La Vuelta de Obligado

A cotinuación, se presenta una selección artículos periodísticos referidos a la batalla de la Vuelta de Obligado, librada el 20 de noviembre de 1845.

Una polémica histórica con ecos en el presente
La otra Vuelta de Obligado

El prestigioso historiador británico David Rock, profesor de la Universidad de California, quiso intervenir en la polémica que en esta misma página sostuvieron Pacho O’Donnell y Luis Alberto Romero sobre la Vuelta de Obligado y la visión oficial del nacionalismo argentino.

Como inglés nativo, no veo la década que siguió a 1840, al decir de Churchill, como nuestra hora más gloriosa o ” finest hour “. En el colegio, a esa década la llamábamos “los años cuarenta hambrientos”, no sólo por la catastrófica hambruna irlandesa, sino por la prolongada recesión económica que perjudicó seriamente las vidas de los obreros británicos. Las presiones económicas internas provocaron varias aventuras imperialistas en el exterior, entre otras, las guerras infames del opio contra el imperio chino y la intervención de 1845 en el Río de la Plata. Sólo cerca de 25 miembros de las tropas francesas e inglesas murieron en el conflicto de la Vuelta de Obligado, un acontecimiento casi olvidado en Francia y Gran Bretaña. Las pérdidas argentinas fueron mucho mayores: posiblemente hubo hasta mil muertos. La “batalla” recuerda los episodios imperialistas típicos en la India o en Africa, en los cuales por cada muerto europeo perecieron cincuenta nativos. Pacho O’Donnell define el incidente como “una de las mayores epopeyas militares de nuestra historia”. Si eso fuera verdad, la República Argentina habría tenido una existencia casi idílica. Ojalá la historia británica hubiera sido la misma. En Gran Bretaña, el lenguaje de O’Donnell se aplicaría a acontecimientos como el primer día de la Batalla del Somme, el 1° de julio de 1916, cuando sesenta mil soldados ingleses cayeron en los primeros treinta minutos del enfrentamiento, ante las ametralladoras alemanas.

A pesar de su lenguaje exagerado, el artículo de O’Donnell tiene un cierto contenido analítico. Enfatiza, correctamente, la importancia de los barcos de vapor en el conflicto de 1845. Lord Palmerston veía al río Paraná como un sitio ideal para probar los barcos de vapor como máquinas bélicas. Los constructores de este tipo de buques en Inglaterra querían aumentar su producción si aparecían los mercados compradores. Algunos comerciantes de Liverpool soñaron con convertir al gran río (que creían conectado directamente al río Amazonas, a través de las junglas brasileñas) en un segundo Mississippi. Como señala O’Donnell, algunos comerciantes británicos concibieron el plan de redefinir el mapa político de la región del Plata, reduciendo el territorio de la Confederación Argentina y aumentando el de la República del Uruguay.

La batalla de la Vuelta de Obligado resultó una derrota para Rosas, aunque posteriormente él pudo reclamar una victoria estratégica, cuando los británicos abandonaron su acción bélica y volvieron a la diplomacia. Estos evitaron cualquier medida violenta en la construcción de su imperio de negocios en la Argentina. Aunque no discrepo totalmente con O’Donnell, comparto la crítica de Romero de su versión de romanticismo histórico. Nadie debe olvidarse del papel de la demagogia revisionista en la tragedia argentina de los años 70 del siglo pasado.

Romero resume bien las opiniones de muchos historiadores distinguidos y confiables. Sin embargo, tanto él como O’Donnell no mencionan varios aspectos de la intervención de 1845 que son cruciales para su mejor comprensión. Bien conocido, por ejemplo, es el largo esfuerzo de Rosas por controlar la Banda Oriental; estos conflictos marcaron la continuación de la competencia entre Buenos Aires y Montevideo para dominar el comercio del Río de la Plata, que había empezado en el período colonial. El conflicto tipificó esta época de la historia latinoamericana después de la independencia. Los caudillos y los Estados-ciudades luchaban por la hegemonía de una manera más parecida a las guerras de la Grecia Antigua o la Italia del Renacimiento que a las luchas nacionales-populares europeas durante las revoluciones de 1848.

Ni O’Donnell ni Romero enfrentan los antecedentes de la participación de Francia y Gran Bretaña en el conflicto de 1845. Los franceses estaban concentrados en Montevideo; se opusieron a Rosas porque él les aplicó políticas discriminatorias; pasaron todo el período de Luis Felipe (1830-1848) tratando de derrocarlo. Bien distinto de la invasión de México durante el régimen siguiente de Napoleón III, los orleanistas trabajaron contra Rosas a través de bloqueos y socios locales como el general Juan Galo Lavalle. Los franceses nunca quisieron lanzar una invasión en tierra con tropas europeas, pues temieron que esto resultara un desastre costoso.

A diferencia de los franceses, los británicos habían establecido una presencia en ambas bandas del Río de la Plata. Buenos Aires atrajo a los británicos porque ofrecía acceso a mayores mercados y a productos vacunos de exportación. Por su parte, Montevideo tenía un puerto más caudaloso que Buenos Aires, y más cerca del Atlántico; además, sus autoridades solían demostrar más voluntad de cooperar con los comerciantes británicos.

En 1845, los comerciantes británicos de Montevideo convencieron a sus socios en Liverpool de montar una campaña bélica contra Rosas. Argumentaron que Montevideo pronto podría convertirse en la base de un nuevo comercio muy apreciable hacia el interior sudamericano, a través del Paraná. Para cumplir este plan, era necesario eliminar la oposición de Rosas. Los propagandistas siempre escondieron su verdadera razón: una acción contra Rosas por un bloqueo a Buenos Aires les daría el monopolio sobre el comercio existente en el Río de la Plata. El conflicto de 1845 significó una lucha entre grupos de políticos y comerciantes en competencia por la hegemonía comercial. Marcó una nueva etapa en la larga pelea entre Buenos Aires y Montevideo por la supremacía en el Río de la Plata.

Samuel Lafone merece una mención destacada en los anales del imperialismo victoriano. El lanzó la visión del comercio a vapor entre Montevideo y el alto Paraná; concibió el plan de redefinir las fronteras entre la Argentina y Uruguay a beneficio del segundo; en los años 50, gestó el desarrollo de las islas Malvinas, desde Montevideo. En 1845, Lafone convenció a William Ouseley, el enviado diplomático de Aberdeen, de enviar la expedición naval, junto con los franceses, por el Paraná y emprender el ataque a las tropas rosistas en la Vuelta de Obligado. A pesar de su triunfo militar, los británicos sacaron escaso provecho de su agresiva aventura, porque las oportunidades comerciales de la región del Paraná y del Paraguay fueron casi nulas.

Aberdeen había ordenado a su enviado utilizar la fuerza como último resorte y pronto condenó la entrada forzada al Paraná. Rápidamente, la opinión pública inglesa se dio cuenta de que la intervención contra Rosas producía grandes ganancias para los comerciantes de Montevideo, pero provocaba el descenso del comercio británico. La oposición creció a tal punto que a principios de 1846 los británicos abandonaban toda su anterior estrategia. Como ocurrió repetidas veces en el siglo XIX, el imperialismo británico se formó menos como resultado de una política gestada en Londres que por las acciones de los agentes comerciales locales o ” men on the spot “, en este caso, Lafone y Ouseley.

“No somos ni Argelia ni la India”, declaró gallardamente Rosas, cuando las fuerzas británicas se habían retirado. A pesar de su oposición a la intervención, el gobernador aceptó plenamente la idea de una asociación comercial con los europeos. En 1847, el diario pro rosista escrito en inglés en Buenos Aires, The British Packet , publicó un manifiesto sosteniendo que una relación con Gran Bretaña que hoy llamaríamos “imperialismo informal” sería provechosa para ambas partes. El diario llamó a los británicos a enviar obreros y granjeros a Buenos Aires, que se dedicarían al comercio y al sector rural. De haber venido, los británicos hubieran gozado, según el diario, de “todos los beneficios de una colonia sin costo ni responsabilidad”. Los rosistas también proponían el tipo de relación con Gran Bretaña que de hecho se materializó hacia fines del siglo XIX. Lo que hoy los revisionistas condenan como “la oligarquía antinacional o entreguista” asociada con los británicos? ¡incluiría a Rosas mismo! Obviamente, lo propuesto por Rosas tuvo el apoyo de los británicos establecidos en Buenos Aires. Ellos peticionaron al Foreign Office que se abandonara la intervención militar y rehusaron el consejo de Ouseley de salir de Buenos Aires. Todos se mantuvieron leales a Rosas y defensores de la soberanía provincial.

Conozco a un solo entusiasta de una hipotética conquista militar británica de Buenos Aires. Irónicamente, un irlandés. En 1845-1847, Antonio Fahy, un cura empobrecido y recién llegado, pidió un subsidio del gobierno británico anunciando su voluntad de actuar como un líder colonial, sobre la base de su prestigio dentro de la comunidad irlandesa de Buenos Aires.

Una narrativa acertada de los sucesos de 1840 en el Río de la Plata subraya lo anacrónico de la terminología empleada por O’Donnell: “democracia popular”, “soberanía nacional” y “nacionalismo”, por ejemplo.

