La auténtica historia de las minas del rey Salomón

África es aún «la última frontera» y «el continente por descubrir», un lugar donde aún se puede sentir «el olor de la tierra», afirma el escritor español Carlos Roca, quien ha buceado en la historia y leyenda de esa parte del mundo en su último libro, «La auténtica historia de las minas del rey Salomón».

Partiendo de la leyenda de las fabulosas y míticas riquezas que inspiraron al escritor inglés Henry Rider Haggard para escribir «Las minas del rey Salomón», Carlos Roca ofrece una apasionada visión del choque de civilizaciones que supuso en el siglo XIX el avance de la colonización europea en el África meridional.

«Es un libro, primero para el que le guste la historia; en segundo lugar, para el que le guste la aventura, y, en tercer lugar, para quien ame África», afirma Roca en una entrevista con Efe.

Ese África «está más allá del turismo. Es el África en el que se huele la tierra; en el que, si regalas un bolígrafo a un niño, éste lo acepta con asombro. Es el África en el que sales de la tienda de campaña y oyes el rugido de un león aunque estés a cuatro kilómetros», describe Roca.

Este periodista recuerda cómo esta obsesión africana se originó a los diez años, hace más de 35, cuando le regalaron «Las minas del rey Salomón» y vio la película «Zulú» (1964), con Michael Caine como protagonista.

Tal pasión le llevó a convertirse en uno de los mayores expertos en la historia del pueblo zulú, proceso que tiene su epílogo en éste, su último libro.

«Lo que hice fue buscar en qué se inspiró Henry Rider Haggard para escribir ‘Las minas del rey Salomón’, y entonces descubrí los personajes reales ocultos en la trama. Así, el héroe de ese libro, Allan Quatermain, se inspira en un icono del safari africano del siglo XIX: el gran cazador Frederick Selous», destaca.

En el libro de Roca (editado por Nowtilus), podemos asistir a las emigraciones, a principios del XIX, de los «matabele», de origen zulú, a los territorios que hoy día ocupa Zimbabue, con las gestas del caudillo Mzilikazi y su sucesor Lobengula.

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Este rey de los matabeles sería el protagonista de las guerras que lo enfrentaron a fines de ese siglo a la British South Africa Company, la gigantesca empresa comercial-militar que creó Cecil Rhodes para mayor gloria de la corona británica.

Gran parte del libro de Roca narra las guerras «matabele» entre estos combatientes, «semejantes a los espartanos», dice Roca, y los colonos y las tropas mercenarias de Rhodes, hasta su derrota y conquista de su capital, Bulawayo, en 1896.

Haggard se inspiró en los matabele para crear su propia raza de guerreros africanos, los «kakuanas», protectores de los tesoros de oro y diamantes en bruto del mítico rey judío.

Roca coincide con Haggard al explicar que las leyendas de la bíblica Ofir, desde donde enviaban a Jerusalén «mucha madera de sándalo y piedras preciosas» (Libro Primero de Reyes), pudieron estar inspiradas en las minas de diamantes y oro existentes en Zimbabue.

Rhodes «se entera de esa leyenda y afirma su decisión de querer conquistar ese país para la reina Victoria y el imperio británico», explica Roca.

Cecil Rhodes (1853-1902) «es un hombre fascinante, histriónico, que consigue de la nada montar un imperio», indica el escritor, que pide enjuiciar los actos de aquellos hombres con los parámetros del XIX, «cuando un tercio de la población mundial dependía de la reina Victoria».

Roca, autor también de otros libros inspirados en la historia del sur de África como «Zulú», «La batalla de Isandlwana» o «Sangre de valientes», subraya que la diferencia «del héroe de entonces con el posible héroe de ahora es que aquel tenía un ideal y hoy, en cambio, hemos perdido la referencia de los valores».

En África también todo ha cambiado y «poco queda de Matabelelandia, donde hoy día impera el dictador Robert Mugabe».

No obstante, subraya, aún hay espacios mágicos «que jamás han sido pisados por el hombre blanco», lo que hace de África «no solamente la última gran frontera, sino el gran continente que queda por descubrir».

