La herida sigue abierta por la masacre de Napalpí

El Ejecutivo Nacional, el Congreso Nacional y la Justicia tienen para con los tobas y mocovíes del Chaco una deuda que desde hace 88 años busca justicia y reparación. La deuda se originó cuando en la mañana del 19 de julio de 1924, en el marco de la primera y única huelga agraria aborigen que conoce el país, centenares de hombres, mujeres y niños de aquellas etnias fueron masacrados por fuerzas policiales del antiguo Territorio Nacional del Chaco.

La masacre tuvo lugar en los campos de la Reducción de Napalpí, actual Colonia Aborigen Chaco, ubicada a unos 100 kilómetros de la capital chaqueña, Resistencia.Como ya lo hiciera con Napalpí, la herida abierta, en mi libro Napalpí, próximo a lanzarse, con prólogo de Luis Landriscina, presento nuevos detalles de aquella matanza. De enorme impacto nacional en su momento, con el tiempo y con la complicidad oficial aquella tragedia se fue diluyendo en el olvido y en la impunidad. INTERPELACIÓN PARLAMENTARIA. En histórica interpelación parlamentaria, Vicente S. Gallo, ministro del Interior de Marcelo T. De Alvear, debió comparecer ante el Congreso Nacional por aquel hecho. La sesión extraordinaria se inició a las 12 de la noche y terminó a las 6 de la mañana dvel 4 de septiembre de 1924. A lo largo de seis horas el diputado socialista Francisco Pérez Leirós fue denunciando, con pruebas palmarias, “hechos que parecen propios de la pesadilla de un loco”.“El país reclama justicia –dijo el legislador –: debemos aparecer ante el mundo como nación civilizada que castiga a los bárbaros. El Gobierno debe demostrar que no quiere manchar sus prestigios por la acción de hombres que por encontrarse a 1000 kilómetros de Buenos Aires creen que pueden proceder como se procedía en un  feudo hace 500 años.” Como corolario de la interpelación, dos proyectos de resolución fueron presentados. Uno pedía la inmediata destitución del mafioso gobernador del Chaco, Fernando Centeno, cuya gestión fue sintetizada con estas palabras: “Muy malos gobiernos hemos visto en el Chaco, pero como el de Centeno, os juramos que ninguno.” El otro proyecto reclamaba la constitución de una comisión parlamentaria de siete miembros para investigar “cuántos fueron realmente los indios que murieron en el ataque de Napalpí”. PIADOSA TIERRA QUE TODO LO CUBRE. Se hizo la votación. El radicalismo hizo pesar su mayoría y los proyectos de la bancada socialista fueron rechazados. Consecuentemente no hubo comisión investigadora ni exoneración para el gobernador Centeno, a quien Alvear mantuvo en su cargo.  Días después de la referida interpelación del 4 de septiembre de 1924, a pedido del diputado nacional Francisco Pérez Leirós, se añadió al Diario de Sesiones de aquel día un extenso informe titulado “Los sucesos de Napalpí”. El documento, a cuyo autor para protegerlo de las represalias de Centeno sólo identificaron como “una persona autorizada que ha hecho una prolija investigación sobre la pretendida sublevación indígena”, empezaba diciendo: “Ya me encuentro en el teatro de los sucesos, donde me encuentro con que el caso es mucho más grave de lo que uno imaginaba. Los indios mataron a un francés, al peón de un tal González y robaron en un  rancho abandonado por los dueños. Es lo único cierto que he sabido que hicieron. En cambio la policía, en número que no debe haber bajado de ochenta hombres, a las 8 de la mañana del 19 de julio sitió la toldería que se decía amotinada. Tiraron unos cuatro mil tiros, luego ultimaron a los heridos y degollaron a varias de las víctimas. Llegaron al extremo de cortar los testículos a uno y a otros las orejas, las que pusieron en exhibición en la comisaría de Quitilipi. Parece que no escapó ninguno y el número de muertos, entre los cuales hay mujeres y niños, no puedo darlo todavía.”  Informes posteriores elevaron la cantidad de muertos a centenares por cuanto después de la masacre numerosas partidas policiales siguieron internándose en los montes para ultimar a los sobrevivientes que encontraran allí escondidos, cuyos cadáveres quemaban. Las denuncias sobre Napalpí fueron archivadas y permanecieron ocultas en las entrañas de la Cámara de Diputados de la Nación hasta que, setenta años después, los desenterró otro legislador, el chaqueño Claudio Mendoza. Hasta hoy, como las piadosas tierras que cubrieran las fosas comunes en que arrojaron a las víctimas, la impunidad sigue cubriendo la masacre de Napalpí. En 2005, amparadas en el nuevo concepto legal de que los crímenes de lesa humanidad no prescriben, los tobas y mocovíes presentaron una demanda por 116 millones de dólares contra el Estado Nacional, en concepto de reparación histórica. El expediente está en el Juzgado Federal de Resistencia. ¿Habrá alguna vez justicia para los inmolados en Napalpí y sus descendientes, o a la injusticia del crimen se añadirá la injusticia del olvido?.  Fuente: 