La batalla de la Vuelta de Obligado fue una masacre de “nativos” típica de su tiempo. Más que un arquetipo del nacionalismo popular, Rosas era un dictador de un Estado-ciudad que, a la vez que supo defender su propio territorio, también deseó siempre una relación cercana y provechosa con los países imperialistas.

Como nota Romero, aquellos años pertenecieron a la época prenacional y prenacionalista de la Argentina. Los intelectuales liberales preclaros, como Alberdi y Sarmiento, soñaban con una república consolidada que emulara la pujanza democrática y republicana de Estados Unidos. Pero en aquella época sus proyectos todavía se hallaban muy lejos del imaginario de la masa popular. © La Nacion

por David Rock, historiador británico,es especialista en historia política argentina.

Fuente:
Diario La Nación 6/12/2010


Los festejos por el día de la soberanía
La efigie de Rosas volverá a dominar la ribera de la Vuelta de Obligado

La presidenta Cristina Fernández inaugurará mañana el monumento –obra del artista Rogelio Polesello– que conmemora la batalla en la que 2300 hombres se enfrentaron a la flota anglo-francesa, el 20 de noviembre de 1845.

El rosario de cadenas que se levanta en medio del paisaje ribereño tiene 850 eslabones de hierro color óxido. Un tono que simboliza el paso del tiempo y retrotrae a aquella batalla de 1845 en la que 2300 hombres se enfrentaron a una flota anglo-francesa (muy superior en hombres y recursos) en ese rincón del Paraná conocido como Vuelta de Obligado. A un costado, se alza la figura de Juan Manuel de Rosas, recortada en rojo punzó.
Mañana, a 18 kilómetros de San Pedro, en el lugar donde ocurrió aquella contienda, la presidenta Cristina Fernández dejará formalmente inaugurado el monolito que el artista Rogelio Polesello creó para recordar esa victoria. Tiene 15 metros de diámetro y 4 de altura. Por entre los eslabones, circulará el agua, para que quien lo vea recuerde que unos hombres dieron la vida por la soberanía.
Será sólo una de las actividades de la jornada de mañana, que desde este año será conmemorada con un nuevo feriado nacional. El 20 de noviembre de 1845, la Vuelta de Obligado fue un hecho fundante para la identidad nacional. Es por eso que en este, el año del Bicentenario, se rememora y recuerda la gesta en que la Confederación, liderada por Juan Manuel de Rosas, defendió la soberanía frente a una flota extranjera que intentaba incursionar por los ríos del Litoral.
“A la presidenta le gustó mucho la maqueta que presenté y me sugirió algunos cambios, como la incorporación del color rojo de la estrella federal”, dijo Polesello a Tiempo Argentino.
La celebración incluirá la presentación de un circuito turístico que tendrá como punto principal el Museo de la Batalla de la Vuelta de Obligado, donde se expondrán objetos de la contienda militar que, a 165 años de ocurrida, los arqueólogos que trabajan en San Pedro todavía siguen hallando en el lugar. Un nuevo cartel indica en el lugar que se está en el “Parque Histórico Natural. Cuna de la Soberanía Nacional”. Los terrenos donde se libró la batalla eran propiedad de la familia Obligado, parientes del poeta Rafael Obligado.
El camino, con subidas y bajadas, lleva también al sitio donde se instaló una de las cuatro baterías con las que las fuerzas del general Lucio N. Mansilla, cuñado de Rosas, enfrentaron a los invasores. “Mi tío aparece: era un hombre alto, rubio, blanco, semipálido, combinación de sangre y de bilis, un cuasi adiposo napoleónico, de gran talla, de frente perpendicular, amplia, rasa como una plancha de mármol fría, lo mismo que sus concepciones; de cejas no muy guarnecidas; poco arqueadas, de movilidad difícil”, describió magistralmente a Rosas su sobrino, Lucio V. Mansilla, hijo de aquel general.
Después de 165 años y a partir de mañana, será la controvertida figura del Restaurador, Juan Manuel de Rosas, pero desde los ojos de Polesello, la que se asome a la ribera sampedrina.

por Natalia Páez

Fuente:
Diario Tiempo Argentino 19/11/2010

Opinión
La batalla de Obligado

En 1846, la prensa rosista, sobre todo el Archivo americano, dirigido por el sagaz polígrafo napolitano Pedro De Angelis, no dejaría pasar las importantes apreciaciones que el general San Martín enviaba precisamente desde Nápoles, donde se hallaba por razones de salud. Lo que había despertado el fervor de San Martín era la noticia de la batalla de Obligado, ocurrida unos meses antes, por lo que se ponía a disposición de Rosas. A pesar de sus dolencias, escribe varias cartas en donde incluso considera la eventualidad de la toma de Buenos Aires por parte de Francia e Inglaterra. En esa hipótesis, razonaría consejos militares de gran sutileza para poder recuperar la ciudad aun con milicias de menos calidad y cantidad que las europeas. Su escrito cumplía un papel de disuasión ante los poderes imperiales europeos.

Al final de sus días, el general dona su sable a Rosas a través de la cláusula tercera de su testamento. Rondaba su pensamiento un solo tema, la posibilidad de comparar la dimensión de la emancipación del dominio español con la lucha del gobierno de la Confederación Argentina contra las dos mayores potencias europeas, la Francia de Luis Felipe de Orléans y la Inglaterra que ya comenzaba su “era victoriana”, con sucesivos primeros ministros que el mundo recordaría, Melbourne, Peel, Palmerston, luego Gladstone y Disraeli.

Son los años de la revolución industrial madura, de la expansión del imperialismo mercantil, de la guerra del opio, de la hambruna irlandesa, de los cercos sobre el Río de la Plata en nombre de la “libre navegación de los ríos”. Rosas había estudiado bien la política inglesa y alguna vez se jactará de su amistad con Lord Palmerston, a quien al parecer pertenecía la propiedad que ocupará como exilado en las afueras de Southamptom. El Foreign Office es sutil y Rosas no lo es menos. Se conocen, se han combatido, secretamente se han admirado y comprendido.

En cuanto a Francia, gobierna Luis Felipe de Orléans, el régimen que Marx en Las luchas de clases en Francia había llamado la “monarquía financiera”. Su ministro Guizot era gran conocedor de la historia francesa e inglesa, rival de Palmerston pero no de Peel, admirador del gran historiador inglés Gibbon –del mismo modo que, muchos años después, también lo admiraría un ciudadano nacido en el país al que atacaría en dos oportunidades la marina de Francia: Jorge Luis Borges–. Rosas tampoco desconocía la política francesa y según una paradoja que Sarmiento considera en el Facundo, se valía de la propia prensa europea, que íntimamente despreciaba, para defender su gobierno. En efecto, el escritor francés Emile Girardin mantiene un diario, La Presse, que al parecer era financiado en cierto momento desde Buenos Aires para defender las posiciones del gobierno de la Confederación rosista en esos años de fuego, si es que algunos no lo son.

Rosas no carecía de pensamientos políticos elaborados, aunque no solía expresarlos en público. La liturgia barroca de su gobierno, tema de gran interés, hizo que se lo comparara con Felipe II. Había escrito un diccionario de lenguas pampas porque el mundo del orden, que era el suyo, implicaba saber el idioma en que se debía garantizar la sumisión de los vencidos. Fugazmente, despertaría el interés de Darwin, quien se cruza con él en medio de la pampa. Rosas era lector de viejos textos ultramontanos y de ciertos clásicos. Alguna vez ha citado a Burke y a De Maistre, se sabe que cuida una valiosa edición de la Etica a Nicómaco y se guía por pasmosas encíclicas papales.

Además, tiene Rosas una concepción del absolutismo político que no es de floración espontánea, sino que proviene de su familiaridad con textos sobre El Príncipe, escritos por consejeros finamente reaccionarios, entre otros –como lo prueba Arturo Sampay– un teórico de las monarquías del siglo XVIII, Gaspard Réal de Curban. Viviendo como exilado en el farm inglés, reprodujo las escenas de una granja pampeana, intentó escribir sus memorias, se carteó con sus fieles, recibió a Alberdi y a los Quesada, llegó a interesarle a Ernst Renan (que leyó manuscritos de Rosas que le fueron entregados por Adolfo Saldías) y condenó a la Comuna de París en 1871, empleando la expresión “comunistas” con el mismo valor que le adjudicaron los credos reaccionarios del todo el siglo XX.

He allí un tema. La batalla de Obligado hay que verla eminentemente “desde el sable de San Martín”, el mismo que en la década del ’60 del siglo XX fue motivo de disputas y capturas simbólicas por parte del peronismo. Pero no puede ser vista desde las propias opiniones de Rosas y su mundo cultural de terrateniente exuberante, con su gauchocracia aúlica y ritualista. Rosas fue más astuto que lo que Marx imaginaba cuando en sus escritos de 1850 sobre la India especulaba que la “astucia de la razón” debía hacerse responsable de la crisis de la dominación británica en países de ultramar, donde el imperialismo debía penetrar ampliamente para luego crear él mismo la contradicción que lo derrocaría.

