La primera dama del bandoneón

La leyenda cuenta que una vez un joven le dijo que soñaba con ser su novio, que la quería “bien” y tenía “buenas intenciones”, como se solía afirmar en esos tiempos. Ella sólo respondió: “Disculpe, pero estoy comprometida…”. Y cuando el muchacho preguntó con quién, la chica contestó: “Con el bandoneón y con la música”.

Se llamó Francisca Cruz Bernardo, nació en el barrio de Villa Crespo el 1° de mayo de 1900 y murió el 14 de abril de 1925. Para los amantes del tango simplemente fue Paquita Bernardo, la primera bandoneonista profesional en una época donde esa música no sólo era cosa de hombres: también llevaba la carga de ser poco santa.

Criada a unas cuadras del famoso arroyo Maldonado (hoy “encanado” bajo el asfalto de la avenida Juan B. Justo), “la flor de Villa Crespo”, como le decían a Paquita sus orgullosos vecinos, había descubierto el bandoneón escuchando a José Servidio, un muchacho al que apodaban “Valija”. El era compañero de la chica de 15 años a la que sus padres españoles habían enviado a estudiar piano, algo más acorde con los comienzos del siglo XX. Después vendrían los conocimientos de otros maestros como Augusto Pedro Berto y Pedro Maffia, un adolescente que después también hizo historia en el tango.

La decisión de la chica de ser bandoneonista obviamente chocaba con la oposición de su papá, un andaluz que estaba en estas tierras desde 1887. Pero Paquita ya tenía decidido qué quería para su futuro. Dicen que eso se reflejó la vez que una de sus hermanas mayores quiso cumplir con una ceremonia tradicional en la familia. Como las chicas colaboraban con las tareas de la casa, era común que la que se casaba le pasara su delantal a la hermana siguiente. Cuando llegó el día, Paquita no lo quiso recibir. “Yo soy una artista”, recuerdan que respondió para sorpresa de todos.

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Y vaya si fue artista. Porque además de actuar en los famosos cafés de la zona (como el ABC, La Paloma, el Peracca, el San Bernardo, el San Jorge o el de Venturita) la chica llegó a lucirse en el renombrado Café Domínguez, de Corrientes 1537. Eso era en la vieja calle Corrientes “que ya no queda”, como solía decir Julián Centeya en versos que recuerdan a ese antiguo bar tanguero. Allí se presentó con su sexteto llamado “Orquesta Paquita”, que también integraron dos jóvenes que prometían: el pianista Osvaldo Pugliese y el violinista Elvino Vardaro.

En ese lugar, la muchacha cobraba 600 pesos por mes. Y se recuerda que tanta era su popularidad que la gente se amontonaba en la calle para escuchar el rezongo de su bandoneón Doble AA. Aquellas aglomeraciones hasta provocaron la protesta de la empresa Lacroze ante el dueño del café: hubo que colocar policías y hasta desviar a los tranvías por otros recorridos, porque pasar por ahí cuando actuaba Paquita era muy complicado.

Mural de Paquita Bernardo, en Villa Crespo – Fotografía Diario Clarín

A pesar de aquel éxito, que la llevó a actuar en distintos teatros del Centro, la joven siempre estaba acompañada por sus hermanos Arturo (también músico) y Enrique, que era taxista y los llevaba y regresaba a Villa Crespo, antes de la una de la mañana, como exigía el papá.

El final abrupto de tan espectacular carrera musical (que no tuvo grabaciones) llegó poco antes de que Paquita festejara su cumpleaños número 25. Un resfrío mal curado derivó en neumonía. La leyenda también habla de tuberculosis. Lo real es que la ceremonia de su entierro en el cementerio de Chacarita (donde están sus restos y su monumento) convocó a muchos de sus seguidores. Salvo en los ámbitos tangueros, su breve vida es poco conocida. Aunque mucho más desconocida es la de otra bandoneonista contemporánea de Paquita Bernardo. Se llamó Fermina Maristany, la conocían como “la Negra del fueye” y murió en 1985 en su casa de Palermo Viejo. Pero esa es otra historia.

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por Eduardo Parise

Fuente: 

Diario Clarín 20/12/2010

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