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 Diario Tiempo Argentino 17/7/2012

Informacion Adicional: 

Murió Melitona, última sobreviviente de la Masacre de Napalpí

Noviembre 14, 2008 por Laura Barrera Quiero desde este espacio rendir un humilde homenaje a Melitona, en el profundo deseo de respeto, defensa y protección para las comunidades originarias de nuestro país y de América Latina. A los 107 años de edad, se apagó la vida de Melitona Enrique, la última sobreviviente de la Masacre de Napalpí, símbolo de la reivindicación social y cultural que los pueblos originarios reclaman desde hace siglos. Este año fue homenajeada, en un acto que no logró sin embargo acallar las voces de los reclamos aborígenes. En esa oportunidad, el secretario general del Instituto del Aborigen Chaqueño (IDACH), Egidio García, dijo que la Masacre de Napalpí es aún “una herida abierta”. García destacó que “se deben cumplir los derechos emanados de nuestra Constitución ya que el 70 por ciento de los 60 mil aborígenes de las etnias toba, wichí y mocoví que habitan el territorio chaqueño viven en condiciones de extrema pobreza”. La Masacre de Napalpí El gobernador chaqueño, Fernando Centeno, ordenó: “Procedan con rigor para con los sublevados”. El 19 de julio de 1924, a la mañana, la policía rodeó la Reducción Aborigen de Napalpí, de población toba y mocoví, y durante 45 minutos no dejaron descansar los fusiles. No perdonaron a ancianos, mujeres ni niños. A todos mataron y, como trofeos de guerra, cortaron orejas, testículos y penes, que luego fueron exhibidos como muestra de patriotismo en la localidad cercana de Quitilipi. Los asesinados fueron más de 200 aborígenes que se negaban a seguir siendo explotados, que reclamaban una paga justa para cosechar el algodón de los grandes terratenientes. Para justificar la matanza la versión oficial esgrimió “sublevación indígena”. Era el mismo período de las masacres de obreros en la Patagonia, años en los que en el norte argentino solía hablarse de rebeliones indígenas para justificar el asesinato de pobladores originarios que resistían su inclusión definitiva a un mercado de trabajo que exprimía vidas a bajo precio. “ El 12 de octubre de 1922, Marcelo T. de Alvear había reemplazado en la presidencia a Hipólito Yrigoyen y el Territorio Nacional del Chaco ya se perfilaba como el primer productor nacional de algodón. Pero en julio de 1924 los pobladores originarios toba y mocoví de la Reducción Aborigen de Napalpí a 120 kilómetros de Resistencia se declararon en huelga: denunciaban los maltratos, la explotación de los terratenientes. Los ingenios de Salta y Jujuy ofrecieron mejor paga. Hacía allá intentaron ir los pobladores, pero el gobernador Centeno prohibió a los indígenas abandonar el Chaco. El indio no podía trabajar su propia tierra, su única alternativa era seguir cosechando como esclavo, pero igual se resistía. El 18 de julio, y con la excusa de un supuesto malón indígena, Centeno dio la orden. A la mañana del 19 de julio, 130 policías y algunos civiles partieron desde la localidad de Quitilipi hasta Napalpí. Después de 45 minutos de disparar los Winchester y Máuser a todo lo que se movía, hubo silencio y humareda de los fusiles. Los heridos -fueran hombres, mujeres o niños- fueron asesinados a machetazos. El periódico Heraldo del