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Concreto, Rosas tiene la astucia del gran propietario de tierras, mimético con la lengua de sus subordinados, que arma milicias propias y que, sin dejar de ser un empresario ganadero moderno, lo es preservando más arcaísmos culturales que los que toleraban Marx y Sarmiento. Por eso libra batallas de autonomía territorial pero sin concepción antiimperialista o libertaria, sino más bien autocrática. En nada se desmerece con esto ninguna batalla, en la medida que no hay hecho que no sea paradójico.

El movedizo psicoanalista esloveno Slavoj Zizek se deslumbró con Rosas como lo había hecho antes Pedro De Angelis, aunque un siglo y medio después. Dice precisamente que Rosas es el ser paradójico que impulsó la unidad nacional sin ser demócrata, que era un republicano jacobino que sin embargo hablaba como un conservador y que, en suma, fue una persona de derecha que cumplió objetivos de izquierda. No son interesantes hoy estos pensamientos. Las paradojas existen, liberan las existencias aherrojadas, componen lo político en su realidad última, pero si son mal planteadas, pueden dar una explicación “rosista”, por lo tanto antediluviana, a hechos interesantes ocurridos durante el período de Rosas. Marx, como se sabe, juzgó a Bolívar como un anacronismo político que impedía el reinado universal de las precondiciones revolucionarias en el mundo. Las raíces de este error “europeísta” fueron muy bien explicadas por el pensamiento de la “izquierda nacional” y del socialismo latinoamericanista de José Aricó, hace ya muchas décadas. Pero la razón absolutista de Rosas no significa lo mismo que la imaginación libre del vasto Bolívar.

La tesis de un tiempo latinoamericano específico, capaz de darles singularidad a los procesos emancipadores de estas tierras –tema de absoluta vigencia–, precisa de todas maneras una noción amplia y sensible del tiempo universal y de los problemas complejos de la modernidad. ¿Hasta qué punto es posible omitir, de la sensibilidad emancipatoria anticolonial, los elementos de una comprensión lúcida del conflicto social moderno? San Martín ve en la Europa de 1848 síntomas de disgregación social, juzga la convulsión de las barricadas revolucionarias como un hombre de orden, que lo es, pero a diferencia de Rosas, no lanza rayos y centellas ni pide auxilio al Vaticano. En un libro que pensaba titular “La religión del Hombre”, Rosas iba a proponer una Liga de Naciones de la Cristiandad regida por el Papa, a la manera de la Santa Alianza. Victor Hugo y Mazzini le parecían solo contenibles por la mano fuerte de Napoleón III. La Primera Internacional le preocupaba, y se mantiene informado puntillosamente sobre los movimientos de los adeptos de Marx.

El revisionismo histórico rosista, en sus variantes republicana conservadora, ultramontana apostólica, nacionalista católica, nacionalista popular y nacionalista de izquierda, y en sus estilos más o menos documentalistas o legendarios, plebeyos o aristocráticos, es un movimiento publicístico ampliamente vigente en la conciencia pública y en los medios de comunicación. De ser la segunda voz, nunca endeble, de las interpretaciones historiográficas, ha pasado a ser ya la primera. Propone amplios modelos del pasado para un juicio inmediatista sobre el presente. Admitamos que las extrapolaciones del pasado muchas veces son hilos internos vibrantes de los grandes trabajos de investigación histórica. Pero en especial si se procede con delicadeza en la traslación, tratando los textos sin reduccionismos ni forzamientos.

Son tiempos éstos en que son necesarios nuevos aglutinamientos sociales de emancipación, que conjuguen temas nacionales, sociales, de sensibilidad cultural y con nuevos lenguajes públicos que no se cierren en forma unidimensional sobre liturgias venerables. Estas gestas son hechos que pueden transferirse al presente en la medida en que los grandes arquetipos se nutran también de la noción de que en la historia nada es traducible de inmediato. Esta traducción será obra de un cuidado analítico, del respeto documental, de la imaginación pública para que las leyendas nacionales sean relatos democráticos y que las sagas del pasado no aprisionen litúrgicamente la rica heterogeneidad del presente.

La Vuelta de Obligado fue una epopeya nacional notable, que significa también una nueva obligación a la vuelta de una larga discusión argentina. Demostró y demuestra que hubo y hay una “cuestión nacional”. Demostró y demuestra que los proyectos de modernización cultural no deben estar hipotecados a los poderes mundiales que se arrogan mensajes civilizatorios aunque se presentan con incontables coacciones. Demostró y demuestra que es posible conmemorar una proeza nacional y popular sin aprobar el régimen político bajo el cual ocurriera. Demostró y demuestra que la rica variedad de la historia argentina no puede ser encapsulada en géneros fijos y simbologías señoriales. Demostró y demuestra que estamos obligados a hacer de la historia transcurrida el alma libertaria de los poderes populares instituyentes que están en curso.

por Horacio González, sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.
 

Fuente:
Diario Página/12  23/11/2010


Vuelta de obligado
Revelan detalles de la batalla de 1845

La correspondencia de Mansilla muestra cómo fue la actuación de los indígenas y los niños.

Detalles hasta ahora desconocidos sobre la batalla de Obligado se conocieron con la exhibición de 120 cartas que revelan la participación y el apoyo de indígenas y niños en la campaña, aspectos logísticos del operati­vo puesto en marcha por el gene­ral Lucio Mansilla y hasta rispideces entre el militar y el juez de paz que actuaba como auto­ridad política en el lugar.

Es la primera vez que las cartas salen a la luz, luego de permanecer archivadas durante más de un siglo y medio, primero en el Juzga­do de Paz de San Nicolás y luego, en el archivo histórico municipal. En septiembre se expu­sieron en la Municipa­li­dad de San Pedro y ahora están en el Museo del Sitio Batalla de Obliga­do.

Se trata de la correspondencia que Lucio Mansilla, al mando de las fuerzas defensoras, mantuvo con el juez de paz nicoleño Manuel Vita y con sus propios comandantes, Juan José Obligado, Francisco Cres­po y Juan Antonio Garretón, en los días previos al enfrentamiento con la escuadra anglofrancesa, que tuvo lugar el 20 de noviembre de 1845.

En rigor, no se trata de las cartas originales, que continúan en San Nicolás, sino de fotografías en tamaño natural que se exhiben en el paraje donde ocurrió la confla­gración.

El director de Cultura sampedrino, José Luis Aguilar, impulsó la salida a la luz de las cartas y encomendó al Grupo Conserva­cio­nista de Fósiles local la trans­cripción del texto, que será puesta a disposición de los investigadores que lo deseen, junto con las fotos digitalizadas de las misi­vas. Quienes deseen copias digitales de las cartas, pueden pedirlas al mail gcfosiles@ictnet.com.ar .

Además de la inau­gu­ración del monumento alusivo a la batalla, se instalaron unas ochenta gigantografías que reproducen las cartas más relevantes que se dirigieron Mansilla, sus subordinados y el juez Vita.

En una de ellas, el general reprende al funcionario (que en esos tiempos, según explica Aguilar, jugaba un papel similar al del intendente de esa región) por hacerle perder tiempo durante los preparativos para el enfrenta­miento que se avecinaba.

“Observo con el mayor desagra­do que hubo un empeño caviloso por parte de Ud. [que] ha podido privarme de momentos que consa­gro en servicio público”, escribió Mansilla con la ortografía de la época.

Este intercambio, como otros que figuran en el centenar de cartas, había escapado hasta aho­ra al escrutinio público. Aguilar dijo a La Nacion que hay varios historiadores intere­sa­dos en el material y que un equipo de la Universidad de Luján, encargado desde hace nueve años de las excava­ciones en el sitio de la batalla, ya tiene copias de los textos. En ellas, se mencionan la existencia de puestos de vigilancia destinados a desactivar intentos de espionaje y detalles sobre los insumos sanita­rios, entre otras curiosidades.

por Sebastián Lalaurentte

PARA QUE SIRVIO LA BATALLA
El 20 de noviembre de 1845 una flota enviada por Inglaterra y Francia avanzaba por el río Paraná hacia el interior del continente. Eran 22 barcos de guerra y 92 buques mercantes, estos navíos poseían la tecnología más avanzada en maquinaria militar de la época, impulsados tanto a vela como con motores a vapor. Una parte de ellos estaban parcialmente blindados, y todos dotados de grandes piezas de artillería forjadas en hierro y de rápida recarga, granadas de acción retardada y cohetes Congreve que causaban efectos devastadores. Disponían de 418 cañones y 880 hombres armados. Argumentaron que su presencia era por razones humanitarias y para garantizar el libre comercio. El gobierno de Rosas se dispuso a resistir las presiones de estas dos potencias europeas y decidió dar batalla. Los criollos esperaron a la flota en Vuelta de Obligado, un recodo donde el río se angosta a 700 m de orilla a orilla en la localidad de San Nicolás en Santa Fe. La idea era perpetrar una emboscada, contaban con seis barcos mercantes y 60 cañones construidos de apuro, con más fervor que pericia, con más voluntad que posibilidades de triunfo. Tres gruesas cadenas se desplegaron a lo ancho del Paraná para cerrar el paso, sostenidas por lanchones. Evidentemente no tenían chances, la desigualdad de fuerzas y de preparación era abismal. Sin embargo, es justamente esta evidencia lo que le otorga una nobleza especial al enfrentamiento. Fue una batalla perdida, la flota logró seguir avanzando y diezmó a las fuerzas de la Confederación, pero a partir de ese momento empieza otra historia.

