Las nuevas pruebas del juicio a los fusiladores

La incorporación en la causa de una serie de documentos que la Marina mantuvo ocultos hasta hace un mes y el testimonio de un teniente retirado que vio los cadáveres “hechos un colador de tiros” son hasta ahora los principales hallazgos del proceso. La sentencia se espera para mediados de octubre.

 El histórico juicio por el fusilamiento de 19 presos políticos el 22 de agosto de 1972 atraviesa, en estos días de nostalgia y memoria, la recta final hacia el objetivo principal: probar que la Masacre de Trelew implicó delitos de lesa humanidad, por lo tanto imprescriptibles, y condenar a sus responsables. La incorporación al proceso de una serie de documentos que la Armada mantuvo secretamente escondidos hasta hace poco más de un mes y el testimonio de un marino que entonces vio los cadáveres “hechos un colador de tiros” fueron los sucesos de más valor hasta el momento y, probablemente, sean los más importantes de la causa. Además, las querellas y la fiscalía valoran positivamente el aporte que realizaron la mayoría de los testigos que hablaron ante el Tribunal Oral Federal de Comodoro Rivadavia y esperan con expectativas las últimas dos semanas de audiencias del juicio. Tras un fallido intento de fuga del penal de Rawson, en la madrugada de aquel 22 de agosto de hace cuatro décadas, 19 jóvenes militantes de Montoneros, PRT-ERP y FAR fueron fusilados en la Base Almirante Zar de Trelew. La versión oficial de la Marina fue que nuevamente habían intentado fugarse. Pero tres de los fusilados lograron sobrevivir y, junto con otros testigos, contaron la verdad de la masacre. Para las víctimas, las puertas de la Justicia recién comenzaron a abrirse en febrero de 2006, cuando el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) se hizo eco del pedido de un grupo de familiares de los militantes para que se iniciara una causa penal por las muertes. Seis años más pasaron hasta la llegada de la instancia definitoria, el juicio oral. Hace poco más de tres meses, y en audiencias que suceden en forma espaciada –dos semanas de cuarto intermedio por cada semana de actividad–, los jueces Enrique Guanziroli, Pedro de Diego y Nora Cabrera de Monella intentan determinar la responsabilidad de los cinco marinos retirados acusados, Luis Sosa, Emilio Del Real, Rubén Paccagnini, Jorge Bautista y Carlos Marandino. Que haya o no sentencia condenatoria depende del reconocimiento de las muertes como crímenes de lesa humanidad –como hasta ahora los consideró la Justicia Federal–. La condena no sólo encarnaría un acto de justicia para los familiares de las víctimas, sino que también serviría para insistir en la extradición desde los Estados Unidos del marino Roberto Bravo, el único sospechoso que esquivó el banquillo de los acusados. “Bravo logró la residencia estadounidense amparado en que nunca hubo denuncias en su contra, pero la realidad es que en la causa lo nombran desde el principio. La sentencia condenatoria servirá para insistir con traerlo de vuelta y juzgarlo”, explicó Carolina Varsky, abogada del CELS a cargo de la querella de los familiares. “Después de 40 años, llegamos a la etapa final del juicio por los crímenes. No hay dudas de que los hechos ocurrieron tal cual los tres sobrevivientes pudieron declarar en su momento”, reflexionó Varsky, en referencia a los testimonios que Alberto Camps, Ricardo Haidar y María Antonia Berger, sobrevivientes de la masacre, ofrecieron desde sus celdas en la cárcel de Devoto a la Justicia civil poco después del crimen. Luego, eternizarían ese relato en La Patria Fusilada, el libro que contiene la entrevista que los tres le dieron al poeta, periodista y militante Francisco Urondo. Todos ellos continúan desaparecidos. “Hay que diferenciar entre lo que se reconstruyó desde la literatura con relación a la masacre y lo que tenemos que probar en el juicio”, advirtió el fiscal de Rawson, Fernando Gelvez –representa al Ministerio Público junto a Horacio Arranz, de Comodoro Rivadavia y Dante Vega de Mendoza–. “La