«Los 70»: un libro que registra el vértigo y la tragedia

“Un grupo comenzó a seguir a Rucci en julio de 1973. Sólo lo vieron tres veces; las tres veces, de espalda. La cuarta vez lo vieron a través de la mira de distintos fusiles.

Y lo mataron. A Rucci lo siguieron miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y de Montoneros. En ese tiempo, las FAR estaban cerrando los detalles finales para integrarse a Montoneros. Y entre los miembros de las dos organizaciones guerrilleras existía una implícita competencia por ganar espacios, que se instrumentaba con afiliaciones, formación de cuadros políticos y realización de operaciones militares. Pero ya actuaban en conjunto. El grupo operativo que tenía la misión de matar a Rucci poco sabía de cómo se movía su objetivo, pero disponía del tiempo y la logística necesarios para consumar la operación. En una revista Gente de junio de 1972, se enteraron de que tenía una casa en Ramos Mejía, en el oeste del conurbano bonaerense. El reportaje se titulaba “Diálogo con un condenado a muerte”. Rucci decía que no se consideraba un valiente ni había sacado “diploma de cobarde”. Sólo tenía el temor de no ver la cara de sus asesinos. Si alguien iba a matarlo, suponía, “son fuerzas extranjerizantes, ajenas a los intereses del pueblo”. (…) La foto de Rucci en la calle, con las casas desenfocadas a los costados, fue una referencia para que el grupo lo buscara en ese barrio. Pero nunca encontraron una imagen parecida. La revista aportaba otro dato que iba a resultar decisivo para la operación: el colegio al que asistía la hija del jefe de la CGT. Claudia Rucci, de 9 años, estudiaba en el “Instituto Almirante Guillermo Brown” de Haedo y ya era actriz. Trabajaba en una tira de Canal 9. Luego de rastrear por las calles de Ramos Mejía, el grupo de inteligencia empezó a buscar señales de Rucci en la CGT. En julio de 1973, Rucci dormía en un departamento de dos ambientes construido sobre la terraza de la sede sindical, enfrente de la Facultad de Ingeniería, en el bajo porteño. El edificio era de difícil acceso. (…) Durante varias semanas, distintos miembros del grupo de inteligencia que buscaba localizar a Rucci caminaron las veredas de la calle Azopardo. Memorizaban los últimos números de las patentes de los autos estacionados y luego, cuando estaban más alejados, las anotaban en un cuaderno. Para una observación más rigurosa, empezaron a ubicar una o dos camionetas enfrente o en diagonal a la central obrera. El conductor estacionaba el auto y se iba, pero dejaba oculto en la caja trasera, cubierto por una lona verde, a un hombre acostado en un sobretecho de madera, que continuaba anotando números de patentes de los autos, y observando los movimientos en la puerta de la CGT. (…) Durante un mes, los cuatro hombres que realizaban la inteligencia sobre Rucci no aportaron ningún resultado significativo. No conocían su agenda de actividades ni el auto en que se movía. Ni siquiera lo habían visto. Los ganaba el desánimo. (…). El enfrentamiento entre las facciones antagónicas en el peronismo produjo la caída del presidente Héctor Cámpora, que había asumido el 25 de mayo de 1973. Pudo gobernar sólo durante cuarenta y nueve días. Perón lo había designado al frente del Movimiento Justicialista para las elecciones del 11 de marzo, pero ni durante los días previos a su asunción ni durante su gestión le brindó respaldo político. Cuando regresó al país, Perón visitó a José López Rega en el Ministerio de Bienestar Social, pero no cruzó a la Casa Rosada a saludar al Presidente. En la visión de Perón, consolidar a Cámpora implicaba también un gesto de apoyo hacia Montoneros y a sus distintos frentes de la Tendencia Revolucionaria. El Líder prefería que el estado de movilización popular, que había sido clave para desgastar al gobierno de Alejandro Lanusse y llegar a las elecciones del 11 de marzo, no continuara. Una vez en el poder, el peronismo volvía a su apotegma clásico: “De casa al trabajo y del trabajo a casa”. (…)Para el General, Montoneros había sido una de las herramientas tácticas más eficaces de su dispositivo. La más activa para desgastar a las Fuerzas Armadas y comprometerlas con el proceso eleccionario. La que tenía que poner el cuerpo en esa lucha. Pero, después de la victoria electoral, el plan político ya era otro. Ahora propendía hacia la institucionalización democrática del país, con acuerdos de gobernabilidad entre gremios, empresarios, partidos