Las contradicciones ideológicas y políticas de la lucha armada

Vicente Massot describe en El cielo por asalto (El Ateneo) las paradojas de la opción por la violencia como vía al poder en los años 70. Aquí, un fragmento que describe la conflictiva relación de Montoneros y Perón

Desde que la orden de “desensillar” fue reemplazada por la de enfrentar a la Revolución Argentina, hasta el 25 de mayo de 1973, Perón apañó y respaldó las modalidades de combate de la guerrilla citando en sus cartas y discursos al Che, a Mao y a los Movimientos de Liberación Nacional de los países del Tercer Mundo. En su afán de hacerle sentir al poder castrense el rigor que no podían ejercer en su contra los sindicatos y políticos justicialistas, el apoyo a las formaciones especiales fue parte de una maniobra táctica, de duración restringida. Nunca una invitación para tomar el poder e instaurar un régimen socialista del tipo soviético, cubano o chino. Las diferencias quedaron al descubierto por primera vez, luego de haberse sustanciado los comicios que consagraron ganador al Frente Justicialista de Liberación, un mes y medio antes de la asunción de Héctor Cámpora. En la primera semana de abril de 1973, los jefes de las FAR y de Montoneros -Roberto Quieto y Mario Firmenich, acompañados por Roberto Cirilo Perdía- se reunieron con Perón en el soberbio Hotel Excelsior, de Roma. En uno de esos cónclaves los jóvenes guerrilleros tuvieron la temeridad de vetar algunos nombres adelantados por el General y proponer otros pensando en los numerosos funcionarios que necesitaría el nuevo gobierno. En realidad, los jefes de las dos “formaciones especiales” que se reconocían peronistas no pensaron en jugarse una patriada. Plantearon, frente al líder, cuanto consideraron legítimo en función de la sangre derramada y del trasvasamiento generacional. Su interlocutor no los sacó con cajas destempladas. Les recordó, de manera indirecta, las dificultades que se abren delante de los combatientes cuando deben reintegrarse a la normalidad. Lo hayan entendido o no, les estaba anunciando que, logrado el objetivo del regreso del conductor estratégico a la Argentina, y en virtud del cese de la guerra, las armas debían guardarse bajo siete llaves. Pronto se hizo evidente que Montoneros no había entendido la naturaleza del mensaje o se negaba a cumplirlo. El 18 de abril, en un acto llevado a cabo en el Sindicato del Calzado, Rodolfo Galimberti escandalizó a los militares, a la rama política del movimiento y a todas las fuerzas antiperonistas del país, al anunciar la creación de “una milicia de la juventud argentina para la Reconstrucción Nacional” (…) La respuesta madrileña no tardó mucho en llegar: Galimberti fue destituido como delegado de la juventud. Las diferencias que siempre habían existido sin rozar lo estratégico -dada la necesidad de acorralar a los militares- comenzaban ahora a ser notorias y se harían insalvables a partir de ese momento. Perón no solo regresó fruto de las operaciones guerrilleras que, en su nombre, habían lanzado contra Onganía, Levingston y Lanusse, el ERP, las FAP, las FAR y Montoneros (…). El general estaba de vuelta en el país por el peso de las armas y el contundente voto de unas masas cuyas expectativas no eran muy distintas de las de treinta años atrás. El socialismo nacional y el “trasvasamiento generacional” no les decían nada. Las voces revolución y liberación eran, apenas, eslóganes de campaña. Su principal anhelo era tenerlo a Perón entre ellas. Lo demás, en términos de políticas públicas, corría por cuenta del conductor. Montoneros no comprendió dos cosas: que el grado de autonomía del cual había gozado hasta entonces tocaba a su fin, y que, para un político de raza, educado en las academias militares, los mandos compartidos representan una contradicción en sus términos. El distanciamiento y posterior hostilidad con el jefe fue tanto de carácter ideológico como producto de un diagnóstico desacertado. Perón no estaba dispuesto a ceder ni compartir el poder con nadie. Si acaso esos jóvenes no se hubieran empalagado de lecturas marxistas, habrían podido dar la pelea dentro del movimiento con el concurso de unas fuerzas que nada le envidiaban a las de la “burocracia sindical” y a las de la rama política (…). El día en que Perón regresó definitivamente a la Argentina, Montoneros pergeñó un plan con arreglo a cuyos presupuestos intentaría, en adelante, hacerle notar al “viejo” -como lo llamaban, con un aire entre cariñoso y despectivo- quienes eran los tenedores de las armas y los que generaban, en el seno del peronismo, las mayores adhesiones. Quisieron en Ezeiza copar el acto y de alguna manera condicionar el discurso del líder a través de sus columnas -infinitamente más numerosas que las de sus adversarios- , sus cánticos, su disciplina y sus consignas desafiantes. Al ser rechazados y masacrados no rompieron con Perón. Duplicaron el desafío y se encargaron de reivindicar aquello que, para cualquiera con un mínimo de conocimiento acerca de la situación general del país, la estructura del movimiento y la indiosincracia del conductor, resultaba insostenible. Porque conforme transcurría el tiempo y se aceleraban las contradicciones existentes en el peronismo, se ensanchaba también la brecha que separaba cuanto quería hacer Perón -la unidad nacional, para decirlo en dos palabras- de la postura fundamental de las FAR y Montoneros: la revolución. Fuente: 

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Diario La Nación 31/3/2013

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