literatura por sí sola no prueba nada. Son los jueces los que deben definir”, agregó. Testimonio clave El fiscal Gelvez coincidió con el abogado de la Secretaría de Derechos Humanos, Germán Kexel, en que el reciente testimonio del teniente retirado Agustín Magallanes fue clave. Sobre todo, por la impresión que provocó al tribunal. “No”, respondió cuando el juez Guanziroli le consultó si creía en la verosimilitud de la versión oficial de los hechos. La historia de Magallanes es importante porque se trata de un militar que estuvo en la Base Zar durante la madrugada de la masacre, vio los cadáveres “amontonados, hechos un colador de tiros” y participó de la reconstrucción de lo ocurrido dirigida por Bautista un día después de los asesinatos. En aquella reconstrucción, Magallanes ofició de una de las víctimas. Entonces, escuchó a Del Real, Bravo, Marandino y a Sosa relatar, diferencias más o menos, lo que luego se convirtió en la versión oficial. “Los detalles de Magallanes son fundamentales porque permite plantear una contradicción entre lo que dijo Sosa ese día y lo que dijo en instrucción”, apuntó Kexel. Según el teniente retirado, ante Bautista, Sosa se ubicó al final del pasillo por el que se enfrentaban los calabozos cuando supuestamente los detenidos le hacen una toma de karate para intentar fugarse. En instrucción, se posicionó en el inicio de ese pasillo. “Es evidente que los dichos de Sosa son una creación exculpatoria de justificación de hechos que en realidad no existieron”, concluyó el abogado. Otro punto importante del testimonio de Magallanes reside en las coincidencias que existen entre sus dichos, otros que ya se escucharon durante el juicio, y, fundamentalmente, lo determinado por el perito que participó de la instrucción, Rodolfo Pregliasco, quien declarará ante el Tribunal de Comodoro Rivadavia en la segunda semana de septiembre. Según Gelvez, Magallanes “dio detalles que coinciden con la pericia de Pregliasco en cuanto a cómo estaban distribuidos los detenidos en los calabozos y a las direcciones de los disparos”. El avance “Se está avanzando por buen camino”, aseguró Varsky en cuanto al avance del juicio hacia la definición de los fusilamientos como delitos de lesa humanidad. En ese sentido, el fiscal de Rawson indicó que lo acontecido hasta el momento “indica que hubo una persecución de determinados sectores de la población antes de 1972, que existía la tortura como plan sistemático para obtener de los presos información, que hubo asesinatos, algunas desapariciones y fusilamientos, todas cuestiones que formaban parte de una actividad ilegal por parte de la dictadura militar a cargo de (el presidente de facto Alejandro) Lanusse”. Entre la veintena de testigos que ya participaron del juicio, las viudas de las víctimas Rubén Bonet y Humberto Toschi, Alicia e Hilda, respectivamente; los ex presos políticos Hernán Suárez, Luis Ortonali y Alicia Sanguinetti, los abogados Hipólito Solari Yrigoyen y Rodolfo Mattarollo, González Garland y Eduardo Luis Duhalde –su declaración se incorporó mediante lectura– aportaron, desde su propia experiencia, datos que permitirían enmarcar los fusilamientos en un contexto histórico de persecución política desde el Estado. Los expedientes Pero apareció un elemento más durante el proceso oral que permite integrar una visión del asunto desde la perspectiva del terrorismo de Estado: los documentos que la Armada mantuvo escondidos y que fueron incorporados en la causa hace poco más de un mes. Esos expedientes aportaron dos cuestiones centrales para el juicio. Por un lado, la declaración ante la Justicia civil de Raúl Herrera, un capitán de la Armada ya fallecido que se desempeñaba como contador y que, según la acusación, fue partícipe de los fusilamientos. Los documentos aportan la primera palabra de Herrera sobre los hechos y prueba que la Armada trasladó al exterior a la mayoría de quienes participaron en los asesinatos e hizo todo lo posible para que no declararan. Además, en su testimonio, Herrera dio un punto de vista de