Los opositores a Rosas habían convencido a los ingleses de que si atacaban iban a encontrar el apoyo y simpatía de los pueblos del litoral. De hecho, Florencio Varela dejó por escrito su entusiasmo con la llegada de la flota anglo-francesa y propició la separación de Paraguay, Uruguay y la creación de una república mesopotámica con la unión de Entre Ríos y Corrientes. En ese entonces el puerto de Montevideo era manejado por un comerciante inglés que tenía la concesión hasta 1848. Evidentemente muy buenos negocios, libres de impuestos, se presentaban como perspectiva al comercio europeo si lograban quebrar la resistencia a la “libre navegación” de los ríos Paraná y Uruguay.

La flota siguió su avance y tanto desde la prensa unitaria como desde medios británicos se festejaba la llegada de una nueva era comercial.

Pero los ecos de la batalla generaron una nueva resistencia, las poblaciones adyacentes a los ríos retiraron el ganado y todo aquello que pudiera servir de vitualla. Al pasar por las costas de San Lorenzo recibieron ataques de artillería como así también en otros puntos de la travesía. Al desembarcar en Corrientes y en Paraguay descubrieron con amargura que el alto costo de hambre, enfermedades y muerte no se ajustaba a los beneficios económicos que realmente esperaban obtener. Concluyeron que era mucho más racional reconocer la soberanía de la Confederación en sendos pactos que Inglaterra, y un año más tarde Francia, firmaron.

El gran triunfo fue dar la batalla. Quienes aseguran que el verdadero logro se dio en las negociaciones diplomáticas olvidan que en esas mesas de discusión siempre están presentes y juegan un rol fundamental la evaluación de las fuerzas y las voluntades en disputa.

Con la historia está sucediendo algo muy parecido a lo que se viene discutiendo en nuestro país con el periodismo. El historiador Luis Alberto Romero ha dicho que este “revival” de la Vuelta de Obligado abreva en un nacionalismo patológico que hace emerger al enano nacionalista que la sociedad argentina tiene muy arraigado. Por ello recuerda que para los historiadores profesionales la nacionalidad es una construcción social y no una esencia.

Eric Hobsbawm observó que la idea de nación reconoce tres etapas conceptuales muy diferentes: la primera ligada a la Revolución Francesa homologa nación con pueblo y tiene un carácter profundamente inclusivo. Todo el pueblo es la nación, el enemigo era la aristocracia. La segunda concepción es la que asociamos con las corrientes de derecha. El nacionalismo en este caso es excluyente. Enfrenta a las naciones, habla de superiores e inferiores, se desliza con facilidad al fascismo. El tercer nacionalismo posible es el que enfrenta a las naciones sometidas con sus metrópolis, es lo que se ha dado en llamar antiimperialismo y resalta los valores nacionales y la soberanía como impulso a la libertad a la autodeterminación de los pueblos. Por eso reivindicar en la historia aquellos momentos en los que se enfrentó a los imperios no es despertar al enano nacionalista sino muy por el contrario recordar que si bien es cierto que la nación no es una esencia, sino que es algo que se construye, está muy claro que esa construcción está jalonada de atrevimientos como el del 1845 y de derrotas que se convierten en victorias. En los días que corren es bueno tenerlo presente.

por Sergio Wichñevsky, historiador, UBA.

Fuente:
Diario La Nación 21/11/2010

A dos dias del aniversario del combate de la vuelta de obligado
Polémica entre nacionalistas y liberales

Dos historiadores – Pacho O’Donnell y Luis Alberto Romero- polemizan en torno a un hecho histórico que, desde este año, es feriado nacional.

Transformar la derrota en victoria
por Luis Alberto Romero

El Gobierno anuncia la gran celebración de un aniversario de la Vuelta de Obligado, la batalla en la que, el 20 de noviembre de 1845, las tropas de Rosas intentaron inútilmente bloquear el acceso de la flota británica por el río Paraná. Paralelamente, los escritores neorrevisionistas baten el parche y despiertan sentimientos e imaginarios de un nacionalismo hondamente arraigado en nuestra sociedad. A la vez, por qué no, realizan un buen negocio editorial.

Como de costumbre, anuncian la revelación de un episodio que la “historia oficial” ha mantenido oculto. En realidad, el episodio de la Vuelta de Obligado puede ser leído en casi cualquier libro que se ocupe del período. Por ejemplo, en dos autores clásicos y de ideas diferentes: José Luis Busaniche y Ernesto Palacio. Dos probos historiadores británicos, H. S. Ferns y John Lynch, han dicho todo lo que necesitamos saber acerca de las trapisondas del lobby de comerciantes e industriales de Liverpool y Manchester, que presionó permanentemente sobre la política del Foreign Office en el largo conflicto de la Cuenca del Plata. Tulio Halperin Donghi, hace 40 años, trazó un balance equilibrado del asunto, bastante favorable a Rosas: sin cuestionar los sólidos lazos que ligaban con Gran Bretaña a los hacendados y comerciantes porteños e ingleses -dice-, Rosas defendió encarnizada y a la larga eficazmente la independencia política de la región, en la época de la “política de las cañoneras”, cuando nadie podía asegurar cuáles serían los límites del colonialismo europeo. Rosas puso esos límites.

Coincido con esos balances, que destacan no tanto las heroicas acciones militares en el Paraná como la tozuda y cazurra práctica diplomática de Rosas en los cuatro años siguientes. Me parece más difícil de aceptar, en cambio, que la batalla del 20 de noviembre de 1845 haya sido una gran “epopeya nacional”, como se dice.

En primer lugar, fue una derrota. Honrosa y heroica, sin duda; victoria moral, como nos gusta a los argentinos; pero derrota al fin. La de los ingleses fue quizás una victoria a lo Pirro. Pero vencieron. Cortaron las cadenas, rompieron el bloqueo y llegaron con sus barcos a Corrientes, donde la sociedad local admiró los nuevos barcos de vapor y las damas alternaron y coquetearon con los oficiales británicos.

Sin embargo, sus logros fueron escasos. Los mercados de las provincias litorales eran menos atractivos que lo supuesto. Ninguno de los jefes políticos antirrosistas, en armas en las provincias litorales, quiso comprometerse con los ingleses. Los comerciantes británicos en Buenos Aires continuaron acumulando pérdidas con el bloqueo y reclamando una solución pacífica. Dicho esto, sopesemos el argumento de los neorrevisionistas: las fuerzas militares de Rosas, luego de la derrota del 20 de noviembre, practicaron una tenaz y meritoria guerrilla de retaguardia, que ocasionó pérdidas a la flota y a los buques mercantes ingleses. Un problema más. Por entonces, otros problemas en su vasto imperio informal reclamaron la atención del gobierno británico . En 1846 Aberdeen, cultor de la “política de las cañoneras”, fue reemplazado en el Foreign Office por Palmerston, partidario del camino negociado. Hubo una nueva evaluación de la situación del Plata, y aunque el bloqueo se mantuvo hasta 1849, finalmente se llegó a un acuerdo muy honroso para el gobierno de la Confederación, en el que Rosas obtuvo lo que no pudo lograr en el campo de batalla. Celebremos pues el éxito pacífico de la diplomacia y no el fracaso de la guerra. La negociación y no la epopeya.

¿Fue “nacional” esta acción? También me parece dudoso. Los revisionistas y neorrevisionistas comparten una idea, de origen alemán, acerca de la existencia de una nación eterna, existente desde siempre y animada por el “alma del pueblo”, el volgeist . Una idea importada, pensada para otras realidades, que nuestro nacionalismo aceptó con entusiasmo y aplicó a nuestro caso. Los historiadores profesionales sabemos que las naciones no existen desde siempre, sino que se construyen, en circunstancias determinadas. Casi siempre son impulsadas por Estados, que encuentran en el imaginario nacional su mejor legitimación.

En rigor, en 1845 el Estado nacional argentino todavía estaba en construcción; toda la Cuenca del Plata era un hervidero, y ni siquiera estaba claro qué parte de ella -¿el Uruguay o el Paraguay?- correspondería a la Argentina. Muchos conflictos estaban pendientes de resolución y era difícil saber cómo terminaría la historia, y en consecuencia, cuál de los intereses en pugna sería el “nacional”. Nuestros neorrevisionistas dan por sentado que Rosas defendía el interés nacional. Quizá. Pero en la época había opiniones diferentes sobre cómo organizar el país, especialmente entre correntinos, entrerrianos y santafecinos, por no mencionar a uruguayos y paraguayos, cuya independencia Rosas cuestionaba.

