La explosión de la casa de San Vicente

Un día después del secuestro del escritor, una patota de la dictadura destruyó y saqueó su casa. Roberto Moreno era vecino del lugar y narró por primera vez ante un tribunal sus impresiones de ese día: la bomba que no dejó nada en pie, la presencia de los soldados.

Eso pasó, le dijo Roberto Moreno al Tribunal. “Yo salí afuera para ver y enfrente estaba todo lleno de soldados. Cuando intento salir, uno me mete para adentro y me dice que apague las luces. La explosión me asustó, pero eso me asustó el doble.”

Roberto Moreno se dio cuenta veinte años más tarde, leyendo los diarios, de que ese vecino al que le explotaron la casa se llamaba Rodolfo Walsh. Operario, Moreno es habitante todavía de la calle Triunvirato del partido de San Vicente, una calle a la que la comuna le puso el nombre del periodista, escritor y militante. Moreno declaró por primera vez sobre la explosión que sacudió la última casa de Walsh al otro día del secuestro, el 26 de marzo de 1977. Su testimonio abrió la audiencia de ayer en el juicio por los crímenes en la Escuela Mecánica de la Armada.

Moreno llegó a los tribunales federales a pedido de la querella del colectivo de Justicia Ya! encabezado por Myriam Bregman. Ella inició el ping pong de preguntas y respuestas con las que intentó hacer recordar todos los detalles posibles de esa vieja foto, observada por muchos vecinos que nunca hablaron e incluso muchos de los cuales están muertos.

“Yo estaba preparándome para ir a trabajar”, empezó el hombre. En San Vicente todavía funcionaba el tren y Moreno se alistaba para tomar el de las cinco y cuarto. Pero a las cuatro y media de la mañana “escucho un par de explosiones, y como en esa época la zona no era muy habitada, nos conocíamos todos, salgo a ver qué pasaba”.

–¿Cómo era ese ruido que sintió? –indagó Bregman después.

–Una explosión –dijo él– que hizo vibrar los vidrios de la casa, como si hubiese explotado no sé, una garrafa.

Moreno tenía la casa a unos 140 metros de Walsh. Vivía con su mujer y sus hijos. Los chicos se despertaron y nadie pudo salir de la casa hasta las diez de la mañana. Pese a eso, fue diciendo, media hora después de la explosión empezó a escuchar los ruidos de los soldados que se iban. A esa hora se acercó a la casa explotada con uno de sus vecinos, el Flaco Paso –explicó–, que tenía un caballo, “lo dejó atado en el potrero, y nos acercamos, pero había una consigna que no nos dejó pasar”.

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En ese momento supieron que habían puesto una bomba. La casa estaba prácticamente destruida. Alrededor había pocos lotes ocupados. El paisaje antes y después era de un descampado. El vecino aparentemente fue quien le sacó algo de información al consigna. “Mirá –le dijo–, pusieron una bomba, no sabemos bien por qué, se llevaron todo, no quedó nada. No hay heladera, no hay nada.”

Las querellas le preguntaron por los soldados, si eran del Ejército o tenían alguna identificación. Moreno no se acordó. Sólo mencionó una pick up verde con techo de lona verde, que estaba enfrente de la casa.

En la casa de la calle Ituzaingó y Triunvirato hasta hacía poco tiempo había vivido un matrimonio joven, explicó, con los que Moreno tenía cierta relación de vecinos. Un día supo que se mudaban a Lomas de Zamora o a Adrogué. Y a pesar de que la casa no tenía carteles, en el barrio se sabía que estaba en venta, señaló cuando la defensa de los represores, esta vez, quiso saber cómo es que había llegado Walsh allí. Según su relato, Walsh llegó al barrio pocos meses antes del bombardeo, tal vez el año anterior.

“Yo viajaba mucho, así es que no estaba mucho en el barrio, pero después vi a este señor varias veces, casi siempre lo veía solo. Tenía un changuito para los mandados. Pero la verdad es que muchos años después supe quién era. Una vez, durante unas vacaciones mías, que me quedé más tiempo, veinte días en la casa, él venía y se ponía a conversar. Yo por ahí cortaba el pasto o estaba haciendo algo, y él se paraba y me decía: ‘Me gusta el barrio’. Siempre me hablaba de los animales, de los pájaros, de los perros. Una vez lo vi pasar con una mujer.”

