La historia del muñeco de madera sin «edulcorantes pedagógicos»

Carlo Collodi escribió la novela por entregas para saldar deudas de juego. El texto original no excluye el terror ni lo oscuro. El final moralizante fue obra del editor y no del autor. Con ilustraciones Carlo Chiostri, realizadas en 1901. Había una vez… ‘¡Un rey!’, dirán enseguida mis pequeños lectores. No, muchachos, se han equivocado. Había una vez un pedazo de madera. No era una madera lujosa, sino un simple pedazo de leña, de esos que en invierno se meten en las estufas y en las chimeneas para encender el fuego y calentar las habitaciones.» Así, con un calculado paso en falso que niega lo que un segundo antes afirma, empieza esta historia. Y desde el principio deja en claro que a diferencia de otros clásicos, nada de reyes esta vez. El cuento, por el contrario, empieza con una humilde maderita cuya función, en todo caso, es dar calor. Pero la maderita habla. Y lo hace por primera vez cuando un viejo carpintero, cuyo nombre es maese Antonio, aunque todos lo llamaban maese Cereza a causa de su nariz brillante y violácea, decide convertirla en pata de una mesa. «No me golpees tan fuerte», implora la maderita como si tal cosa. Este es el comienzo poco reconocible de un cuento tradicional: el de Pinocho. Sucede que este párrafo corresponde a la versión original del relato sobre el muñeco que desea convertirse en niño y a quien le crece la nariz cuando dice mentiras (esta última es, en verdad, una anécdota inexacta). 

