La dueña de los secretos de Jorge Bergoglio

Era una testigo clave de la historia de Jorge Mario Bergoglio, el Papa argentino. Pero se llevó los secretos a la tumba. De todas formas, jamás hubiera abierto la boca porque era extremadamente discreta. Y seguramente tenía muchas anécdotas para contar del medio siglo que lo trató y asistió. Aunque no solo anécdotas, sino pasajes de la historia reciente, desde que Bergoglio llegó al arzobispado porteño, en 1992, hasta su elección como Papa, en 2013, lapso durante el que recibió a una incontable cantidad de políticos, dirigentes empresarios, sindicalistas y, en fin, a personalidades de los más diversos ámbitos, a veces en momentos álgidos del país y la Iglesia. Porque era ella la que solía recibir a los visitantes, si bien era su jefe el que, invariablemente, los acompañaba hasta el ascensor cuando se retiraban.

Pero a no llamarse a engaño: no era de esas típicas secretarias que entornan a su jefe, manejan su agenda con puño de hierro y ponen cara de pocos amigos. Que ofician de filtro. Por lo pronto, porque Bergoglio era un arzobispo de puertas abiertas. El mismo tomaba el teléfono y respondía los llamados, concedía las audiencias y las anotaba en una libretita de papel. Ni siquiera le acercaba un té porque él prefería ir hasta la cocina para tomarlo allí, a veces con algún visitante con el que tenía un grado de confianza. Además, con la dosis justa de simpatía que ayudaba a distender a los contertulios novatos, que con cierta prevención se acercaban a un Bergoglio con su característico gesto adusto que mudó a una sorprendente sonrisa como Papa, pero que dio tanto que hablar cuando reapareció durante la primera visita de Macri. Como todos sus colaboradores, tampoco ella marchó a Roma tras su elección papal. Además, no estaba en edad. Aprovechó para jubilarse, pero antes le tocó la tarea de recoger muchos de los papeles de su jefe y cerrar la oficina. Seguramente fue para ella una sensación contradictoria, mezcla de alegría y de nostalgia, que tampoco verbalizó. Se refugió en el anonimato cuando una catarata de periodistas de todo el mundo aterrizaba en Buenos Aires y buscaba casi con desesperación datos sobre el primer pontífice latinoamericano y jesuita. El primer Papa “del fin del mundo”, como dijo el flamante Francisco desde el balcón de la Plaza de San Pedro. Seguía sí, recibiendo los llamados de su antiguo jefe, sobre todo interesado por su salud que empezaba, irreversiblemente, a deteriorarse. Aunque alcanzó a visitarlo en Roma. La vida de María Otilia Sainz, de 80 años, se apagó esta semana en un sanatorio porteño mientras dormía. En la misa exequial en la iglesia de Nuestra Señora de Itatí, en el barrio de Almagro, donde ella era catequista, el cardenal Mario Poli transmitió el gran pesar de Francisco. Una periodista que mucho la quería recordó que una vez, preocupada por la resistencia al Papa de sectores vaticanos, la llamó. Ella le respondió: “Nena, no te hagas problema, cuando estos van, Jorge ya vino quinientas veces”. De esas quinientas veces, Otilia debe haber sido testigo de muchas. Pero sólo habrá que quedarse con ese comentario. El único que se conoció de una mujer discreta hasta el final. La dueña de muchos de los secretos de Jorge Bergoglio. por Sergio Rubín Fuente: 

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clarin.com 24/2/2017

La dueña de los secretos de Jorge Bergoglio
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