La bandera que no pudo ser izada en Malvinas

El jueves se conmemoró un nuevo aniversario de la designación del primer gobernador argentino en las Islas Malvinas, Luis Vernet, en 1829, y este lunes se cumplirán 28 años de la rendición de las tropas de nuestro país en la guerra de 1982. PERFIL revela la historia de la primera bandera que nuestras tropas intentaron izar en las islas y presenta el testimonio de un sobreviviente del hundimiento del crucero “General Belgrano” que dedica su vida a impedir el olvido.

La recuperación de las Malvinas no empezó bien desde su inicio. Si bien la Operación Rosario se llevó a cabo tal como lo habían previsto los militares, la muerte del capitán de corbeta Pedro Giachino en los combates con los marines ingleses, minutos después del desembarco, fue la primera señal de que las cosas no iban a ser tan simples como pensaban.

Hubo otra alerta menos conocida por los civiles, horas después de la llegada a las islas, que ocurrió durante la ceremonia oficial en la que el general de división Osvaldo García, comandante del Teatro de Operaciones Malvinas (TOM), se hizo cargo de la Gobernación Militar en forma interina, el mismo 2 de abril a las 12.30.

Para comenzar el evento, el coronel Esteban Solís izó la bandera del V Cuerpo del Ejército, con asiento en Bahía Blanca, en los jardines contiguos a la casa de gobierno. De esta forma, se transformó en la primera insignia nacional en flamear en Malvinas en 149 años.

 

Cabo (R) oscar vazquez, sobreviviente del ‘belgrano’
“Creo en los milagros: el torpedo me explotó a cinco metros”
Por H.D.

Renacer. “El 2 de mayo es mi segundo cumpleaños. Dios me dio una segunda oportunidad, para que cuente mi historia de vida.”
La rendición en Malvinas fue para los argentinos el despertar de un sueño de exitismo y victorias inexistentes, creado por los engaños del gobierno militar, pero, también, una herida que jamás cicatrizará en el alma de los veteranos de guerra. “Me sentí mal, decepcionado, con el sabor amargo de la derrota”, afirma el cabo (R) Oscar Vázquez, sobreviviente del crucero General Belgrano, quien ha entregado su vida a recordar la tragedia que vivió el 2 de mayo de 1982.

“Ese día, hice guardia y me acosté a dormir. A la tarde, un compañero me llamó para merendar, me levanté, comí algo y me fui a la torre uno. Cerré la puertita y explotó todo. Fue como un golpe seco, una cosa irrepetible.

“Se cortó la luz y el barco se escoró en seguida y me quedé mirando paralizado. Me largué para abajo y vino una ola, me pegó y me tiró. No me caí al agua porque me agarré de una barandilla. Al lado mío, faltaba toda la proa, no existía más, porque pegó justo ahí. A veces, me preguntan si creo en milagros: yo soy uno de esos, porque el torpedo explotó a cinco metros de donde estaba.

“La gente salía empetrolada y quemada de abajo. El capitán dio la orden de abandono y empezamos a soltar las balsas. La mía se pinchó, porque uno la cortó con una navaja sin darse cuenta.

“Agarramos un gomón de desembarco y lo atamos. Un oficial pidió un voluntario para subirse y me ofrecí. Crucé la barandilla, me agarré de la red y calculé el momento para tirarme. Miré para arriba y dije: Dios, acá no me voy morir. Pensé en mis viejos y me largué.

“Cuando el Belgrano se hundió estaba a cincuenta metros. Se fue dando vuelta lentamente y desapareció. Sentí dolor, angustia, indignación. No sabía lo que me esperaba, pero todo lo que viniera después era de regalo.

“Estaba oscureciendo e íbamos a la intemperie en un gomón. Nos acercamos a una balsa vacía, nos metimos y, después, nos pasamos a otra en la que había más gente. A la noche, se levantó un temporal infernal que nos tenía a los golpes. Era un desastre, estábamos congelados y empapados hasta la cintura por el agua que había.

“Las olas eran de diez o quince metros, nos pegaban y se nos caía el techo en la cabeza. Pensaba: que Dios haga lo que quiera conmigo. Ya me dio la oportunidad de sobrevivir a los torpedos y al hundimiento.

