“La Masacre de Trelew fue un ensayo general del terrorismo de Estado”

 Duhalde se quedó en Buenos Aires para atender urgencias en el estudio de su hermano Eduardo Luis. Mientras, Mattarollo y González Gartland integraron el grupo que llegó primero al penal de Rawson. Después de la fuga, y antes de la masacre. Pasaron cuatro meses de las condenas a los fusiladores de 19 detenidos en la cárcel de Rawson el 22 de agosto de 1972, y 40 años de esa masacre, de la que sobrevivieron sólo tres militantes. No tanto tiempo como para que los primeros abogados en llegar a ese lugar desde la Capital Federal, defensores de aquellos presos políticos, dejaran de recordar cada detalle del viaje, el cruce con pistoleros de la dictadura de Alejandro Lanusse, los hábeas corpus que como respuesta recibían el apoyo de un FAL en sus cabezas, y las discusiones sobre qué hacer desde la ley, en un país sin ley. Recuerdos que fueron apareciendo en una charla con el periodista Marcelo Duhalde, pieza clave en el estudio que su hermano Eduardo Luis dirigía con Rodolfo Ortega Peña, y los letrados que pisaron Trelew esa semana, Rodolfo Mattarollo y Carlos González Gartland.

 El 16 de ese mes, los profesionales de la Gremial de Abogados, más otros de distintas provincias que estaban en Buenos Aires para participar en una asamblea general, se enteraron que la situación en Rawson era complicada. El día anterior, varios presos políticos de distintas organizaciones armadas se habían escapado después de un operativo planeado durante meses. Un grupo pudo viajar a Chile, pero el otro, integrado por 19 personas fue detenido.  La historia de Trelew es conocida. Y casi todo lo escrito se debe a dos investigaciones memorables y fundantes: La patria fusilada, de Francisco Urondo, y La pasión según Trelew, de Tomás Eloy Martínez. Pero detrás de las balas del ex cabo primero Carlos Marandino y los ex capitanes Luis Emilio Sosa y Emilio Del Real, condenados a prisión perpetua a mediados de octubre pasado, dan vuelta muchos de los recuerdos que aparecen en esta charla.  –¿Cómo se meten dentro de esa historia?           Carlos González Gartland: –Ni bien nos enteramos de la fuga, alertados por los mismos presos, sus familiares y compañeros de militancia, decidimos viajar, y hasta llegar el 19 de agosto tardamos un día y medio. La Patagonia era zona militar, y el gobierno había impedido el paso de aviones y micros. Contratamos dos remises pésimos, sin papeles. La delegación de la Gremial de Abogados era (Rodolfo) Ortega Peña, Eduardo Luis Duhalde, Rodolfo (Mattarollo), Pedro Galín y yo. Un viaje terrible, había pavimento hasta 37 kilómetros al sur de Bahía Blanca, y después, ripio. Marcelo Duhalde: –Los 115 detenidos que conformaban el operativo de escape, y estoy incluyendo a los 19 fusilados, tenían defensores, y yo creo que un 60% de ellos eran representados por Ortega y Eduardo. Como no había límites para designar abogados a cada compañero, cualquiera de ellos disponía de diez profesionales que tomaban el caso según la circunstancia. Había que repartirse para las visitas en todo el país, el asesoramiento, las audiencias con secretarios, y el recorrido de las cárceles del interior, Buenos Aires y la Capital. Rodolfo Mattarollo: –Yo me enteré por  el diario. Nunca me voy a olvidar el título de La Nación: “Basto operativo extremista en el sur”. Igual, teníamos indicios de que algo iba a pasar.  –¿Por qué? M.D.: –En las rutas de la provincia se habían “levantado” varios camiones durante los días previos a la fuga del 15, y por la forma de los hechos, no se trataba precisamente de piratas del asfalto. Los muchachos querían asegurarse movilidad, y habían pedido expresamente que tanto Eduardo como Ortega no salieran del país y se quedaran en Buenos Aires.  C.G.G.: –El escape se planificó al principio como túnel, pero después el plan cambió. Sí, veíamos algo en el ambiente. Por suerte, en el mismo momento de la fuga teníamos en Buenos Aires la primera reunión nacional de abogados de presos políticos. (Andrés) López Acoto no era de la Gremial pero estaba acá por ese motivo, igual que otros, que nos ayudaron muchísimo. Tenía como finalidad sentar posición sobre las condiciones que imponía Lanusse para las elecciones, su cláusula prescriptiva y aquello de “no le da el cuero”, en relación a la vuelta de Perón.  –¿Qué primera impresión tuvieron al pisar Rawson? R.M.: –La ciudad estaba tomada por los militares. Si ibas a un bar, en las sillas donde no había gente se apoyaban ametralladoras. Dormíamos y comíamos en el Hotel de Turismo de Rawson, y era extraño, porque nos cruzábamos con los represores todo el tiempo, convivían con nosotros. Lo comentábamos con Hipólito Solari Yrigoyen, al que encontramos en el camino. Recuerdo una charla sentados a una mesa en el bar del hotel, con Mario Abel Amaya, Carlos, Ortega, Eduardo y Pedro Galín. También había viajado Miguel Ángel Radrizzani Goñi. Una digresión sobre Miguel Ángel: ¿sabés cómo caratuló su expediente contra lo que venía haciendo López Rega? “Miguel Ángel Radrizzani Goñi contra la Triple A”. Era David contra Goliat. Compartí con él un estudio en la calle Libertad.  M.D.: –Donde nos “escondiste” después de varias bombas que nos pusieron.  R.M.: –Sí, pero el tema es que nosotros mismos nos tuvimos que ir de ahí después, en una época bastante convulsionada, con el Camarón en su mayor esplendor. Un explosivo nos “convenció” para que armáramos la mudanza al estudio de Roberto Sinigaglia. Era muy gracioso, en la misma oficina convivían la extrema derecha y la extrema izquierda: Conrado Ortigoza Antón, falangista abogado de la CGT tradicional…  C.G.G.: –La CGT fascista (interrumpe). R.M.: –Esa expresión corre por cuenta del doctor González Gartland (risas). Sigo la lista: Medrano Pizarro, auditor asimilado a las Fuerzas Armadas; Sinigaglia, del peronismo combativo; y yo del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores). –¿De qué manera se daba esa “convivencia” con los militares? R.M.: –Las situaciones eran tragicómicas. Durante ese almuerzo que comentaba antes, los que más gritaban eran Rodolfo, siempre muy jovial, y Eduardo. Ortega era más “sonoro”, y quizás el volumen de la charla debe haber molestado a nuestros vecinos de mesa.  C.G.G.: –De repente, un guardia se levantó para encarar a Amaya con la excusa del estado de sitio: “Señor, está detenido a disposición del Poder Ejecutivo Nacional.” No lo podíamos creer, parecía una broma. Yo llamé al mozo y le pedí el postre…, y eso los excedió (risas). Fuimos todos a la cárcel. Nos preguntaron por dos personas que pudieran dar referencia de nuestras conductas: “Por supuesto, Héctor J. Cámpora y Ricardo Balbín” (risas). M.D.: –Eduardo Luis pidió que me quedara en el estudio por alguna necesidad. Lo que no imaginaba era que esa necesidad sería nada menos que sacar de la cárcel a los abogados de los compañeros. Armamos una conferencia de prensa relámpago en la Gremial, y el que habló fue Mario Diehl Gainza. Eso, de alguna manera, calmó los ánimos. Los soltaron y regresaron a Buenos Aires el 21 de agosto. Después de la masacre, el 22, por un lado teníamos la cabeza en lo terrible de los fusilamientos, pero además pensábamos cómo se resolvería la situación de los que habían escapado, que ya estaban en Chile. Y la reacción fue salir para Santiago inmediatamente. –Se habló mucho de la decisión tomada por Salvador Allende de permitir que ese grupo viajara finalmente a Cuba, contra lo que pedía a gritos Lanusse, la extradición a Buenos Aires. M.D.: –A Chile viajaron Eduardo, Gustavo Roca y Andrés López Acoto, un concejal del Partido Socialista amigo de Allende. La salida fue traumática, porque en el mismo momento que el avión despegaba, alguien contó que habían matado a Carlos Capuano Martínez en un bar de Barracas. Este dato es importante: aquella decisión a la que te referís  fue tomada por Allende en un almuerzo delante de los tres, y son ellos los que le cuentan al presidente lo de los fusilamientos.  R.M.: –Sí, pero lo de Chile deberíamos relatarlo más en perspectiva. Cuando los fugados llegan, lo primero que hacen las autoridades es sacarles las radios. Es decir, estaban incomunicados, con una especie de libertad vigilada, lo que los hizo suponer que en Argentina había ocurrido algo grave. Hasta que se enteraron de la masacre. Eduardo Luis contaba que Mario Roberto Santucho se agachó, puso la frente sobre la mesa, y no pronunció ni una palabra durante dos horas. Recordemos que acá estaba su mujer Ana María Villarreal, “Sayito”.    