La odisea del náufrago 771

A 28 años del hundimiento del Crucero General Belgrano y del rescate de sus víctimas, La Nación rescata la historia del cabo Néstor Dezi.

El nadador incansable dormía una corta siesta en el sollado de popa cuando lo despertó el tremendo golpe de un torpedo. Era la tarde del domingo 2 de mayo de 1982, y el cabo Néstor Dezi tenía 19 años. El submarino Conqueror había puesto en la mira al crucero General Belgrano y a su acompañante, el destructor ARA Bouchard, que navegaba a cinco mil metros de distancia. Por orden de Londres, los ingleses dispararon ese día tres proyectiles pesados de la Segunda Guerra Mundial: los dos primeros impactaron en el Belgrano; lo dejaron sin energía ni comunicaciones; le produjeron dos orificios gigantescos y varios incendios; acabaron con la vida de más de trescientos hombres y precipitaron el buque argentino al fondo del mar.

El tercer torpedo, sin embargo, pegó sin explotar en la banda de babor del Bouchard; le causó una tremenda sacudida y lo puso de inmediato en zafarrancho de combate y en urgentes maniobras de evasión. Dezi subió a cubierta, mientras el radar daba el aviso de que había un submarino nuclear en zona. El comandante fue anoticiado en ese instante de que nadie respondía los llamados en aquel otro barco herido de muerte. Su destructor navegó en zigzag: los jefes intuían que el Conqueror avanzaba bajo la superficie buscando la mejor posición de tiro y presentían que el crucero se había ido a pique. En esa rápida carrera, hubo un momento en que el radarista dio una buena y sorprendente información: el “rumor hidrofónico” de pronto se había extinguido; el submarino nuclear británico ya no los perseguía. Fue sólo entonces cuando comenzó el dramático operativo de rescate.

Dezi me cuenta que al principio era un día nublado y sereno en el Atlántico Sur, y que antes del ataque se veía al crucero apenas como un puntito borroso en el horizonte. Luego no se veía nada, y la gran sospecha a bordo del Bouchard era que los 1093 tripulantes habían perecido. En seguida cayó la noche y comenzó una tormenta de viento cruel, y el pesimismo se volvió más y más profundo. Ni siquiera se disipó cuando detectaron la débil señal de la precaria radio de la balsa de un sobreviviente, aunque el marino no lograba guiarlos porque no podía establecer bien su propia ubicación.

Varios aviones buscaban a los náufragos, sin éxito. No lo sabían, pero las balsas que habían abordado las víctimas del Belgrano eran arrastradas a gran velocidad por el viento. El piloto de un avión naval Neptuno fue advertido por su ayudante de que en dos minutos más entrarían en “situación Bingo”. Eso quería decir que no tendrían autonomía de vuelo para volver al continente. El piloto le dijo que no importaba, que seguirían buscando a la gente durante tres horas más, y que después amerizarían cerca del Bouchard si era necesario. Una decisión heroica y a la vez suicida. Los navegantes del Bouchard todavía recuerdan la voz de ese piloto gritando: “¡Los encontramos, los encontramos!”. Las balsas anaranjadas flotaban dispersas a 160 kilómetros de las coordenadas del hundimiento.
El destructor y otras naves convergieron a toda máquina sobre el lugar, y la primera balsa que vieron pasó vacía y dada vuelta: un mal augurio. El radarista les informó, para más inquietud, que el submarino se agazapaba debajo de esas manchas naranjas, como si los ingleses estuvieran dispuestos a abortar la tarea humanitaria hundiendo dos o tres buques más. “No se van a atrever -pensaron los argentinos-. Quebrar ese código noble y humano del mar no sería una buena propaganda internacional para Gran Bretaña”. Y resolvieron seguir adelante, con los testículos en la garganta, corriendo el riesgo de estar equivocados y pagarlo con la vida. A los pocos minutos, el submarino desapareció por completo del sonar. Si reaparecía, sólo podía significar que estaba dispuesto a entrar en combate.

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El “Negro” Dezi era nadador de rescate. Arrojaron por la borda una red y el cabo se colocó el traje de neopreno y bajó con otros rescatistas para subir a los náufragos, que llevaban horas de incertidumbre y mar bravío. Las olas eran enormes y el rescate se tornaba muy engorroso.

