Imágenes de un militante peronista devenido en fotógrafo profesional

El reportero gráfico Roberto Atilio expone las fotos que tomó durante la movilización del 17 de noviembre de 1972, el acto de asunción presidencial de Héctor Cámpora y el regreso de Perón en 1973, tras 18 años de exilio.

El, aclara, no estuvo donde estuvo por profesional sino por militante. Roberto Atilio es fotógrafo y peronista. Desde los noventa trabaja en la Cámara de Diputados de la Nación. Allí comenzaron a circular las imágenes que guardó durante años en su casa y que, ampliadas, integran «Epopeya de mi Pueblo». Esta muestra fotográfica se puede ver todavía hoy y mañana en la sala Padre Carlos Mugica de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Piedras 574). En ella, Atilio documentó sucesos como la movilización del 17 de noviembre de 1972, la asunción como presidente de la Nación de Héctor Cámpora y el regreso del general Perón al país el 20 de junio de 1973 tras 18 años de exilio. Por entonces, Atilio era fotógrafo social y tenía su local de fotografía en Villa Urquiza. Pero si cruzó el río Matanza esperanzado con la vuelta del General, le siguió los pasos al «Tío» o quedó a pocos metros del imponente palco que se montó en Ezeiza en 1973 fue porque él quería estar ahí en nombre de la causa peronista, no con afán de fotorreportero. «A esos lugares no fue el fotógrafo, fue el peronista que además sentía la necesidad de documentar esos hechos, pero sin siquiera tener conciencia de lo que iban a significar en el futuro», dice. Al fin, sus dos facetas terminaron siendo la misma. En la casa paterna de Atilio se miraba al peronismo con simpatía pero nada más. «A lo sumo el cartero repartía los bonos para ir a buscar una sidra y un pan dulce al correo para Navidad. Eso no nos hacía peronistas. Mi viejo fue un trabajador asalariado primero e independiente después. Aunque en esas leyes que él citaba estaban las mismas cosas que nos enseñaban en el colegio industrial: ‘Proyecta, medita y ejecuta’. Y estaba también el respeto a la cultura del trabajo», cuenta.  Estar en los lugares donde ocurrían las cosas pareció una suerte de predestinación en su vida. El 16 de junio de 1955, cuando era un adolescente, andaba por Plaza de Mayo. «Estuve durante el bombardeo. Ese día nos habíamos hecho la rata con unos compañeros. Salimos de gimnasia y decidimos ir a pasear por La Boca. Agarramos un colectivo que nos dejó por Paseo Colón y ahí escuchamos el gran bombardeo. Quedamos en la recova del Cabildo, una insensatez. Una vieja decía: ‘Mataron a Perón.’ Y yo pensaba que no, que cómo iban a matar a Perón. Pero después de ver cómo ametrallaban gente, ver la bomba en el trolebús, la matanza de chicos… eso no era para los peronistas, era una agresión a todo el mundo. Ese odio me marcó para siempre.» El 17 de noviembre de 1972 llovía torrencialmente en Buenos Aires. «Villa Urquiza era un bastión peronista en ese entonces. Los jóvenes teníamos una militancia activa. La lucha era apasionada, desinteresada, arriesgada, con muchos muertos… Pero no hacíamos valer eso como antecedente político ni reclamábamos nada. Era un fanatismo por amor. Y yo anhelaba un peronismo unido, ni de izquierda ni de derecha», dice. Por entonces Atilio tenía 33 años. Ese día estaba enfermo, con fiebre, pero igual se levantó de la cama. «Mi querida esposa, Ángela, me preguntó adónde iba. Dónde iba a ir. A Ezeiza.» Cuenta que salieron de Urquiza y cuando llegaron a la Avenida General Paz se encontraron con un cerco militar infranqueable. «Un camión de verdura nos acercó a la autopista y ahí empezamos a patear. Columnas enteras. Lo que menos pensábamos era que Ezeiza iba a estar cercado por blindados y tanques. Después empezaron los gases y los tiros. Ahí nos dispersamos.» Sin embargo, al rato aparecieron unos baqueanos que conocían la zona y les dijeron: «Si quieren que lleguemos, hagan correr la bola de que nos encolumnemos en filas de a uno. Nosotros los ayudamos a atravesar los bosques.» Y sigue: «El panorama era espectral, con cientos de filas de personas que avanzaban en silencio. Íbamos con el barro hasta la rodilla. Entonces llegamos al río Matanza. Nos fuimos ayudando a cruzar entre nosotros, armando una cadena. El río tenía una altura de un metro más o menos», dice Atilio que, mientras tanto, se las ingeniaba para tomar algunas imágenes con su Kodak Retina 2 C, una máquina pequeña, plegable y noble. Cuando ya era de noche y llegó a su casa, se dedicó a revelar las fotos. Entonces aparecieron los rostros de esos hombres y mujeres anónimos y esperanzados, capaces de enfrentar la tormenta y las balas. «Fue una epopeya popular y de ahí el título de la muestra», explica Atilio señalando las imágenes, que son de una potencia infrecuente. No por casualidad, cada 17 de noviembre se conmemora el Día del Militante Peronista.  Se sabe, por entonces Perón intentaba volver de su exilio madrileño. La sola llegada del General al suelo argentino era un hecho político de enorme magnitud. Se trató de una operación delicada que depositó al líder en Ezeiza pero sin la posibilidad de ser recibido por el pueblo que venía reclamando su vuelta. El General estuvo en el país poco más de un mes. Se instaló en la casa de Gaspar Campos, en Vicente López, donde se decidió que Héctor Cámpora fuera candidato presidencial debido a la proscripción que aún pesaba sobre Perón. El Frente Justicialista de Liberación Nacional, con la fórmula Cámpora-Solano Lima, arrasó en las urnas y Cámpora asumió su breve mandato el 25 de mayo de 1973. «Gaspar Campos se convirtió en la meca del peronismo. Ahí nos instalamos frente a la ventana y salió. Yo estaba con mi filmadora y lo registré saludando… pero me había olvidado de poner el zoom así que Perón aparecía de lejos. Filmé y saqué fotos también», dice Atilio. El día de la asunción de Cámpora, logró entrar al Salón Blanco de la Casa Rosada porque un cronista brasileño se había quedado sin fotógrafo y Atilio se ofreció en su remplazo. La muestra también registra fotos tomadas allí, en Plaza de Mayo y durante la asunción en el Congreso. Se completa con el accidentado retorno de Perón del 20 de junio de 1973. «Cuando nos íbamos, porque sabíamos que Perón no iba a bajar, estábamos con la cabeza baja. Parecíamos un ejército vencido. Pero fue sólo un rato porque no nos vencieron», finaliza Atilio mientras debajo de su camisa aparecen dos medallas, una de Eva y otra del Papa Francisco, «que como se sabe, es peronista y de San Lorenzo, como yo».  Fuente: 

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Diario Tiempo Argentino 2/9/2013

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