Las postales que revelan todos los caminos de Federico García Lorca

Bajo el título Geografía postal, se abre en Madrid una exhibición de las tarjetas que el poeta granadino intercambió durante sus viajes con su familia y amigos, como el pintor Salvador Dalí y el cineasta Luis Buñuel.

La lista de los extranjeros ilustres que por un motivo u otro amaron y vivieron en la Argentina es larga y alcanza para entender por qué durante el siglo XX se consideraba a Buenos Aires el centro cultural de América. Sobre todo durante los primeros 50 años. Basta con recordar algunos nombres para admirarse: Manuel de Falla, Witold Gombrowicz, Rubén Darío, Federico García Lorca. Justamente del poeta granadino se acaba de inaugurar en España una interesante muestra que reúne una colección de las postales que durante años intercambió con sus amigos.

Consumado trotamundos, Lorca tenía la costumbre de enviar estos recuerdos gráficos –uno de los fetiches de la comunicación propios del siglo pasado– para acercar a los suyos breves anotaciones de sus actividades alrededor del mundo. Entre las tarjetas que conforman la muestra se incluye parte de la correspondencia que mantuvo con otros artistas, como el cineasta Luis Buñuel o el pintor Salvador Dalí.

Bautizada como Geografía postal: Las postales de las familias García Lorca y de los Ríos, la exposición abre sus puertas en el día de hoy, en el Espacio para el Arte y la Cultura Caja Madrid de la ciudad de Madrid. En esta colección de postales se destacan tanto las enviadas por Lorca a su familia y amigos como otras dirigidas a él y que habían permanecido, hasta el momento, en el ámbito de la intimidad familiar. Entre las postales seleccionadas se encuentran algunas recibidas de otros artistas –como los mencionados Dalí o Buñuel–, en las que se pone de manifiesto la especial relación que el escritor mantenía con otros creadores de su época. Pero también se pueden ver otras cartas, redactadas o recibidas durante las décadas de los ’50, ’60 y ’70, de familiares y allegados de Lorca, desde los Estados Unidos, París, América Latina y otros lugares visitados por el poeta.

El proyecto se completa con la edición de un libro que recoge una selección del material incluido en la muestra, realizada por el fotógrafo Martin Parr en colaboración con Laura García Lorca, sobrina del poeta. Titulado con el nombre de la muestra, el libro reúne la totalidad de las postales de la exposición procedentes de los archivos privados de las familias García Lorca y De los Ríos, así como textos explicativos de las mismas. En tiempos en que la comunicación vía satélite y las interfases electrónicas marcan el ritmo acelerado de un mundo que parece no detenerse nunca, las postales de Lorca son el retrato perfecto de su época. Un pasado en el que un rectángulo de cartón satinado era un vehículo único que les permitía a muchos disfrutar del paseo del viajero, y además proporcionaba espacio suficiente para dar cuenta de cualquier sentimiento y compartir una vida completa.
 

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Fuente: 

Diario Tiempo Argentino 18/1/2011

Informacion Adicional: 

Federico García Lorca en Buenos Aires

“Yo sé que existe una nostalgia de la Argentina, de la cual no me veré libre y de la cual no quiero librarme porque será buena y fecunda para mi espíritu” (F.G. Lorca al despedirse de Buenos Aires, 18 de marzo de 1934) 

El 29 de julio de 1933, la compañía de Lola Membrives estrenó Bodas de Sangre de Federico García Lorca en el teatro Maipo de Buenos Aires. La obra ya había sido representada unos meses antes por la compañía de Josefina Díaz en Madrid y en Barcelona, con una acogida bastante tibia por parte del público, no obstante la ovación recibida las noches de estreno.

Como contraste, el éxito obtenido en Buenos Aires se mantuvo durante las veinte primeras funciones en el Maipo  y en la gira que la compañía emprendió pasando por Montevideo, Rosario y Córdoba. “Pocas veces los cronistas teatrales porteños han estado tan unánimes en exaltar los méritos de una novedad extranjera”, escribía Edmundo Guibourg en Crítica.

Ante estas expresiones tan calurosas del público y de la crítica, Lola Membrives proyecta reponer la obra en octubre, en el teatro Avenida, realzada por la presencia del propio autor.

          García Lorca, en el Teatro Avenida

Federico, que en agosto había culminado una gira teatral con La Barraca por pueblos y ciudades de España, tras descansar unas semanas en Granada, vuelve a Madrid a fin de preparar su viaje a la Argentina, donde ha sido invitado por la Sociedad Amigos del Arte a dar una serie de conferencias, y para asistir a la representación de Bodas de Sangre.

El poeta llega a Buenos Aires en el Conte Grande el 13 de octubre de 1933 y permanece hasta finales de marzo de 1934. Durante su estancia en la Argentina, desarrolla una intensa actividad y, desde el primer momento, se establece «un entusiasmo comunicativo» con un público que lo entiende y lo aclama.

La noche de la reposición de Bodas de Sangre en el Avenida, el autor se dirige al público para agradecerle su fervoroso recibimiento: «En los comienzos de mi vida de autor, yo considero como fuerte espaldarazo esta ayuda atenta de Buenos Aires, que correspondo buscando su perfil más agudo entre sus barcos, sus bandoneones, sus finos caballos tendidos al viento, la música dormida de su castellano suave y los hogares limpios del pueblo donde el tango abre el crepúsculo de sus mejores abanicos de lágrimas».