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–¿Cómo supo quién era su vecino? –preguntó Bregman.

–Tomé conocimiento de que este señor era mi vecino en el ’96, con un articulo del diario Clarín en el que hablaba el diputado (Antonio) Arcuri. Saca una nota, como él era de San Vicente, leo la nota, y leo que le habían bombardeado la casa.

Moreno se puso en contacto con Arcuri en ese momento. Arcuri le preguntó si podía mostrarle el lugar y le preguntó por los vecinos. Pero ellos ya se habían olvidado, dijo, porque la casa ya estaba ocupada otra vez.

El domicilio estuvo mucho tiempo deshabitado. Habían quedado tres paredes solamente y el techo, señaló. Todo había quedado destruido. Hasta que un día se empezó a decir, dijo, parece que se está mudando gente. Los nuevos ocupantes de la casa de Walsh reconstruyeron la casa.

Moreno no sabía mucho más. No, la verdad es que no escuchó ruidos de autos o de motores antes de la explosión, dijo. Solo media hora después, cuando abandonaron el lugar. Sus hijos en ese momento estaban llorando, la casa con todas las luces apagadas. No pensaron prenderlas ni hacer mucho más, dijo, “por el miedo que teníamos”.

Bregman le preguntó si estaba en condiciones de reconocer al vecino, como una y otra vez Moreno nombró a Walsh, a quien le costaba llamarlo por su nombre y al que mencionó incluso como Welsh cuando tuvo que nombrarlo. Antes de acercarle las fotos que terminó reconociendo, el presidente del Tribunal Oral Federal 5 le preguntó si se acordaba de algunas características físicas del vecino. Moreno se acordó. Dijo que tenía anteojos. Que siempre andaba con los anteojos, pero había veces que no los usaba. “Me llamaba la atención –explicó–, porque por lo que veía era bastante importante el aumento.”

En esas cuatro o cinco veces en las que cruzaron conversaciones de vecinos en la calle notó que no era canoso, un hombre con muy poquitas canas, más bien, no mucho pelo, tampoco era pelado. Tenía un lacio, común, un poco largo tal vez. “Más largo de lo que se usaba, más para una persona grande, pero más allá de eso era una persona normal.”

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Al final a Moreno se lo nota contento. “Aquí estoy para cualquier otra cosa”, le respondió al Tribunal cuando lo despidieron. Escaleras arriba, lejos ya del subsuelo enterrado donde se llevan a cabo las audiencias, todavía seguía pensando. Tenía un nombre, decía. Era un apodo, pero no me acuerdo.

Un día antes de la explosión, Walsh salió con Lilia Ferreyra, su compañera, de la casa a tomar el tren de las 12. El escritor se encontró ese día con el martillero que les había vendido la casa, que les entregó el boleto de compraventa. Lilia y Rodolfo se separaron en Constitución y quedaron en verse a las cinco de la tarde o en San Vicente. No volvieron a verse.

Según la investigación judicial, el saqueo de la casa incluyó muebles, artefactos, objetos personales, documentación y en particular el material literario y periodístico de Rodolfo Jorge Walsh. Entre el material estaba la carta que le escribió a su hija María Victoria, recuperada después a través de Lila Pastoriza, secuestrada en la ESMA. Copias de la Carta Abierta a la Junta Militar, Carta al Coronel Roualdes (que condujo el operativo de fuerzas conjuntas en el que murió María Victoria), textos de sus memorias, borradores de proyectos de textos literarios, carpetas con páginas de su diario personal, carpeta con borradores de una novela, documentos internos de Montoneros, archivos periodísticos y varios cuentos, entre otros “Juan se iba por el río”, inédito, que fue visto dentro de la ESMA.

por Alejandra Dandan

Multimedia: 

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La voz de Rodolfo Walsh, leyendo «Esa mujer»

Fuente: 

Diario Página/12 8/10/2010

Informacion Adicional: 

Bibliografía:
Rodolfo Walsh – El violento oficio de escribir. Obra periodística 1953-1977 – Planeta. Buenos Aires, 1995

Publicado en Página/12 el 25/3/1998

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