La muerte del Che y las fotos perdidas

El 8 de octubre de 1967 Ernesto “Che” Guevara es herido y apresado por los rangers bolivianos entrenados por los “boinas verdes” estadounidenses. El capitán Gary Prado, el jefe del batallón, lo conduce hasta el pequeño poblado de La Higuera, donde es encerrado en su escuelita, junto con Willy Cuba, un valiente guerrillero boliviano que prefirió permanecer junto al Che en vez de intentar el escape. No tardará en llegar la orden de La Paz: el Che debe ser asesinado. Quien se encargará de dicha tarea es el sargento Mario Terán, elegido al azar por el coronel Zenteno entre los siete suboficiales presentes.

Federico Arana Serrudo era, en aquel octubre de 1967, jefe de la G2, Inteligencia Militar del Estado Mayor boliviano. Casi 40 años después, se conocieron en Colombia, en un círculo reducido, estas fotografías que estuvieron en su poder a lo largo de los años transcurridos desde la tragedia de La Higuera. Son documentos de inmenso valor historiográfico.  Dos de ellas muestran al Che vivo, dentro de la escuelita. En una de ellas se lo ve casi de perfil sentado con las manos atadas. La otra nos da un impresionantemente nítido primer plano de su rostro que conmueve por la expresión de serena intensidad en quien ya se sabía condenado en los minutos siguientes. Otras tres fotos, lamentablemente oscuras, lo muestran desangrándose sobre el piso, pocos segundos después de su muerte, junto a uniformados con fusiles en sus manos. Una de ellas parecería reflejar el momento del tiro de gracia, quizás a cargo de Terán, su verdugo. Otra de las fotos, en un dramático primer plano, refleja la expresión de Guevara luego de ser ametrallado, que nos interroga acerca de su milagrosa conversión en el maravilloso rostro del “Cristo yacente” en la lavandería de Vallegrande. Es muy interesante también aquella en la que aparece sobre una camilla con los ojos cerrados, confirmando que fue el viento del trecho aéreo entre La Higuera y Vallegrande quien se los abrió y fijó esa mirada que inmortalizó el fotógrafo Freddy Alborta. Por fin está también documentado el cadáver de Guevara atado al patín del helicóptero. ¿Cómo llegaron dichas fotos a poder de Arana? En el helicóptero que llevó de Vallegrande a La Higuera al coronel Joaquín Zenteno Anaya, comandante de la 8ª División, cabían sólo tres personas. Zenteno decidió dejar en tierra al jefe de Inteligencia de su división, el coronel Arnaldo Saucedo Parada, y en su lugar embarcó al agente de la CIA, Félix Rodríguez, escudado en la falsa identidad de capitán del ejército boliviano “Félix Ramos”, quien tendría una activa participación en la muerte del revolucionario argentino. Saucedo encarga entonces al piloto, mayor Niño de Guzmán, que tome fotos del Che vivo y para eso le entrega su cámara.  En su libro Shadow Warrior (Guerrero de la sombra) Rodríguez contará que abrió al máximo el objetivo de dicha cámara para velar sus fotos y para  que fueran sólo las suyas, es decir las de la CIA, las que dieran cuenta de lo que allí sucedía. Pero el piloto llevaba consigo una cámara personal con la que tomó algunas fotografías, que son las que hoy reproducimos.  Advertido, Félix Rodríguez exige al coronel Zenteno que decomise dicho material. Siguiendo la línea jerárquica el rollo sin revelar va a parar al general Ovando, comandante en jefe del Ejército boliviano, quien luego lo depositará en las oficinas de Arana Serrudo en La Paz. Allí yacerán a la sombra de alguna caja fuerte durante casi 40 años. “Nace argentino y muere argentino” A 45 años del asesinato de Ernesto “Che” Guevara en la localidad boliviana de La Higuera, se reeditó la biografía que escribió el historiador Mario Pacho O’Donell sobre la vida, la obra y la figura del revolucionario rosarino. Publicado originalmente en el 2003, Che: el argentino que quiso cambiar el mundo, vuelve a aparecer en todas las librerías