La voz de las que ya no podían hablar

Ravensbrück, el infierno de las mujeres , de Montse Armengou y Ricard Belis, reúne el estremecedor testimonio de sobrevivientes de uno de los más letales campos de exterminio nazi. El ejercicio de la memoria fue, para ellas, una manera de hacer que el «nunca más» de Nüremberg cobrara sentido.

Neus Català nos lo había dicho: «Tengo metido Ravensbrück en la cabeza como una película en blanco y negro». Era verdad, y no sólo en su recuerdo. Ravensbrück es en blanco y negro: la tierra negruzca, los barracones grises, la escarcha blanca de vidrio, los cuervos negros, las ramas desnudas de los árboles, las vías de los trenes oscuras y siniestras que llegan al campo…

Ravensbrück, «el puente de los cuervos» en alemán, fue inaugurado oficialmente en 1939, pero, en parte, ya funcionaba desde hacía seis años. En 1933, las cárceles alemanas ya no daban abasto con tantas detenciones -en esos momentos, principalmente políticas-, y todavía no se habían construido los grandes campos de concentración. No obstante, ya había muchos campos pequeños, con secciones femeninas incluidas, como el de Moringen, cerca de Göttingen, embrión del futuro Ravensbrück. El régimen de Hitler ha ido tomando conciencia de la importancia de las mujeres y, sobre todo, del peligro que representan aquellas que no se adhieren al nacionalsocialismo, las que por motivos políticos o religiosos no quieren seguir las directrices nazis o no se las quieren enseñar a sus hijos. De modo que se empieza a internar a mujeres en los campos de concentración con la finalidad de reeducarlas o eliminarlas, según convenga. En 1938, las autoridades alemanas se fijan en un emplazamiento que a su entender reúne muchas ventajas a la hora de construir un campo.

Está situado al noreste de Alemania, en la región de Mecklenburg, una zona muy conocida por sus balnearios. Cerca del pequeño pueblo de Fürstenberg hay un lugar pantanoso, al abrigo de miradas indiscretas pero bien comunicado por tren, con una excelente red fluvial para transportar material, sólo a ochenta kilómetros de Berlín y de uno de los decanos de los campos de concentración: Sachsenhausen. Ofrece tantas posibilidades que, como ya habían hecho con otros campos, algunos miembros de las SS y del Partido Nacionalsocialista (NSDAP) ven una buena inversión y compran esos terrenos. Enseguida se envía un comando de quinientos hombres, procedentes precisamente del vecino Sachsenhausen, que en noviembre de 1938 emprenderán la construcción. En poco más de medio año hacen el campo base: un muro de cuatro metros de alto coronado por alambradas eléctricas que rodea dieciséis barracones. Posteriormente, el campo se irá ampliando, pero el 15 de mayo de 1939 Ravensbrück ya está a punto para recibir a sus primeras 867 prisioneras, todas ellas procedentes de la cárcel de Lichtenburg, que se había convertido en el único centro de detención femenino tras el cierre del módulo de mujeres de Moringen. El campo tenía capacidad para 4.000 detenidas pero, un año después de su inauguración, ya sobrepasaba esta cifra. A partir de ese momento, y en diferentes expediciones, Ravensbrück fue el infierno para 132.000 mujeres y niños de más de cuarenta países. […]

El sabor amargo de la liberación

Durante los últimos días se viven momentos caóticos: los alemanes vacían los campos precipitadamente ante el avance aliado. Empiezan las terribles marchas de la muerte, en las que morirán miles de mujeres de agotamiento, hambre y frío, o por un tiro en la cabeza si no pueden seguir el ritmo. Las que no tienen fuerzas para andar son abandonadas, moribundas, en la enfermería de un campo minado, con orden de hacerlo saltar por los aires para que no queden ni rastro ni testigos de esa barbarie. El día de la liberación quedaban unas 3.000 mujeres en Ravensbrück, muchas de las cuales murieron después sin que, ya en libertad, se pueda hacer nada por ellas. En total, 92.000 personas perdieron la vida en Ravensbrück.

La liberación tendrá un sabor amargo para muchas deportadas.

La llegada de las tropas soviéticas supuso la violación de algunas a manos de unos soldados locos de revancha que no supieron ver que mujeres como Ilse Heinrich eran, además de alemanas, víctimas que habían sufrido la furia del nazismo tanto como los habitantes de Stalingrado. Otras deportadas, como muchas rusas que se abrazaron a los tovarichi liberadores, sufrieron después el horror de los gulags estalinistas: estaban vivas, luego eran sospechosas de haber sido colaboradoras del nazismo.