En cambio es seguro que Rosas, bloqueando el Paraná e impidiendo la libre navegación de los ríos, sostuvo los intereses de Buenos Aires, una provincia que, bueno es recordarlo, hasta 1862 vaciló entre integrar el nuevo Estado o conformar un Estado autónomo. Rosas defendió con energía el monopolio portuario porteño, de cuyas rentas, no compartidas, vivía la provincia. Contra Rosas estaban quienes creían que la libre navegación de los ríos los beneficiaría. El conflicto se dirimió luego de Caseros. Mientras Rosas elegía exiliarse en Inglaterra -quizá para estudiar más de cerca a la “pérfida Albión”-, el Pacto de San Nicolás en 1852, y la Constitución Nacional en 1853, abrieron el camino a la libre navegación. Los neorrevisionistas hablan del triunfo de los intereses antinacionales. Eso los llevaría a ubicar a nuestra Constitución en el campo antinacional. A los que vemos en la Constitución el fundamento de nuestro orden institucional nos resulta imposible acompañarlos en esa posición.

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Transformar una derrota en victoria. Hacer de una batalla donde primaron los intereses particulares de Buenos Aires un jalón en la construcción de la Nación. Todo eso es algo más que una opinión, poco rigurosa pero aceptable en un terreno por definición opinable, como lo es el pasado. Tal manera de ver las cosas constituye una parte central del “sentido común” nacionalista, muy arraigado en nuestra cultura, a tal punto de haberse convertido en una verdad que se acepta sin reflexión. En su tiempo, el revisionismo ayudó mucho a construirlo. Los escritores neorrevisionistas -confieso que me cuesta llamarlos historiadores- pulsan esa sensibilidad, la refuerzan, y adicionalmente la convierten en un buen negocio: bien publicitado, el nacionalismo patológico vende bien.

Digo nacionalismo patológico porque hay, en mi opinión, otro nacionalismo, al que prefiero llamar patriotismo, sano, virtuoso e indispensable para vivir en una nación. Pero en el sentido común de los argentinos predomina aquel otro: una suerte de “enano nacionalista” que combina la soberbia con la paranoia y que es responsable de lo peor de nuestra cultura política. Nos dice que la Argentina está naturalmente destinada a los más altos destinos; si no lo logra, se debe a la permanente conspiración de los enemigos de nuestra Nación, exteriores e interiores. Chile siempre quiso penetrarnos. Gran Bretaña y Brasil siempre conspiraron contra nosotros. Ellos fraccionaron lo que era nuestro territorio legítimo, arrancándonos el Uruguay, el Paraguay y Bolivia. La última y más terrible figuración del “enano nacionalista” ocurrió con la reciente dictadura militar. Entonces, el enemigo pasó de ser externo a interno: al igual que los unitarios con Rosas, la subversión era “apátrida” y, como tal, debía ser aniquilada. Poco después, la patología llegó a su apoteosis con la Guerra de Malvinas.

Ese nacionalismo constituye un mito notablemente plástico, capaz de adaptarse a situaciones diversas. Así, nuestro actual gobierno puede hacer uso de él, resucitar muchos de sus tópicos -tarea en la que ayudan estos escritores neorrevisionistas- e incluir en su campaña general contra diversos enemigos -la lista es conocida- este revival de la Vuelta de Obligado que prenuncia una revitalización del mito en beneficio propio, tal como lo está haciendo con la causa de las Malvinas. En 1983, muchos creímos que habíamos logrado desterrar al “enano nacionalista”. Hoy, yo al menos lo dudo.

Una epopeya largamente ocultada
Pacho O’Donnell 

El combate de la Vuelta de Obligado es la expresión a cañonazos de un conflicto que recorre la historia argentina: el de las ambiciones de ciertas dirigencias vernáculas asociadas en beneficio propio con las potencias exteriores del momento, enfrentadas con los intereses nacionales, sobre todo de los sectores populares, que en 1845 fueron organizados y armados por su líder natural, Juan Manuel de Rosas.

Obligado es, junto con el Cruce de los Andes, una de las dos mayores epopeyas militares de nuestra patria. Una gesta victoriosa en defensa de nuestra soberanía política, económica y territorial que puso a prueba exitosamente el coraje y el patriotismo de argentinas y argentinos, lamentablemente silenciada por la historiografía liberal escrita por la oligarquía porteñista, antipopular y europeizante, vencedora de nuestras guerras civiles del siglo XIX.

Versión que continúa hoy vigente con algunos cambios epidérmicos y con denominaciones oportunistas que, por ejemplo, incorporan el término “social” para disimular su conservadurismo y continuismo. Corriente que, aprovechando los golpes militares y ante la expulsión de la historiografía peronista y marxista de nuestras universidades, se adueñó del poder que administra cátedras, subsidios, becas, empleos.

Ser revisionista no supone ser “antimitrista”. Bartolomé Mitre fue un argentino excepcional que dirigió inmensos ejércitos, tradujo La Divina Comedia , llegó a presidente de la república. Y también escribió los fundamentos de nuestra historia al mismo tiempo que la protagonizaba. Tuvo la sensibilidad social de poner en superficie el heroísmo inconcebible de los caudillos altoperuanos, pero no pudo mantener esa objetividad al ocuparse de los caudillos federales tardíos, a quienes perseguía porque se habían constituido en un serio obstáculo para su proyecto de Organización Nacional. La historiografía que el revisionismo cuestiona se plasmó años después, en parte basada sobre sus escritos, pero sobre todo al calor de una “educación patriótica”, cuyo objetivo fue hacer que las masas inmigrantes incorporasen “lo nacional” alimentadas por una versión rígida, simplificada y conservadora de nuestra historia. Cuando se habla de “historia oficial” se debe hablar más de Ricardo Levene que de Mitre.

Corría 1845. Las dos más grandes potencias económicas, políticas y bélicas de la época, Gran Bretaña y Francia, se unieron para atacar a la Argentina, entonces bajo el mando del gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas. El pretexto “humanitario”, infaltable en toda incursión imperial, tuvo la complicidad de los unitarios emigrados en Montevideo: a los “interventores”, como les gustó llamarse a los europeos, no los movía otra intención que apoyar a quienes se oponían al gobierno supuestamente tiránico de Rosas.

Es cierto que Rosas era violento; todos en esa época lo eran, también Paz, Lavalle y Urquiza. En cuanto al terror rosista, es sin duda cuestionable la creación de “la Mazorca”, una organización parapolicial para perseguir y amedrentar a los opositores; pero también es cierto que en sus períodos más cruentos, octubre de 1840 y abril de 1842, no murieron más de 60 personas, lejos de las 200 ejecutadas por Urquiza en las semanas posteriores a Caseros.

Los motivos reales de la “intervención en el Río de la Plata” fueron de índole económica. Se imponía el castigo a ese gaucho insolente que desafiaba a las potencias europeas con trabas al libre comercio y medidas aduaneras que protegían los productos nacionales, y fundando un Banco Nacional que escapaba al dominio de los capitales extranjeros.

Gran Bretaña y Francia se habían unido para expandir sus mercados aprovechando el invento de los barcos de guerra a vapor, que les permitían internarse en los ríos sin depender de los vientos y así alcanzar nuestras provincias litorales, el Paraguay y el sur del Brasil. Esas intenciones eran confirmadas por los casi cien barcos mercantes que seguían a las naves de guerra.

Lo más grave para nuestra soberanía era la pretensión de independizar Corrientes, Entre Ríos y lo que es hoy Misiones formando un nuevo país, la “República de la Mesopotamia”, que empequeñecería y debilitaría aún más a la Argentina, que ya había sufrido el desgarro de la Banda Oriental, con la insólita anuencia de Rivadavia, y del Alto Perú (Bolivia) ante la indiferencia de Alvear. Sería Urquiza, luego de Caseros y en acuerdo con el emperador de Portugal Juan I, quien reconocería la independencia del Paraguay, algo a lo que Rosas se negó con pertinacia.

Ingleses y franceses creyeron que la sola exhibición de sus imponentes naves, sus entrenados marineros y soldados, y su modernísimo armamento bastarían para doblegar a nuestros antepasados, como acababa de suceder con China. Pero no fue así: Rosas, que gobernaba con el apoyo de la mayoría de la población, sobre todo de los sectores populares, decidió hacerles frente. Encargó al general Lucio N. Mansilla conducir la defensa. Su estrategia fue la siguiente:

1) Era imposible vencer militarmente a los invasores por la diferencia de poderío y experiencia, lo que hacía inevitable que tuvieran éxito en su propósito de remontar el río Paraná.

2) Dado que se trataba de una operación comercial encubierta, el objetivo era provocarles daños económicos suficientes como para hacerlos desistir de la empresa y lograr así una victoria estratégica que vigorosas negociaciones diplomáticas harían luego contundente.

3) Era necesario buscar un lugar del Paraná donde fuera posible alcanzar los barcos enemigos con los escasos, anticuados y poco potentes cañones con que se contaba.

