Las opiniones de un noctámbulo malhumorado

La reciente aparición de “Escritos políticos” se suma a otras traducciones al castellano y reediciones que se vienen publicando de este ensayista y crítico impar, biógrafo pionero y lexicógrafo inglés. Una figura legendaria y un clásico admirado por Samuel Beckett, Jorge Luis Borges, W.H. Auden y Ludwig Wittgenstein, entre otros, y de cuyo nacimiento el año pasado se celebraron trescientos años.

Muy de tanto en tanto, la literatura ofrece al mundo un personaje vistoso, versátil, acaso indolente, dotado de un ojo crítico fulminante. Lo tuvo en el doctor Johnson, en el poeta Auden, en Borges, por limitarnos a tres casos. Monologuistas longevos, arrolladores, de cuya conversación existe abundante registro. Cada uno con su amuleto a mano –el bastón de Borges, las arrugas de Auden, la peluca polvorienta de Johnson–, consiguieron que el remate de cada una de sus anécdotas fuera casi siempre aforístico. Ancianos prematuros, se trata de figuras oraculares, ácidas, nunca cínicas, saturadas de literatura, aunque por momentos se afanaron por trascender lo estrictamente literario.

Lo vemos en Borges y el cine o el tango, en Auden y la ópera, en Johnson y las tabernas. En todas las instancias, el alejamiento más claro con respecto a la literatura fue el cortejo con la política, con suerte y astucia diversa. Fue Auden quien precisó lo que terceros dijeron de un modo más confuso: “Las obligaciones de un escritor como escritor y como ciudadano no son las mismas. La única obligación que tiene un escritor como ciudadano es la de defender el lenguaje. Y ésa es una tarea política. Porque si el lenguaje está corrompido, lo que está corrompido es el pensamiento”. Ni Auden ni Borges ignoraban, al ir envejeciendo, que terminarían con un destino similar al de Johnson, y esa reencarnación que pareció ser Borges no empequeñeció su figura sino que agigantó la de Johnson.

Fuera del ámbito privado, para un moralista no hay mejor escenario para ejercer su impronta que un escrito político. Los que acaban de aparecer en castellano incorporan notas que siguen el consejo de Johnson, en cuanto a que para poder juzgar a un hombre o una época, es imprescindible intimar con el contexto. Escritos políticos reúne ensayos y artículos sobre debates parlamentarios, la milicia y el valor del soldado raso inglés, tratados internacionales, expediciones, licencias teatrales, impuestos y un imperdible documento sobre “recientes conversaciones sobre las islas Falkland”, de 1771 (ver recuadro). Johnson sale al cruce con epigramas como: “Las personas pueden ser honestas aunque estén obrando mal”. O este otro: “El sistema político no es más que la conducta de hombres inmorales en asuntos públicos”.

Es pertinente recordar, en este sentido, que Johnson le criticaba a Shakespeare –a quien tan bien supo celebrar en otras cuestiones– el uso no funcional de la palabra, que no escribiera con un propósito moral. Para Johnson, puntualiza F.R. Leavis, un juicio moral que no se explicita no está allí.

El racionalismo de Johnson, radicalizado por su terror a la locura, poseía según George Saintsbury el “escepticismo trascendental” de los conservadores, aunque como en todos los hombres fuertes, añade, hay inclinaciones opuestas: el sentido del misterio, la religiosidad, la tendencia a gustos y opiniones extremas. Una de las cosas que se le imputan a su biógrafo más famoso, James Boswell, es que no haya transmitido del todo la enorme simpatía humana de Johnson, la furia ante la injusticia social y una bondad que iba más allá de la que ejerció en una casa por demás hospitalaria. No consideraba, por ejemplo, que ponerle una moneda en la mano a un chico dormido en la calle lo empobrecía más.

Leer también >>  Un siglo de "Platero y yo", el libro para adultos que leímos con candor

Pereza y persistencia. Tres compañeros de clase lo llevaban a Johnson en andas al colegio para que los ayudara en la tarea. Le desagradaban las caricias paternas, porque preanunciaban una tortura: demostrarles a las amistades de su padre cuán inteligente era el hijo. Auden dice que esta costumbre tal vez instaló su inclinación por la pereza aunque sin duda también su sentido de superioridad y deseo de sobresalir, “sin los que no hubieran existido la prosa y las réplicas johnsonianas”. A propósito de una tarea escolar en la que había fracasado varias veces, su madre le había dicho: “Con frecuencia nos desempeñamos mejor cuando más miedo tenemos.” Ya vemos –el padre, por su parte, era librero– dónde germinaron las semillas de quien años después declararía: “Los hijos y los padres toman distancia unos de los otros porque la esperanza y el desaliento no pueden ponerse de acuerdo”.