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Algunas deportadas ya sabían cómo funcionaba el régimen de Stalin antes de ser internadas en el campo. Este es el caso de Margarette Buber-Neumann, una de las deportadas más veteranas, ya que entró en Ravensbrück en 1940 y no salió hasta la liberación. Comunista convencida pero crítica, fue deportada por Stalin a Siberia y entregada posteriormente a los alemanes.

Otras hicieron el camino a la inversa. Antonina Nikiforova, la médica rusa que estuvo hasta el último día con las enfermas del campo, fue trasladada a un pequeño pueblo de Siberia, y no pudo regresar a Leningrado hasta pasados tres años. Finalmente, la liberación no significó el final del exilio para las deportadas españolas, que no pudieron volver a casa porque Franco seguía imponiéndose a sangre y fuego, mientras que las potencias occidentales, a punto de empezar otra guerra -esta vez fría-, miraron hacia otro lado a condición de que Franco fueran un buen aliado -y lo era- contra el comunismo.

Muchas mujeres testificaron en los juicios contra los nazis, como veremos en el relato de Mercedes Núñez. Pero a menudo no encontraron el interés suficiente más allá de los tribunales.

En la vida cotidiana la gente no les creía o no quería escuchar tal horror. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo hacer creíble lo que es inimaginable?

Si grandes intelectuales como Jorge Semprún o Primo Levi se debatían entre explicarlo o no, si debían hacerlo a través de la ficción o de las memorias autobiográficas, ¿qué podían hacer aquellas mujeres, muchas de ellas sin formación, preocupadas en buscar trabajo o al marido desaparecido en otro campo?

Y, a pesar de todo, la voz de las que ya no podían hablar fue una obligación para la mayoría. Muchas dedicaron su testimonio a hacer que las famosas palabras de Nüremberg, el «nunca más», se llenaran de contenido. Bien pronto muchas empiezan a escribir, a dar charlas o a hablar a quien quisiera escucharlas. Muchas, como Neus Català o Mercedes Núñez, ni siquiera lo pudieron hacer en su país, porque la dictadura del general Franco las había convertido en unas apátridas que no podían regresar a España. Ellas querían denunciar lo que había pasado en los campos y recordarle a Europa, que tan satisfecha se sentía por haber derrotado a Hitler, que el fascismo seguía vivo en la figura de Franco.

Su lucha ha continuado, especialmente la de estas mujeres que no han tenido detrás el reconocimiento de su gobierno. Mucha gente, por ejemplo, no sabía quién era Neus Català hasta que Montserrat Roig habló de ella en su espléndido libro Los catalanes en los campos nazis . Pero Neus, desde su exilio en Francia, no se detuvo hasta conseguir que a las republicanas españolas se les dedicara un espacio en el campo. Ella veía con impotencia cómo el apoyo institucional que se les daba a sus compañeras en sus respectivos países hacía que las celdas de la prisión de Ravensbrück se fueran dedicando a la memoria de las deportadas de diferentes nacionalidades: francesas, rusas, polacas, húngaras… Prácticamente sola luchó y consiguió que hubiera una celda dedicada a las republicanas españolas. Y ha continuado confeccionando una especie de inventario de las republicanas que pasaron por Ravensbrück y que allí murieron, muchas de las cuales sólo eran conocidas por su nombre de guerra. Y no ha parado hasta la creación del Amical de Ravensbrück en España. Otras, como Marie Jo Chombart, han sido activistas contra el negacionismo creciente. El mismo día en que la entrevistábamos, recibió una carta en la que, falsificando su nombre y su cargo como presidenta de la Fundación por la Memoria de la Deportación en Francia, los negacionistas ponían en circulación unas supuestas declaraciones suyas según las cuales el holocausto había sido sobredimensionado.

Lo que mueve a todas estas mujeres no es sólo la denuncia del fascismo que se practicó durante esos años en Ravensbrück, sino el que se practica hoy en día, el que permite, como dice Neus Català, que «haya niños esclavos y niños que se mueren de hambre en todo el mundo».

 

Fuente: 

Diario La Nación 8/8/2010

Informacion Adicional: 

Sobre Ravensbrück:

Fue un campo de concentración de mujeres. Situado a 90 km. al noroeste de Berlín, se comenzó a construir en noviembre de 1.938 por 500 presos transferidos desde Sachsenhausen. Levantaron 14 cuarteles, una cocina, una enfermería, y un campo pequeño para hombres que fue aislado totalmente del campo de mujeres (se estableció en abril de 1.941, pero era oficialmente un campo satélite de Sachsenhausen. Aproximadamente 20.000 presos masculinos pasaron por este campo durante los años de su existencia). En junio de 1.942 se añadió al recinto el llamado “Campo preventivo de menores de Uckermark” para mujeres jóvenes y niñas.

