La lucha por la libertad

2010 es el año del Bicentenario. Ofrecemos un texto de Bernardo de Monteagudo, escrito en 1812, que publicó en Mártir o Libre, en el que sostiene la marcha hacia la libertad y hacia la independencia, señalando que “todo coadyuva el voto universal de los hombres libres y mian sordamente las bases de la tiranía”.

Nadie, nadie es capaz de cortar el progreso de nuestra revolución: los siglos anteriores la preparaban en silencio, el estado general del globo político indicaba la necesidad de este acontecimiento, y en los decretos del tiempo estaba señalado el período que debía durar la esclavitud en las regiones del nuevo mundo. La sagrada tea de la LIBERTAD arde ya por toda la América: podrá quizá un déspota aventurero o un desnaturalizado parricida apagarla en alguna pequeña parte con las lágrimas y la sangre de nuestros mismos hermanos; pero las cenizas de su ruina no harán más que ocultar el fuego secreto que tarde o temprano ha de devorar a los opresores en su periódica explosión. Quizá podrá suceder que en el mismo día en que un pueblo suba al trono y anuncie su majestad, caiga otro menos feliz a los pies de un tirano insolente que le obligue a profanar sus labios gritando con un humilde furor: viva la opresión. Pero no importa: por una parte se multiplicarán los patíbulos, y en otra se cantarán himnos a la patria: los mártires de la LIBERTAD correrán en tropel a los sepulcros, y los apóstoles de la independencia subirán con intrepidez a las tribunas a predicar los dogmas saludables de la filosofía. El contraste de los sucesos y la ira impetuosa de los partidos agobiarán el sufrimiento de algunos, porque no todos nacen para ser héroes: el padre anciano llorará la pérdida de sus hijos, la sensible esposa asistirá con ternura al sacrificio de su consorte, el fiel amigo sufrirá en su corazón la desgracia del hombre de bien, las familias de los mejores ciudadanos se resentirán de la miseria que las oprima; pero todos estos males particulares son necesarios para consumar el gran sistema y cada uno de ellos tiene una influencia directa en los resortes de combinación. Fatigas, angustias, privaciones; rivalidades, he aquí las recompensas del celo, pero he aquí también los presagios del deseo realizado: todo coadyuva el voto universal de los hombres libres, y esas mismas convulsiones que comprometen la suerte de los más interesados en el bien público, minan sordamente las bases de la tiranía, descubriendo héroes ciudadanos que confundan al mercenario egoísta, humillen al furioso liberticida y arranquen del seno de la muerte la patria tiranizada.
Tales son las ventajas que resultan de esos mismos choques de opinión que es imposible destruir, aunque alguna vez convenga desde luego el porvenir; ellos nacen de dos principios: el temor y la ambición, y para resolver el gran problema cuáles sean los medios de sofocar los partidos, es preciso saber si aquellas dos pasiones originarias existirán siempre entre los hombres, o perderán su influencia alguna vez. Yo creo que en todas las edades, y en todos los climas el hombre es combatido por el temor de perder lo que posee, y de no obtener lo que desea: este estímulo sin duda es más urgente en el que ambiciona ser lo que no es, o quizá más de lo que puede ser. El que teme perder la vida civil o natural en una conjuración, debe ser despojado de un empleo que la intriga, la casualidad o el mérito le han proporcionado, o ver en fin elevado a un rival poderoso de quien no puede esperar sino persecuciones y ruina; su primer cuidado es buscar los medios de defensa, hacerse de partido, mostrarse a unos como virtuoso y presentar a su rival a otros como un delincuente atroz: de aquí nacen las rencillas, los chismes, las declamaciones secretas, los rumores públicos y las desavenencias generales. Después que el mal no tiene remedio entonces grita el fanático, clama el celoso hipócrita, pero ninguno se ocupa de buscar las causas del desorden para precaverlo. No hay materia más interesante, y ella ocupará mi atención en el siguiente número: entre tanto conjuro a los amantes del orden, sostengan mis débiles esfuerzos y agoten los suyos hasta que puedan decir los hombres libres: VIVA LA REPUBLICA.

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Fuente: 

Diario Mártir o Libre 27/4/1812

Informacion Adicional: 

Quién fue Bernardo de Monteagudo:
Nació en Tucumán el 20 de agosto de 1785. Estudió derecho en la Universidad de Chuquisaca, graduándose en junio de 1808. lector de Rousseau, Voltaire y los enciclopedistas, participó en la insurrección del 25 de mayo de 1809, y fue encarcelado. Cuando estalló la revolución de Mayo, lo comisionan con la Expedición al Norte, y Castelli lo designa su secretario. Después de Huaqui, regresó a Buenos Aires.
Más tarde, se pone al frente de la Gaceta,  recogiendo la pluma de Moreno, y la dirige alternativamente con Vicente Pazos Silva. En marzo de 1812 dejó La Gaceta y publicó Mártir o Libre, en cuyas páginas acentuó la propaganda a favor de la independencia.
Fue juez en la conjuración de Alzaga y fundó la segunda Sociedad Patriótica. También es miembro de la Logia Lautaro y se identifica con el grupo morenista, orientada por Alvear. Fue uno de los artífices de la revolución que derroca al primer Triunvirato. Participó de la Asamblea de 1813 y dos años más tarde editó El Independiente, para sostener la política de Alvear. Cuando éste cayó, Monteagudo fue desterrado. En 1818 fue auditor de guerra del ejército que liberó a Chile. Acompañó a San Martín en su campaña al Perú, de quien se convierte en consejero y en amigo íntimo. Cuando el general es nombrado Protector Supremo, Monteagudo fue designado ministro de Guerra y Marina y, poco después, de Gobierno y Relaciones Exteriores. Aprovechando la ausencia de San Martín, quien había ido a celebrar su histórico encuentro con Bolívar, es depuesto por sus enemigos. Sin embargo, regresa a Lima de la mano de Bolívar, en 1824, y apoya su plan de confederación americana. Murió apuñalado en Lima el 28 de enero de 1825.

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´”Mártir o Libre” fue fundado por Bernardo de Monteagudo. Sólo se editaron 9 números, entre el 29 de marzo y el 25 de mayo de 1812.

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