Luis Sandrini en Playa Serena

La palabra “Perón” estaba prohibida. Playa Serena era el Sahara y a los padres de unos compañeros de la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano se les había ocurrido alquilar una Boîte-Restorán para ver si ganaban unos pesos. Allá fuimos, a la aventura. El lugar era un desierto corroborado por cuatro o cinco casas de veraneo equidistantemente aisladas.

 Curioso en la primera mirada, el edificio tenía dos plantas: comidas abajo y franeleo arriba por parte de furtivas parejas que venían en auto desde Mardel; luego nos enteramos de que era una obra de calidad que figuraba en libros de arquitectura. Tuvimos que trabajar con enormes ganas y mucha seriedad para convertir aquel fardo en un lugar medianamente suntuoso. Cargados de júbilo nos zambullíamos con exaltación y sin desdoro en aquel verde mar tan eminente e indestructible. El restorán trabajaba con los autos de la ruta. Sólo faltaba una gasolinera para que aquello pareciera el decorado tan común en las películas norteamericanas. Cuando el mar dejó de ser una portentosa alegría, nos aburríamos como hongos hundidos en la nieve. Sólo éramos nosotros, el guardavida y un pedorro puestito de panchos y gaseosas que languidecía como nuestra Boîte-Restorán, debido a que todavía no habíamos entrado en temporada. Inesperadamente apareció un auto que estacionó descendiendo por el talud hacia la playa. Era un matrimonio con dos chicas. Plantaron sombrilla y disfrutaron de la tarde. Al otro día, coincidimos y, como éramos los únicos pateando arena, nos consideramos en la obligación de ir a saludar. ¡Qué sorpresa!, eran Malvina Pastorino y Luis Sandrini con sus hijas. Para mí fue una novedad verlo pelado, porque en todas sus actuaciones y en las revistas siempre tenía pelo. Aquello dejó de ser el Sahara y comenzó a tomar color. Vinieron a comer al semivacío restorán y durante esos días podría decirse casi que fuimos del mismo barrio. Nunca los cargoseamos y sólo nos comunicábamos cuando ellos nos buscaban. No siempre venían a comer, pero cuando lo hacían se quedaban horas y hasta tomábamos mate mientras charlábamos. Le preguntábamos sobre su trabajo de actor, especialmente de Cuando los duendes cazan perdices, que hasta ese momento era la obra teatral con mayor permanencia en cartelera durante años; yo elogié La casa grande, una película que me había gustado mucho y en la que él estaba estupendo, y terminamos en Hollywood. Contó que cuando James Mason, el actor inglés que estaba en su mejor momento, lo invitó a comer a su casa, él fue con la idea de hablar de cine y arte en general y resultó que Mason le explicaba muy solemnemente que debía guardar con mucho cuidado los recibos de los gastos porque luego le servían para descontarlos en los impuestos que debía pagar y que eran muy gravosos. También habló de la amistad con Cantinflas, estaban por filmar juntos, y montones de anécdotas. Describió el taller que tenía en los fondos de su casa, donde lo pasaba rebién porque él, Sandrini, necesitaba trabajar con las manos, sentir que podía hacer cosas como arreglar una silla o tornear un madero, y que eso lo hacía sentirse útil. En aquel momento me resultó extraño escucharle decir eso, hoy lo entiendo. Casi un mes después, al despedirse, él nos agradeció la amistad brindada y, sin decirlo, claro, que nunca lo hubiéramos escorchado y lo dejáramos disfrutar junto a los suyos de la solitaria y hermosa playa. De aquel recuerdo me queda una foto borroneada tomada con una camarita de cajón; yo lo abrazo muy confianzudo e irrespetuoso; él sostiene una sillita de playa en la que llevaba, a instancias de las hijas, unos bichitos que bien no se sabía si aún eran pececitos o ya habían llegado a ser pescaditos; la tela de la sillita era fuerte y permitía que el agua de mar no se volcara y los bichitos aún colearan a duras penas. Muchos años después, y gracias a que me había ido bien en el emprendimiento literario, tuve el honor, junto a otros, de participar de un programa televisivo conducido por La Chona, y tener la suerte de sentarme a su lado como lo había hecho en la Boîte-Restorán de Playa Serena. Estaba tan emocionado y mudo que La Chona tuvo que decirme que hablara algo. Yo sólo pensaba que mi madre estaba viendo el programa llorando a cataratas. No sé por qué, quizá porque creí que podría incomodarlo, no le dije que ya lo había conocido. Cuando enfermó gravemente, Cantinflas, con ese mismo humor que usaban al cartearse, le envió un telegrama en el que le decía: “Te ordeno que te repongas de inmediato”. Pero Sandrini, quizá queriéndole responder con una broma de humor negro, le llevó la contraria. Y ahora, dando la casualidad de que se cumple un nuevo aniversario de su nacimiento (22 de febrero de 1905), estoy escribiendo sobre él sin saber por qué. Quizá porque no sólo fue un gran señor, en la escena y en la vida, y representó un valioso y acabado modelo del argentino medio, sino, además, porque junto con él se fue una época en la que repicaban campanas y se crecía con dicha y convicción y codicia desmesurados en este imperceptible deslizamiento, en este corto viaje, espléndido, patrañero y fatal, que nos lleva, sin otra escapatoria, al fin de la noche.