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El campo entero fue rodeado por una pared alta con alambres de espinos electrificados. Fue el más grande y, desde la clausura del campo de Lichtenburg, el único campo de concentración casi exclusivamente femenino.

Se abre el 15 de mayo de 1.939, fecha en la que llega el primer transporte con más de 310 mujeres, la mayoría de ellas evacuadas del campo de concentración en Lichtenburg. Uno de los primeros documentos conservados, con fecha de 21 de mayo, informa sobre 974 prisioneras registradas en el campo. Entre ellas 388 testigos de Jehova, 240 llamadas anti-sociales, 119 llamadas » detenidas por causa de la seguridad «, 114 prisioneras políticas, 95 a causa de la falta del cumplimiento de la pureza de la raza, 16 deportadas y 2 schulunghaftlinge. Entre ellas había 137 Judías.

El 29 de mayo, llegaron al campo 400 mujeres gitanas procedentes de Austria.

En total, desde su apertura, hasta su clausura en julio de 1.945, más de 123.000 mujeres de 40 nacionalidades fueron internadas en este campo.

El 23 de septiembre de 1.939 llegaron las primeras polacas, 23 activistas de asociaciones culturales y sociales. Las 5 primeras Polacas de Pabianice llegaron a Ravensbrück el 2 de octubre de 1.939, y en abril de 1.940 comenzaron los transportes masivos de las Polacas de los terrenos incorporados al III Reich.

A finales de 1.939, la población del campo era 2.290. En abril de 1.942 había 7.500 prisioneras en el campo. Desde agosto de 1.944 hasta la derrota de la insurrección de Varsovia aproximadamente 12.000 mujeres fueron transportadas a Ravensbrück. Entre septiembre y octubre de 1.944 llegó, también, el transporte de las mujeres de Auschwitz.

Las condiciones de vida eran tan horribles como en el resto de campos de concentración, diariamente morían mujeres por la falta de alimentos, palizas, torturas, ahorcamientos y fusilamientos. Se estima que murieron 92.000 de las 132.000 presas que pasaron por allí.

Las mujeres que estaban demasiado débiles para trabajar eran transferidas al Uckermark de Ravensbrück para ser gaseadas, o fueron asesinadas por inyecciones mortales o utilizadas para los experimentos «médicos» de los médicos SS. Las mujeres tenían que levantarse las faldas y posar delante de los protectores y de los doctores. Seleccionaban a las mujeres con los pies hinchados, lesiones o cicatrices, o simplemente demasiado enfermas o débiles, para ir a recuperarse a Uckermark. El período de la «recuperación» consistía en el encarcelamiento en cuarteles sellados sin asistencia médica ni alimentos hasta su muerte, pero la mayoría de las mujeres seleccionadas nunca llegaron al «campo de juventud», porque fueron gaseadas en furgonetas especiales transformadas en cámaras móviles de gas.

Cuando se castigaba a las prisioneras, estas debían tirar del “Rodillo del Suplicio” hasta el agotamiento total. El campo tuvo que ser agrandado cuatro veces durante la guerra.

Como en los otros los campos de concentración, Ravensbrück tenía un crematorio, y en noviembre de 1.944, los SS construyeron una cámara de gas. En este tiempo, la población total del campo era 80.000 prisioneros. Presas que trabajaban como administrativas contaron un número total de 3.660 personas, pero, puesto que algunos de los transportes fueron directamente de los campos satélites a la cámara de gas, el número de mujeres asesinadas se estima entre 5.000 y 6.000 desde esa fecha hasta el final.

Como en todos los campos, las presas de Ravensbrück estaban obligadas a realizar trabajos forzosos y trabajaron principalmente en proyectos agrícolas y en la industria local. En 1.944, la mano de obra se dirigió hacia la producción de armamento, y Ravensbrück se convirtió en un centro administrativo con más de 40 subcampos y cerca de 70.000 prisioneros, principalmente mujeres. Esos subcampos, muchos de ellos situados junto a las factorías (la SS también construyó fábricas para la producción textil y componentes eléctricos), se encontraban distribuidos por todo el Reich, y también proporcionaban mano de obra para los proyectos de construcción, limpieza de escombros en las ciudades dañadas por los ataques aéreos, etc.