del país con la misma originalidad que lo caracterizó en su momento y que lo vuelve una crónica histórica imprescindible sobre Guevara. Es que el libro se adentra, sobre todo, en el vínculo esencial del guerrillero con la Argentina mientras retrata aquellos tormentosos días finales en la selva boliviana. Fruto de una larga e intensa labor de su autor, el escrito cuenta con diversos testimonios y entrevistas obtenidas alrededor del mundo durante los casi dos años que duró el proceso de investigación y escritura. Si bien la vida de Guevara fue narrada en otras biografías insoslayables como la que realizó John Lee Anderson (Una vida revolucionaria), justamente esta obra comparte con muchas otras el desinterés por reparar en los años argentinos del Che y la conexión que ese primer tramo de su derrotero pudo tener con su última aventura en el trópico boliviano. Según lo explicó recientemente el propio O’Donell: “Considero a Anderson un excelente escritor, pero lo cierto es que se pasó casi cuatro años en La Habana para investigar el libro, y apenas un mes en Argentina y Bolivia.” De rescatar el ser y el sentir argentino del Che, de eso se trata según O’Donell, quien, contundente, recuerda: “El Che nace argentino y muere argentino, y esto no es patoterismo nacional. Cuando él le deja la carta de despedida a Fidel, renuncia a los cargos, renuncia a los honores, y renuncia a la nacionalidad cubana.” por Mario “Pacho” O’Donnell  Entrevista a Carlos “Calica” Ferrer, amigo del che
“Se empieza a hacer justicia con su memoria” “Calica” cuenta a un Guevara de carne y hueso, flamante médico en un momento  bisagra de su vida. Carlos “Calica” Ferrer está leyendo Guerrillero del tiempo, el libro de Katiuska Blanco sobre la vida de Fidel Castro, pero el teléfono lo interrumpe. Los llamados se amontonan en cada octubre, el mes aniversario del asesinato de Ernesto Guevara, y serán muchos más este año. Raquel, su mujer, se los pasa, y Calica intenta responderlos a todos, acaso como una misión: ayudar a la construcción de la memoria de su amigo.  Hoy se cumplen 45 años del día que Calica no pudo creer, el 9 de octubre de 1967. Cuando vio la foto de Guevara acribillado, los ojos abiertos, en la lavandería de Vallegrande, adonde el ejército boliviano lo había llevado después de fusilarlo en la escuelita de La Higuera, pensó que no podía ser verdad. Recién aceptó la realidad de la muerte días después cuando escuchó la confirmación de Fidel Castro. “Fidel le mandó esa foto a Alberto Granado, y le que dijo que sí, que era el Che. Todavía me impresiona ver esas fotos. Yo estuve después con la enfermera que lavó el cadáver, con la maestra que le dio la última comida. Les pregunté cómo estaba Ernesto, y estaba mal, sucio, flaco, enfermo, pero orgulloso y activo. Me vino bien saber eso.”No era la primera vez que Calica se enfrentaba a la muerte de su amigo. Apenas el grupo de guerrilleros, entre los que estaba el Che, desembarcó en Cuba, en diciembre de 1956, el dictador Fulgencio Batista lanzó la noticia falsa de que los había liquidado. “Mi hermano fue a darle el pésame a la familia. El único que decía que no había muerto era el viejo Guevara.” Calica deja el libro de Katiuska Blanco y muestra una foto con Fidel y Hugo Chávez en Alta Gracia, la ciudad cordobesa en la que nació hace 83 años. Fue el último viaje de Fidel antes de enfermar. Calica mantiene el deseo de volver a Cuba para charlar sobre el Che. Aunque algo lo tiene triste: en La Habana ya no encontrará a dos amigos: el Petiso Granado, que falleció el año pasado, y Liborio Noval, histórico fotógrafo de la Revolución, que murió hace una semana. Ahora está a punto de partir a Bolivia para participar de los actos en homenaje por el aniversario del asesinato del Che. Y no sólo eso lo tiene movilizado. La editorial Marea acaba de publicar la edición definitiva de su libro De Ernesto al Che. El segundo