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por Enrique Medina

Multimedia: 

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Luis Sandrini, en su personaje de Felipe – ETER El Siglo por Radio CD 2

Fuente: 

Diario Página/12 23/2/2011

Informacion Adicional: 

Quién era Luis Sandrini:

El nombre completo de Luis Sandrini era Luis Santiago Sandrini Lagomarsino. Había nacido en Buenos Aires el 22 de febrero de 1905. Era hijo de un actor teatral que había decidido radicarse en San Pedro, provincia de Buenos Aires. Se recibe de maestro, aunque nunca llegará a ejercer. A los 18 años vuelve a la Capital y se integra al staff de Circo Rinaldi, donde fue comparsa, payaso y tony. El salto de la arena al teatro era inevitable, pasando a revistar en la compañía de Enrique Muiño y Elías Alippi, donde en 1933 compone al Eusebio de “Los tres berretines”, que habría de consagrarlo. el mismo año hizo “El hijo de papá”. Comenzó -como muchos actores nacionales- en el circo criollo, participando en obras gauchescas. Más tarde lo hizo en teatros. En 1933 participó en la primera película hablada, estrenada y hecha en el país: “Tango” (de Moglia Barth), junto a Juan D’ Arienzo, Juan de Dios Filiberto, Pepe Arias, Alberto Gómez, Libertad Lamarque y Tita Merello. El personaje que compone en esa cinta es el paradigma que -con algunos toques más o menos finos-, realizó a lo largo de su vida.
 
Ese tipo, un muchacho buenote, falto de malicia aunque no de picardía para hacer valer las buenas causas, se llamaba -con las variaciones del caso- Felipe. “Todos mis personajes se me parecen porque fuí y soy como ellos y, sobre todo, porque mi público era y es así”, dijo alguna vez. El día en que anunció que archivaba para siempre el personaje de Felipe explicó que lo hacía porque en el mundo se había dejado de apreciar “el gran valor de las pequeñas cosas”. En 1934 interviene en “Riachuelo”, un año después “La muchachada de a bordo” (con Tito Lusiardo y Benita Puertolas). En 1936 filma “Loco lindo” con Sofía Bozán, “Don Quijote del altillo” con Nury Montsé y “El cañonero de Giles”, con Luisa Vehil. Después de “La casa de Quirós” (1937), de Moglia Barth, Sandrini -que se había casado con la actriz Chela Cordero- no se olvida de uno de sus maestros y produce “Callejón sin salida” en el mismo año, film que marca el debut de Elías Alippi en la realización cinematográfica. De allí en más no paró de actuar, trabajando con todos los actores y directores de renombre de la época. Un hito singular en su carrera fue “Chingolo” (1940), primer obra de importancia en la filmografía de Lucas Demare -quien marcó una primera etapa fundamental- en la evolución de Cachuso-Sandrini-Berretín. En 1946 vive un fogoso amor con Tita Merello que duró diez años, incursionaron en el cine mexicano y vivieron dos años en ese país. En 1948 regresan y protagonizan juntos “Don Juan Tenorio” y “Juan Globo”, ambas de 1948. En la década del ’50 trabaja junto a Malvina Pastorino, quien será la última mujer de Sandrini, actúan en la obra de teatro “Cuando los duendes cazan perdices” y en la película “Payaso”. En 1962 integró el elenco multiestelar de “La cigarra no es un bicho”, de Daniel Tinayre, encarnando el personaje de “Serafín”. En la década del ’70 empezó una saga de films, empezando por “El profesor hippie” (1969), “El profesor patagónico” y “El profesor tirabombas”. Luego vendrán los clásicos de Enrique Carrera como “Los chicos crecen” (1974) y “Así es la vida” (1976). Filmó casi ochenta películas. Sus últimas películas fueron dirigidas por Ramón “Palito” Ortega: “El diablo metió la cola”, con Niní Marshall y “La familia está de fiesta”. Cuando concluye la filmación de “Que linda es mi familia”, empieza una agonía de 16 días que acaba con su vida. Sus films obtuvieron reconocimiento internacional, especialmente en España y las comunidades de habla hispana en EE.UU. En sus últimos años de vida, Sandrini se dedicó a la carpintería y a su familia.
 
Fuente: www.todo-argentina.net


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