La decisión de Tucho

El ex canciller profundiza en el dilema al que fue sometido el dirigente montonero cuando los militares lo obligaron a viajar a México con el objetivo de delatar a la conducción y mantuvieron como rehén a su mujer embarazada.

La disyuntiva era dramática. Mantenerse leal al Movimiento significaba mandar a la muerte a quienes más quería. Conjurarse en su contra equivalía a traicionar a la militancia y perder aquello en lo que había empeñado su vida. La historia es verdadera y una de las más tenebrosas tejidas durante la dictadura militar. Después de reingresar clandestinamente al país, en 1978, Edgar Tulio Valenzuela (Tucho), su compañera María (Raquel Negro, embarazada) y el hijito de ésta (Sebastián) fueron secuestrados en Mar del Plata por una patota del Ejército. Los tres fueron trasladados a la Quinta de Funes, en las afueras de Rosario, donde sometieron a Tucho y a María a optar por una de las dos posibilidades del dilema: traidores vivos o leales desaparecidos para siempre. En esa quinta, un grupo de ex militantes colaboraba con los militares. A Tucho –uno de los seis oficiales mayores de la organización– le plantearon una opción sin solución benigna. Debía viajar a México, acompañando a un grupo de tareas ad hoc del Ejército, tomar contacto con la conducción de Montoneros y abrir el camino para que los militares los asesinaran. Era una sórdida encrucijada. Si no aceptaba la propuesta, matarían a todos: a Tucho, a María, a Sebastián, al fruto del embarazo, a los “quebrados” secuestrados. Si aceptaba viajar y delatar, María quedaba como rehén en la quinta y, como cómplice de la traición, tendría que afrontar su conciencia. Tucho hizo un plan con su mujer: viajaba, pero una vez allí denunciaba a los militares, para que fueran presos quienes lo acompañaban y así dejar en evidencia a quien sería luego presidente, Leopoldo Galtieri, máximo responsable del tenebroso experimento funesino y funesto. Si Tucho viajaba y no cumplía con denunciar a los militares, María le juró que nunca más volvería a verlo. Los protagonistas se enfrentaron así contra el destino. Esta historia la narra, con exactitud y documentación, Rafael Bielsa, en su novela Tucho. La “Operación México” o lo irrevocable de la pasión (Edhasa Novela, Argentina, 2014). Este es el diálogo de Página/12 con el ex canciller, autor del libro. –¿Tucho puede considerarse una novela del género no ficción? –En el prefacio de Música para camaleones, el libro de cuentos de Truman Capote, el autor habla de la “novela verídica”, que muchos críticos habían decretado indigna de un escritor serio. Capote había pasado seis años recorriendo las llanuras de Kansas para escribir A sangre fría. Norman Mailer dijo que el género era “un fracaso de la imaginación”. Comentaristas se quejaron de que la novela “no ficticia” era un fraude. Es posible que yo sea un individuo falto de imaginación, porque creo que efectivamente Tucho es un escrito caracterizado por contar una historia que sucedió en el mundo real, no únicamente en mi cabeza. Dicho esto, lo que escribí es literatura, buena o mala, pero literatura. Los seis años de Capote, en mi caso fueron cinco. Fui a Río de Janeiro, la primera escala rumbo a México de Tucho con la patota, estuve en la habitación del hotel donde se alojó con quien lo había entregado, que era uno de sus mejores amigos. En el Distrito Federal de México, varias veces, lugar donde denunció la maniobra. En La Habana, sitio que fue el escenario en el que se lo sometió a juicio revolucionario por parte de los mismos a quienes había salvado la vida y que terminó con su degradación por “quebrar la doctrina”. En Paso de los Libres, por donde acaso reingresó. En la Quinta de Funes, claro. Muchos hechos me fueron referidos de una o diversas formas por diferentes personas, pero mi Virgilio, el autor de La Eneida que me acompañó al infierno dantesco, fue Jaime Dri, el único sobreviviente de los chupados en la Quinta. –¿Y cómo se acercó a la historia? –Yo tenía referencias sobre ella desde el primer tercio de los ’80. En principio, porque durante años pensé en que yo había estado desaparecido en esa misma Quinta de Funes de los sucesos del libro, entre junio y julio de 1977. Tejí, sin apenas darme cuenta, una ligazón entre mi historia y la de Tucho y María. Después se fue descubriendo que hubo varias “Quintas de Funes”. Las cosas estuvieron congeladas gran parte de los años ’90 por las leyes de punto final y de obediencia debida y los indultos. Después de la remoción de la Corte Suprema menemista, ya en épocas de Néstor Kirchner, se reactivó la llamada causa “Pascual Guerrieri I”. De los exámenes oculares resulta que en la Quinta de Funes no había ningún sótano como aquel donde yo había estado encadenado, ni ninguna habitación como la que habían usado para torturarme, y el baño de la Quinta no se parecía al que yo truncamente recordaba. Más tarde se supo que había una segunda “Quinta de Funes”, llamada “El Castillo”, que tampoco terminó siendo el lugar donde yo había sido trasladado. Hasta que finalmente apareció una nueva “Quinta de Funes”, otra más, “La Calamita”. Allí fue donde estuve. O sea que una de las cosas que me anudaron a la historia que motiva la novela fue la sensación de que habíamos compartido el lugar del horror; aunque que el lugar sea el mismo, no significa que el horror pueda siquiera compararse. Cuando fui testigo de la causa, tuve acceso al expediente