Los jóvenes de Soweto que se levantaron contra el Apartheid

Era una fría mañana de invierno en Soweto, un barrio sólo para negros, a las afueras de Johannesburgo. Un miércoles aparentemente normal, aunque los estudiantes llevaban ya semanas movilizados contra la intención del Gobierno de hacer efectiva la ley de Educación Bantú que obligaba a estudiar en afrikáans al menos la mitad de las asignaturas.Desde primera hora de aquel 16 de junio de 1976, decenas de jóvenes comenzaron a reunirse portando unas rudimentarias pancartas en las que se podía leer «Abajo el afrikaans, abajo la ley bantú» (que imponía lamentables condiciones educativas para la población negra) o «El afrikaans es el idioma del opresor». El objetivo era realizar una multitudinaria marcha y a eso de las 9.30 de la mañana, varios miles de estudiantes se encontraban ya en los alrededores del Orlando West High School.La revolución de las nuevas generacionesLos jóvenes estaban bien organizados. La acción la dirigía el Movimiento de Estudiantes Sudafricanos, organización que bebía directamente de las ideas de Conciencia Negra, fundada por Steve Biko. Un movimiento que estaba en todo su apogeo entre los jóvenes negros sudafricanos, que se rebelaban así contra lo que consideraban la claudicación de la generación anterior a los que acusaban de derrotistas y haberse dejado pisar. Además, las recientes independencias de Angola y Mozambique, en 1974, habían dejado un mensaje claro: era posible ganar al colonizador blanco.

 Allí estaban aquellos jóvenes que cantaban y coreaban lemas contra la policía. Algunos lanzaron piedras. La policía les pidió que se dispersaran y al no lograrlo comenzó a hacer uso de los gases lacrimógenos, sin miramientos, con chavales que en su mayoría no superaban los 16 años. Los estudiantes se asustaron, reaccionaron, unos tirando más piedras, otros huyendo. De pronto se produjeron los primeros disparos. Varios jóvenes resultaron heridos.Continuaron los tiros. Decenas de estudiantes fueron atendidos aquel día por los servicios de salud para negros de Soweto. Muchos otros, llenos de rabia y desesperación, destruyeron todo aquello que encontraban a su paso, ya fueran edificios administrativos, tiendas o coches. Hubo horas de máxima tensión que se entremezclaban con momentos de aparente calma.La fuerza de la imagen Fue en medio de este caos donde el periodista Sam Nzima se tropezó casi de bruces con la que sería a la vez su fotografía cumbre y el fin de su carrera. Una imagen icónica que dio la vuelta al mundo en las siguientes 48 horas, a pesar de las dificultades de las comunicaciones de entonces. El trágico instante en el que un espigado joven corre con otro en brazos, con sus caras demacradas, presas de la desesperación y el pánico. El herido (moriría pocas horas después) era Hector Pieterson, de tan sólo 12 años, y a su lado corre su hermana, poco mayor que él.El fotógrafo fue consciente de la fuerza de la imagen. Le dio los negativos al conductor, le pidió que los llevara a la redacción y acompañó a los tres niños a la clínica. Acababa de realizar la foto más importante de su carrera. Pero lo que le esperaba no eran los honores ni la fama.Al día siguiente, Soweto amaneció militarizado con cerca de 1500 agentes de policía fuertemente armados y con tanques blindados recorriendo las calles La foto se publicó en su periódico, The World, y en los principales rotativos del mundo durante los días siguientes, pero las presiones gubernamentales fueron tan grandes que la publicación terminaría cerrando tan sólo dos años después. El periodista, por su parte, se fue de Johannesburgo, volvió a su ciudad natal y rechazó volver a trabajar para ningún otro periódico por miedo a su integridad.Y no le faltaba razón. Al día siguiente, Soweto amaneció militarizado, con cerca de 1500 agentes de policía fuertemente armados, tanques blindados recorriendo las calles y vigilancia policial desde los helicópteros. Los enfrentamientos continuaron y las protestas se repitieron en otros barrios y ciudades del país, como Alexandra o la Universidad de Zululand. Era el preludio de la brutal época de violencia que estaba por venir.La represión se cebó con todos aquellos a quienes la policía consideró como cabecillas de la revuelta. Steve Biko fue uno de los peor parados: logró esconderse durante un año, pero el 18 de agosto de 1977, la policía dio con él. El activista fue torturado durante semanas hasta su muerte, el 11 de septiembre. En total, según la Comisión de Investigación del caso, entre aquel 16 de junio y el 28 de febrero del año siguiente murieron al menos 575 personas (aunque otras voces aumentan la cifra de muertos hasta los mil). Esta comisión era una de las particularidades de la Sudáfrica de aquellos años: un país capaz de exigir una investigación relativamente independiente (realizó un exhaustivo trabajo de recogida de datos, dejando unas 10.000 páginas impresas sólo con los testimonios orales) y de dejarla en manos de una sola persona: el juez de la Corte Suprema Judge Cillié, por supuesto blanco.Una consecuencia inesperadaEn esta situación de represión total, otros líderes, muchos de ellos pertenecientes al movimiento de Conciencia Negra, decidieron huir del país. Esto tuvo una consecuencia inesperada: quienes durante años habían renegado del Congreso Nacional Africano (la oposición tradicional al Apartheid) marchaban ahora a países donde, a pesar de ser bien recibidos (Zambia, Reino Unido, la URSS o Mozambique), sólo el CNA tenía infraestructura suficiente para seguir con la lucha. Ahora, el destino de los nuevos y viejos combatientes se unía. Por ello, (y por la repercusión mundial de lo sucedido) algunos analistas consideran la revuelta de Soweto como el principio del fin del Apartheid. Cierto es que todavía quedaban muchos años para eso, pero no se puede negar que supuso un revulsivo para el CNA, que volvió a tomar cuerpo a principios de los 80.Una década de violencia después llegaría la pacífica transición y desde entonces Sudáfrica celebra cada 16 de junio el Día de la Juventud, con actos festivos por todo el país y un carnaval por las calles de Soweto. Más tarde, en en el año 2002, abría en la calle Khumalu el Museo Hector Pieterson, en memoria de todos aquellos que perdieron la vida entre las balas y que, con su muerte, comenzaron a ir desmontando el Apartheid. por Aurora M. Alcojor Fuente: 

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Diario El Mundo 16/6/2016

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