho de que Kempelen la mostrara vacía antes de comenzar cada juego no significaba gran cosa: los magos de aquel entonces ya conocían la técnica del doble fondo.

El Turco recorrió el planeta, siempre triunfal, hasta que, ya bastante sospechoso para sus víctimas, pereció en un incendio, en 1854. Heredaron su gloria el arlequín de Robert Heller, presentado en 1877, y Psycho, el hombrecillo mecánico del mago John Nevil Maskelyne.

Como en la cajita sobre la que estaba sentado no hubiera podido caber una persona, se llegó a decir que a Psycho lo manejaba… un perro adivino. La verdad es que este muñeco, creado en 1875, no era tal, sino un enano al que maquillaban con dulces rasgos indios. Su especialidad eran las cartas y sobre todo el whist. En su larga campaña, ganó decenas de miles de partidos y perdió sólo doce.

Engañados y contentos
Sólo hay siete variantes en el ilusionismo, decía el mago inglés David Devant (1868-1941): 1) algo, persona o cosa, aparece y desaparece; 2) algo se transforma en algo distinto; 3) algo es transpuesto de un sitio a otro; 4) algo o alguien son cortados en partes y después rehechos; 5) algo o alguien flotan en el aire sin ayuda; 6) algo cobra vida, y 7) el ilusionista lee la mente y predice el futuro. Se sabe todo sobre estos trucos básicos: han sido mil veces documentados, pero hasta el día de hoy siguen funcionando a pesar de todo.

En 1922, John E. Coutts se hizo filmar mientras serruchaba a su asistente a un lado y otro del ombligo y exhibió el truco con todos sus pormenores. La película aburrió al público, que siguió asistiendo a los cortantes shows de otros magos, como Selbit, Goldin, Thurston y Dante, deseoso de seguir siendo engañado.

El fracaso de los soplones debe de tener algún significado moral o psicológico. En 1876, el inglés Angelo Lewis publicó Magia moderna (1876), y luego Más magia y Magia reciente. En esos libros contó todos los trucos conocidos hasta el momento. Sus colegas lo quisieron matar. Sin embargo, la crisis se transformó en oportunidad, y a partir de entonces tuvieron que dejar a un lado ciertos lugares comunes y dedicarse a inventar nuevos efectos. Un ejemplo típico de adaptación a los nuevos tiempos sin perder la vieja esencia lo dio el mago francés Bautier de Kolta. Su número más fuerte, «La dama desaparece», había sido develado paso a paso por el infame Lewis. Entonces Bautier inventó «El dado creciente». Mostraba al público un dado de 20 centímetros de ancho y juraba que ahí adentro estaba su esposa. De pronto, el dado comenzaba a crecer hasta alcanzar el metro de ancho y la señora salía tranquilamente del encierro.

Grandes clásicos
Como dijimos, los espectáculos de magia, en los grandes teatros y en carpas de circo, atraían a enormes multitudes durante las dos últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX. Por el Egyptian Hall, de Londres, pasaron los mejores magos del mundo. Entre ellos, el belga Servais Le Roy (1865-1953), famoso por intercambiar en escena las cabezas de un gallo y un pato, crear de esa manera dos animales míticos y lograr que se persiguieran mutuamente, lo que producía, sin duda, un efecto muy cómico. Le Roy inventó el número más famoso de todos los tiempos, «La levitación de la princesa Asrah». Hacía elevar por el aire a su asistente, le pasaba un aro por el cuerpo para demostrar que no estaba colgada de una cuerda, la tapaba con una sábana y la hacía desaparecer.

Dos celebridades se disputaban la corona en Estados Unidos a fines del siglo XIX: el parisino Alexander Herrmann (1884) y Harry Kellar (1849-1922, nacido en Pensilvania). La dinastía Herrmann había establecido el aspecto canónico del mago: bigote encerado, barbita en forma de perilla, frac de gala. El momento más glorioso de Alexander era cuando le cortaba la cabeza a su asistente, la ponía sobre un armario y seguía charlando con ella como si nada extraño hubiera acontecido.

