«Los hijos de los 70 tienen las marcas y las huellas de las decisiones de los padres»

En «Hijos de los 70. Historias de la generación que heredó la tragedia argentina», Carolina Arenes y Astrid Pikielny reúnen testimonios de herederos de los diferentes actores de aquella etapa. Infobae las entrevistó.

Hace tres años, las periodistas Astrid Pikielny y Carolina Arenes se lanzaron a un trabajo que aún hoy las conmueve: investigar para poder narrar la vida de los hijos de los protagonistas de los años 70. Con respeto, sin juzgarlos y evitando el golpe bajo, las autoras hicieron lo mejor que puede hacer el periodismo: ponerse a un costado sin pretensiones de protagonismo y contar una historia bien escrita. Pikielny y Arenes reunieron veintitrés crónicas, pero en realidad se trata de una sola, la de la tragedia de una etapa de la historia argentina que quizá haya sido la más difícil desde la perspectiva del vínculo entre padres e hijos. Hijos de militares condenados por delitos de lesa humanidad, hijos nacidos en cautiverio, hijos de líderes guerrilleros, de empresarios, intelectuales o gendarmes, pasan por estas páginas con voz propia. Las autoras ofrecen un libro necesario, con fragmentos en los que el lector debe probar su propia entereza para pasar a la página siguiente y con un enfoque original que completa una historia poco explorada (La guardería de los montoneros, el excelente trabajo de Analía Argento, es, quizás, el principal antecedente que desde la investigación periodística se había acercado a narrar la voz de los hijos). Hijos de los 70, el libro que Sudamericana comenzó a distribuir esta semana en las librerías, es un aporte fundamental para que la sociedad argentina dé un paso hacia adelante en busca de una mejor convivencia en paz, sin ocultar las diferencias y con una democracia plena alejada de todo tipo de violencia. —¿Qué significa narrar la tragedia? —Pikielny: Es una responsabilidad enorme hablar de la vida de otros, son vidas que continúan después del libro. Este no es un libro de ficción. Estuvimos tres años literalmente sumergidas en las historias, en contacto permanente con ellos, más allá de las entrevistas personales. Por otro lado, es también una responsabilidad hacerlos hablar del dolor. Estamos muy agradecidas porque hayan abierto las compuertas de historias que actualizan muchas cosas, de heridas que a veces parecen cicatrizadas pero se abren; en todas las conversaciones hubo lágrimas y hubo dolor. Hay un pasado que no ha pasado, hay un pasado presente en el que obviamente en estos años estuvimos metidas tratando de acompañar y tratando de hacer nuestro trabajo de una manera honesta. —Los hijos de los setenta, en términos generales, no habían hablado en forma explícita, salvo a través del arte: en la literatura con autores como Félix Bruzzone o Laura Alcoba, en el cine con «Los rubios» o, inclusive con la música. ¿Por qué creen que ocurrió? —Arenes: Hay distintos casos, hay algunos colegas como Marta Dillon que sí se había expresado periodísticamente, pero es verdad que una buena parte lo contó a través del arte. Algunas de las personas que entrevistamos lo habían contado, pero en las páginas de los diarios y todo eso vuela mucho más rápido. Distinto es leerlo en un libro y que además haya habido mucho tiempo en los encuentros porque las entrevistas fueron muy largas. En el caso de [Mario] Firmenich, él había hablado con Analía Argento para La guardería montonera. —Ese tal vez sea el gran antecedente del trabajo de ustedes, por fuera de los ámbitos académicos. —Arenes: Claro, tiene puntos de contacto. Quizás acá el planteo de fondo del libro era, además de la propia historia, qué posibilidad había de pensar la historia alrededor de la propia. Por ejemplo, Firmenich hace referencias a otros dolores que no son sólo los que le tocó vivir a él. En muchas de las historias está eso. —¿Cuál fue el criterio para elegir a los hijos protagonistas de estas