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Roca señala, como futuros temas de algún libro, el destino del tesoro del último gran rey matabele, Lobengula, «oculto en algún lugar cercano a la cuenca del Limpopo», o el misterio en torno al malhadado Luis Eugenio Bonaparte, el hijo de Napoleón III y María Eugenia de Montijo, muerto a lanzazos a los 23 años en una emboscada zulú mientras servía con las tropas británicas en 1879.

por Juan Antonio Sanz
 

Fuente: 

Diario ABC 25/5/2010

Informacion Adicional: 

Quién fue el Rey Salomón:

(Jerusalén, actual Israel, h. 1000 a.C.-id., 931 a.C.) Rey de Israel (hacia 970-931 a.C.). Hijo del rey David y de Betsabé, fue ungido como soberano de los hebreos e instruido acerca de sus obligaciones por su padre, en detrimento de Adonías, su hermanastro mayor, quien aspiraba a la sucesión al trono de Israel. A la muerte de David, Salomón, apoyado por su madre, el profeta Natán, el general Banaías y el sumo sacerdote Sadoc, dio muerte a sus adversarios políticos, Adonías y el general Joab, e inició un reinado caracterizado por un largo período de paz y unas buenas relaciones con los pueblos vecinos (Egipto, Arabia, Fenicia, Edom y Damasco), durante el cual el país experimentó un gran desarrollo económico y cultural. La seguridad interna y el control de las vías de comunicación facilitaron una amplia expansión del comercio hebreo, especialmente el de los caballos, que desde Cilicia eran transportados a Egipto. Además, a fin de fomentar la actividad comercial, Salomón ordenó construir una flota que tenía su base en el puerto de Esionguéber, junto a Elat, a orillas del mar Rojo, y consolidó el poder político de Israel en la región desposándose con una de las hijas del faraón de Egipto y estrechando los lazos de amistad con Hiram I, rey de la ciudad de Tiro. La prosperidad económica, por otra parte, permitió al monarca levantar en Jerusalén el gran templo que David había proyectado para cobijar el Arca de la Alianza y un suntuoso palacio real, construcciones en las cuales participó un gran número de técnicos extranjeros, como albañiles y broncistas de Tiro o carpinteros de Gebal, y para las que se importaron lujosos materiales procedentes de Fenicia. Éstas y otras muchas obras públicas, así como los gastos de la corte, fueron sufragados mediante un pesado régimen tributario, sustentado en una reforma administrativa que dividía el país en doce distritos, cuya extensión variaba en función de la mayor o menor fertilidad del suelo y de la facilidad de comunicaciones. Hacia el final de la vida de Salomón, no obstante, la elevada presión fiscal y la proliferación de cultos a divinidades foráneas (Astarté, Camos, Milcom o Moloc), introducidos por las numerosas mujeres extranjeras del monarca, crearon un creciente malestar popular, que estalló durante el reinado de Roboam, su hijo y sucesor, quien no pudo evitar la rebelión de diez de las doce tribus hebreas, todas excepto las de Judá y Benjamín, y la posterior escisión del país en dos reinos: el de Israel, al norte, con capital en Siquem, y el de Judá, al sur, con capital en Jerusalén (929 a.C.), que siguieron luego una evolución independiente, cuando no hostil. A pesar de reprobar con dureza la permisividad de Salomón para con las prácticas paganas de buena parte de sus mujeres y considerar la división de Israel como un castigo divino por su idolatría, la tradición bíblica ha idealizado la figura del soberano, presentado como un hombre de gran sabiduría, paradigma de ponderación y justicia, en diversos pasajes de las Sagradas Escrituras, entre ellos el famoso Juicio de Salomón o la visita de la reina de Saba. Así mismo, le ha atribuido la autoría de diferentes libros sapienciales del Antiguo Testamento, como el Cantar de los Cantares, el Eclesiastés, el Libro de la Sabiduría, los Proverbios y los Salmos de Salomón, algunos de los cuales, sin embargo, parece que fueron compuestos con bastante posterioridad a la época salomónica.

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Fuente: www.escolar.com

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