La búsqueda de sus restos, una novela de misterio

Como en un cuento de misterio, el muerto dejó las pistas para ser encontrado. Poco antes de morir, pobre y enfermo, Miguel de Cervantes escribió un autorretrato rebosante de detalles: nariz corva, la «frente lisa y desembarazada», «los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis», el cuerpo «ni grande, ni pequeño, algo cargado de espaldas». La descripción del prólogo de las Novelas ejemplares es uno de los elementos decisivos que un grupo de investigadores espera aplicar para identificar el cadáver del autor del Quijote, una aventura científica que empezó ayer en un pequeño templo del centro histórico de Madrid.

Técnicos dotados de georradares iban y venían delante del retablo barroco que domina la iglesia del Convento de las Trinitarias Descalzas. En algún lugar de ese edificio habituado al silencio de las monjas de clausura fue enterrado Cervantes en una tumba sin marcar el 23 de abril de 1616. El primer reto consiste en hallar cadáveres de hace casi 400 años. La iglesia original fue reconstruida 30 años después de la muerte del escritor, lo que supuso movimientos de tierra que pudieron haber afectado los enterramientos. El segundo y más temerario, determinar la identidad de los huesos sin la ayuda de muestras de ADN. Los científicos lo ven posible. Además de los elementos descriptivos que legó el propio Cervantes (la nariz corva, los únicos seis dientes, la espalda arqueada), se conocen con bastante precisión las heridas que sufrió en la batalla de Lepanto, en 1571, cuando apenas era un soldado raso en guerra con los otomanos. «Recibió dos disparos de arcabuz en el pecho que le dejaron una marcada lesión en el esternón, y otro en la mano izquierda, que le quedó atrofiada», señaló Francisco Etxeberría, antropólogo forense a cargo del operativo de rescate. El historiador Fernando de Prados añadió sobre la célebre extremidad del «manco de Lepanto»: «Los dedos se quedaron retraídos, en forma de garfios, y al no usar esa mano durante 45 años los músculos se atrofian y generan unas lesiones características en los huesos del brazo. Eso ayudaría a reconocerlo entre otros restos». En sus días finales, Cervantes era un escritor admirado y de cierto éxito, pero vivía en la pobreza en una casa ínfima del viejo Madrid, una zona a la que hoy se conoce como Barrio de las Letras» (porque allí residieron los grandes literatos del Siglo de Oro, como Lope de Vega, Calderón de la Barca y Tirso de Molina). Luchando contra la vejez y la enfermedad, logró concluir Los trabajos de Persiles y Sigismunda tres días antes de su muerte. «Puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, esta te escribo», puso en la dedicatoria a su mecenas, el Conde de Lemos. Su funeral sería un suceso anónimo. Sólo se sabe que se cumplió su voluntad de ser enterrado en el convento de la orden trinitaria, a la que estaba agradecido desde que uno de sus monjes intervino, en 1579, para rescatarlo de los corsarios que lo tuvieron cinco años cautivo en Argel. Cervantes pidió la merced a los trinitarios para poder ser sepultado en un convento que era de monjas y estaba a 200 metros de su casa. Era un privilegio que obtuvo en su condición de soldado mutilado y por los servicios que prestó a la orden. Por eso se cree que sólo unos pocos cuerpos -no más de una decena- permanecen enterrados en el lugar de la búsqueda. Los científicos se ilusionan con que el clima seco de Madrid haya permitido condiciones especiales de conservación. «Podríamos encontrarnos desde una momia que todavía conservase sus rasgos faciales, bastante habitual en enterramientos en subsuelos, o simplemente huesos sueltos», indicó Luis Avial, experto en georradar. Quienes dominan la historia de Cervantes suponen que debe de haber sido sepultado con el sayón de la Venerable Orden Tercera franciscana, a la que pertenecía. Si así hubiera sido, no sería extraño que se conservara al menos algún jirón, lo que podría aportar otro indicio para el reconocimiento. Los técnicos intentaban ayer trabajar con discreción, alrededor de un alboroto de cámaras y periodistas que retrataban una búsqueda cubierta de misterio. Las monjas de clausura que viven en el convento esperaban que el revuelo terminara cuanto antes. «Para ellas, Cervantes es importante, pero esto es como una invasión», explicó el sacerdote Jorge Tulon, experto en exhumaciones en iglesias. Esta semana se buscará identificar las cavidades donde pudieron enterrarse los cuerpos. Con ayuda del georradar y sensores de infrarrojos se tomarán muestras del suelo, de las paredes de la iglesia (donde no se descarta que pueda haber huesos alojados) y hasta de una cripta a la que nadie accede desde 1955. La tecnología que se usa permite obtener una resolución casi óptima hasta dos metros bajo tierra. A partir de esa información se elaborará un mapa 3D del predio, fundamental para diseñar el plan de excavación del subsuelo. Entonces empezará la quijotesca tarea de identificar a Cervantes. ¿Y si aparece, qué? Seguramente Madrid ganará un nuevo atractivo turístico. En el ayuntamiento de la ciudad no pierden de vista que la tumba de William Shakespeare en Stratford-upon-Avon, un pueblo de no más de 20.000 habitantes, acoge a 250.000 turistas al año para ver el monumento funerario del genio de las letras británicas. Prados lo pone en términos más nobles: «La humanidad tiene una deuda con él, que es el padre de la literatura moderna. Démosle la oportunidad de tener una lápida sobre su sepultura». por Martín Rodríguez Yebra Fuente: 

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Diario La Nación 29/4/2014

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