“Al otro día, había sol y oleaje normal. Estábamos a la deriva, pasaban las horas y no venía nadie. Estaba entregado, miraba para afuera y no veía nada. De repente, sentí un ruido de motor. Era un Neptune de la Aviación Naval, que hizo una señal de que nos había visto y se fue.

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“Me agarró la desesperación. Pensé que venía a buscarnos, pero pasó el tiempo y nunca más volvió. Se hizo de noche de vuelta y la cosa se puso fea. La moral no era la misma.

“En un momento, vimos la luz de un reflector y luego el mástil de un barco que se movía. Quería que llegaran ya. Cuando nos acercamos, tiraron una red de desembarco y me agarré como pude. Después de 33 horas en el frío, entumecido, no podía sujetarme de ningún lado. Cuando me subieron, fue una sensación de alivio.

“El 2 de mayo es mi segundo cumpleaños. Ese día volví a nacer. Dios me dio una segunda oportunidad, para que cuente mi historia de vida.”

Pero el estandarte, que había llegado hasta la punta del mástil, comenzó a descender lentamente hasta retornar a sus manos, ante la mirada atónita de todas las tropas y autoridades presentes. Era un símbolo que nadie quiso o pudo ver de lo que, luego, durarían las islas en poder de la Argentina. Toda una premonición.

Más allá de esto, la situación era incómoda, por lo que Solís decidió dejar de lado el pabellón para volver a izarlo más tarde y continuar con la ceremonia, tal como estaba pautada.

Cuando el acto concluyó y las tropas se dispersaron para ocupar sus primeras posiciones de defensa de las islas, el coronel salió en busca de otra bandera, ya que se dio cuenta de que la que la que tenía era demasiado pesada y no logaría quedarse nunca fija en el mástil.

Así, dio con un pabellón más chico que resultaba ideal y que, finalmente, sería el que flamearía en las Malvinas hasta el 14 de junio: el que había llevado la Brigada IX de Infantería Mecanizada, con asiento en Comodoro Rivadavia.

La otra quedó en manos de Solís, quien la trajo de nuevo al continente el 7 de abril, luego de que García le traspasara la gobernación al general de brigada Mario Benjamín Menéndez.

Al llegar a Bahía Blanca, la dejó en custodia en el regimiento en una caja de hierro lacrada, para que no se extraviara. Intuía el valor histórico que tenía esa bandera, pero no se imaginaba el derrotero que sufriría en el futuro.

La burocracia. Cuando terminó la guerra, el coronel Solís fue destinado a un nuevo cargo en Buenos Aires, donde aprovechó para empezar los trámites para donarla al Ejército. Allí, comenzaron las trabas burocráticas y los problemas, surgidos del proceso de desmalvinización que se había iniciado en la Fuerza y que se prolongó durante casi dos décadas.

La primera respuesta que recibió fue que debía completar una lista de requisitos que tenía que cumplir y presentar, para que ellos pudieran corroborar que se trataba de la original y, así, aceptarla formalmente.

A pesar de que entregó todo lo que le pedían, nunca tuvo una contestación oficial. “Realicé ese procedimiento y el acta se elevó con fotocopias, de inmediato, al Estado Mayor del Ejército, para que me recibieran la bandera. Pasaron cuatro años y no tuve ninguna respuesta, del ’82 al ’86”, afirma.

Eso no lo detuvo y, en pleno gobierno de Raúl Alfonsín, volvió a insistir con una segunda solicitud que contenía el mismo material que ya había entregado la primera vez. Nuevamente, reinó el silencio en el Ejército. Cansado del desprecio decidió recurrir a un ex compañero suyo y le explicó la situación indignado.

“Había una desmalvinización que venía desde la cúpula de los dirigentes políticos y que afectaba a las Fuerzas Armadas. No quise entrar en ese círculo vicioso, ni pregunté por qué. No le quise dar lugar a nadie para que me respondiera cualquier cosa, porque no se lo iba a admitir”, destaca Solís.

Finalmente, sus reclamos dieron sus frutos y, durante el gobierno de Carlos Saúl Menem, el teniente general Martín Bonnet, jefe del Estado Mayor General de la Fuerza (1990-1991), la recibió en una ceremonia que se realizó en el edificio Libertador, el 2 de abril de 1990.

Habían pasado ocho años desde que había flameado por primera y única vez en las Islas Malvinas.

