“La Guerra Fría fue ridícula: los rusos creíamos que Occidente vivía en la miseria”

La historia y la cultura rusa son de una riqueza inusitada. Un pueblo que fue constructor de grandes narrativas y laboratorio de ideas políticas carga en su alma y su estilo de vida huellas únicas.

Escritor y filósofo, Vladimir Kantor creció en Moscú durante la Guerra Fría. De adolescente leyó a Dostoievski; luego, además de haber publicado dos libros y muchos artículos sobre él, la revista francesa Le Nouvel Observateur consideró a Kantor uno de los 25 pensadores más grandes de la actualidad, justamente como “continuador legítimo de la obra de Dostoievski”.

Kantor visitó semanas atrás la Argentina, una geografía cercana a su historia personal. Es que su bisabuelo decidió emigrar con su familia a nuestro país luego de leer a Sarmiento. Aquí nació su padre. Su tía fue la poeta Lila Guerrero, también traductora de la obra de uno de los poetas emblemáticos de la revolución rusa, Vladimir Maiakovski. Por esa inesperada mezcla en su sangre, su mirada nos acerca una realidad lejana y compleja, muchas veces estereotipada.

¿Qué rasgos tiene lo que suele definirse como “mentalidad rusa”? Se percibe a Rusia a través del prisma de mitos e ideas vagas. Yo considero que la conquista por los tártaro-mongoles, en el siglo XIII, resultó ser la mayor catástrofe de nuestra historia. Tres siglos bajo ese yugo estamparon su huella horrible sobre la mentalidad rusa. Aún no pudimos superar todas las secuelas de un yugo que quitó el hábito de trabajar para uno mismo, porque los resultados quedaban para los conquistadores. Aunque se ha recuperado la propiedad privada sobre la tierra, el pueblo todavía sigue rechazándola psicológicamente. Si la tierra pertenecía al Khan, para el paisano era de nadie, de Dios, de todos o, al fin de cuentas, del Estado. Otra huella tiene que ver con la arbitrariedad ilimitada. Las autoridades tenían todos los derechos. Los súbditos sólo tenían obligaciones. En Rusia hay una larga historia de sometimiento, en la que la personalidad es ninguneada y siempre dominan los intereses del Estado. Los bolcheviques se aprovecharon de este rasgo de la psicología nacional.

¿A qué atribuye lo que se caratula como el mesianismo ruso? Fue alimentado por el aislamiento. Mientras cambiaban los zares y las estructuras sociales, el mesianismo mantuvo su énfasis: estamos solos, pero somos poderosos porque llevamos la luz de la verdad eterna y la soledad es la peculiaridad de los profetas. Por eso fue tan fácil la victoria de los bolcheviques. El delirio mesiánico ganó muchos adeptos entre los intelectuales, y así nació el utopismo ruso, un futurismo que rechazó la vida de hoy y de mañana en nombre de la vida de pasado mañana. La utopía tenía una idea de sacrificio: sacrificarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos, no para que vivan bien los nietos, sino los bisnietos. Un mañana normal no podía sucederle a un presente tan irreparable. Igual aparecían las ilusiones de un hermoso futuro, atravesando las “montañas del tiempo”, como poetizó Maiakovski.

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¿Están cambiando esos rasgos? No es una pregunta fácil. En el siglo XV no se podía imaginar que en este país iba a aparecer un poeta tan humanista y europeo como Pushkin en el siglo XIX, pero surgió y con él apareció una clase social que empezó a vivir sumergida en la cultura, abierta a todas las corrientes europeas. Y quizás esto haya sido más importante que muchas reformas sociales, ya que las reformas surgen por el impulso de esos grupos.

