La Guerra Civil, a 75 años de un capítulo oscuro que marcó para siempre a España

La Guerra Civil española fue un acontecimiento vivido en nuestro país con una intensidad sólo comparable a la que generó posteriormente la Segunda Guerra Mundial. Era yo un pibe de escuela primaria cuando comenzó la de España y recuerdo como muy notable esa intensidad. Hasta en nuestros patios escolares se reflejaba el modo en que los argentinos se dividieron de acuerdo con los dos bandos en pugna, porque en los juegos éramos “leales” y “rebeldes” . Porque condicionados por lo que escuchábamos en nuestras casas, algunos estábamos en favor de la República y éramos en consecuencia leales, mientras otros -rebeldes- se pronunciaban en favor de las fuerzas comandadas por el general Franco.

 En los cafés de la Avenida de Mayo, los partidarios de uno y otro bando se agredían de vereda a vereda. Ya a comienzos de julio de 1936 la vida española había alcanzado el más alto grado de crispación. Los conflictos sociales, plasmados en oleadas de huelgas, abarcaban los más variados gremios hasta culminar en el gravísimo conflicto de la construcción en Madrid. Más de ochenta mil trabajadores pertenecientes a la Unión General de Trabajadores y a la Confederación Nacional del Trabajo estaban en paro desde el mes anterior. Un esfuerzo solidario mantenía a las ochenta mil familias de los huelguistas.

 

Ataque. Una de las fotos más famosas de la Guerra Civil, tomada en Barcelona por
Agusti Centelles.

El acoso del proletariado confederal y la agresividad del ala izquierda del socialismo -personificada en Largo Caballero- que repudiaba al gobierno burgués (sic) que presidía Santiago Casares Quiroga, creaban un clima de anormalidad frente al cual el gobierno se debatía sin la energía y el rigor necesarios para darle a la vida ciudadana un discurrir civilizado y democrático. En el campo andaluz las huelgas de segadores se acompañaban con la ocupación de tierras, resultante de las urgencias de unas expropiaciones prometidas en la reforma agraria cuya lentitud exasperaba al campesinado. Si la situación social era tensa, no lo era menos el clima político. Anti-fascismo y antimarxismo dividían a una población para quien el adversario era ya un enemigo. La calle no era segura y la vida cotidiana sufría los sobresaltos de una situación en la que la convivencia se hacía cada vez más precaria . Paros, manifestaciones, desfiles, peticiones para el Socorro Rojo culminaban en atentados.

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En la Cámara de Diputados, los duelos oratorios entre derechas e izquierdas que protagonizaban Casares Quiroga y Calvo Sotelo eran de una violencia verbal amenazante. No obstante, el país mantenía apariencias de normalidad en el vivir de cada día, y al calor del verano, las multitudes aprovechaban los días festivos para irse a la sierra, al campo o a la playa. En todo caso, se contaba todavía con el vigor que le daba la presencia viva de Ortega y Gasset, Unamuno, Marañón y Baroja. Escritores como Pérez de Ayala, Ramón Gómez de la Serna, Azorín; poetas como Salinas, Guillén, Lorca, Alberti, Aleixandre, sentían la influencia de la politización que había invadido la vida en general y que hacía cada vez más patente la división entre las dos Españas.

A modo de resumen podría decirse que las ansias reivindicativas del proletariado habían sido frustradas por una República que ellos calificaban de burguesa. La derecha, por su parte, veía amenazados sus privilegios y se apoyaba en el desorden existente para clamar por una solución de fuerza.

En aquella radicalización de actitudes que llevaba a los jóvenes de las Juventudes de Acción Popular a integrarse a la Falange de José Antonio Primo de Rivera, y a los socialistas a engrosar las Juventudes Socialistas Unificadas bajo el control comunista de Santiago Carrillo, el único punto de coincidencia era el de barrer a la República, el de acabar con cualquier forma democrática de gobierno.

