La rubia y el presidente

El periodista francés François Forestier traza el gran relato de la relación que escandalizó y cautivó al mundo entero: el romance entre Marilyn y JKF, que se prolongó una década. Una historia marcada por encuentros clandestinos, pero vigilados por la CIA, la KGB y la mafia. Tensiones políticas, chantaje, dinero sucio: un amor sórdido que acabó con la muerte de ella, el 5 de agosto de 1962, en un polémico suicidio.

John Kennedy llega a la ciudad con la aureola del éxito. Lo recibe Frank Sinatra en el Sands. El senador frecuenta Las Vegas donde tiene sus costumbres: música de La flauta mági­ca para darle la bienvenida, habitación repleta de show girls expertas en distintos trucos, renovación constante del stock. El 7 de febrero JFK cena con una de las Sinatra girls: Judy Campbell. Ya conoce a esta joven que se paseaba con un ba­nana daiquiri adornado con una palmerita en la convención demócrata. El senador se interesó por ella. Es cierto que lla­ma la atención: silueta sinuosa, sonrisa agradable y… ¿cómo describirlo? Un aire viciosillo. Se arrastra por los estudios, los casinos, los hoteles y tiene gustos caros. Trabaja de vez en cuando con una red de call girls, la de una tal Joyce, y a Sina­tra le encanta. Es amable, dulce, atenta, de origen irlandés (en realidad se llama Immoor) y católica. Casada a los 16 años, se divorció dos años más tarde. Desde entonces trata de abrirse camino como pintora. Sinatra está loco por ella y la invita con frecuencia. Lo que no evita algunos malentendidos: cuando Frankie Blue Eyes mete a otra señora en la cama común, Judy se rebela. Ella es monógama sucesiva de cadencia rápida. Uno tras otro vale, pero amontonados, de ninguna manera. Jack Kennedy, acompañado de su hermano Ted, queda inmediatamente cautivado por la hermosa Judy. Ted desen­funda el primero: se la sube a la habitación. Por la noche todo el mundo está invitado al espectáculo del Rat Pack. Mientras Dean Martin desde el escenario señala al senador Kennedy ante el público risueño, preguntándole a Sinatra: «Cómo de­cías que se llamaba», JFK charla con Judy Campbell. Al día siguiente la llama por teléfono. Dos días después la llama de nuevo. Se reúnen en Nueva York, en el Plaza y, dice ella, «nos hicimos amantes».  Hay otras mujeres en la vida de JFK en ese momento. Prostitutas de altos vuelos como Suzy Chang o María Novot­ny. La primera estará implicada en el escándalo Profumo, en Gran Bretaña, lo que hará caer al Gobierno de Su Majestad. Viaja a menudo desde Londres para «visitar a su anciana ma­dre» y aprovecha para distraer al futuro presidente. La segun­da está especializada en interpretar papeles: hace de enfermera con otra chica mientras JFK hace de paciente. De impacien­te más bien. De esta forma, Kennedy se hace vulnerable a todo tipo de chantajes. Ha pagado por el silencio de Alicia Darr, ha pagado por otras chicas. JFK puede ser avaro, pero en lo que se refiere al dinero bajo mano es más bien pródigo. Es verdad que la fortuna de los Kennedy asciende a cuatrocientos mi­llones de dólares de entonces. Gracias a estos ahorrillos se permite algunas fantasías. El peligro viene de Judy Campbell: tiene amistades preocupantes. Es amante de Sam Giancana. La Mafia y la política comulgan en las mismas bragas.  El 6 de abril Judy Campbell es invitada a casa del senador Kennedy, en Georgetown, en el corazón de Washington. Jackie está en Florida, en la casa de la playa de los Kennedy. Está em­barazada. John-John nacerá en diciembre, pero de momento ha dejado campo libre y JFK recibe a la joven en el domicilio con­yugal. Judy Campbell se queda sorprendida de encontrar allí a otro visitante. Se trata de Bill Thompson, un amigo de la fa­milia, rico e influyente, especialista en deslizar aquí y allá sobres llenos de dinero. JFK le explica que su primera decisión, cuan­do sea elegido, será cargarse a J. Edgar Hoover. Luego, en los postres, se vuelve hacia Judy Campbell y le pregunta de golpe:  —¿Sería posible arreglar una reunión discreta con Sam Giancana? Luego le entrega a la joven una bolsa. La abre. Dentro hay paquetes de billetes muy verdes. Digamos que unos dos­cientos cincuenta mil dólares.  