¿Siguen vivos los clásicos rusos? La influencia de los clásicos (no importa que sean rusos o argentinos) llega a un grupo reducido de gente. Cuando me otorgaron el premio Heinrich Böll, de la fundación que mantiene el espíritu comprometido del ganador del Nobel, viví seis meses en su casa en Alemania. Un amigo quiso verme. Le expliqué dónde estaba y ni quiso escuchar, diciéndome “los vecinos me van a orientar”. Durante horas caminó por el pueblito y nadie le pudo decir dónde estaba la casa de Böll. Todos conocían al carnicero y al mueblero con el mismo apellido, pero no se acordaban del escritor. Igual, la cantidad de conferencias sobre Dostoievski es similar a las que hay sobre Shakespeare. En junio fui a un congreso sobre Dostoievski en Nápoles, con investigadores de varios países, Argentina incluida. Estudiar los clásicos rusos se ha hecho tan normal como estudiar la literatura griega antigua.

En la literatura rusa hay nihilismo y misticismo. ¿Dostoievski y Tolstoi son dos polos del “alma rusa”? Dostoievski habla de los horrores del nihilismo en una de sus mejores novelas, “Los endemoniados”. Tolstoi no fue místico. Sus coetáneos le reprochaban demasiado racionalismo. Se negó a creer en la resurrección de Jesús y escribió su propio evangelio racional, sin lugar para los milagros. Pero es importante hablar del nihilismo y misticismo rusos. Porque hoy el misticismo se vuelve una forma de la conciencia de masas. Es un misticismo cotidiano, como creer en las predicciones astrológicas. El nihilismo está en las almas rusas en forma de renuncia a su propia gran cultura; así es el posmodernismo ruso.

De Tolstoi a Alexander Solyenitzin, los escritores rusos parecen haber tenido gran predicamento.

No sobre las masas. Las masas siempre han leído poco. En el mejor de los casos, leen una literatura pseudopopular. La influencia de los escritores rusos se extendía sobre la gente instruida. Para esa clase, la Biblia fue reemplazada por la literatura. La poesía rusa se hizo la segunda iglesia, reemplazando la religión ortodoxa estatal y su fe burocrática. De la misma forma como el cristianismo influyó a la humanidad, creando gente civilizada a partir de los bárbaros, la literatura rusa, criada a base de la religión ortodoxa culta, resultó ser un factor de la lucidez humanista en la mentalidad rusa. En la Rusia del siglo XlX, sin libertad de expresión, la literatura se convirtió en la única tribuna de la cual se escuchaba la voz de libertad. El escritor fue al mismo tiempo historiador, politico, economista y periodista. En la época soviética, Solyenitzin estuvo en la misma situación. No sólo lo amaban como a un buen escritor, sino como la voz de la conciencia libre. Hoy la situación es diferente. Hay libre expresión y la literatura es sólo literatura. Ya no hay profetas.

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¿Es Rusia un Estado europeo? La emperatriz Catalina impulsó reformas diciendo: “Rusia es un Estado europeo”. Titulé un libro mío con esa frase. Si Rusia no sigue el camino europeo, no va a ninguna parte.

¿Es fuerte el nacionalismo ruso? El nacionalismo en Rusia fue fuerte, pero no tanto como en Alemania o Francia, de donde procede. Los gobernadores rusos razonables (Pedro el Grande, Catalina la Grande, Alejandro I, Alejandro II) quisieron abrir el país a todos los idiomas y religiones. Los grandes pensadores rusos fueron enemigos del nacionalismo. Pero después de la Segunda Guerra Mundial, Stalin introduce el principio del nacionalismo, declarando al pueblo ruso el más grande del mundo, y lo hace predicar desde los primeros días de escuela. Muchos creyeron. Excepto los intelectuales, que lanzaron una frase sarcástica: “Rusia es la patria de los elefantes”.

Rusia fue cuna de las vanguardias artísticas, hasta que Stalin impuso el realismo socialista y la censura.

Es así. El vanguardismo ruso (Maiakovski, Tatlin, Malevich) influyó a Occidente como el vanguardismo occidental (Rimbaud, Whitman, Picasso) influyó a los rusos. La influencia de la vanguardia rusa coincidió y fue reforzada por la revolución, que parecía una forma nueva de existencia de los seres humanos. Las innovaciones de Stalin en el campo del arte (el realismo socialista y la censura) se parecieron muchísimo al programa estético de los nazis.

