Luz y tinieblas en mi familia, los Lugones

Una saga controvertida. Bisnieta del poeta, nieta del policía torturador, hija de la militante montonera desaparecida, la autora del texto –que reside en Europa desde hace décadas– confiesa cómo es formar parte de una familia signada por los suicidios y que incluye en su historia los valores más nobles pero también lo despreciable.

Los personajes de esta historia son públicos, pero los cuento en sus vidas privadas: fueron mi familia. Leopoldo Lugones, mi bisabuelo, se casó con Juana González y tuvo un único hijo varón, Polo. El poeta fue el marido más fiel de Buenos Aires hasta que se enamoró de una estudiante de veintipocos años cuando él ya había cumplido 52. Polo –creció rodeado de mimos, pero se intuía su maldad– se casó a los 26 años con Carmen Aguirre que apenas tenía 15 y era hija de Margarita del Ponte y Julián Aguirre, el músico. Polo dirigía entonces el reformatorio de Oliveras y fue condenado por violentar a los jóvenes que tenía a su cargo. El poeta, que había apoyado el golpe de Uriburu, le rogó la conmutación de la condena de su hijo, que fue enviado a Europa como diplomático. Luego se le confiaría la policía secreta de Buenos Aires: introdujo la picana eléctrica para torturar a los enemigos políticos. Para entonces, Carmen ya se había separado de él y vivía –junto a Pirí, mi madre, y su otra hija– con un nuevo compañero, Marcos Victoria, neurólogo y escritor. Las niñas pasaban los veranos con su padre. Polo Lugones intervino con ayuda de la policía que dirigía; vigiló a su padre, amenazó a la familia de su romántica novia. Triste, desesperado, don Leopoldo se suicidó como todo el mundo sabe, el 18 de febrero de 1938. Inauguraba así una tradición familiar, una saga de suicidas. Pirí había tenido una tuberculosis ósea a los cinco años que la dejaría renga para siempre. Era particularmente hermosa y muy joven tuvo una relación con el marido de su madre. A los 21 años, aprovechando un viaje de sus padres, se casó con Carlos Peralta, escritor y humorista y nací yo y luego mis dos hermanos. Mi madre siempre fue una mujer herida. Durante el embarazo de mi hermano Alejandro se contagió una rubéola y en aquellos tiempos no se sabía nada: Ale nació con una mano deformada. Editora, hermosa, inteligente y llena de ironía, aceptó mil trabajos intelectuales, nos mantuvo, vivió esos años sesenta desaforados y libres, y entró en Montoneros alrededor de 1972, después de que yo me fuera del país. La muerte de Alejandro, que se colgó de un árbol en el Tigre cuando apenas tenía veinte años, la destruyó un poco más. Un par de meses antes se había suicidado su padre, Polo a quien no veía demasiado. Pero fue otra desdicha. De aquellos años sólo tengo cartas. Cayó su compañero de lucha, Carlos Collarini, como tantas otras personas que ella quería: Vicky, Rodolfo Walsh, Paco Urondo. En navidades de 1977 fue detenida y el 18 de febrero de 1978, exactamente cuarenta años después de la muerte de Leopoldo Lugones, la asesinaron en un “traslado”. En ese momento lo había perdido casi todo, su última carta decía “nos van a matar a todos pero no tenemos alternativa”. Mientras la torturaban parece que decía “ustedes no saben torturar, torturador era mi padre ”. Yo me fui de la Argentina unos años antes, en el 70, sin saber por qué. Empecé de a poco, toda la vida yéndome, me fui de casa de mi madre a los 15 años, trabajaba y pagaba un alquiler. Me fui del país a los 21 años, enamorada. Y a lo largo de la vida me fui muchas veces más. Hasta diría que me gusta irme. Cambié los ríos del Tigre por el Mediterráneo. Los jacarandaes por las palmeras. El teatro Colón por la Opéra Bastille . No fue premeditado pero el tiempo pasó: diez años y luego veinte… Todo en un doble y esquizofrénico paralelo. Dos vidas en una. Mis dos orillas reunidas como si no hubiera