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En la actualidad, la bandera está expuesta en un cofre de bronce en el hall de entrada del Ministerio de Defensa, donde la mayoría que pasa diariamente frente a ella desconoce su valor histórico.

El gobierno de García. Solís también donó otros documentos y objetos al Museo Histórico del Ejército, entre los que se encuentran la única copia que existe del acta de asunción de Menéndez, que el propio coronel redactó de puño y letra y fotocopió antes de volverse al continente. Esta vez, nadie tuvo reparos en aceptarlos.

También, entregó su lapicera con la que firmó el documento el flamante gobernador de las islas y todas las personalidades y militares que viajaron junto a Leopoldo Fortunato Galtieri para asistir a la ceremonia: René Favaloro, Jorge Rafael Videla, el político radical Carlos Contín, los peronistas Deolindo Bittel, Saúl Ubaldini y Jorge Triacca, el historiador Jorge Abelardo Ramos y Federico Zorraquín, de la Asociación de Bancos, entre otros.

Pero los documentos más interesantes que donó fueron las únicas copias existentes del mensaje de las fuerzas argentinas al “gobierno colonial británico en las Islas Malvinas” y las primeras normas firmadas por García como gobernador.

La misiva enviada desde alta mar, antes del desembarco, les advertía a los ingleses: “En cumplimiento de directivas del Gobierno Argentino, estamos ante vuestros ojos con una fuerza numerosa. Fieles a los principios rectores occidentales y cristianos, y a fin de evitar derramamiento de sangre y daños a la propiedad de los pobladores malvineneses, esperamos actuéis con prudencia. En el bienestar y seguridad de esos pobladores, está nuestras preocupación”.

Una vez que García tomó el mando de las Islas, el mismo 2 de abril, exhortó a la población, en el Comunicado 1, “a colaborar con las nuevas autoridades, cumpliendo las indicaciones” que les darían los militares argentinos “a través de comunicados orales y escritos, a fin de facilitar” su normal desenvolvimiento.

El mismo día, emitió una segunda norma con la que dejó cesantes a todas “las autoridades coloniales y militares del Gobierno Británico”, y les informó a los isleños que se hacía cargo de la Administración y que los anteriores gobernantes serían “enviados de regreso a su país en el día de la fecha, con sus respectivas familias y efectos personales”.

El general García, emitió una tercera reglamentación el 2 de abril, con la que le ordenó a la población “permanecer en sus domicilios hasta nuevo aviso” bajo amenaza de ser detenida, y cerró las escuelas, comercios, bancos, bares y clubes “hasta nuevo aviso”, como medida de seguridad. A su vez, el gobernador interino estableció un código de comunicación muy particular con los kelpers.

“Cuando se desee poner en conocimiento de las autoridades militares algún inconveniente grave, deberá colocar en el lado exterior de la puerta de la casa un paño blanco que sea bien visible. Las patrullas militares visitarán los domicilios para informarse y brindar soluciones”, decretó.

Pero no todas las medidas buscaban cambiar la vida de los isleños. Por eso, en el Comunicado 4 “Garantías”, “exhortaba a los pobladores a continuar en forma normal sus actividades, a partir del momento que se indique, con el apoyo del Gobierno Argentino, en un clima de orden, paz y concordia”.

También, les explicaba que “siguiendo fielmente los preceptos enunciados en la Constitución Nacional y acorde con las tradiciones y costumbres del pueblo argentino”, se les aseguraría “el mantenimiento del estilo de vida, el ejercicio de la libertad de culto, el respeto de la propiedad privada, la libertad de trabajo, la libre determinación para entrar, salir y permanecer en las islas, el mejoramiento del nivel de vida, el normal abastecimiento, la prestación de la asistencia sanitaria y el normal desenvolvimiento de los servicios públicos esenciales”.

Su última norma, firmada el mismo día del desembarco, incluía una especie de Código de Justicia que establecía las penas a las que serían condenados quienes violaran las reglas de convivencia o realizaran algún sabotaje.

Así, el lapso más corto de arresto (60 días) era para el que se lo encontrara en estado de “alcoholización” y “causare alteración del orden público u hostilizare a las autoridades militares”.

En cambio, la mayor (130 días de cárcel) era para quien “incurriere en actitudes o perturbare la normal convivencia, el orden y la tranquilidad pública”.