M.D.: –Clodomiro Almeyda, ministro de Relaciones Exteriores de Chile, era uno de los que presionaba por la extradición. R.M.: –Y la cosa iba para ese lado. El primer día, las intervenciones del Gabinete parecían inclinar la balanza a favor de Lanusse, invocando tratados del derecho internacional. La jornada siguiente, en ese almuerzo, el presidente chileno empezó a hablar en el mismo sentido, como dando la razón a los ministros. Imaginate a Eduardo y a Roca, deslizándose en las sillas, angustiados y queriendo desaparecer debajo de la mesa. Hasta que Allende dio un golpe y gritó: “¡Pero este es un gobierno socialista, mierda! ¡Esta noche se van para La Habana!”    –Les iba a preguntar si en aquel periplo de 1500 kilómetros hasta Trelew habían pensado en alguna “estrategia judicial” para poner en práctica. Por el marco, es evidente que nada funcionaría. ¿A qué o a quiénes recurrieron finalmente?  R.M.: –Esta cuestión es clave, porque el gran interlocutor aparecido en esos años en el mundo de los Derechos Humanos fueron los familiares. Lo que hoy conocemos, la tremenda fuerza que con el tiempo desarrollaron los familiares para pedir justicia y condenar a los culpables del genocidio posterior, proviene de esa época. Y no hay que olvidar a la sociedad local. Como ciudad administrativa, en Rawson vivía muy poca gente. Pero en Trelew, el apoyo popular a favor de los presos fue determinante. Esa sociedad dio nacimiento a la figura del “apoderado”, vecinos que llegaban al penal y reclamaban por el detenido, le llevaba comida, lo protegían como si fueran de su misma sangre. En la mayoría de los casos, los verdaderos familiares no podían trasladarse semejante distancia. También nos acompañó el periodismo local, hubo mucha solidaridad. Entre paréntesis: Santucho llevó las llaves del penal de Rawson a Cuba, y se las entregó a quien correspondía (sonríe).  C.G.G.: –Nunca pudimos entrar a la cárcel, por ejemplo. El primer día nos presentamos como abogados defensores, y la respuesta de los militares fue ponernos un FAL en la cabeza. ¿Lo de las llaves (a Mattarollo) lo decías por un señor pelado, con nombre de emperador? (uno de los que consiguió llegar a Chile fue Enrique Gorriarán Merlo). R.M.: –Volviendo a la pregunta, yo no usaría el término “estrategia”, me suena muy castrense. La idea era hacer un acto de presencia civil de varios abogados, porque pensamos que eso disuadiría al régimen. Recuerdo que con Ortega habíamos estudiado la jurisprudencia federal norteamericana, sobre actos ilegales e introducción de prueba del proceso. Hay un principio, hoy presente en la Convención Americana sobre Derechos Humanos, llamado “regla de exclusión”. Obliga a excluir las pruebas obtenidas ilegalmente: una confesión arrancada mediante tortura, por ejemplo. En un allanamiento ilegal, los objetos secuestrados tampoco pueden presentarse en un juicio como prueba de cargo. Advertíamos que la picana dejaba rasgos de tejidos necrosados, y que con una pericia rápida se probaba el paso de energía eléctrica. Digo esto porque uno, como abogado, buscaba recursos, pero hay veces que la realidad política condiciona. Como muestra hay que recordar que la misma Cámara Federal en lo Penal que había actuado en la época de Trelew produjo una sentencia, entre el 11 de marzo de 1973, triunfo de Cámpora, y el 25 de mayo de ese año, asunción de Cámpora, dando muestras de “civilización jurídica”. Con la intención evidente de perpetuarse en el poder. Pero la masacre estuvo envuelta en la más absoluta ilegalidad general. Los hábeas corpus se tornaban más importantes presentados en la oficina de prensa de Tribunales que en la propia mano de secretarios o jueces. Después fue peor, porque esos espacios que se iban estrechando desaparecieron totalmente con el terrorismo de Estado a partir de 1976.  –¿Imaginaban la matanza que finalmente ocurrió en la cárcel? M.D.: –Vivimos la fuga como un momento de gran esperanza; tengamos en cuenta que fue el primer operativo conjunto preparado por organizaciones revolucionarias diferentes. Pero cuando volvieron a Buenos Aires, la sensación era que pasaría algo serio. R.M.: –Cuando vimos que todos los recursos legales se estrellaban contra un muro de indiferencia, hostilidad y negación de lo judicial e institucional, intuíamos la gravedad. Y frente a eso, la prioridad era regresar rápido para alertar a la opinión pública de Buenos Aires. Eduardo decía algo muy cierto: Trelew es el ensayo general del terrorismo de Estado. C.G.G.: –La masacre fue a las 2 de la madrugada del 22. Esa misma mañana denunciamos el hecho ante la prensa, pero no en la Gremial, porque los militares volaron la sede con una bomba. R.M.: –Elegimos la mueblería Maple frente al monumento a Dorrego envuelto en una serpiente. Todo un símbolo. C.G.G.: –Ya daba vueltas la primera versión oficial, delirante, del intento de escape. Todos corríamos peligro, pero no pensábamos en eso. La frase de Roberto Sinigaglia era clara: “Somos cadáveres en uso de licencia.” –Encima, después vino la represión pateando ataúdes durante el sepelio de los fusilados.  C.G.G.: –Eso fue la superación de la barbarie, las ganas que tenía Lanusse de aleccionar. La tanqueta con el comisario Alberto Villar tirando abajo la puerta del local del PJ, llevándose los féretros y tirando gases, era esa barbarie superada a sí misma. Lanusse tenía una obsesión con Perón. Recuerdo algo muy gracioso: palco, gran inauguración de obras en la provincia de San Juan, y Lanusse diciendo frente a todo el periodismo “porque en esta tierra, la de ese gran hombre que fue Juan Domingo Sarmiento…” (risas). R.M.: –A propósito de lo de Villar, ahora recuerdo otra frase aleccionadora de Eduardo Luis: era “la pedagogía del terror”.  C.G.G.: –Por eso, es increíble cómo las situaciones y los personajes cambian según el momento político. Hablo de la primavera camporista y de la burocracia, que baila según el viento. Se me acercaba un jefe de la Federal, por ejemplo, y no sólo no me llevaba detenido (se ríe), sino que además se mostraba amistoso: “Doctor, cuídese. ¿Tiene fierro?, mire que le doy uno…”  –Pasaron cuatro décadas hasta la sentencia de Trelew. ¿Qué sintieron? C.G.G.: –Precisamente, lo central es que aun después de 40 años, la justicia dijo “es un delito de lesa humanidad”, y condenó. Tiene que hacerse carne en la sociedad que los delitos de esa naturaleza son materia de investigación hasta la muerte de los autores. Esto es  algo básico, por lo que hemos luchado durante todo este tiempo.  M.D.: –Reconforta porque profundiza la democracia. Y como dice Carlos, no importa lo transcurrido, lo que importa es que la justicia llegue. R.M.: –La condena hace valorar todavía más la aparición de Néstor Kirchner como generador de este modelo, y hace honor a Eduardo Luis, que se puso al hombro esta causa desde el principio. Pongamos las cosas en claro, porque todavía hay sectores que no advierten lo que aportó Argentina a la lucha por los Derechos Humanos en el mundo. Me tocó cubrir como periodista el juicio de Klaus Barbie por sus crímenes como jefe de la Gestapo en Lyon, 40 años después de los hechos. Pero ese proceso fue posible en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Ocurrió algo parecido con los cazadores de nazis, que motivaron  investigaciones permanentes. O con el Juicio de Nuremberg. Ahí existía una situación histórica que excedía a Alemania, y alcanzaba dimensión mundial. No es comparable con lo ocurrido en nuestro país, y esto habla muy bien de nosotros. Hemos hecho proezas judiciales que se toman no digo como banales, pero sí como normales, y no lo son. Y esos avances fueron gestados por cambios éticos y políticos que hace sólo una década eran impensados. La identificación de los restos de Leonie Duquet, trabajo que estableció su identidad y hasta la forma en que fue asesinada, con un grado de precisión increíble mediante distintas pruebas científicas, es única en el mundo. Y podría nombrar muchísimos casos más. Esa contribución de la Argentina al derecho internacional en materia de