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Kellar, que había recorrido el mundo como asistente y apoderado de los hermanos Davenport, falsos espiritistas, descubrió al regresar a su país que Herrmann era más famoso que él. No lo pudo soportar y le declaró una guerra de la que no estaba excluido el espionaje. Lo seguía para coincidir con él en las mismas ciudades, tapaba sus carteles, lo provocaba y lo desafiaba. La prematura muerte de Alexander en su vagón privado, quizá neurotizado por los hechizos de su oponente, lo dejó a Kellar como único rey. Le gustaba hacer todo a lo grande: las rosas que hacía crecer en segundos de sus propias semillas inundaban completamente el escenario y se lanzaban, ávidas, sobre la platea.

También su sucesor, Howard Thurston (1869-1936), amaba el exceso: ponía en escena verdaderos zoológicos. Se hizo muy rico pero, desoyendo el consejo de su mentor, Kellar, comenzó a invertir en negocios que no conocía, como una plantación de naranjos en el estado de Florida. Así coronó su último truco: la desaparición de su fortuna. Tenía quince millones de dólares cuando se puso a fruticultor y salió del negocio con menos de diez mil.

Otro maestro de la época dorada fue el danés Harry Jansen, que se hacía llamar El Gran Dante. Fue aplaudido hasta el cansancio en su espectáculo Sim Sala Bim (jerigonza extraída de una canción infantil dinamarquesa). En enero de 1929, en plena época soviética, Dante se presentó en el Music Hall de Moscú. El teatro tenía 2500 plateas y se llenó en todas las funciones.

También los nazis tuvieron su mago. Fue Helmut Ewald Schreiber (1903-1963), llamado Kalanag. El significado de este nombre, tomado de los cuentos de Kipling, parecía una confesión: «serpiente blanca». Durante la Segunda Guerra Mundial, Kalanag estuvo asociado con miembros del partido, incluidos Goebbels, Goering y el mismísimo Hitler. Era el presidente del Círculo Mágico Alemán en tiempos de la guerra y daba funciones para los jerarcas. Después de la caída, consiguió reciclarse mágicamente y recorrió varias veces Estados Unidos con su espectáculo. Llegó a actuar en televisión, en el icónico show de Ed Sullivan.

Sólo de vez en cuando alguien le echaba en cara su pasado. Esto ocurrió, por ejemplo, en Detroit, en 1957, cuando una organización judía distribuyó panfletos entre los que acudían a ver la función de Kalanag. Casi nadie entró en la sala. Cuando le preguntaban, él negaba haber sido nazi alguna vez, y explicaba así sus relaciones con Hitler. «Me invitaba, y sabe usted lo que pasaba si uno rechazaba esas invitaciones…»

Fu-Manchú, argentino adoptivo
Magos de los más diversos orígenes se hicieron pasar por chinos, pues se suponía que eso les añadía una cuota oriental de misterio. Uno de ellos vivió y actuó en la Argentina mucho tiempo. Era el último miembro de una antigua dinastía familiar. El fundador había sido el holandés Eliaser Bamberg (1760-1863) quien, habiendo perdido una pierna en su juventud por la explosión de la caldera de un barco, se fabricó un compartimiento en la pierna de madera para esconder sus elementos mágicos. Lo llamaban El Diablo Cojo.

El nieto de Eliaser, Theo Bamberg (1875-1963), se autobautizó Okito, un anagrama de la palabra «Tokio». Fue un genial inventor de trucos, entre los que se destacó el de una esfera flotante que iba de aquí para allá según se lo pidiera su dueño.

El hijo de Okito, el inglés David Bamberg (1904-1974), se convirtió en el famosísimo Fu-Manchú, campeón mundial de todos los tiempos en el arte de las sombras chinescas. Mientras actuó en su patria con el seudónimo de Syko, pasó prácticamente inadvertido. Entonces viajó a la Argentina, donde se hizo tan popular como Gardel y el bife. Montaba en los teatros de la calle Corrientes su celebérrimo Bazar de magia, con acróbatas, actores y otros ilusionistas conocidos. Era una gran tienda mágica en escena. En los escaparates se veían objetos que despertaban gran curiosidad. ¿Cómo funcionarían, para qué servirían? Uno por uno, la estrella y sus invitados iban develando los misterios.

