La historia de amor que se eternizó en un tango

José María Contursi conoció a Gricel en 1935. Siete años después le dedicó la canción que lleva su nombre. Y terminaron juntos en 1967.

Podría haber sido el argumento de una telenovela de Alberto Migré. O el de un radioteatro con actores como Jorge Salcedo y Julia Sandoval. Y hasta el entramado de una novela romántica de Corín Tellado. Pero la historia no sólo es muy real sino que se convirtió en un símbolo dentro del mundo del tango, esa poesía musical de Buenos Aires que se hizo universal. El título de la leyenda tiene apenas seis letras: Gricel. Susana Gricel Viganó tenía quince años (había nacido el 15 de abril de 1920) cuando su amiga Nelly Omar la llevó a ver una actuación suya, en vivo, en el auditorio de LS8 Radio Stentor. Era una de las 20 emisoras que había en la Ciudad. Estaba en Florida 8, en pleno centro porteño. Ellas se conocían porque la familia Viganó había vivido un tiempo en Guaminí, los pagos de Nelly. Por entonces la joven Gricel estaba radicada en Capilla del Monte, Córdoba, donde sus padres tenían una hostería y una estación de servicio. Su belleza impactaba: su mamá era de origen alemán y ella había heredado ese cabello rubio y unos soñadores ojos azules. En 1935 el locutor de la radio se llamaba José María Contursi, pero en la noche porteña lo conocían como Catunga. Era un verdadero dandy. Hijo de Pascual Contursi (uno de los pioneros del tango canción), José María había heredado aquella capacidad para escribir versos. Tenía 24 años, ya se había casado con Alina Zárate y era papá de una nena. Sin embargo, cuando le presentaron a Gricel su vida cambió para siempre. Dicen que aquello fue de ida y vuelta porque la chica también quedó encandilada con ese joven de buen “empilche” y buena “parla”. Pero ella se volvió a Córdoba y él siguió en Buenos Aires. Algunos cuentan que hubo cartas entre ambos. En 1938, Catunga tenía problemas de salud y otra vez Nelly Omar fue quien le sugirió ir un tiempo a las sierras para recuperarse. Obviamente, el lugar era Capilla del Monte y la hostería de los Viganó. El romance se hizo realidad pero fue de corto alcance: él se volvió a su ciudad; ella vio que su ilusión se rompía como un cristal. Entonces, empezó el calvario. En 1939 José María escribió “Quiero verte una vez más” (un verso hasta afirma que ansía morirse para olvidarla). Fue el comienzo para una serie de angustias que está en sus obras. De 1941 son “En esta tarde gris” ( Qué ganas de llorar en esta tarde gris/ en su repiquetear la lluvia habla de ti ), “Sin lágrimas” ( Ya ves, mis ojos no han llorado / para qué llorar lo que he perdido/ pero en mi pecho desgarrado, sin latidos, destrozado/ va muriendo el corazón ) y “Toda mi vida” ( No sé porqué te perdí/ tampoco sé cuándo fue/ pero a tu lado dejé toda mi vida/ y hoy que estás lejos de mí y has conseguido olvidar/ soy un pasaje de tu vida nada más ). En 1942 el lamento por aquella mujer (ella había formado una pareja y tenía una hija de ese matrimonio) ya tuvo su nombre. “No debí pensar jamás/ en lograr tu corazón/ y sin embargo te busqué/hasta que un día te encontré/ y con mis besos te aturdí/sin importarme que eras buena/ Tu ilusión fue de cristal/ se rompió cuando partí/ pues nunca… nunca más volví/ ¡qué amarga fue tu pena!” , dice la letra de “Gricel”. Un año después, aparecían “Sombras nada más” y “Cada vez que me recuerdes”. Y en 1945 “La noche que te fuiste” y “Garras” ( Ansias de vivir para tu amor/ y no poder.. ) Gricel seguía presente pero lejos. En 1957 Catunga quedó viudo: murió la mujer con la que había tenido cuatro hijos. Ella también estaba sola: su marido la había abandonado. En 1962, el bandoneonista Ciriaco Ortíz actuó en Capilla del Monte y le contó que José María estaba sin pareja y viviendo en una gran depresión con mucho alcohol. Gricel vino a Buenos Aires y el reencuentro fue una realidad. Se casaron en Córdoba el 16 de agosto de 1967: él tenía 56 años; ella, 47. Fue una ceremonia religiosa porque ella sólo estaba casada por civil. El matrimonio duró hasta el 11 de mayo de 1972 cuando Contursi, abatido por los rigores de su vida anterior, murió en ese pueblo cordobés en el que se habían instalado para siempre. Gricel vivió dos décadas más. Pero esa es otra historia. por Eduardo Parise Fuente: 

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Diario Clarín 7/10/2013

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