Derechos Humanos es la que hay que valorar. « Duhalde el bueno “Todavía no me repuse de su muerte”, dice Rodolfo Mattarollo, actual embajador ante Unasur en Haití, y se acomoda los lentes. Fue compañero de Eduardo Luis Duhalde –el “bueno”, apodo con el que muchos lo diferencian del que no lo es– durante más de cuarenta años, tiempos en el que cruzaron sus  militancias políticas, el exilio, la abogacía como profesión, el periodismo y la función pública. En este último caso cuando Eduardo Luis fue secretario de Derechos Humanos de la Nación y Rodolfo su asesor principal, hasta el fallecimiento de su amigo el año pasado.“A pesar de las corrientes distintas de las que proveníamos –dice–, él teniendo como referencia el peronismo revolucionario, y yo siendo un hombre de izquierda, había una especie de hermandad. Fue una gran figura, con una característica saliente: era alguien de la corriente nacional y popular radicalizada, revolucionaria y combativa, que buscaba una síntesis con el ´clasismo´, tanto en la interpretación de la historia argentina como en el plano ideológico. No existió ninguna otra persona como Eduardo con ese perfil, salvo Agustín Tosco”.  Ortega, la triple a y la teoría del árbol envenenado En una tierra que no era de nadie, o mejor dicho, del régimen, el trabajo de la Gremial de Abogados y del conjunto de profesionales defensores de presos políticos en los años setenta pasaba por lo jurídico, pero también dependía de la realidad social. “Por momentos usamos la regla de exclusión –dice Mattarollo–, que funcionaba en un contexto político determinado. Tomamos la distinción entre juicios de ruptura y juicios de connivencia. En los primeros, el abogado defensor o el detenido político impugna la legalidad del tribunal, lo desconoce. El acusado se convierte en acusador, usa el espacio de la defensa como tribuna frente a la opinión  pública nacional e internacional. El ejemplo típico es el juicio de Giorgi Dimitroff, dirigente de la Tercera Internacional, por el incendio del Reichstag. Mientras que en el juicio de connivencia hay una especie de acuerdo entre el tribunal y la defensa, se maneja la situación de una manera técnica. Para sacar a su defendido, o lograr penas menores”. Y González Gartland agrega: “La regla de exclusión, que tomamos de la jurisprudencia americana, es la teoría del fruto del árbol envenenado. Si se envenena violando la ley la obtención de una prueba, el fruto, que es la prueba, muere”. Para Duhalde, la reacción ante casos que los abogados encaraban “dependía de cada  uno, de su inserción política y hasta de cuestiones personales. Porque además de tener la cabeza en los defendidos, muchos de ellos eran amenazados y tenían que cuidarse. Se lo dijimos a Ortega Peña la noche anterior en que la Triple A lo asesinara: ‘Pelado, cuidate, mudate a un departamento cerca del Congreso así quedás menos expuesto’. Fue cuando nos dijo eso de ‘no se preocupen, muchachos, la muerte no duele’”.  “Para mí –recuerda Mattarollo–, con el crimen de Rodolfo empezó en el país una cuenta regresiva. ‘La muerte no duele, lo que duele es una vida indigna¡ es una frase memorable y dramática, que resume el espíritu de los años setenta. Ojalá hubiéramos leído mucho tiempo antes a (Antonio) Gramsci, que hablaba de aliar el pesimismo del intelecto con el optimismo de la voluntad”.  “Pero a pesar de lo terrible que fue la matanza –finaliza Duhalde–, Trelew disparó en la militancia y en la juventud un fervor y unas ganas de participar determinantes. Porque inmediatamente después vino el acto en Nueva Chicago, donde hablaron Ortega, (Rodolfo) Galimberti y Héctor Cámpora, y pegado a eso arrancó la campaña electoral del Tío. Sin ánimo de comparar, porque el destino de Kirchner fue cambiar la Argentina, aquel entusiasmo fue el mismo que originó la muerte de Néstor”.  por Daniel Enzetti Fuente: 

Leer también >>  Cenizas de García Márquez llegarán a Colombia en mayo

 Diario Tiempo Argentino 24/2/2013

“La Masacre de Trelew fue un ensayo general del terrorismo de Estado”
5 (100%) 863 votos

Por favor, apóyanos compartiendo en tus redes sociales.

Deja un comentario

Cerrar menú