Para conocer la verdadera historia, tal como la escribió por entregas el italiano Collodi a fines del siglo XIX, es necesario leer Las aventuras de Pinocho, que acaba de reeditar Galerna (la primera edición fue de 2002). La traducción es de Guillermo Piro, quien además se encarga de escribir un prólogo casi tan delicioso como el texto que viene después. Y para completar la fiesta, se incluyen los dibujos de Carlo Chiostri, quien les dio a los personajes una fisonomía que ni el propio Disney logró triturar años después bajo su factor y donde se expulsa lo extraño, lo rebelde, lo oscuro.  ¿En qué piensa alguien cuando evoca a Pinocho? «Es la historia de un muñeco de madera que, después de una serie de desventuras, se convierte en un niño de carne y hueso», es posible responder. Piro va más allá. Y considera que «el asunto es que, ya como muñeco, Pinocho es un niño de verdad; y probablemente ese sea el motivo por el que ha ejercido fascinación en tantos niños, que nunca son suficientes, y en tantos adultos, obligados a leerlo a la noche, en voz alta, mientras prestan atención a los libros de afuera, a los aullidos que vienen del exterior, que invariablemente prefieren confundir con el maullido de un gato». Y es que ser alguien «de verdad», capaz de transformarse en quien se desea a pesar de la adversidad, puede resultar un proceso doloroso para cualquiera, sea de madera o carne palpitante. Si el libro atrapa, es también porque está lleno de aventuras fantásticas, que conviven y se hermanan con lo cotidiano. Hay además toda una corte de animales, como el Zorro, el Gato y el Grillo, que cumplen funciones más cercanas a la fábula: son compañeros de aventuras pero también pueden convertirse en malandrines que tientan a Pinocho para que abandone la ruta del bien. Y esa ruta, para el muñeco, es la que lleva a la escuela para aprender a leer. En ese sentido, es interesante lo que apunta Alberto Manguel en el sitio web Letras Vivas: «Pinocho se convierte en un niño bueno que ha aprendido a leer, pero Pinocho no se convierte en lector.» Y no lo hace porque, para el muñeco, leer es un proceso mecánico por el cual se aprende un código pero los libros, en este relato, no son una forma de conocer el mundo. Por el contrario, en un momento uno de los personajes los arroja como alimento a los peces, que los devuelven como si nada nutritivo hubiese ahí. En esta historia tampoco hay niñas con las que jugar. Es un universo masculino donde los varones juegan solos. Sí hay un Hada. Pero es multiforme: aparece como La Niña Muerta (es entendible que Tim Burton le haya hincado el diente a la historia y esté a punto de llevarla al cine, al igual que Guillermo del Toro), como la Señora de los Animales, y luego de un breve lapso convertida en mujer voluptuosa y maternal, se transforma en cabra azul. Tan azul como sus bucles, que son el único rasgo que permanece inalterable. Chiostri ilustró a Pinocho en 1901 y completó la imagen de un ilustrador anterior, Enrico Mazzanti –autor de los dibujos originales–, que le había dado al personaje su aspecto payasesco, con el trajecito floreado de clown blanco y el sombrero en punta. Chiostri parece haber leído el libro hasta en sus ínfimos detalles antes de poner manos a la obra. El resultado son unos grabados cuyos detalles crean un sistema de signos propios y sutiles, una suerte de historia paralela que hay que ir observando con atención, como el caso del juez Gorila que mira sobre sus anteojos con la displicencia de los verdaderos funcionarios. Uno de los riesgos que asumió Chiostri fue dibujar a Pinocho de frente, con esa nariz retráctil (y              Carlos Collodi eréctil, según apunta Piro), que crece cuando miente pero también cuando se mete en situaciones graciosas, cuando tiene hambre o cuando está en presencia de su Hada polimorfa. Collodi se llamaba en realidad Carlo Lorenzini. Nació en Florencia en 1826 y murió en 1890. Fue seminarista, voluntario que luchó contra el absolutismo del mariscal austríaco Radetzky en la primera guerra de la independencia italiana y, finalmente, se transformó en funcionario de gobierno que, como buen burócrata, aprovechó su tiempo libre para dedicarse a la literatura. Si bien escribió obras de teatro y cuentos románticos, es mundialmente conocido sólo por este relato.  Un librero amigo lo introdujo en el mundo de la literatura infantil y empezó a publicar por entregas la historia de Pinocho en el Giornale per i Bambini. En verdad, lo hizo más por necesidad que por inspiración ya que había acumulado varias deudas: para horror de las maestras jardineras, Collodi también era jugador. La historia apareció entre julio y octubre de 1881. El autor decidió que Pinocho muriera, al igual que varios de los otros personajes. Los pequeños lectores quedaron pasmados y llovieron las cartas deplorando la repentina desaparición del héroe. El director de la revista revisó el asunto y anunció, finalmente, en la sección «Correspondencia» que «un muñeco, un fantoche de madera como Pinocho, tiene los huesos duros  y no es fácil enviarlo al otro mundo». Las nuevas aventuras comenzaron a publicarse en 1882 hasta el año siguiente. Piro apunta, sin embargo, que según la leyenda, el final donde Pinocho se convierte en niño bueno no fue decisión del autor sino del editor, a quien le gustaban los finales con moraleja explícita.  Con esta versión original de Pinocho, los lectores tienen la posibilidad de sumergirse en un mundo que no le huye al terror, a la fantasía ni a la oscuridad. Este cuento corrió hasta ahora la misma suerte que las versiones originales de otros relatos tradicionales que sólo con los años fueron suavizando sus sombras para que los más chicos pudieran leerlos antes de dormir. En este caso, no sólo eriza la piel que haya muertes y traiciones o que Pinocho dé con sus huesitos duros en la cárcel. Lo que inquieta, sobre todo, es que se trata de una historia que vuelve sobre un asunto esencial: quién se es, quién se quiere ser, quién se puede ser.  I. Calvino: «no nos imaginamos el mundo sin pinocho» Pinocho tiene 100 años. La frase suena extraña. En dos sentidos: por una parte, no logramos imaginar a un Pinocho centenario; por otra, resulta natural pensar que Pinocho haya existido siempre: no nos imaginamos un mundo sin Pinocho. Y, sin embargo, la exactitud bibliográfica exige que Pinocho comenzara a existir contemporáneamente a un nuevo semanario, el Giornale per i bambini, dirigido por Ferdinando Martini, que precisamente en su número inicial (Roma, 7 de julio de 1881) publicó la primera entrega de La historia de un títere, de Carlo Collodi.  Cien años, una fama extendida a todo el planeta y a todos los idiomas, la capacidad de sobrevivir indemne a los cambios del gusto, de las modas, del lenguaje, de las costumbres, sin conocer nunca períodos de eclipse o de olvido (y en un campo tan sujeto al desgaste de las estaciones como el de las lecturas infantiles); luego, un círculo cada vez más vasto de cultores incondicionales entre críticos y autores de la literatura «adulta» y el consiguiente ensancharse de la bibliografía pinochológica: ¿Qué falta a este balance para calificarlo de triunfal? Esto: el lugar que en cien años Pinocho se ha ganado en la historia literaria es, ciertamente, el de un clásico, pero el de un clásico menor, mientras es hora de decir que debe considerársele entre los grandes libros de la literatura italiana, algunos de cuyos componentes necesarios, sin Pinocho, faltarían. (Fragmento de Pinocho o las andanzas de un pícaro de madera, de Ítalo Calvino.  por Ivana Romero Fuente: 

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Diario Tiempo Argentino 18/1/2013

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