océano. Una parte anclada en Buenos Aires y otra vivida entre París y Barcelona. Todo inmenso, intenso, cinco hijos, la inmersión en la catalanidad –nunca en el nacionalismo–, una pasión por la militancia en la escuela francesa y salir a bailar, a charlar, a comer y tratar de dormir lo menos posible para leer y descubrir los matices de otras lenguas. Y una voluntad de no ser de ninguna parte. No soy catalana, no soy francesa y en los espejos no me reconozco como argentina. Extranjera en cualquier parte en un rechazo físico a pertenecer a un solo lugar o a una sola familia. La familia no se elige, como no se elige el lugar de nacimiento. Toca como en la lotería: no tiene importancia pero condiciona. A mi familia la forman víctimas y verdugos. Por eso rechazo absolutamente clase social, patria o banderas. Para mí pasaron casi treinta años entre Barcelona y París. Nunca en esos años pensé demasiado en mi familia. Las tragedias se sucedían lejos de mi realidad tangible. Como en otro espacio temporal. Dos años después de llegar a París, embarazada y con la decisión de hacer una vida lejos de Buenos Aires, la noticia del suicidio de mi hermano el 30 de noviembre de 1971 me sacudió mucho más que el suicidio de mi abuelo Polo Lugones, a quien nunca conocí. No volví a Buenos Aires hasta 1980, por dos semanas. Renové el pasaporte en una oficina donde había fotos de los desaparecidos en busca y captura. De cierta manera el suicidio repetido y la desaparición de mi madre se convirtieron en una tristeza lejana. Nunca pude enterrar a mis muertos. Es ahora, en un cierto final de las cosas, cuando me los apodero, los hago míos, los creo y los recreo infinitamente. Durante tantos años apenas si existieron hasta que, desconocida, forastera en todas partes, decidí averiguar, juntar papeles, rebuscar en la memoria de una familia que pertenecía a tantos argentinos y sin embargo, era la mía. Todo empezó después del Juicio a las juntas militares con la reivindicación de Pirí Lugones, mi madre. Las periodistas Analía García y Marcela Fernández Vidal preparaban un libro homenaje a Pirí y me pidieron un texto. Aquellas tres páginas me hicieron recuperar mi propia historia y empecé a escribir Retrato de Familia, que entonces se llamaba La mort dans le miroir, en francés, lo que me permitía la distancia literaria necesaria. Yo misma lo traduje y se publicó en 2009, muchos años después de haberlo escrito. De pronto, al escribir a mi madre, me podía escribir a mí. Porque todo empezó después. Vivir y saber que dentro de ti viven también todos ellos. Y corren por su sangre los fantasmas. Te pertenecen, te vivifican, son tu propio cuerpo. Busqué y junté al azar de los encuentros y de la muerte de otros familiares, Los papeles/ las cartas de mi madre/ las cartas de mi abuela/ el diario suicida de Alejandro/ los prólogos de Polo Lugones, único heredero de su padre/ las necrológicas de la época. Junta-papeles. Puedo ordenar, casi matemáticamente, el dolor que me habita pero que no me impide ser una mujer amante, amada y feliz. Aunque siempre ahí detrás duerme la melancolía, la ausencia. Yo puedo evocar los sufrimientos de todos ellos como si vivieran dentro de mí. Leopoldo Lugones se suicidó en el Tigre, ya muerto de pena ante la intolerancia de su único hijo. La elección del cianuro en el vaso de whisky me sigue impresionando tanto como su imposibilidad de ser feliz. Pirí sabía que iban a por ella y no quiso abandonar ni país ni lucha para sobrevivir a pesar de que hubiera podido, como otros montoneros que siguen vivos en Europa. O allí. Y en puestos de gobierno. La desaparición nos desconcertó. ¿Cómo podía estar viva y/o muerta al mismo tiempo? Ausente de nuestras vidas y quizás presente en alguna parte. Todos somos culpables. Y no hay culpa. A estos personajes principales que forman parte de la historia