Tiempo después, Fu-Manchú se fue a España y a México, donde llegó a rodar seis películas. Las primeras anduvieron bien, pero las tres últimas fueron ridiculizadas por la crítica. En represalia, el mago abandonó el cine para siempre.

El inolvidable Fu-Manchú, hay que aclararlo, no tiene nada que ver con el personaje de las novelas detectivescas de Sax Rohmer, interpretado en el cine, entre otros, por Boris Karloff y Christopher Lee.

Houdini, rey de fugas
A diferencia de otros colegas, el húngaro Harry Houdini (Ehrich Weiss, Budapest, 1874-Detroit, 1926) ponía en juego su cuerpo, pues para escapar de los encierros en extremo riesgosos a los que se sometía por propia iniciativa necesitaba condición física además de trucos. Fue, sin duda alguna, el mago más popular y excitante de todos los tiempos, y el libro Magic… le dedica, naturalmente, muchas páginas.

Houdini eligió su nombre en parte por la admiración que le tenía al francés Robert-Houdin y en parte por ignorancia: creía que la «i» final significaba en francés «igual que». Primero se dedicó a los trucos de cartas y a la prestidigitación, pero no funcionó. Parecía incómodo vestido de frac: era robusto y más bien petiso. Entonces optó por el escapismo. Le ataban las manos, lo encerraban en una bolsa, lo inmovilizaban con nudos, guardaban la bolsa en un arcón, lo cerraban con llave y lo aseguraban con cuerdas. Su hermano Theo (que también practicaba la magia, con el nombre de Hardeen) cubría el arcón con una tela durante tres segundos, transcurridos los cuales Houdini aparecía sentado sobre el arcón, con pies y manos libres. Al abrirse el arcón, de adentro surgía Theo.

Así funcionaban sus espectáculos de escenario, pero los que más rédito le dieron fueron los que realizaba al aire libre, cuando saltaba encadenado desde altísimos puentes. A veces, al llegar a una ciudad se hacía encerrar en una caja de madera que luego tiraban al río. Miles de personas se asomaban al puente, para ver si salía. A veces lo metían, engrillado, en una celda de la comisaría, y se escapaba siempre. En los carteles publicitarios se leía: «¡Nada puede mantener prisionero al gran Houdini».

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Su carrera se prolongó 30 años, con exitosas giras por Inglaterra y Alemania. En 1913 presentó su truco más asombroso: la «cámara de tortura acuática». Lo sumergían cabeza abajo en un tanque de agua, con grilletes en los tobillos. Echaban un manto sobre la cámara. Irónicamente, y tal vez también para crear suspenso, la orquesta tocaba la canción «Asleep in the Deep» («Dormido en lo profundo»). Pasaban los minutos y el pánico crecía: ¿hasta cuándo podría durarle el aire? Por fin aparecía, chorreando.

Sir Arthur Conan Doyle, que era bastante crédulo, decía que Houdini conseguía salir de sus encierros porque era capaz de desmaterializarse. De un modo u otro, fue un mito popular. Y como para alimentar la veta mística, murió la víspera del Día de Todos los Santos, en 1926. Fue por enfermedad: no se ahogó en su cámara acuática, como mostraba la película de 1953 Houdini, con Tony Curtis y Janet Leigh. Tras la muerte del mago, grupos de espiritistas realizaron sesiones especiales para convocarlo, convencidos de que él, que se había desembarazado de tantos peligros, no podía sino haberse escapado de la muerte. Sin embargo, nunca regresó, por lo menos, no hasta el momento.

El empeño de los espiritistas era contradictorio: Houdini los había combatido incluso legalmente. Los consideraba un fraude. Decía que una cosa era la magia y otra la manipulación del dolor ajeno, en la que según él incurrían los espiritistas cuando les prometían a los deudos que los harían conversar con sus muertos.