los hechos que, si bien sigue la versión de la Marina, exhibe algunas fisuras. Por otro lado, los expedientes recuperan los papeles de trabajo de los abogados de la Armada en el marco del juicio civil iniciado por la familia de una de las víctimas. Allí se recomienda que el Estado –bajo la dictadura de Lanusse– se declare culpable de las muertes, porque las pruebas demostraban que no había habido un nuevo intento de fuga antes de la masacre. “Los abogados que defendieron a la fuerza decían que los juicios se perdían, lo cual abona la teoría de que en realidad no hubo intento de fuga de parte de los presos asesinados, sino que se trató de homicidios calificados”, dijo Gelvez. Es muy poco lo que resta por analizar en la instancia oral. Durante la última semana de este mes darán testimonio familiares de algunas víctimas, la cineasta Mariana Arrutti –creadora del documental Trelew–, el teniente coronel Horacio Ballester, integrante del Centro de Militares para la Democracia Argentina, y la historiadora Vera Carnovale. El juicio continuará en la segunda semana de septiembre, cuando las partes recorrerán la base donde ocurrió todo. Los alegatos sucederían las últimas dos semanas de ese mes. Los cálculos preliminares indican que la sentencia del tribunal se conocerá a mediados de octubre. por Ailín Bullentini  Luis “Nono” OrtolaniEl preso 26 Negoció la entrega del penal de Rawson por parte de los presos que se habían quedado adentro el 15 de agosto de 1972, después de que salieran los primeros 25 y se frustrara la fuga del resto. En Devoto, dos sobrevivientes le contaron los detalles de los fusilamientos del 22 de agosto. La fuga del penal de Rawson se planeó en tres niveles. El primer grupo era de seis, los máximos dirigentes de las organizaciones Montoneros, PRT-ERP y FAR, que lograron subirse al avión que los llevó a Chile. Un segundo, de 19, salió de la cárcel, pero se quedó en el aeropuerto y terminó en la base Almirante Zar. Esos 19 fueron fusilados el 22 de agosto de 1972. Había un tercer grupo hasta contar 116, que era el número de personas que entraban en el avión que se pretendía tomar. “Si algo salía mal, el primero que se quedaba adentro, el preso número 26, que vengo a ser yo, tenía que llamar a los remises para que se fueran los otros”, cuenta Luis “Nono” Ortolani. El 15 de agosto de 1972 fue el encargado de negociar la rendición de quienes habían quedado dentro del penal. Una semana después, se enteró por radio de la muerte de sus compañeros. Desde ese mismo momento supo que la versión oficial era mentira de principio a fin, pero el detalle de cómo fueron los asesinatos lo supo en uno de sus traslados a Buenos Aires, cuando pudo hablar en el patio de Devoto con René Haidar y Alberto Camps, dos de los tres sobrevivientes de la masacre. Ortolani militaba en el PRT-ERP, estaba a cargo del área de propaganda. Lo arrestaron en 1972, en Córdoba, después de una reunión de la Escuela de Cuadros, en Salsipuedes, cuenta, y hace notar la ironía del nombre del lugar. Tiene 73 años, vive en Rosario y hace 24 años conduce el programa Hipótesis, en LT28. –¿Cómo se empezó a hablar de la fuga? –El preso político cae y lo primero que piensa es cómo fugarse. Cuando declaré el 2 de agosto en el juicio oral, hice esta comparación: en los ejércitos convencionales, en una guerra entre países, los soldados son civiles llamados a filas, no tienen obligación de fugarse, pero los oficiales sí, porque ellos han elegido la carrera militar. Como nosotros todos habíamos elegido ser combatientes y militantes teníamos obligación, nuestro pensamiento estaba en la lucha junto al pueblo, junto a nuestros compañeros, organizando a la gente. –Y primero se pensó en un túnel. –Al principio habíamos pensado en un túnel, pero el terreno de Rawson es muy jodido, salía tierra con piedras y eso lo llevábamos disimulado en mochilas que hacían las compañeras arriba y nos las mandaban. Había cosas que entraban de afuera, yo no sé cómo. Una de las claves de la fuga fue un celador. Los compañeros de la dirección