Mansilla emplazó cuatro baterías en el lugar conocido como Vuelta de Obligado, donde el río se angosta y describe una curva que dificultaba la navegación. Allí nuestros heroicos antepasados tendieron tres gruesas cadenas sostenidas sobre barcazas y así lograron que durante el tiempo que tardaron en cortarlas los enemigos sufrieran numerosas bajas en soldados y marineros y devastadores daños en sus barcos de guerra y en los mercantes. El calvario de las armadas europeas y los convoyes que las seguían continuó durante el viaje de ida y de regreso, siendo ferozmente atacadas desde las baterías de “Quebracho”, del “Tonelero”, de “San Lorenzo” y, otra vez, desde “Obligado”. La estrategia de Rosas y Mansilla tuvo éxito y las grandes potencias se vieron obligadas a capitular aceptando las condiciones impuestas por la Argentina y cumpliendo con la cláusula que imponía a ambas armadas, al abandonar el río de la Plata, disparar 21 cañonazos de homenaje y desagravio al pabellón nacional.

Desde su destierro en Francia, San Martín, henchido de orgulloso patriotismo, escribió a su amigo Tomás Guido el 10 de mayo de 1846: “Los interventores habrán visto por este échantillon que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”. Más adelante felicitaría al Restaurador: “La batalla de Obligado es una segunda guerra de la Independencia”. Y al morir le legó su sable libertador.

Insólitamente, hay argentinos que siguen empeñados en negar la importancia de Obligado y hasta objetan la victoria patriota. Aliados así otra vez con los invasores del 45, sobre todo con Francia, que, al calor de la humillación sufrida, insiste aún hoy que la guerra del Paraná le fue favorable. Aducen para ello que superaron las barreras de Obligado, remontaron el Paraná hasta su fin y regresaron. Como muestra, en el Panteón de Napoleón donde se exhiben las banderas enemigas tomadas en victorias militares, se exhibe en el puesto 32 una enseña argentina manchada en sangre recuperada de alguno de los lanchones que sostenían las cadenas.

Pero lo que demuestra su derrota es que no se cumplieron ninguno de los objetivos de la invasión de las potencias: las provincias litorales siguen siendo argentinas, el Paraná es un río interior de nuestro territorio y la Argentina no es un protectorado británico, como habían acordado los unitarios con las potencias “interventoras”.

Serían otras las formas, más sutiles y eficaces, que las potencias invasoras, sobre todo Inglaterra, pondrían en juego en el futuro para restañar las heridas y para dominar hasta 1945 nuestra economía, nuestra política y nuestra cultura con la complicidad de sus “socios interiores”.

 

Fuente:
Diario La Nación 18/11/2010

 
Luis Alberto Romero (Buenos Aires, Argentina, 1944).

Es Investigador Principal del CONICET y profesor titular de Historia Social General en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Dirige el Centro de Estudios de Historia Política en la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín. Dicta cursos de posgrado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), la Universidad Torcuato Di Tella y la Universidad de San Andrés. Ha dictado cursos en diversas universidades nacionales y en las universidades Católica y de Santiago, en Chile, Nacional Autónoma de México, Federal de Rio de Janeiro, de Salamanca, Valencia y Oviedo, en España, en la École d’Hautes Etudes en Sciences Sociales, y el Graduate Center de la City University of New York. Ha sido director académico de la colección “Historia Visual Argentina”, publicada por el diario Clarín (2000), y de la colección “Los hombres del poder”, de Fondo de Cultura Económica.
Entre sus publicaciones se encuentran Sectores populares, política y cultura: Buenos Aires en la entreguerra (con Leandro H. Gutiérrez, 1995), Qué hacer con los pobres. Elite y sectores populares en Santiago de Chile en el siglo XIX (1996), Volver a la historia (1997), Grandes entrevistas de la historia argentina (con Sylvia Saítta, 1998), Grandes discursos de la historia argentina (con Luciano de Privitiello, 2000), Argentina. Crónica total del siglo XX (2000), y Buenos Aires, historia de cuatro siglos (codirigida con José Luis Romero, 2da edición ampliada, 2000).
Fondo de Cultura Económica ha editado Breve historia contemporánea de la Argentina (1994) y su traducción al inglés A History of Argentina in the Twentieth Century (2006).

Fuente: Fondo de Cultura Económica

Pacho O’Donnel

Nació en Buenos Aires, es médico especialista en psiquiatría y psicoanálisis, escritor, dramaturgo y director del Departamento de Historia de la UCES. Fue Secretario de Cultura de Buenos Aires y de la Nación, senador nacional, embajador en Panamá y en Bolivia y agregado cultural en la embajada argentina en España.
Por su aporte a la literatura hispanoamericana fue condecorado con la Orden de Isabel La Católica por el Rey Juan Carlos I de España. También fue distinguido por Francia con las Palmas Académicas. La legislatura porteña lo distinguió como ciudadano ilustre.
Su obra literaria incluye las novelas Copsi, El tigrecito de Mompracén, Las hormigas de Chaplin, Doña Leonor, los rusos y los yanquis, Las patrias lejanas y el libro de cuentos La seducción de la hija del portero. Recientemente publicó el ensayo La sociedad de los miedos y Cuentos Completos.
Como dramaturgo estrenó Escarabajos, Lo frío y lo caliente, ¿Lobo estás?, Vincent y los cuervos, El sable, Van Gogh, El encuentro de Guayaquil y La tentación, éstas últimas de tema histórico.
Su producción historiográfica puede ser considerada dentro del revisionismo, con la propuesta de iluminar aspectos ocultos de nuestra historia oficial. En esta línea ha publicado El grito sagrado, El águila guerrera, El rey blanco, Los héroes malditos, Historias argentinas y Caudillos federales, y las biografías Juana Azurduy, la teniente coronela; Monteagudo, la pasión revolucionaria; Che, la vida por un mundo mejor y Juan Manuel de Rosas, el maldito de la historia oficial.

Una mirada revisionista de la Vuelta de Obligado
La batalla olvidada

La gran epopeya es el último libro de Pacho O´Donnell, sobre el combate de la Vuelta de Obligado que, según el autor, fue “jibarizado” por la historiografía liberal. Una gesta protagonizada por Juan Manuel de Rosas y los sectores populares, la “chusma”, que resistieron el ataque de Francia e Inglaterra. El Gobierno está organizando un gran evento alrededor de esta batalla, que se conmemora el 20 de noviembre.

La batalla y los protagonistas. El desigual combate entre la más poderosa flota del momento y los criollos, que resistieron bravamente. Juan Manuel de Rosas y su cuñado, Lucio Mansilla, líderes de la defensa de nuestra soberanía.
Lo que se avecinaba eran las acciones bélicas conocidas como el combate de la Vuelta de Obligado, una gesta heroica en que las precarias armas argentinas lucharon exitosamente contra las dos escuadras más poderosas del mundo, lo que hizo escribir al general San Martín, textualmente, que “esta contienda en mi opinión es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación”. Sin embargo esa epopeya fue ocultada, desdibujada y jibarizada en los textos oficiales de historia por el principal motivo de que sus protagonistas fueron don Juan Manuel de Rosas y los sectores populares, la “chusma”. Significó la resistencia criolla y popular contra la prepotencia de aquellas naciones con quienes nuestra clase dirigente de entonces pretendía identificarse, servirlas y sacar provecho personal de ello. Metafóricamente fue la resistencia de lo propio, de lo nacional, contra la fuerza de lo ajeno, de lo extraño, que desde la Revolución de Mayo se había adueñado de los sacrificios libertarios de próceres imbuidos de lo nacional, miembros del “partido americano” como Campana, Güemes, Belgrano, los caudillos federales Artigas, Dorrego y otros. Y por supuesto don José de San Martín. Y la historia oficial se encargó de hacerlo desde la historiografía. Contra ello surgió como alternativa la corriente y escuela del revisionismo histórico con la que me siento comprometido y este libro es expresión de sus propósitos.

Los invasores traían también fuerzas mercenarias fogueadas en las guerras europeas. Entre ellas se encontraba una flotilla que ocupó y saqueó Colonia del Santísimo Sacramento obligando a sus habitantes a huir aullando de terror con sus ropas desgarradas. Los saqueadores arrasaban con todo lo que encontraban. El cielo parecía cobrar vida con el relumbre de los incendios.

El jefe de los vándalos, nacido en Niza pero criado en Italia, echó las culpas a la “difícil tarea de mantener la disciplina que impidiera cualquier atropello, y los soldados anglofranceses, a pesar de las órdenes severas de los almirantes, no dejaron de dedicarse con gusto al robo en las casas y en las calles. Los nuestros (italianos), al regresar, siguieron en parte el mismo ejemplo aun cuando nuestros oficiales hicieron lo posible por evitarlo. La represión del desorden resultó difícil, considerando que la Colonia era pueblo abundante en provisiones y especialmente en líquidos espirituosos que aumentaban los apetitos de los virtuosos (sic) saqueadores”. Ni siquiera la iglesia se libró de los desmanes, ya que en ella se celebró la victoria con orgías y borracheras.

Luego la escuadra de mercenarios italianos, aprovechando que el río Uruguay había quedado desguarnecido porque los pocos recursos patriotas se concentraron en el Paraná, repetiría el cruento saqueo en Gualeguaychú y en Salto.

El jefe mercenario de esta horda salteadora era Guiseppe Garibaldi, que años más tarde se constituiría en el héroe de la unidad italiana y prócer nacional de Italia.