Houdini tuvo muchísimos imitadores, incluido un Houdini negro, que se hizo conocer alrededor de los años 30. Se presentaba como Wonderful Williams. Encadenado de pies a cabeza, parecía un símbolo de la esclavitud. Cuando se liberaba, era el preanuncio de que algún día un «hombre de color» llegaría a ser presidente de Estados Unidos.

Siempre hay riesgo
En la magia, como en el circo, siempre hay un riesgo, y el lado oscuro de los hombres es capaz de deleitarse con eso. Los filos de las sierras circulares, de los serruchos y los cuchillos nunca se acercan a sus víctimas. Los disparos son de fogueo, los leones están bien encerrados en sus jaulas de doble fondo. Pero siempre hay espacio para el peligro.

El Gran Lafayette murió en Edimburgo, en 1911, cuando se prendió fuego en los cortinados del escenario donde actuaba. El público, los asistentes y el propio Lafayette escaparon sin problemas, pero mientras miraba el incendio del lado de afuera, Lafayette se dio cuenta de que adentro habían quedado atrapados su león Prince y su caballo Arizona. Desesperado, volvió a entrar para rescatarlos, pero ya no salió.

Chung Ling Soo (William Ellsworth Robinson, 1861-1918) murió en escena al ejecutar su truco del condenado. Siempre atajaba las balas con un platito de metal, pero esas balas eran de fogueo. Las reales, que mostraba al principio del show, se ocultaban en un compartimiento secreto del fusil con que le disparaban. Sólo que por fatiga del material el compartimiento se fue expandiendo y una noche la bala fue de plomo. Atravesó platito y mago y fue a incrustarse en la pared. Se recuerdan aún las últimas palabras de Chung: «¡Dios mío, algo ha salido mal! ¡Bajen el telón!».

LA LINTERNA MAGICA
El científico Étienne-Gaspard Robert, alias Robertson (1763-1838), presentaba un algo amoral espectáculo a fines de 1794, en París, poco después del auge de la guillotina y del Terror de Robespierre.

«Soy capaz de resucitar a los muertos y es lo que haré. No tienen más que nombrar a cuál de sus seres queridos desean ver», le decía al público. Acto seguido, con linternas ocultas detrás de los telones, proyectaba imágenes fantasmales, que provocaban admiración y espanto. Fue el primer puente entre la magia y el cine, arte que desplazó a los magos de los principales teatros a partir de la tercera década del siglo XX.

La transición más clara entre ambas atracciones fue obra de Georges Méliès, quien nació en París en 1861 y murió en la misma ciudad en 1938. Su papá quería que fuera zapatero, como él. El pequeño lo obedeció durante un tiempo, pero después se entregó por completo a su pasión, que era el ilusionismo. Invirtió lo que había ganado con la industria del calzado en la compra del teatro de Robert-Houdin y allí actuó como mago en dos espectáculos legendarios: El sueño de Coppelius y El decapitado recalcitrante.

Cuando, invitado por los Lumière, asistió a la primera función de cine, quedó deslumbrado. Quiso comprar la cámara, pero los hermanos se negaron a vendérsela. No se dio por vencido: ingenioso como era, se inventó una.

Sus primeras películas fueron documentales, como las de aquellos pioneros, pero pronto se dio cuenta de que podía hacer de sus dos pasiones una. Fue por azar. Cuando estaba rodando un film en la Place de l’Ópera, la máquina se trabó. Al revelar la película, se veía cómo un ómnibus que cruzaba por la pantalla se transformaba en el cuadro siguiente en coche fúnebre. Méliès comenzó a hacer películas mágicas.

Los primeros estudios que usó tenían las mismas dimensiones que su teatro y la cámara se ubicaba donde debía de haber estado la platea. De los cientos de películas cortas que hizo, algunas mantienen su condición de obras maestras. Entre ellas, Viaje a la luna, El palacio de las mil y una noches, 20.000 leguas de viaje submarino, Los secretos de la medicina y Las alucinaciones del barón de Münchausen.

por Hugo Caligaris

Fuente: 

ADN Cultura 1/4/2011

Magia, la edad de oro
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