del país, se juntan otros que no fueron secundarios. Mi padre se fue a morir a Buenos Aires en 2001, tras 25 años en Europa, siempre muy cerca de mí. Y tampoco fui al entierro. Algo en mi corazón está roto desde la desaparición de mi madre, porque su muerte la supe muchos años después de vivir con su ausencia viva tantos años. Y los remordimientos por haberlos mantenido vivos tan lejos. Y muertos tan cerca. Un don Leopoldo en miniatura, tal como lo muestran las fotos, con su bigote o lanzado en un duelo con florete. Escribe dentro de mí, concentrado y tacha y vuelve a tachar hasta que da con la palabra justa, con una tinta negra como su pelo renegrido, algo aindiado o satisfecho de su casamiento con Juana, o su mirada busca los pájaros que llenarán su poesía, colibríes y jilgueros y la casita del hornero hecha de barro, como en barro se convirtió su apasionado romance con Aglaura, tantos años más joven que él, en aquel pacato Buenos Aires. O lo veo recorrer desde mis venas el imperio jesuita en Misiones. O montado, como lo muestran las fotos que conservo, en uno de los caballos de Abdera. Otras veces su hijo Polo, y lo adivino bajo mi piel, tortura a jovencitos en el asilo de Oliveras y otro día se casa con mi espléndida abuela de 15 años y la hará sufrir, porque en él se centra la maldad de esta familia, y hasta puedo imaginarlo cuando mira el tendido eléctrico para que las vacas de San Luis no se escapen y decide que puede utilizar ese método para torturar a los enemigos políticos del régimen de Uriburu. Sus ojos son de sapo y palpitan con mis miedos. Aquí en la mano, como una muñequita de plástico perfecta, aunque la imperfección la atenazaba, tengo a mi madre, siempre digo mi madre, jamás Pirí Lugones y la veo atropellando el mundo con su ironía y su fuerza, no le hacían falta metralletas, su lengua le bastaba y al mismo tiempo es difícil, aunque lo intento, verla acunarme en sus brazos, calmar mis desesperaciones. Y otras veces la veo “corré renga corré”, torturada en uno de los centros de la ESMA y vuela por mis venas, debajo de la piel la tengo, ella que sabía como educar gente libre, como hacer mermeladas o descubrir la literatura detrás de los libros que le proponían los escritores. ¿Qué hubiera dicho de mi escritura?, pienso a menudo. Tengo a mi padre, asustado en el momento que se casó con mi madre, con “esa familia”, como solía decir, y siempre está sentado en postura yoga delante del mar y de mis ojos. Y tengo a mi hermano Alejandro, su mano deformada, inteligencia clarividente, todo dolor y sufrimientos físicos, Alejandro mi hermano, Alejandro que nos dejó con apenas veinte años y yo lo mantuve callado durante treinta años para que ninguno de mis hijos me avasallara con un suicidio. Alejandro que era rock y talento, hongos alucinógenos y tristeza. Tengo todo lo malo de todos ellos y también lo otro. Tengo impurezas desasosiegos y abandonos. Siento que la ironía malvada de mi madre, su belleza y su desparpajo a veces se apoderan de esta persona que soy, como resiste mi decisión de no suicidarme, o la imagen de las ignorancias premeditadas y buscadas de mi abuela, la buena educación o la consigna “la propiedad es un robo” de mi padre, que no me ha dejado comprar nunca ni una casa, ni un perro ni un coche. Pero también deben vivir en mí los cambios ideológicos de mi bisabuelo, la maldad intrínseca de mi abuelo y el deseo de ellos de existir en el mundo. Diminutas personas que me habitan. Sin pena ni nostalgia. A veces, como yo, hablan en francés o en catalán; a veces son terriblemente argentinos. Los mantengo vivos mientras vivo. Y los escribo una y otra vez. por Tabita Peralta Lugones, autora del libro «Retrato de familia» Fuente: 

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Diario Clarín 7/9/2013

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