La intimidad detrás de las decisiones de Alfonsín para frenar a los militares

El ex presidente había decidido la Obediencia Debida antes del alzamiento de Semana Santa. Así se señala en un libro publicado por el ex ministro de Defensa de Alfonsín.

Esta semana, la presentación del libro La casa está en orden , del ex ministro de Defensa de Raúl Alfonsín, Horacio Jaunarena, reabrió el debate sobre la actuación de ese gobierno en la restauración democrática. Ricardo Alfonsín apuntó contra “los que hoy están en el Gobierno” por no haberse opuesto a los indultos menemistas y decir que el radicalismo hizo poco. “La casa está en orden” fueron las palabras del ex presidente tras la deposición del alzamiento de Semana Santa de 1987. Aquí un fragmento del libro: “Enero y febrero de 1987 fueron meses muy críticos , en los que advertíamos cómo un general de indiscutible vocación democrática y compromiso con la Constitución como era el jefe del Ejército Héctor Ríos Ereñú, afrontaba crecientes dificultades para obtener no ya la comprensión de la política del gobierno sino también la comparecencia de oficiales a las citaciones judiciales. Cada día se viviría la misma incertidumbre, con oficiales en situación de virtual rebeldía . Las presiones de oficiales en actividad y en retiro para que los citados por la Justicia se refugiasen en unidades y resistieran su llamado, eran cada vez mayores, y se reiteraban los episodios en los que grupos importantes de oficiales en actividad concurrían masivamente a despedir a compañeros que habían sido citados a declarar en algún juzgado, sin saber qué temperamento adoptaría el juez interviniente. Para abril de 1987 íbamos a tener más de treinta citaciones a distintos oficiales en actividad solamente en la guarnición de Córdoba, que se había manifestado, desde los primeros tiempos del gobierno, como la que tenía mayores dificultades para mantener la disciplina.

A principios de marzo de 1987 hubo en la residencia presidencial de Olivos una reunión decisiva entre el presidente, Ríos Ereñú y yo, en la que Ríos Ereñú reiteró lo que ya sabíamos: las dificultades casi insalvables que tenía para seguir conduciendo el Ejército en las condiciones imperantes. El presidente tenía clara conciencia de la gravedad de la situación y estaba al tanto de las reuniones más o menos encubiertas que realizaban en distintas unidades del país los oficiales de gradación intermedia, que eran los más afectados por las citaciones judiciales. En el encuentro en Olivos, Alfonsín enfatizó que pondría todo su empeño en obtener un proyecto que colocara en cauce una situación que se había desbordado absolutamente por encima de las intenciones originales del gobierno. Los tiempos seguían jugando en contra, porque mientras se ponía en marcha el mecanismo para implementar el proyecto de ley correspondiente, los tribunales avanzaban con las citaciones agravando el clima de intranquilidad en las filas del Ejército.

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Esta decisión fue transmitida por el presidente a todo el país en un discurso que dio en la localidad cordobesa de Las Perdices el lunes 23 de marzo de 1987, en el que señaló la necesidad de contemplar la situación de los oficiales que en los episodios de la llamada “lucha antisubversiva” habían cumplido órdenes emanadas de sus superiores , y anticipó que se iba a actuar en ese sentido. El tema había sido también reiteradamente tratado en reuniones con otros ministros. Alfonsín había ordenado avanzar en la legislación pertinente y había un equipo trabajando en el instrumento capaz de llevar adelante la intención gubernamental. Si se siguen las informaciones a través de los diarios de la época, se podrán ver ampliamente reflejadas las discusiones que suscitó ese anuncio del presidente en aquel momento y se podrá deducir, siguiendo a la lógica, que la decisión de enviar el proyecto de ley de obediencia debida al Congreso fue anterior a los hechos de Semana Santa . Al estallar la crisis, el proyecto ya estaba concluido y no fue su consecuencia , como malintencionadamente se ha querido hacer aparecer.

