La memoria de Auschwitz

Los soldados rusos que ingresaron en el campo de exterminio de Auschwitz en la helada mañana del 27 de enero de 1945 no podían creer lo que sus ojos veían. Ante todo, alambres de púa y un cartel con una insólita leyenda: Arbeit Macht Frei (en alemán, «el trabajo libera»).

 Inmediatamente, comenzaron a acercarse los prisioneros, harapientos, esqueléticos, enfermos, muy cercanos a la muerte y con los rostros abatidos, surcados por el llanto y el dolor. En sus bocas apenas se dibujaba una leve sonrisa, fruto de la esperanza renacida. Algunos de los más experimentados soldados rusos no pudieron contener sus lágrimas. Un hedor nauseabundo invadía la atmósfera. El dolor y la alegría se confundían. Los liberados constituían apenas un muy pequeño remanente. Los nazis habían partido previamente llevando consigo a los más sanos en la llamada «marcha de la muerte». Para estos prisioneros, forzados a caminar en la nieve por centenares de kilómetros, la libertad aún no había llegado.

Los nazis, en su precipitada huida, no habían alcanzado a destruir las pruebas de la masacre. A partir de ese 27 de enero, el mundo supo que, en poco más de cuatro años, se realizó en Auschwitz la matanza industrializada de más de un millón de personas, en su mayoría judíos europeos. Por lo tanto, este lugar también detenta la triste categoría de ser el cementerio judío más grande de la historia. También fueron asesinados, masivamente, patriotas polacos, rusos, gitanos, testigos de Jehová, homosexuales y opositores a la ideología nazi.

A partir de ese 27 de enero de 1945, el nombre Auschwitz sería el sinónimo de la más oscura noche de la historia. Pero debemos recordar que, si bien fue el campo más grande de la muerte, no fue el único.

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En otros campos y por los más diversos métodos se llevó a cabo la matanza indiscriminada de judíos europeos (entre otras minorías). El hecho ha pasado a la historia con el nombre de Holocausto (del griego, «sacrificio por el fuego»), aunque los especialistas prefieren llamarlo, con mayor fundamento, Shoá («destrucción total», en hebreo). Para que no se repitan estos terribles hechos, los seres humanos disponemos de dos potentes herramientas: la memoria y la educación.

La memoria no es sólo un recuerdo del pasado, sino también una proyección al futuro. En cierta medida, nosotros manejamos nuestra propia memoria. «Lo que ha sido no tiene en el ser sino el lugar que le damos», escribió Alain Finkielkraut. El premio Nobel Elie Wiesel, sobreviviente de Auschwitz, asegura que «una memoria que no tomase en cuenta el futuro violaría el legado del pasado». Para Wiesel, el mandato de la memoria luego de Auschwitz se divide en tres partes: primera, no olvidar; segunda, recordar, y tercera, hacer recordar. Y esa memoria incluye la responsabilidad de ser activos, de adquirir suficiente poder como para defender la dignidad y la responsabilidad para la solidaridad.

Al respecto decía Theodor Adorno: «La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas las que hay que replantear en la educación». El Holocausto (Shoá) no sólo afectó a los judíos y otras minorías; afectó a la humanidad en su conjunto. Enseñar el Holocausto es arribar a la conclusión terminante y ineludible de un ¡Nunca más!. Es necesario que a través de la educación se cree una coraza que proteja a la humanidad contra la discriminación, el fanatismo y la intolerancia. Cabe recordar que, en la Argentina, la Fundación Memoria del Holocausto es una meritoria institución que trabaja en la incorporación de estos contenidos en la educación.

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La opinión autorizada de los dos últimos papas nos puede ayudar a elaborar nuestras conclusiones. Juan Pablo II, en numerosas ocasiones, reflexionó sobre el tema. En una de ellas, señaló: «Auschwitz no cesa de amonestarnos, aún en nuestros días, recordando que el antisemitismo es un gran pecado contra la humanidad; que todo odio racial acaba inevitablemente por llevar a la conculcación de la divinidad humana». En la misma línea, el actual papa, Benedicto XVI, ha calificado el Holocausto «como una vergüenza indeleble en la historia de la humanidad». A lo que agrega sarcásticamente Vargas Llosa en su referencia al Holocausto: «La grandeza trágica del destino humano está en la paradójica situación que no le deja al hombre otra escapatoria que la lucha contra la injusticia, no para acabar con ella, sino para que ella no acabe con él».

Incorporar estos temas en la conciencia colectiva y en la educación operará como una vacuna contra todo brote posible de demencia colectiva.

© La Nacion

por Mario Eduardo Cohen, presidente del Centro de Investigación y Difusión de la Cultura Sefardí

 

Fuente: 

Diario La Nación 27/1/2011

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