Una eficaz estrategia de Rosas fue poner en acción medios de prensa que contrarrestaran la propaganda de las potencias agresoras. Uno de ellos fue el Archivo americano y espíritu de la prensa del mundo, que se publicó desde 1843 hasta 1852. Escrito en español, inglés y francés, se encargó a Pedro de Angelis, un valioso intelectual italiano que gozaba de la confianza del Gobernador, ocuparse de asuntos de actualidad. A veces se daban a conocer artículos críticos hacia la Confederación, argentinos o del exterior, con sus correspondientes respuestas. Era también frecuente la difusión de cartas interceptadas a los unitarios.

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Mansilla, consciente de su gravísima responsabilidad, después de considerar varias opciones, resolvió fortificar con todos los elementos disponibles el sitio llamado Vuelta de Obligado por su configuración y por su posición estratégica, como consigna en su parte a Rosas: “(…) por la vuelta que hace el río en una punta saliente y difícil de remontarse con el viento, a quien viene navegando, debido al cambio que hace de rumbo el canal principal”.

Obligado era un paraje situado sobre la margen derecha del río Paraná, que allí baja en dirección NO a SE para desviar luego de N a S y nuevamente de O a E, de allí lo de “vuelta”. Tomó el nombre de su propietario, don Antonio Obligado, andaluz que lo había adquirido a su vez al canónigo Andújar en 1785. El recodo del río, la “vuelta”, tiene una profundidad de 15 metros y  un ancho de aproximadamente 800.

Las fuerzas patriotas disponían sólo de cuatro baterías: dos recuperadas de Martín García y las otras de San Nicolás, anticuadas y necesitadas de reparación por estar desfogonadas o carentes de algunas piezas. La orilla izquierda, en la provincia de Entre Ríos, era pantanosa e inutilizable para la defensa, por lo que las cuatro baterías se instalaron sobre la barranca derecha: la Manuelita, sobre el ángulo de la costa al mando del  teniente coronel de artillería Juan Bautista Thorne, con 7 cureñas de mar, empotradas en troncos de tala, de calibre de 10 y de 8 pulgadas. La segunda batería, la General Mansilla, al mando del teniente de artillería Felipe Palacios, ubicada en forma rasante sobre la barranca, en un declive del terreno, servida por 3 piezas, 2 de 12 y una de 8. La General Brown, del teniente de Marina Eduardo Brown, hijo del almirante, con 5 piezas: una de 24, 2 de 18, una de 16 y una de 12. Y la última batería, la Restaurador Rosas, al mando de Alvaro Alzogaray, ayudante mayor de Marina, armada con 6 cañones, 2 de 24 pulgadas y 4 de 16, ubicada en el tope de la barranca. En la parte baja, casi al nivel del agua, se había comenzado a construir otras tres baterías, pero no hubo tiempo para terminarlas.

Frente a la batería rasante que llevaba su nombre, para dificultar el paso de los invasores, en un alarde de ingenio, Mansilla atravesó el curso del Paraná con tres gruesas cadenas de hierro afirmadas sobre 24 barcazas desmanteladas, en cuyo remate sobre la orilla entrerriana se posicionó el bergantín Republicano, de madera, armado con 6 cañones de escaso calibre, al mando del capitán Craig y con una tripulación de 2 oficiales, 9 suboficiales, 21 artilleros y 13 marineros.

La fuerza invasora estaba formada por el buque insignia inglés Gorgon, de 1.200 toneladas, a vapor, al mando del comandante en jefe, capitán Hotham; el Firebrand, también a vapor, comandado por el capitán Hope; la corbeta Comus, del capitán Inglefield; los bergantines Philomel, del capitán Sullivan; Dolphin, con el capitán Leving, y Fanny, del capitán Key. Esta flota británica portaba en total 50 cañones, casi el doble de los argentinos y mucho más potentes, mejor puntería y largo alcance.

La escuadra francesa, por su parte, la integraba el modernísimo vapor Fulton, de 650 toneladas y 16 caballos de fuerza, al mando del capitán Mazeres; la corbeta Expeditive, del capitán De Muriac; los bergantines Pandour, de Du Marc, y Procida, con el capitán De la Riviere, y la nave capitana, St. Martin, del comandante en jefe, Trehouar. Esta última, con el nombre de San Martín, la nave insignia de la Confederación y al mando directo de Guillermo Brown, había sido capturada frente a Montevideo e incorporada a la flota agresora. Los cañones franceses sumaban 49 piezas y en su gran mayoría disparaban modernos proyectiles Paixhans, huecos de bala explosiva de 80 libras y espoleta, con hasta entonces desconocida capacidad de destrucción; también proyectiles Congreve, pioneros de la cohetería bélica. Los cañones ingleses no se quedaron atrás en cuanto a la modernidad y no pocos eran Peysar, de alma rayada, que permitía una afinada puntería y mayor alcance, y se utilizaban por primera vez en un conflicto armado.

En carta a Tomás Guido en esos días de 1845, don José de San Martín, en su destierro francés, se indignaría: “Es inconcebible que las dos grandes naciones del universo se hayan unido para cometer la mayor y más injusta agresión que pueda cometerse contra un Estado independiente”. Y agrega, después de otras consideraciones sobre el tema, una admirable afirmación: “Ud. sabe que yo no pertenezco a ningún partido; me equivoco, yo soy del partido americano; así que no puedo mirar sin el menor sentimiento los insultos que se hacen a la América”.

El Libertador conocía a la chusma que había constituido sus ejércitos invencibles y no ignoraba su valor y su astucia en el combate, y esos orilleros, mulatos, indios, gauchos, ahora habían apretado filas en torno al Restaurador “para defender esa palabra nueva –soberanía– repetida en los mensajes de gobierno. Nadie se las había explicado, ni falta hacía, porque para ellos era bien claro que una patria que no se hiciese respetar no era una patria. No eran ideas ni posibilidades: la patria eran ellos, el suelo que pisaban, su manera de ser, sus costumbres, sus padres, sus hijos: algo concreto que todos comprendían y sentían. Por ella podían pasarse sin géneros y sin pan si fuese necesario. Y dar su vida, porque por la patria se muere. Pero también se mata” (J.M. Rosa).

El 17 de noviembre la poderosa flota europea se acerca a donde la esperan los enardecidos defensores de la patria invadida. El 18 es día de reconocimientos y tanteos. El 19 amanece con neblina y sin viento, lo que inmoviliza a los invasores ya que algunos de sus barcos eran a vela. Pero el 20 se presenta favorable para su acción y los aliados avanzan con la St. Martin al frente, una ofensa que enfurece aún más a los argentinos.

Mansilla, ante la inminencia del ataque, arengó a sus tropas: “¡Allá los tenéis! Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra Patria, al navegar, sin mas título que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea”. A continuación, los criollos entonaron a voz en cuello el Himno Nacional acompañados por la banda de Patricios y a su término Mansilla gritó un “ ¡Viva la Patria!” que es respondido atronadoramente por sus hombres y luego sería la orden de “¡fuego!” y las cuatro baterías al unísono comenzaron a descargar sus proyectiles. Eran las ocho y cuarenta y tres minutos de la mañana.

El St. Martin recibe una andanada que lo deja averiado, su palo mayor dañado y 44 de sus tripulantes quedan fuera de la acción, entre ellos el 2° y el 3° oficial. Recibe luego otros once impactos que le destrozan el timón y lo dejan a la deriva. Más tarde, en combate ya generalizado, el bergantín patriota Republicano, agotada su munición, es volado por su capitán, Craig, para que no caiga en poder del enemigo. Los brulotes son soltados pero la correntada los impulsa lejos de

los atacantes.

El fuego europeo hacía estragos en las baterías patriotas, a pesar de lo cual no dejaron de responder con su escasa capacidad de fuego pero que fue suficiente para poner fuera de combate a los bergantines Pandour y Dolphin, para silenciar los cañones mayores de la Fulton, que intentó infructuosamente cortar las cadenas en dos oportunidades, y para obligar a retirarse al Comus. Pero pronto fue evidente que la heroica resistencia no podría mantener a raya mucho tiempo más a los europeos porque los proyectiles iban agotándose y las bajas humanas ya eran considerables.

Esto hizo que un comando de los atacantes pudiera llegarse hasta las cadenas en tres ágiles balandras y a martillazos sobre un yunque improvisado logró cortarlas abriendo la vía por la que se filtró primero la Fulton y luego la Gorgon y la Firebrand, demostrando la ventaja de estar propulsadas a vapor, y desde mejores posiciones bombardearon las baterías argentinas, especialmente a la Manuelita. A las dos y media de la tarde, el eficaz correo le avisa a Mansilla que al sur de las baterías, en la Playa de Pescadores, el enemigo estaba concentrando fuerzas de desembarco. Los milicianos montados de Rodríguez y Quiroga concurrieron al lugar y se encargaron entonces con su destreza de jinetes y con el filo de sus sables de hacerlos regresar a remo a las naves aliadas, ahogándose algunos en el apresuramiento.