iban entablando charlas con los celadores y encontraron uno que era afable y que tenía cierta afinidad. Sobre eso se le ofreció una compensación económica si contribuía con la fuga. Uno de los elementos que se tuvieron en cuenta para definir la fuga el día 15 de agosto era que estuviera él de guardia. Otro elemento era que fuera feriado. –¿Y cómo se planeó esta fuga? –La fuga se planeó con tres escalones: el primero eran los dirigentes principales, Mario Roberto Santucho, Enrique Gorriarán Merlo y Domingo Menna, del PRT-ERP; Carlos Osatinsky y Roberto Quieto, de las FAR, y Fernando Vaca Narvaja, de Montoneros. Ellos se fueron en un auto, son los que alcanzaron a tomar el avión, lograron llegar a Chile y después se exiliaron en Cuba. El segundo escalón era de 19, que completaba el número de 25. Durante la toma, ese grupo iba asegurando las distintas posiciones, la enfermería, por ejemplo. Los otros iban abriendo las puertas. El resto, hasta completar 116, participaba en la fuga desde distintos pabellones. A Agustín Tosco, que estaba en el penal, se le ofreció participar. El dijo que era un dirigente sindical y que iba a esperar que lo sacaran las masas con su lucha, pero que estaba de acuerdo y que lo que pudiera hacer por los compañeros estaba a disposición. Los milicos pensaban que ese lugar era inexpugnable, porque realmente era imposible venir desde afuera a tomarlo. Por eso, se invirtieron los términos: tomar el penal desde adentro e irse en un avión de línea. En el avión había 120 asientos, pero en Comodoro Rivadavia subían cuatro compañeros, por eso la fuga era para 116. Tenían que venir dos camiones o un camión y una camioneta. El problema es que en la guardia de prevención, que es el lugar más exterior de la cárcel, que está bastante adelante del muro, hay un guardia que se resiste, se produce un tiroteo y muere un guardia. El que venía en el primer camión escuchó los tiros e interpretó o creyó haber visto una señal con unas mantas y entendió que la operación había fracasado, pero no es correcto porque no había ninguna consigna para decir que la acción había fracasado. Si había problemas con los camiones, el preso número 26, que era el primero que se quedaba adentro, que vengo a ser yo, tenía la tarea de llamar a los remises para que se fueran los 19. Desde una de las oficinas que habíamos tomado, pregunté a los guardias, que estaban esposados, el número de los remises. Les dije que vinieran a buscar visitas. Teníamos 26 rehenes. Quedaron, además, de rehenes involuntarios, un matrimonio con una hijita que eran visita de un preso común. –¿Qué hicieron ustedes en el penal mientras los 25 se iban al aeropuerto? ¿Se enteraron de lo que pasaba? –Teníamos radio, nos enteramos de que los 19 habían quedado en el aeropuerto, que había habido algún problema, escuchamos la conferencia de prensa que se hizo allí. Mientras tanto, nos organizamos. Yo me coloqué muy cerca de una barricada que armamos con muebles en la puerta, en una puertita que conducía a las calderas, para poder, desde allí, hablar con alguien de afuera. Detrás de mí se iban formando escalones de compañeros armados. Yo hablaba con alguien, no sé quién era, pero algunos compañeros que tienen mejor oído me han dicho que era el capellán del penal, que después les transmitía a los penitenciarios. Yo nunca di mi nombre, éramos dos voces en la noche. De acuerdo con las instrucciones que yo había recibido de los compañeros de la dirección, pido lo mismo que los que ocupan el aeropuerto, que vengan jueces y periodistas para garantizar nuestra vida y nuestra integridad física. Me contestan que no se puede porque la zona ha sido declarada de emergencia al mando del general de brigada (Eduardo) Betti. Entonces yo le digo, después de una consulta rápida con mis compañeros, que las garantías nos las dé el general Betti por radio. Les digo, “si ustedes intentan tomar la cárcel por asalto, nosotros somos 110 personas, hemos tomado armas y estamos dispuestos a resistir y esto va a ser una masacre”. Lo primero que pedí es