Los últimos días de San Martín

“Más ruido hacen 10 hombres que gritan que cien mil que están callados”.Deseaba morir en Buenos Aires pero sus dolencias y casi ciego le impidieron regresar a su patria.  

Ante su impotencia dictó su testamento y en una de las cláusulas había insertado lo siguiente: “Prohíbo el que se me haga ningún género de funeral y desde el lugar en que falleciere se me conducirá directamente hasta el cementerio, sin ningún acompañamiento, pero sí desearía el que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires”.
En 1849 contrae nuevamente el cólera agravándole su gastritis crónica acarreándole graves complicaciones. Al año siguiente, precisamente el 6 de agosto pidió se lo hiciera pasear por la zona pero al retornar a su casa no pudo descender del coche por sus propios medios siendo llevado en brazos hasta su alcoba depositándolo en la cama.

De allí no se levantó más hasta el día de su fallecimiento. Como avizorando que su vida se estaba apagando llamó a su hija Mercedita –como acostumbraba llamarla- le dijo disponiéndola para el funesto desenlace: “C’est l’orange qui mène au port” (Es la tormenta que lleva al puerto).

 

        Daguerrotipo del General San Martín

Al día siguiente, casi agonizante, se le suministró cuantiosos fármacos para aliviarle los dolores sin producir pérdida de conciencia y, como así, sedantes con el objeto de reducirle la tensión nerviosa e inducirle el sueño; medicamentos que le resultó contraproducente. Al costado de su lecho de enfermo se reunieron familiares y amigos, más el científico que lo asistía. La noche transcurrió tranquila.

El 17 pidió se lo levantara y lo condujeran hasta la habitación de su hija. Allí se sentó para escuchar la lectura de los diarios del día, almorzó y dormitó un poco al lado de su hija. Aproximadamente a las dos de la tarde se le desencadenó gastralgias, úlcera péptica y hemorragia digestiva. A ello se incrementó con un estado tembloroso y frío que envolvió todo su cuerpo. Lo acostaron en la cama de su hija y con voz trabada pronunció estas palabras: “Mercedes, ésta es la fatiga de la muerte”. Concluida esta frase después de una leve agitación temblorosa expiró a causa de un aneurisma que paralizó el corazón.

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Las agujas del reloj de pared marcaban las tres de la tarde.

Valioso testimonio

El pensador argentino, político y prestigioso orador y autor de numerosos libros Félix Frías, estando en París resolvió visitar a su amigo José de San Martín en su residencia de Boulogne-sur-Mer quien, entre otras cosas, dejó el siguiente relato: “…En la mañana del 18 tuve la dolorosa satisfacción de contemplar los restos iluminados de este hombre, cuya vida estará escrita en páginas tan brillantes de la historia americana. Su rostro conservaba los rasgos pronunciados de su carácter severo y respetable. Un crucifijo estaba colocado sobre su pecho, otro en una mesa entre dos velas que ardían al lado del lecho de la muerte. Un reloj de cuadro negro, colocado en la pared, marcaba las horas con un sonido lúgubre, como el de las campanas de la agonía, y este reloj se paró aquella noche a las tres, hora en que había expirado el General San Martín. ¡Singular coincidencia! El reloj de bolsillo del mismo General se detuvo también en aquella última hora de su existencia”.

“Al día siguiente, 19, al tiempo de colocar en el féretro los restos mortales del ilustre difunto, la caja de la guardia nacional resonaba casualmente en el frente de la casa mortuoria… El 20, a las seis de la mañana, el carro fúnebre recibió el féretro y fue acompañado en su tránsito silencioso por un modesto cortejo. Cuatro faroles cubiertos de crespón negro adornaban encendidos los ángulos superiores del carro. Seis hombres vestidos con capotes del mismo color, marchaban de ambos lados. Detrás iban el Señor Balcarce, llevando a su derecha al señor Darthez, antiguo amigo del General, y a la izquierda al señor Rosales, Encargado de Negocios de Chile. Marchaban en seguida Don José Guerrico, un joven de Buenos Aires hijo de su hermano Don Manuel, el Doctor Gérard y el Señor Seguier, vecinos ambos de Boulogne. El acompañamiento era humilde y propio de la alta modestia, tan digna compañera de las calidades morales y de los títulos gloriosos de aquel hombre eminente. El carro fúnebre se detuvo en la Iglesia de San Nicolás. Allí rezaron algunos sacerdotes las oraciones religiosas a favor del alma del difunto…

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Después de esta ceremonia el convoy fúnebre continuó hasta la catedral, vasto edificio que se construye en la parte de la ciudad llamada alta. En una de las bóvedas de la capilla, acabada ya, fue depositado el cadáver que acompañábamos. Allí descansará… Fiel siempre a sus hábitos modestos, había él mismo manifestado la voluntad de que su entierro se hiciera sin pompa ni ostentación alguna, y así se ha hecho”.

El General José de San Martín no es sólo el “Padre de la Patria” si no también el “Héroe de la Libertad americana”. (Fuente Andrés Mendieta)

por Juan Carlos Raffo

 

 

Fuente: 

www.momarandu.com 24/2/2011

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