Hacia las cuatro de la tarde los proyectiles patriotas ya están casi agotados, lo que facilitó que la batería Restaurador Rosas fuese silenciada por el fuego de la Expeditive. A las 16.50 sería Thorne quien encienda la mecha de su último cañonazo desde la Manuelita. Los ingleses decidieron entonces un nuevo desembarco al mando del jefe de su escuadra, Hotham, ante lo cual Mansilla dio la orden de rechazar el intento a cuchillo, cuerpo a cuerpo. El va al frente, dando el ejemplo, y entonces cae mal herido por la metralla.

La lucha era feroz y los franceses desembarcaron tropas para reforzar a las británicas, siempre apoyados por el intenso y eficaz cañoneo de las naves. Sobre las 19 horas las tropas invasoras se reembarcan habiendo sufrido graves pérdidas humanas.

Las baterías argentinas habían sido demolidas y muchos de sus artilleros muertos o heridos, pero el costo de los aliados también fue grande, dañadas diez de sus once naves, exceptuándose la Firebrand, que se retiró hasta San Nicolás para preservarse. La resistencia de Thorne desde la Manuelita había provocado grandes destrozos entre los aliados, pero una bala de cañón enemiga lo alcanzó y lo levantó en el aire arrojándolo contra un árbol. Se incorporó de inmediato diciendo: “No fue nada” y continuó combatiendo. A raíz de dicha acción perdió su audición, siendo reconocido desde entonces como “el sordo de Obligado”.

Se dijo que el último cañonazo de los heroicos argentinos lo efectuó el teniente José Romero, y luego, impotente, de pie sobre su pieza humeante, insultó a los invasores hasta que una bala lo mató.

El parte de la alianza invasora rindió tributo al coraje argentino: “Siento vivamente que esta gallarda proeza –decía Trehouart– se haya logrado a costa de tal pérdida de vidas (se refería a las propias), pero considerando la fuerte posición del enemigo y la obstinación con que fue defendida, debemos agradecer a la Divina Providencia que no haya sido mayor”.

Las bajas patriotas estuvieron de acuerdo al heroísmo con que se enfrentó a un adversario con mucha mayor capacidad de fuego: 250 muertos y 400 heridos, un total de 650 bajas, la tercera parte de los 2.160 combatientes que tomaron parte del combate.

Los 21 cañones de las baterías (sólo se salvaron los 9 de los cuerpos móviles) cayeron en poder del enemigo, que inutilizó o echó al agua a la mayoría, salvo diez de bronce que llevó a Europa para exhibirlos en sus museos e instituciones militares. Los lanchones que sostenían la cadena fueron incendiados.

Las pérdidas europeas fueron: franceses, 18 muertos y 70 heridos; ingleses, 10 muertos y 25 heridos. En cuanto a las pérdidas materiales, los más dañados fueron el St.Martín, que recibió mas de 100 disparos; el Fulton, cerca de 70; el Dolphin y el Pandour sufrieron ambos la destrucción de su velamen y el segundo la

pérdida de sus dos anclas. El capitán del Dolphin anotó que “a las 5 de la tarde se recibió la señal para tripular botes armados y reunidos, pero ningún bote tripulado salió del costado del Dolphin por la sencilla razón de que todos nuestros botes estaban atravesados por las balas y se hundían”.

por Pacho O’Donnell

Fuente:
Diario Perfil 24/10/2010

Vuelta de Obligado
Reivindicación de una epopeya nacional olvidada 

En 1845, Argentina enfrentó a las dos potencias de la época, Francia e Inglaterra. Y las obligó a capitular. El autor e historiador Pacho O’Donnell escribe sobre su última investigación.

combate de la “Vuelta de Obligado” es, junto al Cruce de los Andes, una de las dos mayores epopeyas de nuestra Patria. Una gesta victoriosa en defensa de nuestra soberanía que puso a prueba exitosamente el coraje y el patriotismo de argentinas y argentinos, lamentablemente silenciada por la historiografía liberal escrita por la oligarquía porteñista, antipopular y europeizante, vencedora de nuestras guerras civiles del siglo XIX.

Corría 1845. Las dos más grandes potencias económicas, políticas y bélicas de la época, Gran Bretaña y Francia, se unieron para atacar a la Argentina, entonces bajo el mando del gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas. El pretexto fue una causa “humanitaria”: terminar con el gobierno supuestamente tiránico de Rosas, que los desafiaba poniendo trabas al libre comercio con medidas aduaneras que protegían a los productos nacionales, y fundando un Banco Nacional que escapaba al dominio de los capitales extranjeros.

Los reales motivos de la “intervención en el Río de la Plata”, como la llamaron los europeos, fueron de índole económica. Deseaban expandir sus mercados a favor del invento de los barcos de guerra a vapor que les permitían internarse en los ríos interiores sin depender de los vientos y así alcanzar nuestras provincias litorales, el Paraguay y el sur del Brasil. Dichas intenciones eran denunciadas por los casi cien barcos mercantes que seguían a las naves de guerra.
Otro objetivo de la gigantesca armada era desnivelar el conflicto armado entre la Argentina y la Banda Oriental (hoy República del Uruguay) a favor de ésta, que los franceses consideraban entonces protectorado propio. También independizar Corrientes, Entre Ríos y lo que es hoy Misiones formando un nuevo país, la “República de la Mesopotamia”, que empequeñecería y debilitaría a la Argentina y haría del Paraná un río internacional de navegación libre.

Los invasores contaron con el antipatriótico apoyo de argentinos enemigos de la Confederación rosista, que se identificaban como “unitarios”, muchos de ellos emigrados en Montevideo. Fueron ellos los que, vencedores del federalismo popular, escribieron nuestra historia oficial, lo que explica que la epopeya de Obligado haya sido ominosamente ignorada hasta nuestros días.

Ingleses y franceses creyeron que la sola exhibición de sus imponentes naves, sus entrenados marineros y soldados y su modernísimo armamento bastarían para doblegar a nuestros antepasados como acababa de suceder con China.
Táctica y estrategia

Pero no fue así: Rosas, que gobernaba con el apoyo de la mayoría de la población, sobre todo de los sectores populares, decidió hacerles frente. Encargó al general Lucio N. Mansilla conducir la defensa. Su estrategia fue la siguiente:

1) Era imposible vencer militarmente a los invasores por la diferencia de poderío y experiencia lo que hacía inevitable que tuvieran éxito en su propósito de remontar el río Paraná.

2) Pero dado que se traba de una operación comercial encubierta, el objetivo era provocarles daños económicos suficientes como para hacerlos desistir de la empresa y, lograr así una victoria estratégica que vigorosas negociaciones diplomáticas harían luego contundente.

3) Era necesario buscar un lugar del Paraná donde fuera posible alcanzar a los barcos enemigos con los escasos, anticuados y poco potentes cañones que se tenían.

Mansilla emplazó cuatro baterías en el lugar conocido como “Vuelta de Obligado”, donde el río se angosta y describe una curva que dificultaba la navegación. Allí nuestros heroicos antepasados tendieron tres gruesas cadenas sostenidas sobre barcazas y de esa manera lograron que durante el tiempo que tardaron en cortarlas, los enemigos sufrieran numerosas bajas en soldados y marineros y devastadores daños en sus barcos de guerra y en los mercantes. El calvario de las armadas europeas y los convoyes mercantes que las seguían continuó durante el viaje de ida y de regreso, siendo ferozmente atacadas desde las baterías de “Quebracho”, del “Tonelero”, de “San Lorenzo” y, otra vez, desde “Obligado”.

Lucio N. Mansilla se puso valientemente al frente de sus tropas para rechazar el desembarco de los enemigos y resultó gravemente herido.
Hubo valientes mujeres de San Pedro y de San Nicolás que lucharon a la par de los hombres y que también cumplieron importantes servicios en el cuidado de los heridos. Entre ellas se destacaron, entre otras, Josefa Ruiz Moreno, Rudecinda Porcel, María Ruiz Moreno, Carolina Suárez, Francisca Nabarro y Faustina Pereira, encabezadas por Petrona Simonino.

La estrategia fijada por Rosas y Mansilla tuvo éxito y las grandes potencias de la época finalmente se vieron obligadas a capitular aceptando las condiciones impuestas por la Argentina y cumpliendo con la cláusula que imponía a ambas armadas, al abandonar el río de la Plata, disparar veintiún cañonazos de homenaje y desagravio al pabellón nacional.

Las provincias litorales continuaron siendo parte de nuestro territorio y el Paraná es hasta hoy un río interior argentino.

Desde su destierro en Francia, don José de San Martín, henchido de orgulloso patriotismo, escribió a su amigo Tomás Guido el 10 de mayo de 1846: “Los interventores habrán visto por este échantillon que los argentinos no son empanadas que se comen sin mas trabajo que abrir la boca” y mas adelante felicitaría al Restaurador: “La batalla de Obligado es una segunda guerra de la Independencia”. Y al morir le legó su sable libertador.

Por ley 20.770 se conmemora la epopeya del combate de la “Vuelta de Obligado” como Día de la Soberanía Nacional.

por Pacho O’Donnell

Fuente:
Diario Clarín 3/10/2010

 

 

 

 

 

 

 

 

La Vuelta de Obligado
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