y último viaje del Che Guevara por Latinoamérica, que desde 2005, cuando se editó por primera vez, tuvo traducciones en 14 países. Calica cuenta a un Guevara de carne y hueso, flamante médico en un momento bisagra de su vida. La primera aventura sudamericana la hizo con Granado cuando tenía 23 años; la segunda, antes de entrar a la historia como el revolucionario, como el Che, la vivió con Calica. Los tres se hicieron amigos en Alta Gracia, el refugio mediterráneo que Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna encontraron para calmar el asma de Ernesto, su hijo de cuatro años, nacido en Rosario, el primero de los cinco que tendría el matrimonio.  –¿Por qué te demorás en contar tu historia? –Porque pensé que sería aprovechar la circunstancia. Había tanto macaneador hablando del Che que me quise mantener al margen. Pero Granado siempre me insistía con que tenía que escribir porque éramos testigos de una parte de la vida del Che. –¿Cómo era la vida en las sierras? –Alta Gracia era una zona de turismo ideada por los ingleses que hicieron la terminal del tren Rayo de Sol y construyeron un hotel espectacular, el Sierras, con un casino impresionante. Yo nací en Alta Gracia. Mi padre era médico, especialista en pulmón. Cuando yo tenía tres años y pico llegó la familia Guevara Lynch de la Serna desesperada por el asma de Ernesto. Ya no tenían un mango porque habían perdido fortuna. El padre de Pacho O’Donnell, un pediatra conocido, le había recomendado ir. Mi viejo los atendió y se hicieron amigos. Con el Hotel Sierras a disposición teníamos una vida privilegiada, teníamos la pileta, cancha de tenis, cancha de golf. Ernesto aprendió ahí a jugar al golf. –¿Cuál es el primer recuerdo que tenés del Che? –Las fiestas infantiles. “Hay que peinarse, hay que cambiarse, porque esta tarde hay una fiesta en lo de Guevara, cumple años Roberto”, nos decían en casa. Entonces, con mis hermanos respondíamos: “No, no queremos ir, en esa casa esos pelotudos nos pelean.” Y los Guevara decían lo mismo. Nos llevaban a los empujones. De tanto ir y pelearnos y putearnos terminamos siendo muy amigos.  –¿El asma marcó la vida del Che? –Era terrible. En Alta Gracia empezó a mejorarse mucho. Y en todas las circunstancias de su vida el asma tiene que ver. En Bolivia, la guerrilla tomó Samaipata, una población bastante grande, para ir a buscar adrenalina para Ernesto. El ejército, asesorado por los yanquis, había retirado toda la adrenalina de la zona. Sabían que Ernesto era el que estaba ahí y que sufría el asma. En Sierra Maestra, lo cuenta Fidel, varias veces estuvo muy mal. Cuando estaba bien hacía la vida de cualquier chico o cualquier adulto, pero cuando tenía ataques de asma era jodido. –¿Qué características del niño descubriste después en el revolucionario? –Una cosa que me llamaba la atención es que influido por lo que había ocurrido en la Guerra Civil de España con toda su barra jugaban mucho a la guerra. Armaban trincheras y hacían batallas con una fruta que nunca pude saber el nombre, que si te la daban en la cabeza era un golpazo. Otra cosa es que siempre dirigía. Siempre fue líder. –En el libro hay anécdotas que lo muestran con arrojo y coraje, ¿qué sucedió en Bolivia? –En la Isla del Sol atravesamos una tormenta que casi nos ahogamos. El capitán del barco se metió en la proa y rezaba en aymará. Las manos me quedaron en carne viva de tanto remar y no sabíamos para dónde íbamos en medio del oleaje. Y ahí fue que me quise sacar unas botas que me había regalado mi abuela. “¿Para qué te vas a sacar las botas?” “Por si tenemos que nadar.” “No, si caemos al agua en cinco minutos quedamos helados.” Eran 3700 metros de altura. Cuando vislumbramos una lucecita enfilamos para ahí y atacamos. Pero a Ernesto no se le movía un pelo. Hay tipos que han nacido predestinados.  –¿Cuándo parten de viaje, el Che ya era un tipo con conciencia política? –Era antiperonista. Aunque él no participaba tanto como participábamos Granado y yo, y todas nuestras familias.  –¿Qué significaba participar? –No participó en la universidad. Granado participó y estuvo preso. Yo estuve en la Federación Universitaria. Éramos pro República, antifascistas, y después nos surge fuerte el antiimperialismo. Cuando Ernesto dice en un discurso que “no se puede confiar en el imperialismo ni un tantito así” siempre creí que debimos haber influido un poco con Granado. –Llegan a Bolivia con la revolución del MNR, ¿cómo lo influye ese proceso? –Creo que tiene mucho que ver en Ernesto. Hay nacionalización de las minas, reforma agraria, disolución del ejército.  –Aun así, era crítico.  –Le puso “La revolución del DDT”, porque espolvoreaban a los indígenas con DDT por si tenían piojos. Una vez fuimos a un restaurante y vimos cómo llegó una familia, se sentaron todos en la mesa, la indiecita se sentó en el suelo y le tiraban comida.  –Hay una foto en la que estás con mineros armados, la sacó el Che. –Es en la mina Bolsa Negra del Illimani. Venían de defender La Paz porque había habido un conato contrarrevolucionario. Era una muchedumbre de júbilo. Después entregaron las armas y siguieron laburando. La mina estaba en manos del Estado. Ya había síntomas de que se desinflaba un poco. Conocimos al ministro de Asuntos Indígenas, que nos propuso quedarnos a laburar. Ernesto de médico y yo de enfermero. Con Ernesto pensábamos que si nos quedábamos ahí no nos íbamos más. –Ustedes querían seguir hasta Venezuela, ¿ese era el objetivo del viaje? –El objetivo del viaje era llegar hasta Caracas donde estaba trabajando el “Petiso” Granado. La idea era juntar guita e irnos un tiempo a Europa. Otra idea que teníamos, bien de Ernesto, era comprarnos un barquito y embarcarnos en el Orinoco. Quería que pesquemos y vivir del trueque. –¿Perú como los recibe? El clima político ya es diferente. –Nos sacan todos los libros y tenías que ficharte por donde pasaras. Hasta hicimos de preso yendo para Cusco. Teníamos pasajes en segunda y dos detectives nos ofrecen ir en primera, pero esposados porque se le habían escapado los dos presos. Y fuimos. Ernesto caza la manija, empieza a hablar, y los tipos entran en confianza. Nos sueltan, se van a tomar algo al bar del tren y nos dan sus credenciales. Cuando llegamos a Cusco era tal el pedo que tenían que se les caían los zapatos. A los dos o tres días decidimos ir a registrarnos y ahí nos marcaron como que habíamos robado las credenciales. Tomaron a Ernesto de rehén y a mí me mandaron a buscar la credencial. Cuando las devolvimos, nos fuimos. Y detrás de una puerta, apareció el cana: “Perdonen, muchachos, no nos quedaba otra.” Y nos invitó a una picantería.  Tomamos unas sopas que te salía humo. –¿De qué vivían? –De la poca guita que teníamos, la pilcha que vendíamos. No había un mango. En Ecuador teníamos una carta para la mujer del presidente José Velasco Ibarra, que era argentina. Las autoridades residen en Quito pero en ese ínterin van a Guayaquil. Como teníamos la idea de ir a conocer lo que pasaba con Gustavo Arbenz en Guatemala, íbamos a mangarle que nos facilitaran aunque sea un lugar en un avión de carga. Nos atendió el edecán, un compadrito con un uniforme prefecto del ejército, nos empezó a hacer preguntas sobre la mujer y nos dijo: “Se ve que ustedes no la conocen mucho y en la vida hay altas y bajas. Ustedes están en baja y yo en alta, así que resígnense y váyanse”. Nos echó a la mierda.  –En Ecuador se separan –Sí, yo me fui a Quito a jugar al fútbol por invitación de unos muchachos y Ernesto se quedó en Guayaquil a la espera de cruzar a Panamá. Yo llegué a los seis días a Quito, fui al consulado y tenía un telegrama: “Esperame que sigo con vos.” Pero a los dos días llega otro que dice: “Llegó barco bananero, me embarco mañana.” Ya solo entré a Colombia en plena época del bandolerismo y llegué a Venezuela un día después de que se me había vencido la visa. Me dejaron entrar por lástima. En Caracas me encontré con Granado.  –¿Sentís que pudiste haber seguido? –Sí, es una materia pendiente que me quedó. El destino a veces mete la pata. Las circunstancias eran esas. Yo digo que Ernesto es un hombre que supo aprovechar la circunstancia que le presentó su destino.  –¿Cuándo tenés la primera noticia del Che en la guerrilla? –Cuando Granado me trae el diario con una gran foto donde estaba Fidel y los combatientes. Entre ellos, decía, un médico argentino, Guevara de la Serna. Le digo a Granado: “¿Este hijo de puta qué hace acá?” No nos entraba en la cabeza. Y eso que nos habíamos mandado cartas. –Una vez que triunfa la Revolución en Cuba, Granado se va, ¿por qué vos no? –Él tenía dos hijos. Se va y cuando vuelve me trae una cartera que me había regalado Ernesto con un mensaje: “Decile a Calica que vamos a declararnos socialistas y que vamos a romper relaciones con el capitalismo. Que sepa.” –¿No se te pasó por la cabeza irte? –Sí, muchas veces, pero o no tenía guita para ir o tenía mucha y para qué iba a ir (risas). –¿Tu admiración política por el Che es posterior? –Sí, en la medida que fui leyendo sobre sus ideas y acciones. No me sorprendía porque lo conocía, pero lo fui admirando cada vez más. –¿Qué significa hoy? –Es un estandarte de los que luchan por justicia, salud, educación para los pobres. Ernesto fue el primero que mandó a pedir al movimiento del llano en Cuba que mandaran maestros a la sierra. Creo que ahora se está empezando a hacer justicia con su memoria. Hay muchos gobiernos en Latinoamérica que lo reivindican. La Unasur, por ejemplo, es un ideal del Che. Me emociona mucho que su cuadro esté en el Salón de los Patriotas Latinoamericanos de la Casa Rosada. Y ya hay nueve escuelas en todo el país que llevan su nombre, y otras que ya lo han solicitado. Es el más puro homenaje que se le puede hacer a Ernesto. « por Alejandro Wall 
Entrevista a Alfredo Gabela“Mi padrino el Che” El hijo de Carmen Arias, la niñera gallega que crió a Ernesto Guevara, recuerda el cariño entrañable que manifestó siempre el líder guerrillero con su familia, en especial hacia su madre, y cuenta que su muerte fue una gran pérdida. Al cumplirse hoy el 45º aniversario de la muerte de Ernesto Guevara de la Serna, conocido mundialmente como el Che Guevara, Alfredo Gabela, hijo de Carmen Arias –quien es considerada como la segunda madre del Che– habla acerca de la intensa relación que unió al líder revolucionario con su madre y el resto de su familia. La primera vez que se tuvo conocimiento de la existencia de Carmen Arias fue a través de la escritora cubana Anisia Miranda, quien en la revista Zunzún, editada en Cuba, escribía un cómic relatando la niñez del Che. También el escritor gallego Xosé Neira Vilas hizo en alguna oportunidad referencia a la niñera gallega del Che. Carmen nació en el año 1907 en la aldea de Bade, provincia de Lugo, Galicia, según consta en su partida de nacimiento. Hija de Benigno Arias y de Dolores López, era la segunda de ocho hermanos. Sus padres se dedicaban a labrar la tierra pero la situación de atraso que vivía Galicia no les permitía progresar. Carmen creció en un ambiente de sacrificio y un día, al llegar a la adolescencia, decidió emigrar en búsqueda de mejores condiciones de vida y un futuro más promisorio. En 1923 abandonó su Bade natal con mucha tristeza y se embarcó hacia Argentina junto a una hermana de su padre. Los comienzos de una gran amistad. Alfredo Gabela, un hombre de aspecto franco y mirada cristalina bucea en su memoria para relatar el momento en que su madre empezó a trabajar con la familia Guevara de la Serna. “Mi madre fue contratada por Celia de la Serna y Ernesto Guevara Lynch en julio de 1928, días después del nacimiento de Ernesto. Él era el primer hijo del matrimonio