García estableció todo su legado normativo el primer día de la recuperación y no tuvo tiempo para mucho más, ya que el 7 de abril debió dejar su puesto y retornar a Comodoro Rivadavia para hacerse cargo del Teatro de Operaciones Sur (TOS).

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En su lugar, asumió el general Menéndez, quien también emitió reglamentaciones para los kelpers (en poder del brigadier (R) Eugenio Miari) hasta que cesó en sus funciones, tras firmar la rendición el 14 de junio de 1982.
 

Cabo (R) oscar vazquez, sobreviviente del ‘belgrano’
“Creo en los milagros: el torpedo me explotó a cinco metros”

Renacer. “El 2 de mayo es mi segundo cumpleaños. Dios me dio una segunda oportunidad, para que cuente mi historia de vida.”
La rendición en Malvinas fue para los argentinos el despertar de un sueño de exitismo y victorias inexistentes, creado por los engaños del gobierno militar, pero, también, una herida que jamás cicatrizará en el alma de los veteranos de guerra. “Me sentí mal, decepcionado, con el sabor amargo de la derrota”, afirma el cabo (R) Oscar Vázquez, sobreviviente del crucero General Belgrano, quien ha entregado su vida a recordar la tragedia que vivió el 2 de mayo de 1982.

“Ese día, hice guardia y me acosté a dormir. A la tarde, un compañero me llamó para merendar, me levanté, comí algo y me fui a la torre uno. Cerré la puertita y explotó todo. Fue como un golpe seco, una cosa irrepetible.

“Se cortó la luz y el barco se escoró en seguida y me quedé mirando paralizado. Me largué para abajo y vino una ola, me pegó y me tiró. No me caí al agua porque me agarré de una barandilla. Al lado mío, faltaba toda la proa, no existía más, porque pegó justo ahí. A veces, me preguntan si creo en milagros: yo soy uno de esos, porque el torpedo explotó a cinco metros de donde estaba.

“La gente salía empetrolada y quemada de abajo. El capitán dio la orden de abandono y empezamos a soltar las balsas. La mía se pinchó, porque uno la cortó con una navaja sin darse cuenta.

“Agarramos un gomón de desembarco y lo atamos. Un oficial pidió un voluntario para subirse y me ofrecí. Crucé la barandilla, me agarré de la red y calculé el momento para tirarme. Miré para arriba y dije: Dios, acá no me voy morir. Pensé en mis viejos y me largué.

“Cuando el Belgrano se hundió estaba a cincuenta metros. Se fue dando vuelta lentamente y desapareció. Sentí dolor, angustia, indignación. No sabía lo que me esperaba, pero todo lo que viniera después era de regalo.

“Estaba oscureciendo e íbamos a la intemperie en un gomón. Nos acercamos a una balsa vacía, nos metimos y, después, nos pasamos a otra en la que había más gente. A la noche, se levantó un temporal infernal que nos tenía a los golpes. Era un desastre, estábamos congelados y empapados hasta la cintura por el agua que había.

“Las olas eran de diez o quince metros, nos pegaban y se nos caía el techo en la cabeza. Pensaba: que Dios haga lo que quiera conmigo. Ya me dio la oportunidad de sobrevivir a los torpedos y al hundimiento.

“Al otro día, había sol y oleaje normal. Estábamos a la deriva, pasaban las horas y no venía nadie. Estaba entregado, miraba para afuera y no veía nada. De repente, sentí un ruido de motor. Era un Neptune de la Aviación Naval, que hizo una señal de que nos había visto y se fue.

“Me agarró la desesperación. Pensé que venía a buscarnos, pero pasó el tiempo y nunca más volvió. Se hizo de noche de vuelta y la cosa se puso fea. La moral no era la misma.

“En un momento, vimos la luz de un reflector y luego el mástil de un barco que se movía. Quería que llegaran ya. Cuando nos acercamos, tiraron una red de desembarco y me agarré como pude. Después de 33 horas en el frío, entumecido, no podía sujetarme de ningún lado. Cuando me subieron, fue una sensación de alivio.

“El 2 de mayo es mi segundo cumpleaños. Ese día volví a nacer. Dios me dio una segunda oportunidad, para que cuente mi historia de vida.”
 

 

por Hernán Dobry

Fuente: 

Diario Perfil 12/6/2010

La bandera que no pudo ser izada en Malvinas
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