Dezi me muestra una foto: tiene medio cuerpo en una balsa llena de marineros tristes y exánimes, y sus pies en otra balsa de remolque, repleta de cadáveres calcinados. Las balsas pasaban junto al destructor de dos en dos o en grupos de tres, o en solitario periplo, cargando por igual con vivos y con muertos. Una en especial resultaba indócil: cada vez que se acercaba un poco, la marejada la llevaba más y más lejos, la ponía fuera de todo alcance. En un momento, quedó clavada y a la deriva, a cuarenta metros del buque. Se pidieron voluntarios para una misión de alto riesgo: nadar con una soga hasta la balsa y asegurarla para que la embarcación pudiera ser jalada desde cubierta. Dezi ya había estado demasiado expuesto a esas aguas heladas y corría grave peligro de hipotermia. Pero así y todo, dio un paso al frente. Le ataron un cabo a la cintura y dejaron que el nadador ganara de nuevo el agua.

Ante la vista de la tripulación, Dezi entró en el océano mientras arreciaba el temporal y comenzó a nadar crawl . Le costaba mucho respirar porque el viento huracanado le barría el aliento, y las olas gigantescas lo subían y lo bajaban, tratando de confundirlo. Es muy difícil nadar en el mar congelado y en medio de una tormenta. A veces, el “Negro” perdía de vista a su objetivo y le parecía que quedaba demasiado lejos. Continuaba, sin embargo, dando brazadas sin pensar en la familia ni en la Patria, obsesionado con hacer bien su trabajo y salir vivo de aquella locura.

A mitad de camino, el radarista notificó que el Conqueror los había puesto de nuevo en la mira. Y al comandante no le quedó, entonces, más alternativa que dar la orden indeseada: levantar todo para marcharse. Le informaron que tenían un hombre en el agua, pero quedarse a esperarlo era imposible: había otros trescientos a bordo y en esta clase de dilemas los manuales son muy estrictos.

El comandante mandó cortar la cuerda, puesto que arrastrar a Dezi lo condenaba a la inercia de ser succionado por las hélices y morir destrozado. Dezi nadaba con los últimos restos sin darse cuenta todavía de que no llevaba la soga: quizá por efecto del corte y la caída se había desatado. Pero el “Negro” no tenía fuerzas para detenerse y darse vuelta. Si lo hubiera hecho, quizá no habría seguido con vida 28 años después: había perdido las energías, el frío lo estaba minando y el destructor giraba y se iba. “Máquinas adelante todo”, era la orden.

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En poco tiempo, el Bouchard perdió todo contacto con el nadador incansable que ahora no daba más. Nadó y nadó a ciegas sin darse por vencido y, finalmente, alcanzó a la balsa. Por el hueco asomaban un teniente y un marinero que lo ayudaron a izarse. Dezi quedó sentado adentro: no tenía sensibilidad en las manos ni en los antebrazos. No tenía soga ni barco. Estaba en alta mar, y los veinte sobrevivientes que allí se amuchaban ni siquiera preguntaban por su propósito: rezaban en voz alta un rosario todos juntos, empezaban y terminaban, y volvían a empezar, una y otra vez, como autómatas o como lo que eran: pobres almas arrojadas al capricho de los dioses.

Nadie le preguntaba al “Negro” por qué el buque se había marchado, y Dezi temblaba como una hoja. Hizo lo que le habían enseñado a hacer en esas vicisitudes del congelamiento: se orinó encima para darse calor mientras observaba a los heridos y quemados. Nadie cruzaba palabra y en el interior de aquella nuez se perdía la noción del tiempo.

Permanecieron dentro de esa soñolencia dramática hasta que de repente se divisó un barco argentino de pequeño calado. Era el Gurruchaga, que había ubicado esa balsa en la inmensidad del mar. El barco se fue acercando y, al final, Dezi se asomó por la escotilla y un suboficial le lanzó una cuerda. El “Negro” había recuperado la sensibilidad de las manos: la atrapó al vuelo y la ató esmeradamente a la balsa. Trepar a ese buque salvador fue una maniobra lenta y compleja entre tanto oleaje. Pero sentirse seco, cambiado y con ropa limpia fue un íntimo festival de alegría, sólo ensombrecido por los dolores de los mutilados y heridos, y por la cara de pena y cansancio que traían los hombres del Belgrano.

Los compañeros de Dezi, mientras tanto, continuaban las otras tareas principales de rescate. Y como no había comunicación, a cada rato preguntaban: “¿Alguien sabe qué pasó con el «Negro»?”. Nadie sabía.

