La historia vandalizada

El daño infligido por vándalos a dos muestras montadas en espacios abiertos muestra una deuda de la ciudadanía con su patrimonio.

La imagen de las láminas en las que aparecen los congresales «decapitados», en el paseo de la Independencia, a menos de una cuadra de la Casa Histórica, impacta más por su contenido simbólico que por el hecho material en sí. Lo mismo pasa con una de las ilustraciones de la muestra del muralista e historietista Rep sobre el Bicentenario que está montada sobre la calle 24 de septiembre al 300, que ha sido tajeada esta semana por algún vándalo anónimo. En la secuencia dañada aparece Bernardino Rivadavia hablando por cadena nacional, anunciando el acuerdo concertado con la Baring Brothers. Lo más probable es que el tajeador anónimo poco sepa de ese episodio de nuestra historia que aparece como un hito en las tensiones entre «nacionalistas y extranjerizantes»; y que ese tajo- como los que se les hicieron a los «congresales decapitados» – no hayan sido nada más que un divertimento para él, o para ellos.

Una lectura rápida de ambas situaciones lleva a concluir acerca de dos cuestiones: a) si hacemos abstracción de que los bienes vandalizados son bienes culturales, podemos inferir que se repite, una vez más, la evidencia de que a los tucumanos les cuesta apropiarse del espacio público; 2) si se afina la mirada, y se observa que la tajeada fue «la Historia», el problema, que hasta ahora era un problema «cívico», se transforma, además, en uno educativo. ¿Cómo explicar, sino, que después de la «inyección» de Bicentenario que se vivió este año en la Argentina esas muestras den que hablar porque a los próceres los han vandalizado, y no por la experiencia cultural que estas propuestas implican por sí mismas, como relatos de la Historia? En realidad, las dos cuestiones son una sola: los que hicieron el tajo no la sienten a la historia como patrimonio propio.

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Hace menos de un mes, el 9 de Julio, el director nacional de Museos, Alberto Petrina, estuvo en Tucumán. Y entonces le dijo a LA GACETA que el patrimonio no es un objeto de museo: y que para que sea tal, debe ser reconocido, y apropiado por la comunidad; también dijo que las cuestiones relativas al patrimonio no son exclusivas de funcionarios, sino de la comunidad que se apropia de ese patrimonio. De eso, en Tucumán hay sobradas pruebas, y la ley 7500 (de protección al patrimonio cultural) es un ejemplo en esa dirección. Precisamente, por esa ley, que fue el producto de una «comunidad movilizada» es que se pusieron a salvo algunas joyas arquitectónicas como el edificio de la ex dirección de Rentas, en San Martín y Maipú, y cuyo destino final es ser un espacio cultural, administrado por la Caja Popular de Ahorros. En la misma entrevista con LA GACETA, Petrina ampliaba el rango de lo que tradicionalmente entiende por patrimonio. «La gente acostumbra pensar que sólo los edificios coloniales son monumentos. Hay que avanzar hacia edificios de otros períodos que también forman parte de la memoria colectiva», apuntó Petrina. Es, precisamente, lo que les pasó hace días a los luleños, cuando se movilizaron para tratar de preservar la chimenea del viejo ingenio Mercedes, a la que ellos reconocían como parte de su paisaje cultural. Hay quienes dicen que la estructura estaba tan dañada que ya no le quedaba más destino que la piqueta. Es posible, pero ese episodio remite a la discusión que se generó en Tucumán en el año 2000 cuando otra piqueta derrumbó los perfiles de lo que había sido la cervecería Norte, en Catamarca y avenida Sarmiento. En el presente, el terreno sigue vacío, apenas acompañado por otro edificio del que ni el Estado ni «la comunidad» se han apropiado: el del viejo edificio de la termoeléctrica Sarmiento, al que se le adjudicó la pomposa función de «Centro para la Juventud», y que ahora es una silueta del Tucumán arquitectónico del siglo XX, con sus espacios amplios y sus ventanales rotos. En Rosario, o en Córdoba, ese edificio ya habría sido reaprovechado.

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Las deudas que el Estado exhibe en cuestión patrimonial son más sutiles de lo que parece: es innegable que el Ente Cultural está desarrollando un trabajo de recuperación de sus museos: pero lo que falta, lo que se extraña, es la cuota de creatividad necesaria como para ahondar en la comprensión que el patrimonio no son sólo los bienes tangibles, sino, como señalan Petrina y otros expertos, aquellos que dejan una huella en la memoria colectiva, y que en muchos casos son simbólicos.

No es casual que los luleños hayan intentado preservar su chimenea, como una señal de la historia del azúcar. Precisamente, los especialistas tucumanos en cuestiones patrimoniales reconocen que en Tucumán es materia pendiente la construcción de un «itinerario del azúcar», de un museo del azúcar. Cierto que para eso se necesita prespuesto; pero mucho menos que los $100 millones que se han pactado para la nueva Legislatura, y que, se espera, se convierta en la gran obra del Tucumán del siglo XXI, y que haga honor a la propuesta de transparencia dispuesta por la empresa constructora, acaso en un callado homenaje al Parlamento alemán, en el que Norman Foster privilegió en lo constructivo la luz, la transparencia, como una analogía con la transparencia política y ciudadana.

por Nora Lía Jabif

 

Fuente: 

Diario La Gaceta 30/7/2010

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