historias? —Pikielny: Queríamos diversidad, historias distintas. Hubo muchos contactos off the record con gente que conversó largamente con nosotros y que después prefirió no estar, porque esto actualiza dolores o porque no quieren abrir heridas familiares o, en algunos casos, porque prefieren no convivir textualmente con personas que piensan distinto. En otros casos, empezamos a hacer una serie de contactos y hubo puentes, una historia llevó a la otra y se terminaron armando un abanico de historias muy distintas de hijos de militantes, de militares, de policías, empresarios, sindicalistas, de un intelectual, hijos de padres muertos por la dictadura, de padre muertos por ERP, por montoneros, por Triple A, hijos de padres presos, hijos nacidos en cautiverio, con historias de violencia antes del golpe y después del golpe. Se terminó armando un libro que, si bien tiene puntos en algunos casos, reúne voces muy distintas y muy singulares. —Una de las conclusiones que surgen después de leer estas historias es que, frente a la tragedia, las decisiones son diferentes. Es difícil encontrar una respuesta igual en estos casos. ¿Hay quienes quieren saber e investigar y hay quienes no, por ejemplo? —Pikielny: Cambiaría el verbo: hay personas que pueden más que otras. En algunos casos, hay más recursos, más coraje y más trabajo personal. Hay hijos con un gran trabajo psicoanalítico, con mucho diván encima y en otros casos no se quiso, no se pudo o se eligió no hacerlo. Hay casos con más recursos para poder saber y hacer algo con eso que te tocó y, en otros, se hace lo que se puede y se convive con eso de la mejor manera. —Arenes: También hay muchos hijos que están conformes y les alcanza con las respuestas que obtuvieron en sus familias, pueden vivir con eso bien y no sienten una deuda pendiente respecto a lo que falta saber. Está contestado y sólo falta vivir con esa marca. —¿El gran dilema es cómo se lleva el peso de esa mochila? —Arenes: Esa era la pregunta inicial. Todos tenemos que vivir con marcas, todos venimos de alguna historia y el trabajo de la vida de todos nosotros es cómo partimos. Todos partimos de eso: «¿Qué hacemos con eso? ¿Qué podemos hacer?». Esas eran las preguntas que estaban en todas estas historias. Te tocó eso, porque nadie elige la historia de la que viene. ¿Cómo te plantás? ¿Cómo resignificás esas heridas? ¿Cómo seguís? —Pikielny: Nos parecía importante darles voz a los hijos. Los hijos no tienen que rendir cuentas penales ante la Justicia y tampoco tienen un lugar en la historia. Sin embargo, son los hijos los que tienen las marcas y las huellas de las decisiones de los padres. Era interesante visibilizar la voz de estos hijos que no han tomado decisiones y que, sin embargo, han recibido muchas de las marcas. Hijos que, a su vez, ahora son padres, entonces es interesante el cruce intergeneracional que se pone en movimiento. ¿Qué relato y que historias les cuentan estos hijos a sus propios hijos? —Ese me parece que es un punto que atraviesa a todas las historias: no en todos los casos, pero en la mayoría, la propia maternidad o la paternidad despierta la avidez por conocer más de los padres. ¿En muchos casos ese es el punto de partida para conocer la historia? —Arenes: En muchos casos es así. En el caso de las hermanas Donda. Justamente a Eva una de las cosas que le motoriza la necesidad de encontrarse con Victoria tiene que ver con su embarazo y después con el embarazo de la hermana. Hay algo ahí que evidentemente lleva hacia adelante. Félix lo expresa muy bien cuando dice cómo puede ser. «Tengo cuarenta años y me sigo haciendo preguntas sobre esto» y agrega: «Una respuesta provisoria (es que) mis hijos están empezando a preguntar y tengo que darles respuesta». —Pikielny: En el caso de Luciana Ogando, cuyos padres fueron militantes montoneros y al papá lo fusilan sus compañeros, cuando a ella le detectan un tumor y le comunican que no va a poder ser madre