judicial, que tiene detalles que no tiene ninguna otra causa que yo conozca, porque hubo un represor que “se dio vuelta”, Eduardo “el Tucu” Constanzo. Lo que él contó una y otra vez, más las entrevistas que pude hacer y las visitas impenitentes a todos los escenarios, fueron la base del libro. –¿Son verdaderas las reuniones entre Tucho y Galtieri? –Absolutamente. Con Jaime Dri, en Panamá, por correo electrónico y hasta telepáticamente estuvimos horas, meses, años reconstruyéndolas. –¿Cuál fue el desafío? –Camus dijo que ser un escritor es saber que no hay otros títulos que los que se comparten con los compañeros de lucha, es ser vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado por la justicia, realizar el trabajo sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos, “… atento siempre al dolor y a la belleza”. Luego están los problemas técnicos… Uno de ellos consistía en tratar de pensar como pensó Tucho en cada uno de los momentos cúlmines de aquel tramo de su existencia. En el Distrito Federal recorrí diez veces la distancia entre el hotel Mayaland y la casa de la conducción de Montoneros, tratando de encontrar el modo en que Tucho resolvió hacer lo que finalmente hizo. Hay unas 70 cuadras de un lugar a otro; las caminé una y otra vez, en la misma época del año que él. A veces parecía que la realidad era mi obsesión, y que lo exterior, los autos, las frutas, los ruidos, eran el relato. Me senté tres o cuatro horas en frente de la que fue su última casa en La Habana, mirando los anchurosos toneles de mar sobre el Malecón que él habría mirado, romper sus arcos y descuadernarse contra el cemento, haciendo el mismo esfuerzo. Era sumamente complejo. Dejó en la Argentina a su mujer embarazada, la mujer con la que por primera vez quiso tener hijos, la mujer que amaba como a nadie antes. Ni siquiera eso nubló su compromiso militante. Y después volvió al país. Era difícil expresar esa pasión por María, por la militancia, por la patria. Esa pasión irrevocable. –Bueno, y también las dudas que Tucho tenía… –¿Cómo no tenerlas? Hay imaginación en esos soliloquios que pongo en boca de Tucho. Pero si uno lee la autocrítica que escribió en Cuba luego del juicio revolucionario, diciéndole a la conducción de Montoneros que agradecía mucho a cada uno de sus miembros el esfuerzo que habrían hecho al degradarlo, dado que habían vencido la tentación de la gratitud porque él les había salvado la vida, se percibe lo que pasaba por su mente. Leída hoy, aquello fue una ironía. Y es seguro lo fue, así me lo parece, con toda modestia. El papel de escritor es inseparable de deberes difíciles, me parece que decía también Camus. Por definición, no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Eso busqué, muchas veces comenzando a tientas. En los diálogos también se plantean las dudas sobre la distancia entre el accionar montonero y el pueblo, el armado de una estructura militar, alejada de los barrios y las fábricas. Hay diálogos y soliloquios sobre el alejamiento entre la conducción y su forma de vida, con los militantes que se la jugaban en la patria. Con respeto, con dolor, muchas veces con el deseo de haber podido no hacerlo… Desde ya que también están las dudas sobre lo que finalmente va a decidir en México: ¿denunciará a la patota o la ayudará a liquidar a la conducción? Creo que esa duda estaba planteada también en Tucho, como lo hubiera estado en mí en sus circunstancias, hasta último momento. –Hay mucha descripción y reflexiones sobre la tortura. –Sí, la ferocidad de la tortura. Cuando el personaje que llamo “Papi” le da la pastilla para terminar con su vida en caso de ser recapturado, Tucho dice: “Esto me trae felicidad, porque resistí la tortura dos veces, pero no sé lo que podría pasar si caigo ahora”. Y en todo se trasluce esa decisión de volver a la patria para, si toca morir, hacerlo donde corresponde y como corresponde. ¡Es que viene con una idea tan descabellada, tan heroica, como es la de rescatar a María de la Quinta de Funes, que es como decir que vuelve para morir! Y eso me consta, porque tuve la chance de hablar con quien estuvo con él antes de emprender, desde La Habana, el viaje de regreso. Es una tragedia, un desenlace trágico. –¿Cómo les va a caer a quienes fueron militantes de Montoneros? –Ah, no sé. Para volver a Capote, me acuerdo de un relato suyo, “La Cote Basque”, el restaurante neoyorquino de la calle 55. En ese texto revela intimidades de amigos suyos que no hubieran debido ser publicadas. Causó un gran revuelo. Cuando alguien se lo recriminó, el escritor se limitó a decir: “¿Qué creían, que estaba con ellos para entretenerlos? Yo soy un escritor”. Parafraseando el sentido, diría lo mismo. Tomé el cuidado de cambiar el nombre de cada uno de los que trabajó para los milicos. Al comienzo de la democracia se los exhibió con sus nombres y apelativos reales, pasando por alto que primero fueron víctimas y luego lo que terminaron siendo. Creo que son cosas que hay que cuidar. Tucho pudo ser un personaje de la Edad de Bronce, un sajón luchando contra los normandos, un ucraniano enfrentando a los nazis durante el cerco de Kiev. Pero fueron con María dos argentinos que protagonizaron un dilema tremendo con aliento universal. Los lectores dirán si logré comunicárselos. por Raúl Kollmann Fuente: 

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Diario Página/12 22/4/2014

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