Norte recordó, a finales de la década del 20, el hecho: “Como a las nueve, y sin que los inocentes indígenas hicieran un sólo disparo, hicieron repetidas descargas cerradas y enseguida, en medio del pánico de los indios (más mujeres y niños que hombres), atacaron. Se produjo entonces la más cobarde y feroz carnicería, degollando a los heridos sin respetar sexo ni edad”. Textos de Pedro Solans y Carlos Díaz indican que el total de víctimas fue de 423, entre indígenas y cosecheros de Corrientes, Santiago del Estero y Formosa. El 90 por ciento de los fusilados y empalados eran tobas y mocovíes. Algunos muertos fueron enterrados en fosas comunes, otros sólo quemados.Se estima que lograron escapar 38 niños. La mitad fueron entregados como sirvientes en Quitilipi y Machagai, mientras el resto murió en el camino. También se salvaron 15 adultos, entre ellos Melitona, una de las pocas mujeres que tuvo la fortuna de no ser violada. El 29 de agosto –cuarenta días después de la matanza–, el ex director de la Reducción de Napalpí Enrique Lynch Arribálzaga escribió una carta que fue leída en el Congreso Nacional: “La matanza de indígenas por la policía del Chaco continúa en Napalpí y sus alrededores; parece que los criminales se hubieran propuesto eliminar a todos los que se hallaron presente en la carnicería del 19 de julio, para que no puedan servir de testigos si viene la Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados”. En el libro “Napalpí, la herida abierta”, el periodista Vidal Mario detalla: “El ataque terminó en una matanza, en la más horrenda masacre que recuerda la historia de las culturas indígenas en el presente siglo. Los atacantes sólo cesaron de disparar cuando advirtieron que en los toldos no quedaba un indio que no estuviera muerto o herido. Los heridos fueron degollados, algunos colgados. Entre hombres, mujeres y niños fueron muertos alrededor de doscientos aborígenes y algunos campesinos blancos que también se habían plegado al movimiento huelguista”. Un reciente microprograma de la Red de Comunicación Indígena destaca: “Se dispararon más de 5000 tiros y la orgía de sangre incluyó la extracción de testículos, penes y orejas de los muertos, esos tristes trofeos fueron exhibidos en la comisaría de Quitilipi. Algunos muertos fueron enterrados en fosas comunes, otros fueron quemados”. En el mismo audio, el cacique toba Esteban Moreno, contó la historia que es transmitida de generación en generación. “En las tolderías aparecieron soldados y un avión que ametrallaba. Los mataron porque se negaban a cosechar. Nos dimos cuenta que fue una matanza porque sólo murieron aborígenes, tobas y mocovíes, no hay soldados heridos, no fue lucha, fue masacre, fue matanza, por eso ahora ese lugar se llama Colonia La Matanza”. La Reducción de Napalpí -palabra toba que significa lugar de los muertos- había sido fundada en 1911, en el corazón del Territorio Nacional del Chaco. Las primeras familias que se instalaron eran de las etnias Pilagá, Abipón, Toba, Charrúa y Mocoví. El corresponsal del diario La Razón, Federico Gutiérrez, escribió en julio de 1924: “Muchas hectáreas de tierra flor están en poder los pobres indios, quitarles esas tierras es la ilusión que muchos desean en secreto”. Fuente: www.blogsdelagente.com

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