que dejaran salir a los tres civiles que habían quedado de rehenes involuntarios y no los dejaron salir. Cuando declaré en la causa les dije, “señores jueces, nosotros luchábamos por la vida y no por la muerte, porque el proyecto de la represión, que era tomar la cárcel por asalto, hubiera causado muchas muertes de los que estábamos adentro, pero también de los rehenes, e iban a tener bajas ellos, entre las cuales había soldados que eran ciudadanos civiles llamados a la conscripción, que, como sucedió con los soldados de Malvinas, nadie les preguntó si querían ir, y a estos otros nadie les preguntó si querían o no tomar una cárcel donde había guerrilleros armados dispuestos a defenderse”. Intenté con esta descripción decir que nosotros actuábamos con profesionalismo militante y no improvisados. El presidente del tribunal preguntó si era posible que hubiera una fuga improvisada. No mencionó la versión oficial de la marina sobre Trelew, pero se refería a eso. Le dije que las fugas siempre eran muy bien planificadas. –Pero ustedes estaban dispuestos a resistir… –Yo les decía que estábamos dispuestos a combatir pero que no queríamos hacerlo, que queríamos entregarnos, entregar las armas y los rehenes con la sola condición de que por radio se nos dieran garantías de nuestras vidas y nuestra integridad física. Eso se repitió varias veces a lo largo de la noche, porque el general Betti no estaba en un escritorio, estaba en su brigada. Las tropas iban llegando en camiones o helicópteros y cada vez que llegaban nuevas tropas, ellos avanzaban hacia el penal, Cuando los compañeros de atrás veían que avanzaban, se corría la voz hacia adelante, yo pedía nuevamente el diálogo y repetía mis argumentos. Esto se sucedió cinco o seis veces a lo largo de la noche hasta que a las siete treinta, el general Betti, dándole la formal de ultimátum, para mantener el principio de autoridad, nos dio las garantías. Dijo más o menos lo siguiente: “Este comando informa a los extremistas que se encuentran en estado de rebelión, ocupando ilegalmente la cárcel de Rawson, que a las ocho la cárcel será tomada por asalto. Si se rinden antes de esa hora y entregan las armas y los rehenes que tienen, este comando les garantiza su vida y su integridad física”. Ahí yo pedí hablar con un jefe penitenciario y dije que las garantías habían sido dadas, que ellos eran parte de esas garantías y que íbamos a enviar a los rehenes con las armas, que las íbamos a cargar en mantas para que los rehenes las arrastraran y que a las 8.15 íbamos a estar cada uno en su celda. Ellos dijeron que estaban de acuerdo y que a las 8.15 iban a entrar y si había gente fuera de su celda se iba a hacer fuego. Entraron, las garantías se cumplieron, no hubo, en ese momento, represión. Sí nos quitaron todo, quedamos a celda pelada, nada más que con el uniforme puesto, una muda de ropa muy escasa, una manta y el colchón. Nos proveyeron unas bacinillas porque el régimen quedó de puertas cerradas. –¿Y el 22 cómo se enteraron de la masacre? –Todas las cosas que sacaron de nuestras celdas, por lo menos en el caso del pabellón 5, quedaron en el medio del pabellón. En una salida al baño, un compañero logró robarse una radio pequeña y pudimos escuchar las noticias. De esa manera, la mañana del 22 de agosto nos enteramos de la masacre. Comenzamos a los insultos por la ventana y a avisar a los otros pabellones y se generalizó. La radio informó que hubo un intento de fuga, era la versión oficial, que la fuga había sido reprimida y que había muertos y heridos. Nosotros estábamos seguros de que había sido un fusilamiento, nunca se hace nada improvisado y menos en las condiciones en las que estaban ellos, los habían humillado, los habían hecho barrer desnudos, los golpearon. El 22 de agosto, sobre llovido mojado, aparte del dolor de saber que habían matado a nuestros compañeros, se nos vino una requisa con todo. Hubo golpes, costillas rotas, narices rotas, y todo lo que había quedado en el medio del pabellón lo tiraron en la cancha de fútbol y le prendieron