El gobierno debía soportar una sostenida campaña destinada a erosionar sus fuerzas. El vicario castrense, monseñor Manuel Medina, que por cierto no nos tenía ninguna simpatía, se ocupaba de atizar las brasas en cada homilía, con veladas o directas acusaciones al gobierno. Cada 2 de abril, en el acto recordatorio de los caídos en Malvinas, nos tocaba recibir ese sermón admonitorio en la iglesia Stella Maris delante de una nutrida concurrencia de uniformados. Estábamos acostumbrados a escuchar estos sermones, o arengas, y considerábamos que era, en cierto modo, una manera de habilitar una válvula de escape para que los sectores castrenses más resistentes al cambio pudieran manifestar sus quejas. Pero este año habría sorpresas. En aquella misa, yo estaba sentado en primera fila al lado del presidente, y a mi lado el jefe del Estado Mayor conjunto, el brigadier Teodoro Waldner, y junto a él los restantes jefes de Estado Mayor y otros funcionarios. En la homilía se aludió alambicadamente a la corrupción generalizada que supuestamente reinaba en el país, y no se podía disimular que en ese ámbito hostil y en medio de esa confusa oratoria, se quería referir elípticamente al gobierno. El clima era muy tenso. Cuando la homilía terminó y prosiguió el oficio religioso, Alfonsín me preguntó en voz baja: –Che, ¿se puede hablar acá? –Mire Raúl –le respondí–, yo no entiendo nada de esto, no le puedo contestar porque no sé.

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Advertido de la inquietud, José Ignacio López le dijo que sí, que después de la misa se puede pedir la palabra, como cualquier feligrés, para dirigirse a la concurrencia. Alfonsín me dijo entonces: –Voy a hablar.

–¿Dónde? –Ahí– señalando el púlpito con el dedo.

–¿Cuándo? –Ahora. ¿Qué te parece? –Me parece que va a ser inolvidable.

Siempre en voz baja, de inmediato le dije a Waldner que estaba a mi lado: –Prepárese porque lo que va a ver ahora no lo va a ver nunca más en su vida.

–¿Qué pasa? –me preguntó con un gesto de sorpresa.

–Va a hablar el presidente.

–¿Dónde? –Ahí– le dije, señalando el púlpito con las cejas.

–¿Cuándo? –Ahora.

–¡A la mierda!– dijo el jefe militar en voz baja y sin que se le moviera un músculo de la cara.

Terminada la ceremonia, Alfonsín, ante la mirada atónita de los asistentes, pidió autorización para subir al púlpito y habló. Con palabras medidas y respetuosas, pero visiblemente enojado por las imputaciones, se dirigió a Medina y a todo el auditorio – por primera vez un presidente se subía al púlpito para contestar una homilía religiosa–, y produjo un acontecimiento político de enorme repercusión.

Se plantó frente a los sacerdotes y a los militares para hacer una defensa de la honorabilidad de su gobierno y exhortar a quien tuviera una sola prueba de corrupción del gobierno que se le hiciera llegar allí mismo. Fue también un gesto de autoridad presidencial en un momento por demás delicado, y lo hizo no desde una tribuna rodeado de partidarios sino en el atrio de una iglesia rodeado de sacerdotes y militares , muchos de los cuales desconfiaban de él y no tenían simpatía alguna por su política. Monseñor Medina nunca más volvió a hablar delante del presidente”.

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Perfil

Horacio Jaunarena

edad: 69
profesión: abogado
cargos: fue Secretario y Ministro de Defensa de Alfonsín.

Nacido en Pergamino, en 1942, Jaunarena fue ministro de Defensa de tres presidentes: con Raúl Alfonsín (en uno de los puestos clave de ese período) primero fue secretario de Defensa (1983-1986) y luego estuvo al frente del Ministerio. También ocupó ese cargo en las administraciones de Fernando De la Rúa (2001) y Eduardo Duhalde (2002-3). Como diputado, fue autor de ley de Reestructuración de las Fuerzas Armadas.

 

Fuente: 

Diario Clarín 3/7/2011

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