La historia del primer estudiante del Buenos Aires asesinado por la Triple A

40 años en una imagen El autor hizo su primera foto periodística en el entierro de Eduardo “Roña” Bekerman, el 23 de agosto de 1974. Susy llora sin comprender, los demás entonan la marcha peronista, una rara mezcla de judaísmo y militancia montonera invade el cementerio de La Tablada la fría mañana del 23 de agosto de 1974. Es el entierro del Eduardo Bekerman, El Roña, primer asesinado del Nacional Buenos Aires.

 Lo mató la Triple A en Quilmes mientras preparaba un acto para conmemorar la masacre de Trelew. Tenía 18 años. Hijo único, desordenado, brillante, nada romántico, militante tenaz y un poco irascible, empezó muy chico en el Frente de Lucha de Secundarios, pero en el ‘72 se hizo peronista. Para estar cerca del pueblo, decía. Cada promoción tenía su nombre. El Roña pertenecía a Espermito73. Raúl Aragón, el más querido Rector después de Amadeo Jacques, encontró un artilugio para velarlo en el Colegio: seguía siendo estudiante, ya que tenía dos materias previas. Un silencio sepulcral reemplazó ese día al griterío adolescente. El inmenso claustro con sus mármoles y bronces parecía un atrio albergando un cajón envuelto en la bandera argentina. El viaje al cementerio en micros escolares fue largo. La caravana atravesó despacio una ciudad hostil y peligrosa. El ‘74 fue un año de rupturas por causas políticas. Mientras se organizaba el tradicional campamento, la UES decidió hacer uno propio en Salta. El resto marchó a Lago Verde: participamos más de 200 y fue el último. Luego de que Perón echara a los “imberbes” de la Plaza, el 1de mayo, muchos se radicalizaron y optaron por la lucha armada. Dejamos de vernos. En mi caso, fui un pésimo militante. Me afilié a la Federación Juvenil Comunista a los 12, recién ingresado al Colegio. El mandato familiar obligaba: hijo de comunistas, hermano de comunistas, todos daban por sentado que la Lucha era lo mío. En primer año fui responsable político, en segundo de organización, en tercero de prensa. Mi caída en la estructura partidaria era constante año tras año. Mentí sobre mi formación militar y sin saber disparar un arma llegué a responsable de autodefensa. Tras un acto en el Luna Park tuve que sortear el cordón policial con un bolso repleto de revólveres. Fue demasiado. Pedí la baja. Entrar es fácil, pero irse no tanto. “Ya que te gusta la fotografía, ¿no querés trabajar en Juventud?”, me dijeron. La revista de la Fede tenía su redacción en Uruguay y Bartolomé Mitre. Me dieron una credencial, una cámara Praktica (orgullo de la tecnonología comunista), unos rollos y a la calle. La foto que ilustra esta página es la única que conservo de ese período. Un amigo hoy me escribe tratando de comprender esa época. La foto dice, evoca en mí el sentimiento de irrealidad que teníamos frente a la muerte. Era como estar en una película, una aventura llena de inconciencia, como si estuviéramos jugando un juego donde éramos los protagonistas, llenos de furor y adrenalina. Los ideales, sí. Pero había mucho más, o menos. Un adormecimiento de los sentimientos, una anestesia, una fuga hacia adelante. Se lloraba poco, se entendía menos, no se sentía apenas. El asesinato del Roña nos impactó profundamente. Éramos casi niños, pero el juego había terminado. por Dani Yako Fuente: 

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Diario Clarìn 24/8/2014

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