Johnson observaba que los hijos de la gente pobre no respetan a sus padres, por mucho que los quieran. Su padre murió cuando él tenía veintidós años y para paliar la pobreza de su familia comenzó a colaborar en periódicos. Asistió al Pembroke College de Oxford pero debió abandonar por falta de medios. Intentó ser profesor, pero sus defectos físicos –mala vista, mala audición, gesticulaciones espásticas–, como señaló Saintsbury, no eran el mejor equipamiento para la tarea.

Para atenuar su intranquilidad congénita, Johnson se convirtió en un porfiado caminante y buscó refugio en innumerables amistades. Hubo una minuciosa –temblorosa– atención de Johnson hacia los flujos y reflujos de la amistad, sobre todo entre escritores, y lo obsesionaban las rupturas: “Como la envidia es, merecidamente, su propio castigo, con frecuencia me gratifico atormentándolos con mi presencia”.

Después de años de distraída castidad, sintió una atracción desesperada por las mujeres, sin demasiada discriminación estética o práctica. A los 26, se casó con una viuda con tres hijos, mucho mayor que él. De 1747 a 1755 compiló su diccionario de la lengua inglesa. En 1750 lanzó The Rambler, una revista escrita por él mismo casi en su totalidad, que aparecía dos veces por semana. Allí firmó lo siguiente sobre el novelista Samuel Richardson: “Ese muchacho murió meramente de una falta de recambio de admiradores; se extinguió como un hombre obligado a respirar el mismo aire, hasta que se le acabó.”

Publicó el cuento filosófico Rasselas en 1759, según Saintsbury “el principal documento de la sabiduría práctica aunque melancólica de Johnson”. Su notable edición de Shakespeare apareció en 1765: “La indolencia, la interrupción, el trabajo y el placer, todos se turnan para retardarnos, y cada trabajo extenso se alarga por mil causas que pueden, y mil que no pueden, ser contadas. Ninguna vasta tarea se terminó alguna vez dentro de las fechas originariamente fijadas en la mente del ejecutor. Aquel que corre contra el tiempo tiene un antagonista que no está sujeto a accidentes”.

Leer también >>  Vietnam en guerra, por Ignacio Ezcurra

Su obra más extraordinaria, Vidas de los poetas ingleses, revolucionó las artes del ensayo y la biografía y apareció entre 1779 y 1781: “Cuando un autor está todavía vivo, estimamos sus capacidades en base a su peor desempeño, y cuando está muerto lo calificamos en base al mejor”. Viaje a las islas occidentales de Escocia y un cuaderno de plegarias y meditaciones apuran hacia el final de su vida el mapa de quien buscó consignar escritos duraderos en un contexto harto inestable. Al menos hasta 1762, año en que Johnson empezó a recibir una pensión.

Samuel Johnson era una rarísima clase de inglés: un noctámbulo y un malhumorado. Aunque hay que decir que su mal genio estaba teñido de otros típicos atributos ingleses como el humor y la excentricidad, y otros más particulares, debido a su genio a secas. Hugh Kingsmill dice que esas rarezas –la extraña posición de los piernas al sentarse, una risa desproporcionada con respecto a lo que la había originado– se entienden mejor cuando se las coloca delante de ese telón de fondo que lo acompañó toda su vida, la lucha por preservar el equilibrio mental. Vistas de cerca, sus peculiaridades y contiendas no son demasiado disímiles de las del resto de los mortales, pero sí cobran relieve mítico cuando van de la mano de una obra semejante.

Eximio equilibrista, al igual que Borges, Johnson rara vez leyó un libro de principio a fin. Jamás estuvo seguro de estar haciendo un uso adecuado de sus dones. (Siempre un blanco de identificación –este de creer que se tiene un talento desaprovechado– fácilmente tentador para cualquier lector). De una infinita perspicacia psicológica que no se detenía frente al espejo, Johnson volvió sobre esa espina una y otra vez: “La pereza, con frecuencia, es el resultado de un conflicto entre un estándar elevado al que el sufriente cree que debe aspirar y el temor a que su logro quede por debajo de lo esperado”. Borges le daba la razón a Johnson –sagaz pero no suicida– en cuanto a que “no hay que decir cosas contra uno mismo porque la gente las cree y las repite.”

