La ejecución del héroe de las invasiones inglesas

El 26 de agosto se cumplen 200 años del fusilamiento de Santiago de Liniers, el héroe de la Reconquista. Días de Historia rescató el artículo que Francisco N. Juárez escribió para La Nación: «Un agosto trágico. La ejecución del héroe de las invasiones inglesas».

¿Por qué Santiago de Liniers desperdició la popularidad ganada en la Reconquista, no cumplió la promesa de retirarse a Cuyo, compró en cambio la estancia que fue de los jesuitas en Alta Gracia y hasta planeaba explotar las minas de Famatina? ¿Por qué ese encumbramiento patrimonial de otoñal sosiego que cambió por darle pelea a la Revolución de Mayo? Antes evitó enfrentar a la junta de Sevilla donde absolver cargos contra su virreinato interino y eludió la intimación de Cisneros. ¿Por qué enfrentar esa otra Junta puesto a la cabeza de tropas que alistaba en Córdoba? El documento que lo sentenciaba es del 28 de julio de 1810 y rezaba: «La Junta manda que sean arcabuceados don Santiago de Liniers, don Juan Gutiérrez de la Concha, el obispo de Córdoba (que salvó la vida y era Rodrigo Antonio de Orellana), don Victorino Rodríguez, Coronel Allende (Santiago Alejo) y el oficial real don Joaquín MorenoÉ sin dar lugar a minutos».

Después de todo, Liniers era un francés al servicio de España, pero siempre mirado con recelo por los súbditos de la Corona por convicción o interés. Como Martín de Alzaga, beneficiario del régimen, comerciante acaudalado y negrero, y con particular odio por los franceses. Lo demostró en 1795 siendo alcalde de primer voto: denunció una conjura de franceses y mandó apresar al sastre Andrés Despland y al relojero Santiago Antonini. Presenció las torturas aplicadas a Antonini. Allanó lo que suponía el cuartel general de los subversivos: la quinta de don Isidro Lorea arrendada a la Real Fábrica de Pastillas de los hermanos Liniers (producto -fracasado- de carne disecada en discos precursores de las hamburguesas). El allanamiento y la indagación fracasaron, pero el odio de Alzaga quedó sellado. Se acrecentó con la Reconquista y no cedió cuando compartieron la segunda defensa de 1807. El encono mayor devino del trono virreinal del francés y la conjura urdida por Alzaga del 1º de enero de 1809 de la que terminó desterrado en Carmen de Patagones con otros sediciosos.

Bastó que Liniers entregara el mando a Baltasar Hidalgo de Cisneros y que una nave de Elío rescatara en Patagones a Alzaga y sus compinches, para que -en agravio a Liniers- el virrey accediera al regreso de los desterrados.

A fines de marzo de 1810, Cisneros intimó por última vez a Liniers a presentarse ante la Junta de Sevilla y durante abril armó disposiciones para el viaje (hay documentación y una biografía de Paul Groussac que lo señala). En San Nicolás aguardaría el falucho Fama para abordar el bergantín Belén con proa a Montevideo donde la corbeta Descubierta disponía «la comodidad y distinción que es correspondiente a su rango». Liniers adujo problemas financieros que solucionó el gobernador de Córdoba, pero ya sin excusas, optó por quedarse. Tras la Revolución de Mayo nuevamente se sintió el salvador de la corona española. Quedó atrapado y perdió la oportunidad de salvar la vida.

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Desenlace y enigmas
Transcurrían los últimos días de julio cuando el ejército auxiliador acampaba cerca de Córdoba al mando de Francisco Ortiz de Ocampo. No había arribado la orden de arcabucear a los enemigos de la Junta; sólo era válido tomarlos prisioneros.

El 31 de julio de 1810, Liniers y sus compañeros de rebeldía huían de la capital mediterránea ilusoriamente hacia el Perú. Ignoraban que serían ajusticiados en el Monte de los Papagayos, cerca de Cabeza de Tigre, Córdoba, casi en el límite con Santa Fe.

En Paso de Ferreyra, Ortiz de Ocampo se enteró de la fuga y creyó tranquilizar a la Junta por oficio. Avisa la partida del mayor general Antonio González Balcarce en la persecución, pero el oficio no salió. El 5 de agosto, el comisionado de la Junta en ese ejército, Hipólito Vieytes, lo retomó a las 8 de la mañana para agregar precisiones: dijo que Chiclana, con la noticia de la partida de los fugitivos, sin entrar en Córdoba y por otro camino, «sigue los pasos de los prófugos bien cerca». La orden de fusilamiento llegó después, pero el 5, Balcarce con sus hombres -75 en total- sin dormir por tres noches, pudo montar recién a las diez y media. La caótica fuga de Liniers -en El Totoral desertaron los casi 300 soldados y oficiales que llevaba y se incendió el carro de pólvora- concluyó la noche del 6 al 7 de agosto camino del norte en Las Piedritas, cerca de El Chañar, acompañado del canónigo Llanos y dispersados los demás fugitivos. El 7, desde la posta Pozo de Tigre (lejos de Cabeza de Tigre), Balcarce escribió a Ocampo un dramático relato del apresamiento consumado por el joven e irritable ayudante de campo José María Urien.

