Intimidades del caso Dreyfus argentino

En “El traidor”, el periodista Adrián Pignatelli recupera la figura del único militar argentino destituido por espionaje, casi un thriller con un personaje nada menor: Juan D. Perón.

El Ejército argentino tuvo su affaire Alfred Dreyfus, pero sólo en sus aspectos formales. No fue como en el caso francés un detonante de una pugna profunda en el poder y en el seno de la sociedad, en el marco de las relaciones entre París y Berlín que se elucubró la infamia de endilgarle a un capitán de origen judío el haber vendido documentos secretos al potencial enemigo.

Todo falso como se corroboró gracias en parte a la movilización que motorizó el escritor francés Émile Zola y su célebre Yo acuso publicado en el diario L’Aurore en 1898. Ese movimiento de opinión obligó a revisar el juicio y a hacer volver al capitán de las mazmorras de la Isla del Diablo. En el caso criollo, el impacto fue escaso y solo recordado por especialistas.

Adrián Ignacio Pignatelli también buscó la verdad y por eso se sumergió en cuanto papel hay sobre la historia del mayor Guillermo Mac Hannaford, el único militar argentino destituido por espionaje. Hay que decirlo de entrada: su libro, El traidor (Editorial Javier Vergara), es un atrayente relato que no termina por aclarar la culpabilidad o no del militar. Pignatelli desliza una opinión benigna. Considera que el veredicto no corresponde a las pruebas del expediente. Pero varios papeles revelados permiten conocer entramados no conocidos de la vida castrense de los años 30, sus corruptelas, el trasiego de influencias, las intencionalidades para separar a Santa Cruz de la Sierra de Bolivia y por sobre todo, el dudoso rol que jugaron algunos altos jefes militares, particularmente Perón.

Acaso, sólo acaso, él haya sido el gran titiritero del affaire cuyo contexto era la guerra entre Bolivia y Paraguay desde 1932 hasta 1935, por el control de la región del Chaco Boreal.

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Que el territorio podía albergar uno de los más grandes reservorios petroleros del hemisferio hizo de la contienda territorial escenario de las tensiones entre Estados Unidos y Gran Bretaña. Los estadounidenses respaldaban a La Paz y los británicos a Asunción. Para los primeros, una salida al mar para Bolivia significaba un comercio directo por fuera de la Argentina, comprometida comercialmente con Inglaterra.

Envuelto en esa guerra cruel, estuvo también el Ejército argentino, que se encargó de enviar armamento al Paraguay. El encargado de armar el operativo fue el entonces capitán Juan Domingo Perón. Bolivia recibió asesoramiento y armas de Alemania y el respaldo de los estadounidenses, así como Paraguay lo tenía de los ingleses.

Durante tres años, 250.000 soldados bolivianos y 150.000 paraguayos se enfrentaron en los cañadones chaqueños. La guerra finalizó en 1935. El trámite se llevó a cabo en la Argentina, donde su ministro de Relaciones Exteriores, Carlos Saavedra Lamas, convocó a una Conferencia de Paz para dirimir el conflicto. El canciller ganó en 1936 el Premio Nobel de la Paz pese a la no neutralidad del Ejército. El caso Hannaford se puede leer mejor en este trasfondo.

Lo medular de la historia establece que “aprovechando la ausencia de Mac Hannaford de su oficina –cuando entre el 30 de noviembre y el 3 de diciembre de 1936 ofició de edecán de militares norteamericanos que acompañaron al presidente Roosevelt– le quitaron papeles comprometedores que tenía en custodia en su oficina del segundo piso del Estado Mayor del Ejército y le plantaron pruebas”. Mientras en el mismo edificio, el influyente coronel Abraham Schweizer, junto a otros militares, preparaban operaciones bélicas a favor de los paraguayos: la acusación habría estado motivada para ocultar ese respaldo clandestino a Asunción.

En todo el expediente militar que se desmenuza en este verdadero thriller , Mac Hannaford (de larga experiencia como edecán de personalidades extranjeras y ex agregado militar en Bolivia) y otros personajes, especialmente el teniente primero Aquiles Azpilicueta, son acusados de vender documentos sensibles especialmente a Bolivia. En los cargos que el Consejo de Guerra consideró probado se encuentra la sustracción de documentos para negociarlos con Brasil a través de un civil: Horacio Pita Oliver, posiblemente del servicio de inteligencia entonces en ciernes, y presunto correo en este mercadeo de documentos confidenciales. Con todo, nunca se pudo probar, sostiene el autor, que la seguridad argentina haya estado perturbada por esas acusaciones, aunque algún cifrado (en rigor, todo pasa por la pericia de cada parte en ocultar lo que quieren comunicar a sus superiores) permitió en una batalla favorecer a los bolivianos.

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La causa se inició con la denuncia del agregado militar paraguayo. Afirmó que le querían vender documentos argentinos, pero el intercambio no se consumó. Pignatelli cree que se urdió una maniobra para inculpar al mayor, porque en telegramas cifrados, Mac Hannaford “habría sido identificado como uno de los agentes que vendía secretos a Bolivia”, pero no se lo abortó en su momento, para que no apareciera clara la complicidad del Ejército con Paraguay.

Vale la pena leer este minucioso trabajo porque hay otras sorpresas: Liborio Justo, el hijo del entonces presidente argentino, que recibió a Roosevelt en un acto con un “abajo el imperialismo”, sostuvo que Mac Hannoford había sido reclutado por los servicios secretos de los Estados Unidos, fisgoneando para los dos lados del mostrador. “El severísimo castigo impuesto a Mac Hannoford, ¿fue un mensaje del gobierno argentino al de Estados Unidos?”, se pregunta el autor que no va más allá.

El nivel de vida del mayor no era desproporcionado a su salario, muy superior al de un docente o bancario de esa época que eran los mejores pagos, aunque le gustaban las carreras y frecuentaba departamentos donde solía encontrarse con damas del solaz, una de ellas, implicadas en el sumario y condenada. ¿Perfil de un espía?: algo berreta, claro.

Lo real es que nunca se encontraron los documentos que el intermediario Pita Oliver ofreció a los paraguayos, ni tuvo fuerza de prueba que negociaba documentos a los bolivianos por 300 pesos. Pignatelli una y otra vez deja flotando la idea de que el mayor ocultaba a alguien, y fue significativo lo que alegó antes de ser condenado, cuando relacionó su caso con una conspiración que respondía a intereses mayores “y que por el bien del Ejército, nunca se sabría la verdad. Esto es: había que encubrir a alguien”. ¿Era Perón? Se insinúa, no se prueba.

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Perón y Hannaford coincidieron en destinos pero “no sólo los separaba la ideología –Mac Hannaford era un declarado antifascista– sino que el presidente nunca se preocupó por su situación porque conocía la verdadera trama del caso”. Lo que es controvertible es el antifascismo del mayor. Durante el gobierno del dictador Uriburu se le comisionó la sección de Informaciones y Orden Social: de allí surgió la Sección Especial de triste memoria.

Hannaford fue recién dejado en libertad bajo el gobierno de Aramburu en 1956. Preso desde 1938, muchos años estuvo en el penal de Tierra del Fuego. Lástima que el autor no haya logrado establecer qué relaciones tuvo allí no sólo con delincuentes sino con presos políticos.

por Isidoro Gilbert

Fuente: 

Revista Ñ 31/12/2011

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