La ductilidad de Johnson se vio sin duda acicalada por el apremio: “Nuestras capacidades les deben mucha de su energía a nuestras esperanzas”. Y su indolencia fue quizás la que lo instó, paradójicamente, a que una vez sentado con la pluma en la mano sus escritos se concretaran a una velocidad –que nunca dejó de tener tiempo para las más delicadas contorsiones de una frase– pocas veces vista en literatura con ese calado y ese horizonte.

En una ocasión, cuando Johnson padre no pudo atender su puesto de libros en una feria, su hijo Samuel se negó a ir en su lugar. Cincuenta años después, en un acto más religioso que político, quien ya arrastraba el título de Dr. Johnson se pasó un largo rato frente al mismo puesto, expiando ese pecado que volvía del pasado como un espectro en Hamlet. Diluvió la hora entera y Johnson, inamovible bajo la lluvia, la dejó caer sobre una cabeza descubierta.

Leer también >>  La diplomacia estadounidense ante el 17 de octubre y el Libro Azul

Hacer el deseo de competir proporcional a la importancia de la competencia parece ser una tarea excesiva para la prudencia humana. El orgullo por el ingenio ha mantenido a épocas enteras ocupadas por la discusión de cuestiones inútiles, y el orgullo de la fuerza ha destruido ejércitos para ganar o perder posesiones sin ningún valor.

No han pasado muchos años desde que las crueldades de la guerra llenaban el mundo de terror y dolor; por fin la furia se aplacó, o se agotaron las fuerzas, y la paz, con sus placeres y sus beneficios, volvió a las abrumadas naciones.

De ese estado todos sentían la felicidad y todos deseaban la continuación; pero qué continuación de la felicidad se puede esperar, cuando todo el sistema de imperio europeo puede estar en peligro de un nuevo golpe, por la disputa de unos pocos trozos de tierra que, en los desiertos del océano, casi habían escapado a la vista de los hombres y que, si por casualidad no hubieran sido una marca en el mar, quizá nunca habrían tenido nombre.

La fortuna con frecuencia se deleita en dignificar lo que la naturaleza ha descuidado, y el renombre que no se puede alcanzar por excelencia o grandeza intrínseca deriva a veces de accidentes insospechados.

El Rubicón fue ennoblecido por el paso de César, y ahora ha llegado el momento de que las islas Flakland reclamen su historiador.

(…) Entre los perturbadores de nuestra paz hay algunos animales de mayor bulto, cuya capacidad de rugir nos persuadió de considerarlos temibles, por ahora percibimos que el sonido y la fuerza no siempre van juntos. El ruido de un salvaje sólo prueba que está hambriento.

Después de todas nuestras reyertas, extranjeras y nacionales, por fin podemos tener esperanzas de permanecer tranquilos por algún tiempo, solazándonos en la visión de nuestro éxito.

Hemos ganado fuerza política por el aumento de nuestra reputación; hemos ganado fuerza real con la reparación de nuestra flota; hemos mostrado a Europa que diez años de guerra aún no nos han agotado; y hemos impuesto nuestra colonización en una isla que hace veinte años no nos atrevíamos a mirar.

Estas son gratificaciones sólo para las mentes honestas; pero hay un momento en que la esperanza llega a todos. De la presente felicidad del público hasta los patriotas pueden sacar provecho.

Ser inofensivo, aunque sea por impotencia, logra cierto grado de bondad; ningún hombre odia tanto a un gusano como a una víbora; en otro tiempo fueron suficientemente temidos para ser detestados, como serpientes capaces de morder; ahora han demostrado que sólo son capaces de silbar, y por lo tanto pueden meterse calladamente en sus agujeros y cambiar de piel, olvidados sin que nadie los moleste.

*Fragmento de Recientes conversaciones sobre las islas Falkland (1771).
 

Fuente: 

Diario Perfil 4/4/2010

4.0
833
Por favor, apóyanos compartiendo en tus redes sociales.

Deja un comentario

Cerrar menú