y Celia, la madre, necesitaba una persona de confianza que la ayudara en la crianza del niño. Ellos se habían casado el año anterior y se fueron a vivir a Puerto Caraguatay, pequeña localidad de la provincia de Misiones, ubicada sobre el río Paraná donde el padre del Che explotaba una plantación de yerba mate. Cuando Celia de la Serna estuvo a punto de tener a su primer hijo, viajaron a Rosario y el Che nació en esa ciudad. Luego viajaron a Buenos Aires donde contrataron a mi madre, quien los acompañó a la selva misionera. Allí la vida era muy difícil tanto por el clima como por la gente que residía en ese lugar. Era un paraje plagado de insectos y reptiles y con temperaturas altísimas. Debido a la gran cantidad de insectos y a lo peligroso de estos, pues algunos transmitían la malaria, mi mamá vestía a Ernesto con ropa liviana que lo cubría por completo y no lo perdía de vista ni un instante. Ella volcó en él todo su amor maternal y fue quien le puso el apodo de ‘Teté’, nombre que sólo conocían sus familiares y amigos.” Y agrega: “Permanecieron en ese lugar hasta que el Che tuvo casi dos años, y cuando estaba por nacer Celia, la segunda hija, regresaron a Buenos Aires, donde se instalaron en la ciudad de San Isidro. En la localidad de San Fernando, el padre tenía un astillero en sociedad con un amigo. Mi madre iba con Ernestito y Celia todos los días al club náutico donde la madre del Che se bañaba en las aguas del Río de la Plata; ella me contó que una mañana muy fría de mayo, después de bañarse en el río y a causa de un enfriamiento, Ernestito contrajo bronquitis aguda, lo que derivó en su primer ataque de asma, enfermedad que lo acompañó toda su vida y lo puso muchas veces al borde de la muerte.” Gabela recuerda que cuando su madre conoció a su padre, un asturiano del cual lleva su nombre, Alfredo, esta continuó trabajando con los Guevara durante varios años más. “Mamá acompañó a los Guevara en los distintos lugares donde estos vivieron, porque a causa de la enfermedad del Che y buscando un clima más apropiado para tratar su delicada enfermedad, la familia deambuló por diversos barrios de la Capital Federal y vivió once años en Alta Gracia, provincia de Córdoba, donde el clima era seco y de altura, muy recomendable para las personas asmáticas. En 1933, cuando los Guevara decidieron radicarse en Córdoba, mi madre era una integrante más de la familia, siempre tuvo una conexión muy especial con Celia de la Serna y Ernestito no quería alejarse de ella, por eso le suplicaron a mi padre que le permitiera irse con ellos pues el niño la adoraba y ella vivía pendiente de él. Mi papá hizo un gran sacrificio y accedió, desde ese momento continuaron el noviazgo a través de cartas y sólo se veían cuando Carmen viajaba a Buenos Aires. Un día, papá le propuso matrimonio y ella tardó mucho en aceptar porque amaba a Ernesto y a sus hermanos –ya había nacido Roberto, el tercer hijo–. A principios de 1934 decidió casarse y formar su propia familia, noticia que significó un duro golpe para los Guevara. Mamá nunca olvidó la triste despedida en la estación de trenes de Alta Gracia el día que se separó de ellos.” La relación entre ambas familias. Sin embargo, la vida de Carmen y su familia siempre estuvo vinculada a la de los Guevara. “Mi madre siguió viendo a Ernesto y a su familia, cuando mi hermana mayor nació, sus padrinos fueron Celia de la Serna y Ernesto Guevara Lynch. Y después de vez en cuando viajaba con ella a Alta Gracia y se quedaba un mes en casa de los Guevara. Mi hermana disfrutaba jugando con el Che y sus hermanos y viajando en la ‘catramina’, un viejo y destartalado auto perteneciente a la familia en el cual se subían todos los niños amigos del Che. Además, hacían helados que luego regalaban a los transeúntes y durante el desarrollo de la Guerra Civil construían trincheras en un terreno al fondo de la casa, donde se divertían