biológica, inicia el camino de necesitar hablar de todo esto, porque la estaba matando. Esa noticia pone en marcha muchas cosas y motoriza la necesidad de hablar. —En el caso de los padres de los protagonistas de este libro, esto es, los actores de los setenta, hay muchas veces cierta culpa por haber sobrevivido. Es algo recurrente, que se escucha cuando uno habla con ellos. ¿Existe eso en los hijos? —Arenes: Vuelvo a la historia de Mario Javier Firmenich: ambos padres están vivos y encima su padre era uno de los máximos liderazgos que se dio en montoneros. No está explicitado, pero hay toda una serie de respuestas que él se da que tienden a explicar esa circunstancia. Insisto: no está explicitado y esto es una lectura, pero hay ahí una incomodidad, hay un dolor. En el caso de Luciana Ogando, ella habla de la culpa de su madre por haber sobrevivido, aunque la madre no lo diga con esas palabras, ella entiende la dificultad de su madre para hablar y darle respuestas. Ella lo que lee, además del dolor de la derrota, el dolor de tantos compañeros muertos, también lee la culpa de estar viva. —Uno de los textos que cruza las historias es la autocrítica de Héctor Leis, el autor de Testamento de los años 70. ¿Cómo creen que funcionó ese libro en los hijos que entrevistaron? —Pikielny: Es curioso lo que pasó con ese texto, porque se había escrito mucho antes de [Héctor] Leis, Pilar Calveiro, Hugo Vezzetti, Oscar del Barco. Había una genealogía previa a ese texto y que tiene que ver con la autocrítica. Sin embargo, lo que logró el de Leis fue salir de los círculos más pequeños académicos y políticos y convertirse en una cosa más masiva. Ese texto se leyó mucho en las cárceles, impactó muchísimo en los hijos de los militares presos. A partir de ahí, Leis empezó a recibir oleadas de emails de hijos de militares, policías y de militantes. Para ellos, fue una voz de alivio y de cierto sosiego. En algunos casos debe haber servido y de hecho hay una historia muy linda: Malena Gandolfo es la hija de un militar que está condenado y que durante mucho tiempo estuvo confinado en una enfermería de Marcos Paz. Malena oficiaba de intermediaria a través de correos electrónicos con Leis. Después de iniciar este intercambio, ambos descubrieron —los dos son budistas— que tenían el mismo Lama y que habían compartido retiros espirituales en Brasil. Malena cuenta que esperaba ansiosa todas las semanas las respuestas de Héctor Leis y que para ella y su familia esas respuestas fueron algo muy tranquilizador. Era un militar y un ex militante, ambos budistas, uno en el penal de Marcos Paz, el otro postrado por una esclerosis lateral amiotrófica, que tenían correspondencia a través de la hija. —Arenes: Lo de Leis también tuvo para mí un doble impacto: era lógico que llevara alivio a los condenados, porque de algún modo él les ofrecía una explicación, incluso una justificación. De todos modos, Leis había sido muy claro y muy explícito en la descripción de la naturaleza del crimen de Estado que habían cometido. No escatimó palabras para describir eso y hablar de la peor barbarie de la historia argentina del siglo XX. Incluso les reclamó que rompieran el pacto de silencio. Fue una voz que pudieron escuchar en parte. Abrazaron esa voz, pero a la vez es una voz que se escuchó en parte. —¿Lo dice porque ese pacto de silencio sigue sin romperse? —Arenes: Por eso lo digo. Luis llevó muchísimo alivio y hay otras cosas que dijo que no pudieron ser escuchadas, o por lo menos que sepamos hasta ahora; si fueron escuchadas no pudieron rendir sus frutos. —En el caso de algunos de los hijos de represores, hay una solicitud para que expresen un pedido de perdón que es personal y no tanto un reclamo de aporte de información a la Justicia. —Arenes: Es un doble pedido en el caso de Aníbal Guevara. Con el esfuerzo de este hijo, que está completamente entregado a defender la situación de su padre, lograron —y esto es una opinión