La torre Eiffel cumplió 125 años y su magia se mantiene intacta

Es flaca, alta, desgarbada, esquelética; mirándola bien, tampoco es demasiado linda, la hizo linda el tiempo y la admiración del mundo; como las viejas prostitutas, guarda una pátina de encanto bajo toneladas de maquillaje y conserva intactos casi todos sus secretos: nadie la amaría ya por lo que es, una mole de 10 mil toneladas, sino por lo que representa: un canto al progreso y a la libertad, una utopía hecha realidad, la idea de un loco que se mantuvo en el tiempo y hoy es el monumento turístico más popular del mundo y tal vez el más visitado: seis millones de personas fueron el año pasado a ver si la señorita seguía en su lugar.

Y sí, ahí estaba, como siempre, como hace 125 años cumplidos el 31 de marzo, madmoiselle Eiffel, la tour, la torre, el símbolo de Francia, balcón a la calle de París, eternizado en el cine, en la poesía, en el teatro y en millones de fotos; una construcción que mira al cielo, como las pirámides que hicieron célebre a Egipto, destinada también y acaso a la inmortalidad. Casi no se construye. Es más: casi la tiran abajo después de levantada. La torre tiene una larga historia, más larga que sus 324 metros (antena incluida) plantados sobre cimientos de 30 metros de profundidad en el sector sur de los Campos de Marte, donde se instaló la Feria Universal de 1889 celebrada por el centenario de la Revolución Francesa. A su modo, la torre celebró también las palabras símbolo de Francia, libertad, igualdad, fraternidad, que le costaron la vida a la monarquía francesa, a la idea del origen divino del poder y la cabeza a María Antonieta, una muchacha ambiciosa, enamorada del poder, que así terminó. El papá de la señorita Eiffel, Gustave Eiffel, no pensaba en la libertad ni en esas cosas. Él quería levantar su torre. Era un experto en construcciones en metal, puentes ferroviarios, viaductos, las exclusas del Canal de Panamá, y soñó esa estructura en apariencia inútil casi como un reto. De hecho, paseó su proyecto por varias ciudades europeas, de donde lo sacaron carpiendo de modo prolijo, hasta que encontró en París a algunas autoridades dispuestas a seguirle la corriente. Desde entonces, la torre y Eiffel sólo ganaron enemigos. Cuando empezó a construirse, el 28 de enero de 1887, con un equipo fijo de 250 obreros, la elite parisina puso el grito en el cielo, que era hacia donde se dirigía la torre. La insultaron en francés y votaron por su paralización Guy de Maupassant, Charles Gounod, Charles Garnier, Alejandro Dumas hijo y Paul Verlaine. Para calmar a las fieras, el gobierno francés hizo una promesa: pasados 20 años, la torre sería demolida. No cumplió, a veces está bien que los gobiernos no cumplan lo que prometen. A veces, no entusiasmarse. Pasados esos 20 años, Eiffel y sus amigos, lo fue de Thomas Alva Edison, habían hecho de la Torre un baluarte de las comunicaciones y el progreso. Cuando el mundo se quiso acordar, tenía una nueva atracción turística. Adolfo Hitler, que no era un muchacho de conmoverse con facilidad, quedó sacudido por su belleza en su breve visita al París ocupado de la Segunda Guerra. Cuando vio venir la derrota, cuatro años después, ordenó a Dietrich von Choltitz, jefe de las fuerzas de ocupación en París, que incendiara la ciudad. Von Choltitz hizo lo mejor que un nazi pudo hacer jamás: no llevarle el apunte a Hitler. Diez años después, los parisinos permitieron volver a von Choltitz. No como un héroe, una palmadita en la espalda y nada más. Pero le dejaron trepar a lo alto de la torre para que viera cuán bella era la ciudad que no había destruido. Hoy priman otros detalles: la iluminan 336 proyectores de sodio y 20 mil lamparitas, que se encienden varias veces por hora entre el atardecer y la una de la mañana. La embellecen cada siete años, cada uno de sus 250 mil metros cuadrados y de sus dos millones de remaches, con 70 toneladas de pintura. El mundo vota de cuál color quiere maquillada a la muchacha. Otro dato curioso: la torre se mueve. En verano se alza, por la expansión térmica del metal. Y el viento la hace inclinarse siete centímetros, según la fuerza con la que sople. La señorita Eiffel habrá cumplido 125 años, pero aún tiene palpitaciones. por Alberto Amato Fuente: 

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Diario Clarín 12/5/2014

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