Johanna Van Gogh, un tesoro escondido en la historia del arte

El periodista y escritor Camilo Sánchez reconstruye en la novela «La viuda de los Van Gogh» la historia hasta ahora poco conocida de Johanna, cuñada de Vincent y esposa de Théo Van Gogh, quien rescató tras la muerte del artista su legado pictórico y en solo dos años logró exhibir esas pinturas en una colosal muestra en el Panorama de Ámsterdam.

«Van Gogh no tenía mujer», le dice con certeza la moza de un bar porteño a Camilo Sánchez mientras lee el juguetón título del libro, editado por Edhasa. «No, es la viuda de Théo, pero sin ella Vincent Van Gogh no habría tenido la importancia que tiene», le contesta el escritor para despejar dudas e introducirse en esta historia que le llevó cinco años de minuciosa investigación. Admirador de la obra y de las cartas de Vincent, que describe como «textos conceptuales», Sánchez (Mar del Plata, 1958) se preguntó: «¿Cómo puede alguien austero que vendió dos cuadros en vida consagrarse con una muestra en el Panorama de Ámsterdam a solo dos años de morir?». La respuesta no tardó en llegar. «Apareció Johanna Van Gogh Borger, un personaje que me encandiló y que fue la que permitió el andamiaje del mito», cuenta a Télam el autor del libro, que si bien es una ficción está basado en documentos de la época. «La viuda de los Van Gogh» traza -entre pasajes literarios de un diario íntimo y un colorido clima de época europeo de fin de siglo-, las vicisitudes de esta joven madre, poeta, estudiosa de Percy Shelley, feminista y becaria del Museo Británico que recupera las telas de su cuñado desperdigadas entre Holanda y Francia y posteriormente organiza las primeras muestras. «Johanna es la mujer que yo construí», dispara Sánchez y agrega: «Sobre Van Gogh estaba todo dicho, por eso arranco a partir de su muerte y lo que pasó en los dos años siguientes. Para mí fue antes que nada un escritor y empecé a ver la relación de sus textos y sus cuadros. Es lo que Johanna también vio al leer las cartas». «Ella, que solo vio al pintor cuatro veces en su vida, había convivido con una obra que hoy te quedás mirando hasta que te echan de los museos, tuvo en sus manos las cartas y los cuadros en su casa», explica sobre esta mujer, que tras la muerte de Théo, ocurrida seis meses después de la de Vincent, escribió: «Buscando quién había sido mi marido encontré la prosa de Van Gogh». Las cartas fueron un faro para rescatar las obras. Vincent, de joven, había sido marchand, lo que posibilitó que Johanna -casi como armando un rompecabezas- retomara los consejos del artista en las cartas para recuperar casi 300 cuadros. «Ella entra en la obra a través del cuerpo teórico de las cartas», dice Sánchez sobre esa correspondencia que la viuda publicaría recién en 1914. Luego de la muerte de su esposo en 1891, la mujer rompe las convenciones de la época y se muda sola con su bebé Vincent -que luego sería un ingeniero a cargo de la Fundación Vincent Van Gogh- a Villa Helma, una posada que compra en Bussum y que refacciona y redecora con cuadros del pintor. «Sabía que en París los trabajadores estaban peleando el descanso dominical, lo que abría la posibilidad de salir los fines de semana, por eso arma una pensión en Holanda que fue un éxito y, claro, la gente hacía el amor al lado de `Los girasoles` y desayunaba frente a `Cerezos en flor`», ilustra el autor.Injustamente olvidada, viuda, madre y con solo 28 años, Johanna resistió los embates de marchands inescrupulosos, fundó un paraíso de descanso, reunió la obra de su cuñado, armó decenas de muestras, entabló relaciones con artistas y publicó las cartas, un corpus teórico que el año que viene cumplirá cien años como libro. Pero desde la mirada de la joven, Sánchez además deja huellas de la compleja relación que unía a los hermanos Van Gogh. «Ahora hasta puedo escribirlo sin tristeza, el verdadero amor de la vida de Théo fue Van Gogh», escribe ella en su diario. «Creo que eran el amor de sus vidas, cada uno por su lado. Théo no pudo soportar la muerte de su hermano, aun con un hijo recién nacido. Cada vez que Théo daba un paso en la sociabilidad, Vincent lo tentaba para que se vaya con él. Entraba en pánico si no le llegaban los 150 francos por mes y en cada momento que Théo acentuaba su vida afectiva», cuenta el autor. Aún con el estigma de la locura, de una oreja despedazada y de un hogar donde, de seis hermanas, tres tenían problemas psíquicos («no sería mucho para un final de siglo tan intenso, pero sí para una sola familia», ironiza Sánchez), Vincent siempre tuvo un plan. «Él se había trazado un camino muy concreto en su carrera artística. Se programó para hacer determinada obra porque `era la deuda que tenía con la vida`, según escribe, quería dejar cuadros memorables, no para complacer a alguna escuela, era lo que mandaban sus sentimientos», agrega el autor. «En diez años -remata- hizo todo lo que tenía que hacer, fue puntillista, impresionista, clasicista, hizo todo. Barrió con todas las escuelas posibles, tan loco no estaba. Se dio cuenta de que la fotografía estaba cerca y que no había más nada para hacer. Es un artista completo». Para escribir la novela, Sánchez estudió, además de las cartas, a Stefan Zweig -uno de los hombres más cultos de su época-, las biografías escritas por Marc Edo Tralbaut y Pierre Leprohon y los diarios de Jules Renard, pero también estuvo dos años en el archivo del diario La Prensa, donde se topó con crónicas de los corresponsales en París. Con esta bibliografía y un trabajo de ficción, el autor rescata del olvido y reivindica a Johanna, la dama detrás del mito y uno de los tesoros mejor guardados de la historia universal del arte. Fuente: 

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 Terra 29/11/2012

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