Unos, bregando por un estado totalitario; los otros, por la dictadura del proletariado .

El martes 14 de julio, las primeras páginas de todos los periódicos de España traían, en destacados titulares, la muerte violenta del teniente Castillo y, a renglón seguido, la desaparición y posterior hallazgo del cadáver de Calvo Sotelo, cabeza visible de la oposición. Una tremenda conmoción sacudió al país. Aquellas dos muertes presagiaban el quiebre de los últimos puentes de convivencia. Aquel día, un estremecimiento de pánico afectó a las clases altas de España. En las dependencias policiales se formaban largas filas de personas en espera de conseguir pasaportes. La idea de estar en vísperas de acontecimientos decisivos se apreciaba en las caravanas de coches que salían de Madrid, muchos de ellos dirigiéndose a Portugal.

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El Gobierno hizo pública la siguiente declaración: “El Consejo de Ministros, ante los hechos de violencia que han culminado en la muerte del oficial de seguridad, señor Castillo, y del señor diputado Calvo Sotelo, hechos de notoria gravedad y cuya execración tiene que formular con las más sinceras y encendidas protestas, se ve en el caso de hacer una declaración pública en el sentido de que procederá inmediatamente, con la máxima energía y la severidad más clara, dentro de los preceptos de la Ley de Orden Público, a tomar aquellas medidas que demanden la necesidad de mantener el espíritu de convivencia y el respeto más elemental a los derechos de la vida”. El líder socialista Indalecio Prieto publicó un artículo en el cual señalaba: “Si la reacción sueña con un golpe de Estado incruento como el de 1923, se equivoca de medio a medio. Si supone que encontrará al régimen indefenso, se engaña. Para vencer habrá que salvar el valladar humano que le opondrán las masas proletarias. Será una batalla a muerte, porque cada uno de los bandos sabe que el adversario si triunfa, no le dará cuartel. Aun habiendo de ocurrir así, sería preferible un combate decisivo a esta continua sangría”.

Que un hombre de la lucidez de Prieto hubiera llegado a estas conclusiones en aquel momento crítico, demuestra el escalofriante grado de fatalismo con que el país estaba dispuesto a ir a una guerra civil, creyendo que de ella iba a salir la solución de sus males. Cada cual creía, ilusoriamente, en un triunfo rápido de su propio bando. El día 15 tuvo lugar el sepelio de las dos víctimas. El del teniente Castillo, en el cementerio civil; el de Calvo Sotelo, en la Almudena. Al despedirse el duelo, hubo choques entre los asistentes. Gritos, puños cerrados y brazos en alto marcaban un foso insuperable.

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En la tarde del 17, los más alarmantes rumores empezaron a circular aludiendo a una sublevación militar en Marruecos. El rumor, en las calles de las ciudades peninsulares, hizo arrancar los vespertinos de las manos de los vendedores, pero ninguno hacía mención de los sucesos. La misma tarde del 17 hubo Consejo de Ministros. Al salir de la reunión y acuciado por los periodistas que inquirían noticias sobre el presunto levantamiento, el presidente del Gobierno, Casares Quiroga, pronunció las siguientes palabras: “¿Así que me dicen que los militares se han levantado? ¡Pues yo me voy a acostar!” Sin embargo, ya había comenzado la rebelión y mediante un decreto, el gobierno dio de baja a varios generales, entre ellos Franco. Pero ya era tarde y, a partir del 18 de julio de 1936, la tragedia cubriría por tres años todo el territorio de España, transformado en un campo libre y de ensayo para que los futuros aliados del Eje de la Segunda Guerra Mundial, Alemania e Italia, probaran sus armas, frente a la URSS. Claro está, el millón de muertos de esos choques pertenecía al pueblo español, revalidando así el famoso epitafio de Larra: “Aquí yace media España, murió de la otra media”.

por Albino Gómez, periodista, escritor y diplomático

Fuente: 

Diario Clarín 14/7/2011

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