La campaña presidencial ha comenzado. El sábado 13 de agosto Sinatra actúa en el Cal-Neva. Invita a Clark Gable a que vaya a verlo: Reno sólo está a unos cua­renta kilómetros, por la carretera de Mount Rose y el hotel Casino está situado entre Kings Beach –un nombre que le gusta mucho a Gable, que fue «El rey» antes que Elvis– y Tyrolian Village, un extraño pueblo que parece salido de un cuento bávaro. El actor acepta: está cansado, pero le encanta conducir su nuevo Mercedes 300 D. Pone una condición, no obstante: que también inviten al equipo de Vidas rebeldes. Si­natra acepta encantado. Abre las puertas. El Cal-Neva está para eso. Es un resort, un conjunto hotelero poco corriente: fun­dado en 1927 por un hombre de negocios corrupto, el hotel tiene un aspecto rupestre –paredes de troncos, techo de bá­lago– que oculta un establecimiento de gran lujo. Cada ha­bitación, cada bungaló tiene su chimenea y las mesas de juego se pueden cambiar de sitio. Hay una buena razón: la frontera entre California y Nevada pasa exactamente por el centro de la gran sala y cuando llega la policía basta con empujar las mesas unos metros. El Cal-Neva ha cambiado varias veces de mano y ha pertenecido (oficialmente) primero a Elmer Bones Remmer, empleado de Bugsy Siegel, y también a Wingy Gro­ber, el amigo manco de Giancana. El dinero del fondo de pensiones del sindicato de transportes ha permitido al cuar­teto de gángsteres comprar el hotel por un precio irrisorio: tres millones de dólares. Es un rincón idílico: el lago Tahoe, donde unos doce años más tarde Michael Corleone se retirará con su familia en El padrino II, es un pequeño océano de un verde esmeralda per­fecto. El silencio es absoluto, la tranquilidad también. Allí es donde Baby Face Nelson y Pretty Boy Floyd se refugiaban durante la Prohibición. Años atrás Joe K. llevó también a Glo­ria Swanson. Un puñado de bungalós, diseminados bastante lejos del edificio principal, permiten una discreción ejemplar.  Aquel día, John Huston, Arthur Miller, sus actores, Clark Gable, Eli Wallach, Montgomery Clift y los técnicos llegan al Cal-Neva. Cordialmente recibidos por Wingy Grober, que distribuye fichas a todo el mundo, los invitados se dispersan por las mesas de bacarrá. Marilyn, bastante aturdida, va dan­do tumbos.Un confidente del FBI prepara su informe. Ha descu­bierto una presencia inesperada: la de Joe Kennedy. Este se ha reunido discretamente con Peter Lawford, Frank Sinatra, Dean Martin y otros personajes en uno de los bungalós. El indiscreto no sabe lo que pasa. Giancana sí lo sabe: hablan de la campaña y de dinero. Sus micrófonos le permiten escuchar­lo todo. También sabe que uno de los sleeping partners finan­cieros de la compra del Cal-Neva es Mickey Rudin, el cuña­do del doctor Ralph Greenson, psiquiatra de Marilyn. Precisamente, ella está en muy mal estado. Sabe que en cuanto termine el rodaje se divorciará. Sinatra, solícito, va a hacerle compañía. Miller se retira a su bungaló para traba­jar. Mientras ella vacía otra copa de champán, llega un discre­to botones a entregar un mensaje a Miss Monroe. La esperan en uno de los bungalós más alejados, en la linde del bosque. Cuando llega, está oscureciendo en Nevada. ¿O está ya en California? Mitad y mitad.  Llama a la puerta, abre Jack. ¡Sorpresa! Ha logrado es­caparse y, mientras su padre se ocupa de los negocios, JFK ha venido para ver a Marilyn. Nadie sabe que está ahí. Está can­sado, ha estrechado, precisa, «diez millones de manos» y ne­cesita tranquilidad. Un noche más, un momento dulce. Marilyn cierra los ojos. El lago Tahoe se extiende allá fuera, en la oscuridad, hasta el infinito. JFK y Marilyn son felices, quizá. ¿Quién sabe? Mientras tanto, en la Sierra Nevada el incendio se ex­tiende como la pólvora. El amor se consume. Pasan las semanas. La campaña electoral está en el cenit. JFK, como de costumbre, quiere saberlo todo. Cuando está con Judy Campbell, le hace preguntas, la bombardea con signos de inte­rrogación. ¿Quién se ha emborrachado? ¿Quién se droga? ¿Quién se acuesta con negras? ¿Quién visita los burdeles? ¿Quién lleva cuernos? ¿Tony Curtis es cornudo? ¿Shirley McLaine es una pelirroja teñida? ¿Se tiñe «todo»? ¿Qué ocurre en el plató de la nueva película de Frank Sinatra, La cuadrilla de los once? ¿El Rat Pack se dedica al intercambio de parejas? Por mucho que pregunta, hurga, lee cada número de Confidential (el perió­dico que «relata los hechos y da los nombres»), hay una cosa que no sabrá nunca: su padre, el embajador, se ha acostado con Judy Campbell antes que todos los demás. El viejo Joe K. fue el número uno del «paquete de ratas». Es un sleeping partner en el sentido literal de la palabra.  Judy Campbell guarda las apariencias. Acepta, con muchos mohines, un abrigo de pieles. Hace la danza de los siete velos y se marcha otra vez a Chicago. Allí el padrino de la ciudad la espera con su postizo y su aspecto de jubilado. Sam Gian­cana se queda con la bolsa de dólares, no dice nada. El dine­ro servirá para la campaña de JFK: oficinas electorales copio­samente regadas, delegados electorales comprados, urnas llenas, recuentos totalmente irregulares, electores muertos resucitados, en fin, todo el catálogo de la podredumbre.  —Sin mí Kennedy no habría llegado a presidente —dirá después Giancana. Es cierto. Mientras tanto, las bolsas cambian de mano, se reparte dinero de forma generosa, papá Kennedy se mete la mano en el bolsillo con regularidad y Richard Daley, alcalde de Chicago, vigila el tráfico. Tiene un espía: Martin E. Underwood, un chico del estilo de Otash. Underwood no pierde de vista las operaciones. Daley se lo ha dicho muy clarito: «Follow the cash», sigue el dinero. Es lo que hace nuestro hombre con aplicación. Anota mientras tanto que Judy Campbell se acues­ta con otro cliente, Johnny Rosselli, embajador del hampa, hombre de modales lánguidos y zapatos de cocodrilo. Ella está allí cuando JFK y Giancana se reúnen en el Fontainebleau Ho­tel en Miami. Está allí también cuando Jack habla de Jackie: —Si no soy elegido, nos separaremos. También está allí en agosto cuando el candidato y el gángs­ter se reúnen en Nueva York: —Me fui a la habitación para esperar que terminaran —dice. Poco a poco se convierte en una pieza importante en el tablero. Por teléfono habla en lenguaje cifrado, una especie de esperanto sin subtítulos. Entrega «regalos», viaja «al Sur», se divierte en su papel de porteadora de maletas. Las cosas se ponen un poco más complicadas cuando JFK pide a Judy que pase una información a Giancana. Objeto del mensaje: el ase­sinato de Castro.  Ella no sabe que Giancana y Rosselli trabajan para la CIA.  Entregará el último paquete de dólares en 1961, tres meses después del fiasco de la bahía de Cochinos, intento abortado, miserable, deplorable, de invadir Cuba.  Cuando vuelve de su fin de semana en el Cal-Neva, Marilyn está destrozada. Con el rostro lívido, abotargado, parece siem­pre dormida. Suele visitar con frecuencia el aseo de su cara­vana para vomitar. Dice a los periodistas presentes: «Clark Gable está enamorado de mí», mientras que éste, asqueado por la falta de higiene de Marilyn, trata de tomar distancias. El cámara, Russell Metty, artesano meticuloso cuya especia­lidad –el contraste– le ha valido trabajar con Orson Welles y Stanley Kubrick, observa que no consigue enfocar los ojos de Marilyn. Está soft, es decir, desenfocada. ¿Qué estará vien­do allá lejos, más allá de las crestas calcinadas? Se equivoca en los diálogos, tartamudea, dice cualquier cosa. Todo el mun­do se dedica a sus asuntos mientras Miss Monroe vuelve en sí. En Virginia City, pequeña ciudad cercana, John Huston se inscribe para participar en la carrera anual de camellos: los animales, importados por el ejército el siglo anterior, se pasean libremente por el desierto. Clark Gable cuenta sus comienzos en un papel de indígena con taparrabos y una flor de hibisco detrás de la oreja. Monty Clift, mal recuperado de un acci­dente de coche, se alimenta con una mezcla de vodka con naranja y Valium. Paula Strasberg lee un libro titulado Cómo y por qué algunos ganan en el casino. Marilyn le explica a un periodista que Lee Strasberg le ha enseñado que la lógica no tiene nada que ver con la comedia: —Dos y dos no son cuatro. Dos peras y dos manzanas son una macedonia. Dos conejos y dos conejos son noventa conejos. El periodista toma nota. Unos días más tarde descubren a Marilyn inconsciente en el suelo de la habitación. Sobredosis de medicamentos, una vez más. Repatriada a Los Angeles, se ocupa de ella el Jesús de los psicólogos, Ralph Greenson. Lavado de estómago, unos días de descanso y, finalmente, la última réplica de Vidas re­beldes: «¿Cómo se puede encontrar el camino en la oscuridad?», pregunta a Clark Gable, que ya no puede más, exasperado, agotado. El equipo hace las maletas y huye de esta actriz que no se preocupa por nada ni por nadie. Incluso las camareras del hotel están asqueadas: Marilyn no se lava y come en la cama, donde deja los platos. Se duerme entre los restos de comida. Se siente detestada y quizá la detesten. La alegría de vivir ha desaparecido, expulsada por el odio más ordinario.  Gable muere el 16 de noviembre de 1960, una semana después del final de rodaje de Vidas rebeldes.  Es la última película de Marilyn, que pierde su camino en la oscuridad. Cuatro días más tarde, en lugar de ir a votar por JFK, se marcha a México. Cuando vuelve, encuentra un nuevo apodo cariñoso para Kennedy. Ahora será «The Prez».  por François Forestier  Fuente: 

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 Diario Perfil 5/8/2012

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