personal— un éxito módico hasta ahora, que fue la idea de una solicitada en los diarios que después se convirtió en una página de internet, en donde un grupo de no más de treinta presos en Marcos Paz hablan de su responsabilidad y muestran alguna disposición a pedir perdón y, eventualmente, quizás a hablar alguna vez de información pendiente. Eso es con el enorme esfuerzo de hijos. Aníbal les dice a militares y policías: «Rompan la lógica que los trajo hasta acá». —Parecería que la única forma de que la sociedad vaya a conocer esa información de primera mano va a ser por la propia presión de esos hijos. —Arenes: Y a la vez eso es una herencia muy pesada para los hijos también. Para nosotras esa también fue una pregunta: estos padres que tienen hijos que están consagrando su vida en muchos casos a defender, diría, la verdad de los padres o la posición de los padres, que son padres que también podrían hacer algo y aliviar a sus hijos. Están los hijos, no sólo teniendo que heredar algo que no pueden evitar, también se están haciendo cargo de defenderlo públicamente. Es una tarea enorme. —Pikielny: Son hijos que además posponen su vida, casamientos, eventos familiares, se abocan a los cuidados de salud de los padres, a los problemas legales con los abogados. Ponen en suspenso su vida y se entregan a la vida de los padres, padres que tampoco los sueltan y les dicen: «Hacé tu vida, porque esto lo tengo que resolver yo». —¿Cómo percibieron que llevan sus apellidos, que en algunos casos tienen fuertes connotaciones? —Arenes: En los casos de apellidos más notorios, tienen sus historias. Lo de Firmenich es curioso, porque él cuenta que depende de en qué ámbito diga su nombre, puede tanto pasar un mal momento como recibir un abrazo. —Pikielny: Muy reivindicado y muy defendido en algunos ámbitos y repudiado en otros. —Él pronuncia una de las frases que más me impactaron por la metáfora: «Me obligaron a militar con capucha», dice. —Pikielny: Es una frase tremenda. —Arenes: Es una expresión, es evidente que nadie lo obligaba, pero sí, su apellido, para militar en el ámbito donde él estaba, era un problema, eso es lo que él entendió. En el Movimiento Evita era un problema. —Pikielny: Hacia adentro no, hacia afuera sí. —Arenes: No dejarlo en cargos altos, no podía ser funcionario, sí podía militar y de hecho fue militante. —¿Cuál fue la historia que más las impactó? —Arenes: Hubo muchas, pero si tuviera que elegir, elegiría la de Luciana Ovando. Es hija de militantes montoneros y a su padre lo fusilan los compañeros montoneros. Ella crece sin conocer su historia, no porque la dictadura le hubiese confiscado la identidad, sino porque la mamá fue revelando de a poco y a pedido de ella cosas que le iba preguntando. Fue un camino dolorosísimo, muy valiente. En mi caso, la entrevista con ella fue un antes y un después. —Arenes: Hizo todo ese recorrido y le ha pedido a la madre ese esfuerzo para que pudiera hablar un poco más. Hizo un recorrido que hoy la lleva a entender a la madre. No es una hija que está hablando para cuestionar públicamente a su madre o para lastimar la memoria de eso que su madre valora tanto y a los que guarda tanta fidelidad. —Pikielny: Hay otra que es la del hijo del gendarme [Luis] Quijano, al que su padre lo llevó cuando era adolescente a «trabajar» con los grupos de tareas. Quijano creció sabiendo manejar armas desde muy pequeño, participó de varios operativos, el padre lo ponía a destruir documentación y en las comidas familiares el gendarme se jactaba de cuántos había matado un día y cuántos otro día. Él creció con ese padre con el que después se peleó. Lo entrevistamos en el 2014 y meses después muere el padre y al poco tiempo lo cita la jueza para contar esta historia que nos había contado a nosotras para el libro. por Matías Méndez Fuente: 

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infobae.com 6/3/2016

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