Siemens & Halske, utilizó mujeres del campo para hacer los componentes eléctricos de los cohetes V-1 y V-2 en un campo colindante al principal, donde construyó 20 naves industriales.

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Ravensbrück, era uno de los almacenes principales de los Nazis de ropa y pieles confiscadas. Había una fábrica para remodelar cuero y textiles, donde se encontraba la sastrería que hacía los uniformes de rayas de los presos, los uniformes para los SS, y las capas de piel para los Waffen-SS y la Wehrmacht,

Había además un barracón en donde los presos tejían alfombras de cañas.

Las mujeres también hicieron trabajo exterior, como construcción de edificios y de caminos. Las utilizaron como animales, de doce a catorce de ellas tiraban de un rodillo enorme para pavimentar las calles,

Algunas de las mujeres trabajaron en la administración del campo y otras trabajaron fuera de él, por ejemplo, en la ciudad próxima de Fürstenberg.

A comienzos del verano de 1.942, los médicos de la SS sometieron a muchas presas de Ravensbrück a diferentes experimentos médicos (Experimentos con huesos, músculos, regeneración de nervios y experimentos de trasplantes óseos; Experimentos con substancias químicas (sulfamidas); etc…). Seleccionaron a unas 80 mujeres, la mayoría polacas, para esos experimentos, en los que muchas murieron y otras sufrieron daños físicos permanentes. También se llevaron a cabo experimentos de esterilización en mujeres y niños (principalmente gitanos), en un intento de desarrollar un método eficiente de esterilización.

La crueldad y el sadismo de los Nazis contra los niños no tenían límites. Condenaron a los niños y a los bebés a la muerte antes de que nacieran. Separaban de su madre a los niños y ahogaban a los bebés recién nacidos. La mayoría de las veces se hacía delante de la madre. Se utilizaron a varios niños también para experimentos «médicos». La exposición directa de órganos genitales a las radiografías esterilizó a centenares de niñas.
Los niños más fuertes podían sobrevivir. Esos niños tuvieron que trabajar día y noche con las mujeres en el taller, ayudándolas con el trabajo más pesado. Muy pocos de estos niños sobrevivieron a la guerra.

A este campo fueron a parar la mayoría de las mujeres embarazadas a las que se hacía abortar cuando estaban de más de 8 meses.

En Ravensbrück destacó el doctor Treite, cuya especialidad era la de asistir al parto, para acto seguido, estrangular o ahogar al recién nacido en presencia de la madre (a veces algo peor), para estudiar sus reacciones psicológicas y secuelas posteriores.

Entre 1.943 y 1.945 nacieron en Ravensbrück 863 niños que murieron casi todos de hambre y frío. Solo algunos, gracias al valor y la imaginación de las resistentes del campo, lograron sobrevivir y salvarse de los experimentos médicos que les dejaban mutilados o tarados para el resto de su vida.

A finales de marzo de 1.945 Himmler dio la orden de evacuar el campo de concentración, y 24.500, hombres y mujeres, iniciaron la marcha de la muerte hacia a Mecklenburg, a pie.
Contar Folke Bernadotte, vicepresidente de la Cruz Roja sueca, había convencido a Himmler para permitir que la Cruz Roja internacional rescatara a algunos presos de Ravensbrück y de otros campos y los enviara a Suecia. Evacuaron a unos 7.500 prisioneros a Suecia, Suiza y Francia, entre marzo y abril.

El 30 de abril de 1.945, el ejército soviético liberó Ravensbrück, encontrando allí a 3.000 mujeres extremadamente enfermas.

Con la liberación no se acabó el sufrimiento para una gran parte de los presos (mujeres, hombres y niños). Muchos de ellos morirían semanas, meses o años después, y los supervivientes sufrirían las secuelas de su reclusión en el campo de concentración incluso décadas después de su liberación.

El 23 de abril 1.945, la presa Urszula Winska, en colaboración con otras prisioneras polacas que pertenecían a la organización de exploradores «Mury», pasó de contrabando la recopilación principal de documentos sobre la historia del campo (la lista del transporte de 25.000 prisioneras, sus nombres, las fechas de su llegada al campo y la causa del encarcelamiento). Urszula repartió la lista Ravensbrück, compuesta por 70 cuadernos, entre las prisioneras. Gracias a Folke Bernadotte, la representante de la Cruz Roja sueca, la lista fue enviada a Suecia. Además, Urszula copió de la lista principal las fechas y el número de las prisioneras de cada transporte que llegó al campo .

Fuente: Holocausto en Español

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