Aunque no lo decían por respeto o superstición, muchos pensaban que Dezi no había logrado alcanzar la balsa. Hubo 770 sobrevivientes del General Belgrano y, para el equipo del ARA Bouchard, Dezi era el náufrago 771. Pasaron cuatro días, revisando obsesivamente la lista de los rescatados, hasta que lo vieron en Ushuaia, como un fantasma: sano, salvo y sombrío. “No hay dilema ni rencor -me dice-. En el lugar de mi comandante, yo hubiera hecho exactamente lo mismo”.

Dezi siguió en la Marina; se especializó como buzo salvamentista; en 1985 se retiró; trabajó durante años en una fábrica; gozó y sufrió intensamente de la vida, y jamás faltó a los almuerzos de camaradería del Bouchard, donde se habla siempre del espíritu de aquella tripulación de veteranos de las Malvinas que estuvo varias veces en la mira del Conqueror.

A fines de los años 90, se decidió vaciar y cerrar el buque para usarlo de blanco en una práctica con Exocet. Lo fondearon a 50 millas de Puerto Belgrano y un avión Super Estendard lo bombardeó quirúrgicamente. A pesar de eso, no logró hundirlo, y el legendario destructor fue remolcado a tierra para su desguace.

Uno de los marinos de esa nave, que se salvó por milagro aquel domingo imborrable, me contó que más tarde, en el puerto, se acercó a su vieja casa flotante y vio el horrible y amargo agujero abierto en un costado: el Exocet había pegado en el mismísimo lugar donde Dezi y sus camaradas del Bouchard intentaban aquella vez rescatar del mar a los náufragos del barco más trágico de la historia argentina.

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Fuente: 

Diario La Nación 17/4/2010

Informacion Adicional: 

La imagen ya es historia: dos siluetas recortadas en el cielo helado del Atlántico, haciendo equilibrio en el acero inclinado del crucero General Belgrano que se va a pique. Una es la de su capitán, Héctor Bonzo, emperrado en no abandonar la nave; la otra es la del suboficial Barrionuevo, que decide empujarlo a la vida. Segundos después, el Belgrano es la tumba de 323 marineros argentinos: casi la mitad de los 649 muertos en la guerra de Malvinas.

Bonzo murió en la noche del miércoles, de un infarto, tal como informó Clarín ayer en parte de su edición. Tenía 76 años. Su corazón se rindió a diez días del 27 aniversario del hundimiento de su nave por parte del submarino nuclear británico “Conqueror”, uno de los cinco que Gran Bretaña envió a la guerra.

En el comunicado con el que anunció su muerte, la Armada dijo que, cuando el naufragio, “el capitán de navío Bonzo organizó el abandono de la nave, salvándose merced a su liderazgo, temple y determinación, numerosas vidas humanas”. Bonzo también hizo más que eso: mantuvo viva la memoria de muertos y sobrevivientes del Belgrano en los largos años de olvido y oscuridad que envolvieron la derrota militar.

Lo hizo en su libro “1.093 tripulantes”, en el que escribió con un grupo de sobrevivientes, “323 héroes del Belgrano”, y en las anuales “tenidas” que mantuvo con los ex tripulantes de su barco, con los que conformó una hermandad de hierro.

Alguna vez, con la voz quebrada, confesó que la peor orden que puede dar un marino es: “Abandonen el barco”. Y era fácilmente detectable su dolor, aún cuando esa orden hubiera salvado 770 vidas. Lo sabía mejor que nadie: había decidido a los quince años que su vida sería la Armada y con ella navegó más de doscientas mil millas.

Siempre estuvo en contra del argumento que calificaba el ataque inglés al Belgrano como “un crimen”. “El crimen es la guerra”, decía Bonzo y afirmaba con itálica energía que el hundimiento había sido un hecho de guerra, que la orden había partido de la residencia campestre de la primer ministro Margaret Thatcher y que los 323 muertos del crucero eran héroes y no “víctimas”. Llevaba en la solapa de sus sacos pulcros, cerca de su corazón, un prendedor con la efigie de su buque.

Luego de la guerra, Bonzo, padre de tres hijas, fue Jefe Subsecretario General de la Armada. Se retiró en noviembre de 1983, consciente de que había sobrevivido a aquella tragedia para contarla.

Es lo que hizo hasta el miércoles, cuando empezó a compartir, por fin, el mismo destino que su crucero, el General Belgrano.

Fuente: Diario Clarín 24/4/2009

Por la historia del Crucero General Belgrano, consultar:

Héctor Bonzo – 1093 tripulantes del Crucero General Belgrano. Testimonio y homenaje de su comandante. Editorial Sudamericana, 1992.

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