políticos e incluso las Fuerzas Armadas. “Socialismo nacional”, “guerra revolucionaria”, “guerra de guerrillas” y otras enunciaciones que embanderaron su regreso, eran, hacia julio de 1973, un eco testimonial que empezaba a quedar lejos del núcleo de poder del Movimiento Justicialista. Después de Ezeiza, Montoneros, y la Tendencia Revolucionaria, empezaron a convertirse en grupos inorgánicos. Forzado por ese nuevo clima, aturdido por el silencio que le dispensaba Perón y sin capacidad para controlar las confrontaciones internas del peronismo, que disputaba las dependencias oficiales para controlar el aparato gubernamental, Cámpora le entregó la renuncia a Perón el 4 de julio de 1973, cuando este, convaleciente de un infarto, permanecía en su mecedora en el primer piso de la residencia de Gaspar Campos, en Vicente López. (…) Con el paso de los días, la orden de atentar contra Rucci se mantuvo sin modificaciones. Cuando el grupo de inteligencia volvió de las playas de Miramar, vio al titular de la CGT por primera vez. Fue durante pocos segundos. Rucci estaba de espalda, protegido por guardaespaldas, ingresando a una reunión del Consejo del Partido Justicialista en la calle Córdoba. La información del evento se había obtenido de los diarios. Al poco tiempo, abandonaron la CGT y empezaron a investigar el otro dato: el colegio donde estudiaba su hija, en Haedo. A pesar de que la veían en la televisión, no podían distinguir su cara entre los cientos de estudiantes que salían del colegio. Al cabo de unos días, a un miembro del grupo le llamó la atención un Torino gris. Su patente coincidía con otro vehículo de la CGT. Y enseguida vieron subir a la hija de Rucci. Siguieron el auto por la avenida Rivadavia hasta su ingreso a la Capital Federal. Allí lo abandonaron para no despertar sospechas. En días sucesivos, siguieron al Torino a cierta distancia con distintos vehículos. Una vez llegaron hasta Canal 9, donde la hija del jefe sindical grababa “Jacinta Pichimahuida”. En otra oportunidad, el destino fue la calle Avellaneda, en Flores, a media cuadra de la avenida Nazca. Allí lo supieron: Rucci vivía con su esposa y sus hijos en una casa de propiedad horizontal, en Avellaneda 2953. Con la localización de la casa, toda la estructura de movilidad del grupo de inteligencia —dos camionetas Chevrolet, un Peugeot 504 y una Citroneta— empezó a utilizarse para la guardia frente a la casa. Estacionaban sobre la vereda de enfrente y hacían turnos rotativos. Siempre había un hombre observando movimientos. Una noche vieron bajar a Rucci de un Torino, seguido por dos autos de su custodia. Esa fue l a segunda vez que lo vieron. Esa información fue trasladada por el grupo de inteligencia al jefe militar de la operación. A partir de entonces se empezó a diseñar el plan para matarlo. Las reuniones las realizaban en un departamento alquilado del barrio de Once. Armaron distintos esquemas. Uno era la utilización de un explosivo tipo mina “vietnamita”, con una chapa gruesa con forma de “U”, repleta de tornillos, tuercas y bulones. La idea fue introducir el explosivo en la caja trasera de la Citroneta y activarlo con un detonador a telecomando en el momento en que llegara el auto de Rucci. Se trataba de una operación nocturna, muy difícil de sincronizar. El mecanismo podía demorar la activación de la bomba y estallar después de que el blanco bajara del auto. ¿Y si el auto estacionaba a mucha distancia de la Citroneta y no lograba impactarlo? Era otro de los riesgos. Esa opción fue descartada. Después se pensó en otro plan: armar un grupo comando de diez personas cubiertas con cascos y chalecos antibalas y subirlas a dos camiones volcadores. Encerrar el auto de Rucci cuando saliera de su casa y dispararle a él y a los dos autos de la custodia. El jefe de las FAR, el abogado Roberto Quieto, supervisó los detalles del plan en una de las reuniones en Once. También lo descartó. Durante el tiempo en que durara el enfrentamiento contra los custodios podrían sumarse policías y patrulleros. Podría haber caídas propias. O heridos. Y la operación —Quieto lo afirmó una vez más— no podía ser asumida públicamente por FAR-Montoneros. Por eso ninguno de los hombres que actuara en la operación podría tener antecedentes de pertenencia a esas agrupaciones. Quieto pidió otro plan. (…)”.  Fuente: 

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Diario Clarín 24/3/2013

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