Usted nació en la URSS en 1945. ¿Cómo recuerda la Guerra Fría? La recuerdo como algo ridículo y triste. Estábamos convencidos de que Occidente vivía en la miseria y compadecíamos a los pobres de Europa Occidental y Estados Unidos. Incluso juntábamos nuestros andrajos para mandarlos a los vecinos occidentales más pobres. La cortina de hierro era absolutamente cerrada e impenetrable. Creíamos que nuestro país defendía a todo el mundo y hacía todo para que viviéramos mejor que la gente en otros países. Cuando algo no andaba bien, siempre se decía que era una “provocación burguesa”. Mi madre era genetista. Y la genética fue declarada pseudociencia burguesa, así que mi madre perdió su trabajo. A mi padre judío lo declararon cosmopolita burgués; estuvo perseguido y hasta 1957 no pudo ejercer su oficio. Así fue la política que le tocó a mi familia. Pero tuve otras perspectivas: mi tía, la poeta argentina Lila Guerrero, nos mandaba ropa para toda la familia pidiéndonos disculpas por haberla comprado en liquidaciones. Y esa ropa era superior a que la que se vendía en las mejores tiendas de Moscú. Mi padre fue amigo de varios presos políticos escritores que habían vuelto de los campos de concentración soviéticos. Después de leerlos ya no podías creer en la propaganda soviética. Y aparecieron cantautores críticos. No hubo ni una sola ventana de la cual no se escucharan esas voces, ráfagas de libertad. El choque más grande para la ideología soviética vino desde las canciones populares.

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Stalin llamó a la literatura “ingeniería del alma”. ¿Cómo la usó? En época de Stalin, la literatura inculcaba a la gente que todos eran tornillos del Estado.

¿Qué quedó del comunismo? El pueblo siempre concibió al comunismo como un principio de igualdad. Pero en la Unión Soviética nunca hubo comunismo como régimen social. Siempre estuvo la exigencia de someterse a la ideología y al poder soviético. Al desaparecer la ideología quedó un poder sin sacralidad, con un aparato represivo que ya no funciona como antes. Es decir, quedó una idea en el pueblo y el deseo del gobierno de recrear las estructuras soviéticas.

por Claudio Martyniuk. Traducción de Daria Denisova.
 

Fuente: 

Diario Clarín 13/2/2011

Informacion Adicional: 

¿Qué es la Guerra Fría?:

El término “guerra fría” fue por primera vez utilizado por el escritor español Don Juan Manuel en el siglo XIV. En su acepción moderna fue acuñado por Bernard Baruch, consejero del presidente Roosevelt, quién utilizó el término en un debate en 1947 y fue popularizado por el editorialista Walter Lippmann.

Este concepto designa esencialmente la larga y abierta rivalidad que enfrentó a EE.UU. y la Unión Soviética y sus respectivos aliados tras la segunda guerra mundial. Este conflicto fue la clave de las relaciones internacionales mundiales durante casi medio siglo y se libró en los frentes político, económica y propagandístico, pero solo de forma muy limitada en el frente militar.

El motivo de que la “guerra fría” no se convirtiera en “caliente” fue la aparición del arma nuclear. Antes de la bomba, la guerra era, como afirmó Clausewitz, la continuación de la política por otros medios, tras Hiroshima, la confrontación directa entre las potencias llevaba a la catástrofe general.

Los crecientes arsenales nucleares que las superpotencias fueron acumulando impidieron una guerra directa que nadie hubiera ganado, sin embargo, EE.UU. y la URSS y sus aliados utilizaron la intimidación, la propaganda, la subversión, la guerra local mediante aliados interpuestos…

Iniciada de forma clara y definitiva en 1947, tras un rápido proceso de deterioro en las relaciones de los antiguos aliados, la guerra fría alcanzó su cenit en 1948–53. Tras diversos períodos de distensión y enfrentamiento, la llegada de Gorbachov al poder en la URSS desencadenó un proceso que culminará con la desintegración de la URSS en 1991. La guerra fría había concluido.

Fuente: www.historiasiglo20.org

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