Hoy se cumple medio siglo de la muerte de William Faulkner

 Considerado uno de los  más grandes escritores del siglo XX, ganó el Premio Nobel de Literatura en 1949. La Faulkner Society organizó en conmemoración de la fecha una maratón de lectura y otros homenajes. Autor de 19 novelas, de unos 100 relatos y de guiones de algunos films clásicos en Hollywood, William Faulkner murió de un paro cardíaco que se alimentó de tabaco y alcohol. Tenía 64 años. Al parecer, Faulkner había regresado a la bebida diaria medida en galones tras un accidente de equitación. Pasaba sus últimos días en un sanatorio en Byhalia, en Mississippi, uno de los estados más pobres de los prósperos Estados Unidos en el cenit de su mayor esplendor económico. 

Hoy se cumplen 50 años de su muerte. El mundo de la literatura rinde homenaje a un narrador que en 1949 ganó el Premio Nobel de Literatura para su país. La Faulkner Society, un club de profesores de literatura, colegas y admiradores, recordará su muerte en Oxford (Mississippi, EE UU), donde en 1972 la Universidad de Mississippi convirtió su casa en museo. Hoy la Faulkner Society organizó allí una maratón de lectura, discusiones sobre su legado y una fotogénica vigilia con cirios enhiestos.  A diferencia de otros narradores estadounidenses, Faulkner permaneció con orgullo en el Viejo Sur conservador y aún reaccionario y ex esclavista que lo vio nacer. Por eso, y por los milagros, melancolías y nostalgias de su obra, suele agruparse a Faulkner con otros autores de un renacimiento regional, con Flannery O’Connor, con Eudora Welty, con Allen Tate, con Robert Penn Warren y con otros poetas y críticos de la escuela agraria y religiosa llamada New Criticism. Todos ellos creyeron que la literatura moderna era sobre todo una nueva crítica de la vida, una escuela de libertades individuales y una forma de combate contra la decadencia social de la tradición.  A su modo, Faulkner fue un conservador, movido no por una reacción de derechas sino por la aversión a los plásticos y los ácidos de la Modernidad. Como el de otros escritores fotógrafos (el naturalista científico francés Émile Zola, el liberal escéptico argentino Adolfo Bioy Casares), el suyo fue un arte que procura menos rescatar el instante fugaz que preservarlo del golpe del instante fatal que sobreviene.  Su sola existencia y los volúmenes de su obra, recuerdan el valor de las palabras del escritor, elegidas por el escritor –antes de los tiempos en los que los editores las remplazaron diligentemente por las propias. Hacen añorar el humor idiosincrásico, la panoplia de las figuras retóricas, la extensión variable de las oraciones, que incluye a las muy largas y a las muy breves. Leer a Faulkner siempre es enterarse de que en la literatura hay más moradas que el terso minimalismo de Raymond Carver, la mecánica de los talleres de escritura y todo lo que se puede encargar con un click en la librería Amazon.  Los narradores que en la década de 1960 lo leyeron con avidez en Latinoamérica, encontraron en Faulkner un libro manual y un modelo para armar (ya Jorge Luis Borges había dado un traducción ejemplar de Las palmeras salvajes en 1939). La acción de muchas de las novelas y ficciones de Faulkner se desarrolla en el mítico condado de Yoknapatawpha. La Macondo del colombiano Gabriel García Márquez, la Santa María del uruguayo Juan Carlos Onetti, la Colastiné del argentino Juan José Saer fueron prolijas o atroces sucursales sudamericanas del Viejo Sur esclavista.  En parte, Jean-Paul Sartre y el existencialismo francés habían sido responsables del gusto por Faulkner en la París de América: en Buenos Aires todas sus obras encontraron traductores al español. Desde El ruido y la furia (1929) y aun antes, los personajes faulknerianos agonizan en una constante lucha por conquistar su felicidad y su libertad, aunque al fin se vean aplastados por un drama que, como sin saberlo, han tejido ellos mismos. Por eso se ha repetido que Faulkner renueva los temas de la tragedia clásica.  Otro narrador norteamericano de familia tradicional y tradicionalista, Gore Vidal, contaba que Faulkner insistía en que un escritor nunca debía limitarse a sí mismo. Y que la región inventada por él es, para las letras americanas, un Macondo sin optimismo ni consuelo ni realismos mágicos ni reales maravillosos: en esa región, Faulkner estableció las leyes que rigen un pequeño mundo que son las mismas que las del mundo ancho y ajeno, sólo que más inexorables.Faulkner nació el 25 de septiembre de 1897 en New Albany como William Harrison Falkner. Importa recordar que en 1918 combatió para las Fuerzas Armadas Británicas en Canadá, y que fue un dandy, un poeta simbolista, un empleado de correo, un pintor. Todo eso antes de llegar a Nueva Orleans en 1926 para descubrir que en realidad su vocación era escribir. Desde ese año, hizo todos los días, hasta el día de su muerte, lo que años más tarde aconsejará el gran cronista mexicano Salvador Novo, “ningún día sin una línea, pero ninguna línea gratuita”.  En su novela con título shakespereano, El ruido y la furia, exploró el monólogo interior y el fluir de la conciencia que el irlandés James Joyce había colocado en el centro de la escena literaria angloamericana con su novela Ulises (1922). Sólo que Faulkner lo hizo con una vuelta de tuerca muy grotescamente sureña: un tercio del libro es el monólogo de Benjy, un deficiente mental por el que, progresivamente, el lector va perdiendo toda simpatía. En 1931, su novela Santuario provocó escándalo por la violencia y el sexo. Es, sin embargo, la más fácil de leer de las novelas de Faulkner: la más cinematográfica, la más parecida a las novelas y policiales negros puros y duros norteamericanos. Había sido precedida por una de sus mejores novelas, Mientras yo agonizo (1930), que el hombre de letras mexicano Carlos Fuentes emuló en La muerte de Artemio Cruz (1962). Siguieron algunas de las mejores, como Luz de agosto (1932) y Absalón, Absalón (1936). En 1939 Faulkner logró un dominio del lenguaje tal que dijo públicamente: “¡Dios, soy el mejor escritor de los Estados Unidos!” A casi nadie le sonó falsa esa frase. por Sergio Di Nucci Fuente: 

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 Diario Tiempo Argentino 6/7/2012

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