Liniers había apoyado en el pecho de Urien una escopeta de dos tiros y gatilló. Pero el arma falló y Urien salvó la vida para ser por unos días el insaciable mortificador de Liniers.

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Lejos de esa escena, Ocampo, aconsejado por el deán Funes, desoyó la orden de fusilar y lo asumió solitario en la comunicación a la Junta del 10 de agosto. Buena parte de los historiadores -Fregeiro, Groussac, entre otros- coinciden en que las demás autoridades del ejército auxiliador también cedieron. Pero el texto anónimo sobre estos sucesos, que defiende a los ajusticiados y apareció en Montevideo en enero de 1812 -que se atribuye al canónigo Llanos-, sostiene que ni Balcarce ni Vieytes quedaron conformes con la determinación de Ocampo y «mandaron al cirujano de su ejército Juan Madera disponer un veneno» que remitieron a Los Ranchos, un campamento de los prisioneros. Ya habían partido y a su vez la patrulla que demolió pingos desde Buenos Aires, encabezada por Juan José Castelli, Nicolás Rodríguez Peña y el coronel French, los encontró en Cabeza de Tigre, donde se produjo el fusilamiento. El anónimo no sólo dio cuenta del plan de Balcarce y Vieytes, sino que consignó la captura del envío que Ocampo hizo analizar por un boticario. También cómo increpó a Vieytes y éste admitió el envío, «pues V.M. no quiso dar cumplimiento a las órdenes que traía». No es casual que en el suceso coincidan Castelli, Rodríguez Peña y Vieytes, los tres jacobinos de los cuatro primeros autoconvocados en el partido de la independencia. Otros relatos no exentos de crueldad y exageración corrieron por entonces y fue el del presbítero Pedro Alcántara Giménez el que, entre otros detalles, dio cuenta del pistoletazo con el que el coronel French remató a Liniers. Era una revolución, y la tragedia quedó rodeada de secuelas extrañas y sombrías leyendas. El deán Funes discutió acaloradamente en Buenos Aires con su igual Manuel Alberti (también sacerdote y miembro de la Junta), que murió horas después a causa de la ofuscación. Curiosamente era el único de la Junta que no suscribió la sentencia contra Liniers y Funes, partidario de que no fuera cumplida.

Salvado el obispo Orellana y enterrados con descuido los abatidos junto a una capilla de Cruz Alta, se dijo que en un árbol, con las iniciales de los inhumados se talló la palabra C.L.A.M.O.R. El canónigo Llanos o quien resulte el autor del anónimo, vio la talla: era L.R.C.M.A., es decir, algo posible, porque no incluye la «O» del obispo que salvó la vida aunque permaneció preso en Luján hasta su reivindicación. Una casualidad dio con los restos en 1861 y, confundidos, se enterraron en Paraná. Según Groussac, al reclamar los restos España, los descendientes protestaron porque Liniers, suponían, hubiera actuado de otra manera de haber conocido el alcance de la Revolución de Mayo.

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Por Francisco N. Juárez
 

Fuente: 

Diario La Nación 29/7/2001

Informacion Adicional: 

Relato escrito por Paul Groussac sobre el fusilamiento de Santiago de Liniers:

A las dos y media de la tarde, Castelli mandó cumplir la orden de la Junta. En un descampado del monte, los reos fueron puestos en línea, a cierta distancia uno del otro, al frente de la tropa formada. Después de vendarles los ojos, los piquetes de ejecución se adelantaron a cuatro pasos, teniendo cada cual su blanco humano. En el universal silencio de aquella soledad, percibíanse algunos respiros angustiosos. Al levantarse la espada de Balcarce, todos los fusiles se bajaron, apuntando al pecho: hubo dos terribles segundos de espera para asegurar el tiro, y luego, al grito de ¡fuego! Un solo trueno sacudió el bosque, y los cinco cuerpos rodaron por el suelo. Algunas aves huyeron de los árboles, y fue el único estremecimiento de la naturaleza impasible por la muerte de los que habían mandado provincias y conducido ejérecitos. Fueron rematados individualmente los que se retorcían aún en horribles convulsiones, y se dice que a French, soldado de la Reconquista, le tocó descargar su pistola en la cabeza del Reconquistador.
De orden de Castelli, los cadáveres fueron llevados en carretillas a la Cruz Alta, y enterrados en una zanja que abrieron al lado de la iglesia algunos húsares de Pueyrredón. Al día siguiente, cerciorado de que los ejecutores habían emprendido la vuelta a Buenos Aires, un fraile de la Merced, teniente cura de parroquia, exhumó los cadáveres para darles más cristiana sepultura. Dejándolos separados, puso sobre la tumba una sola cruz con las iniciales de los apellidos, según el orden que los cuerpos ocupaban: L.R.C.M.A. “para que pudieran sus familias recoger las reliquias de tan ilustres víctimas”.
(…) Al fin en 1861, un hallazgo fortuito hizo dar con los restos, que fueron exhumados y, confundidos esta vez para siempre, depositados provisionalmente en un sepulcro en Paraná. El cónsul de España los reclamó en nombre de su gobierno. Descansan hoy en el Panteón de marinos ilustres de San Carlos, juntas en la gloria como lo fueron en el infortunio.
 

Fuente: Paul Groussac – Santiago de Liniers – Ediciones Estrada – Buenos Aires, 1943

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