La chispa de la revolución

El «Grito de Asencio», que da inicio hoy al bicentenario de la revolución, fue un hecho signado por la espontaneidad, liderado por dos caudillos regionales (Pedro Viera, Venancio Benavides), con el apoyo de un alférez de Blandengues, (Ramón Fernández).

En Mercedes. El monumento que lo recuerda, símbolo de la lucha anticolonial. El movimiento traducía el rechazo a la tutela de Montevideo (símbolo del monopolio colonial, los gravámenes opresivos, las «partidas armadas» que intentaban vanamente disciplinar aquel mundo rural), y constituía una mirada esperanzadora a la Junta surgida en mayo de 1810 en Buenos Aires.

El acto de rebeldía se produjo a orillas del arroyo Asencio, en Soriano, y aquellos hombres, reunidos y armados, avanzaron sobre la villa de Mercedes, conquistándola fácilmente. El capitán de Blandengues José Artigas, ­que había desertado de Colonia el 15 de febrero junto al teniente de ese cuerpo de caballería, Rafael Hortiguera, el párroco José María Enríquez de la Peña y siete soldados­, se enteró de la existencia de la protesta armada, cuando estaba en el territorio argentino (1). Viera diría después que era imposible contener la energía libertaria de aquella montonera.

Tres semanas duró el viaje de Artigas, que después se convertiría en primer jefe de los orientales y en el caudillo de la causa federal. En la larga cabalgata por el litoral argentino, hasta que llegó a Buenos Aires, su presencia provocó constantes adhesiones a la causa juntista. En Montevideo, aquella realidad era visualizada con inmensa preocupación. «Cada pueblo por donde pasaba, lo iba dejando en completa sublevación», señalaba un informe militar recibido por el virrey Elío. El 6, Artigas llegó finalmente, a Buenos Aires.

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En la Banda Oriental la rebelión contra Montevideo se expandía. Dice Carlos Machado en su Historia de los Orientales: «a lo largo de marzo (de 1811), brotan por todos lados montoneras, totalizando dos mil insurrectos. Laguna en Belén; el paraguayo Ojeda por Tacuarembó; Delgado en Cerro Largo; el santiagueño Basualdo por el Lunarejo; Bustamante en Maldonado; los Lavalleja en Minas; Rivera en el Yi, Vázquez en San José, Manuel Artigas en Santa Lucía, comandan sus tropas».

«Al mes, justamente de Asencio, ­agregaba Machado­, Artigas está en Paysandú, de regreso. La Junta (de Buenos Aires), lo nombró teniente coronel y prometió ayuda con 5.000 pesos, de los que adelantó solamente 200. Expresa su disgusto por ciertos desmanes provocados por tropas rebeldes en Soriano y su preocupación por la desavenencia que surgió entre Viera y Benavides». (Ver recuadros).

El 11 de abril, en Mercedes, Artigas dio a conocer su primera proclama en la que señaló: «vuestro heroico entusiasmado patriotismo ocupa el primer lugar en las elevadas atenciones de la Exma Junta de Buenos Aires, que tan dignamente nos regentea»; denunció «al fatuo Elío (y a la) tiranía de su despótico gobierno», y convocó a la revolución. «A la empresa compatriotas, que el triunfo es nuestro; vencer o morir sea nuestra cifra; y tiemblen, tiemblen esos tiranos de haber excitado vuestro enojo, sin advertir que los americanos del sur, están dispuestos a defender su patria; y a morir antes con honor que vivir con ignominia en afrentoso cautiverio».

(1) Mientras Washington Reyes Abadie, Oscar H Bruschera y Tabaré Melogno señalan que Artigas estaba en Nagoya, Entre Ríos (Curso de Historia Nacional, 1947); Carlos Machado señala que se encontraba en Santa Fe (Historia de los Orientales, 1973).

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Fuente: 

Diario La República 28/2/2011

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