fuego, guitarras, libros. Así quedamos durante 30 días. Después empezamos a salir de a poco, pero nunca fue el régimen de antes. –¿Y cuándo pudo hablar con los sobrevivientes? –En diciembre me trasladaron a Buenos Aires para declarar en el Camarón (La Cámara Federal en lo Penal, que se ocupaba de los presos políticos) y tuve oportunidad de hablar con Alberto Camps y René Haidar. Ellos estaban aislados en Devoto, en dos lugares distintos, pero después empezó a haber una vida más normal y pude hablar con ellos en el patio. El reencuentro fue muy triste, muy doloroso. Me contaron lo que se divulgó después, lo que escribió Paco Urondo en La Patria Fusilada. Relataron que a la madrugada les dijeron que hicieran el mono, en el lenguaje carcelario es poner todas las cosas en una manta y hacerle cuatro nudos, y que se formaran que los iban a trasladar a Rawson. Camps y Haidar estaban en las últimas celdas, por eso pudieron sobrevivir. Camps estaba con Mario Delfino, mi cuñado, al que le decían Cacho. Haidar estaba con Carlos Astudillo. En determinado momento empiezan a escuchar disparos de ametralladora. Primero creen que es un amedrentamiento, pero cuando miran adelante, ven que están cayendo, se dan cuenta de que los están matando y se tiran adentro de la celda. Ahí aparecen (los capitanes Luis) Sosa y (Roberto Guillermo) Bravo y empiezan a escuchar tiros de 45, están rematando. Camps y Delfino se despidieron de forma muy sencilla. Camps le dijo: “Bueno, Cacho, ésta es la boleta, chau”. “Chau, Alberto.” Entraron a la celda y les preguntaron si iban a declarar, contestaron que no y les pegaron un tiro a cada uno. A su turno, Haidar, para desorientar dijo “podemos declarar”, el tipo se desorientó, venía con la pistola a martillar y se retiró, pero vino otro y sin preguntarles nada les pegó un tiro a cada uno. Haidar me contó que el tiro le hizo dar una vuelta en redondo, cayó de rodillas con el cuerpo sobre la cucheta. El era muy corto de vista y los lentes se le habían caído a unos 30 centímetros de su cabeza. Veía los lentes, veía el charco de sangre que se formaba y sentía el silbido de sus pulmones, o sea que la bala le había atravesado los pulmones. Pensaba “¿agarro los lentes o no agarro los lentes? Si no los agarro, no veo nada, pero si intento agarrarlos y alguien me está mirando se da cuenta de que no estoy muerto y me remata”. Después entró otra gente de la Base que estaba ajena al grupo que perpetró la masacre. Haidar vio por el rabillo del ojo un guardapolvo blanco y se quejó para que vieran que estaba vivo y lo pusieron en una camilla, donde se desmayó. Se despertó en el Hospital Naval de Bahía Blanca. –¿Cómo se vivía en el penal? ¿Había temor de que pudieran tomar las mismas represalias? –Pensábamos que no. Confiábamos mucho en la solidaridad de la gente y eso es lo que nos salvó. Cada vez que había actitudes agresivas empezábamos a los gritos y desde afuera se escuchaba. El penal estaba en medio de la ciudad y siempre había alguien que iba a la cárcel a presionar. Salía en los diarios, movían a los abogados. A su vez, los periodistas, los abogados, los familiares eran amenazados. –¿Cuándo salió en libertad? –Salí de Devoto, con el Devotazo. Fuimos a visitar a nuestras familias y volvimos a la militancia. Caí preso de nuevo en 1975, estuve ocho años y medio, gran parte en Coronda. –¿Qué expectativa le genera el juicio sobre la masacre que se está haciendo actualmente? –Quiero destacar el apoyo que me dio la gente de Protección al Testigo del Ministerio de Justicia y las secretarías de Derechos Humanos de la Nación y de Chubut. Mi expectativa es positiva. Espero que les den un castigo merecido. En aquel entonces pensábamos en una justicia revolucionaria. Bueno, ahora se está juzgando por la lucha de muchos años, de familiares, de gente y también por la voluntad política de los gobiernos actuales. por Victoria Ginzberg Fuente: 

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Diario Página/12 22/8/2012

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