representando unos al bando republicano y otros a los falangistas”. Y continúa: “En cuanto a mí, puedo decir que el Che influyó enormemente en mi vida, en primer lugar porque él y su hermana Celia son mis padrinos de bautismo y recuerdo que el Che era aficionado a la fotografía y me sacaba fotos cuando era chiquito; siempre me trató como un verdadero ahijado y durante sus viajes por Latinoamérica me enviaba postales donde contaba sus peripecias y la situación política y económica que atravesaban los países que visitaba. Él quería la unidad de América Latina porque consideraba que sólo unidos e independientes de Estados Unidos podíamos llegar a defendernos de esta potencia que desde hacía décadas intentaba saquearnos y dominarnos, y de ese modo convertirnos en una gran nación mestiza ya que nuestras raíces eran las mismas”. Según Gabela, Carmen fue siempre muy importante para el Che. “Cuando estaba cursando la carrera de Medicina, Ernesto estudiaba regularmente en nuestra casa porque estaba más tranquilo ya que tenía varios hermanos y en su casa había mucho bullicio. Además todas las semanas venía a comer las pastas que mi madre preparaba. El día que se recibió de médico, a la primera que le dio la noticia fue a mi madre. Lo mismo ocurría cuando llegaba de alguno de sus viajes, apenas pisaba Buenos Aires iba inmediatamente a visitar a Carmen”. El compromiso de Carmen y Alfredo con los Guevara. La familia Gabela Arias también jugó un papel fundamental entre los años 1956 y 1958 cuando el Che estaba peleando en la guerrilla cubana contra la dictadura de Fulgencio Batista. “El Che enviaba cartas dirigidas a mi padre, estas estaban escritas en clave porque en Argentina había un gobierno militar y podían ser interceptadas; como mi padre sabía que las cartas eran para Celia de la Serna, salía apresuradamente a cualquier hora de la madrugada a llevárselas. El Che continuó enviando cartas en clave durante los primeros tres años del triunfo de la Revolución Cubana y mi papá siguió haciendo el mismo trabajo. Además, era tal la amistad entre el Che y mi familia que en agosto de 1961 con motivo de la reunión del Consejo Interamericano Económico y Social en la ciudad de Punta de Este, Uruguay, en la que Cuba estuvo representada por el Che, que era ministro de Industrias de ese país, papá viajó a Uruguay para encontrarse con él pues hacía ocho años que no lo veía, almorzaron juntos y fue un reencuentro que mi padre jamás olvidó.”  Días después, el 18 de agosto, Guevara viajó secretamente a Argentina para reunirse con el presidente Arturo Frondizi, quien presionado por EE UU deseaba convencer al gobierno cubano representado por el Che de lograr un entendimiento con norteamérica para evitar la exclusión de Cuba del sistema interamericano. En esa oportunidad aunque permaneció sólo dos horas en el país, no dejó de visitar a los Gabela. Gabela destaca la entrañable amistad que unió a Celia de la Serna con Carmen Arias. “Ella frecuentemente iba a nuestra casa, y en los momentos más difíciles de su vida, como en la época en que fue operada de cáncer, siempre recurrió al apoyo de mi madre; lo mismo hizo en 1963 cuando después de permanecer dos meses presa en la cárcel correccional de mujeres de Buenos Aires por el solo hecho de ser la madre del Che Guevara, fue liberada a las doce de la noche y vino a despedirse de nosotros antes de exiliarse durante un tiempo en Uruguay.” Por último, Alfredo rememora que “en octubre de 1967, cuando se enteró de que habían matado al Che en el pueblo de Higuera, Bolivia, Carmen sufrió mucho y nunca se repuso totalmente de esa gran pérdida”, finaliza conmovido.   por Mónica Lázaro Jodar y Lois Pérez Leira,para Tiempo Argentino.  Fuente: 

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 Diario Tiempo Argentino 9/10/2012

La muerte del Che y las fotos perdidas
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