La mirada sensible y el corazón apasionado del poeta descubren en Buenos Aires a un público que se enciende ante el poder del teatro, como celebración gobernada por el duende cuyo grito dionisíaco se oye desde los antiguos misterios griegos. Y se siente comprendido en su obrar y en su decir creador, no por aquellos que andan tras las fórmulas académicas, sino por quienes se conmueven con las esencias vivas de la palabra, de la música, del gesto dramático.

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El éxito de Bodas de Sangre, que supera las cien representaciones, se renueva con el estreno en Buenos Aires de La zapatera prodigiosa y Mariana Pineda. Entre enero y febrero de 1934, García Lorca pasa unos días en Montevideo, donde da una serie de conferencias. Nuevamente en Buenos Aires, dirige a Eva Franco en La dama boba de Lope de Vega, y en marzo asiste al estreno de El Retablillo de don Cristóbal en el teatro Comedia. El aplauso y el reconocimiento de espectadores y crítica conmueven al poeta: «Todo lo que se dé mío llenará de gente el teatro», escribe en una carta a sus padres.

En octubre comienza su ciclo de conferencias en Buenos Aires con la lectura de «Juego y teoría del duende», a la que seguirán «Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre», «Arquitectura del cante jondo» y «Un poeta en Nueva York». En noviembre, García Lorca y Neruda pronuncian una conferencia al alimón en el PEN Club de Buenos Aires, como homenaje a Rubén Darío.

Tanto en las representaciones teatrales como en conferencias y recitales, el autor se convierte en signo de una poética que integra la palabra y el espacio en una fuerza unificadora de las distintas vertientes creadoras: «Creo sinceramente que el teatro no es ni puede ser otra cosa que emoción y poesía, en la palabra, en la acción y en el gesto». Más que un poeta que escribe teatro, García Lorca es un creador, en cuya obra no se pueden disociar la dimensión poética y la dimensión dramática. No sólo hay una compenetración del autor con el público, sino también con los actores. 

El mismo Federico monta y dirige en el teatro Avenida un «fin de fiesta» con «sabor artístico» y de “tono popular». Durante los ensayos se muestra infatigable y la compañía, contagiada de su espíritu, le responde con entusiasmo. «Esto es admirable -dice, dirigiéndose a algunos periodistas allí presentes-. Vean ustedes con qué ganas trabajan. Pueden realizar ya una tragedia, ya una farsa, ya una comedia o una comedia musical.»

Federico, que pensaba regresar a España tan pronto como pudiera («Haré mi trabajo y volveré enseguida», había escrito a su familia desde el barco que lo conducía a Buenos Aires), se ha ido quedando y le cuesta arrancar: «Pasan días, pasan noches y un mes y medio, pero… yo permanezco. Y es… que Buenos Aires tiene algo vivo y personal; algo lleno de dramático latido, algo inconfundible y original en medio de sus mil razas que atrae al viajero y lo fascina. Para mí ha sido suave y galán, cachador y lindo, y he de mover por eso un pañuelo oscuro, de donde salga una paloma de misteriosas palabras en el instante de despedida». Aquel mundo ya forma parte definitivamente de su vida y, con el dolor de la despedida, siente por anticipado ese otro dolor de lo perdido, la nostalgia: «Me voy con gran tristeza, tanta, que ya tengo ganas de volver. Ahora pienso en los días de nostalgia que voy a pasar en Madrid recordando el barro fresco, olor de búcaro andaluz, que tienen las orillas del río, y el deslumbramiento de la tremenda llanura donde se anega la ciudad, en una melancólica música de hierbas y balidos».

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Y no volvió. Tres años más tarde de aquella despedida, en agosto de 1936, caería con «sangre en la frente y plomo en las entrañas… en Granada, ¡en su Granada!» (A. Machado). Sin embargo, nadie pudo asesinar al duende del poeta que retornaría a Buenos Aires en el mundo de sus criaturas escénicas cuando el 8 de marzo de 1945, Margarita Xirgu estrenara en el teatro Avenida La Casa de Bernarda Alba, que hasta entonces había permanecido inédita.

Según cuenta Antonina Rodrigo en Margarita Xirgu y su teatro, el proyecto inicial del autor y de la actriz había sido estrenar la obra en Buenos Aires y no en Madrid. Margarita partiría hacia Cuba a principios de febrero de 1936, y Federico la acompañaría. Sin embargo, a último momento el poeta anuló su viaje prometiendo reunirse con ella en Méjico unas semanas más tarde, cuando tuviera La casa de Bernarda Alba terminada y lista para su estreno en Buenos Aires. En junio concluyó la obra y realizó algunas lecturas para sus amigos. Los acontecimientos interrumpieron trágicamente todos los proyectos. Pero la obra de arte estaba viva y seguiría su propio camino.

El día del estreno, Margarita Xirgu se dirige al público que brinda un clamoroso aplauso a la obra y a la memoria de su autor: «Él quería que esta obra se estrenara aquí y se ha estrenado, pero él quería estar presente y la fatalidad lo ha impedido. Fatalidad que hace llorar a muchos seres. ¡Maldita sea la guerra!».

Las palabras de Bernarda con que se cierra la obra contienen el grito final del poeta, antes de enmudecer para siempre. La voz de Federico García Lorca, resonando allá, en el aire de otro hemisferio, en la ciudad que lo acogió, en un espacio abierto, convierte al mundo en un inmenso teatro donde perdura la poesía: «Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! ¡A callar he dicho!… ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!».

Y así, en silencio, nos quedamos, para recordar, para reflexionar, con la emoción de la obra de arte eternizada, más allá del tiempo de la historia.

Fuente: www.sololiteratura.com – Teresa Martín Taffarel

 

   
 
 

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