Hitler empujó al suicidio a las mujeres que lo amaron

La historia oficial cuenta que Eva Braun se quitó la vida junto al dictador nazi el 30 de abril de 1945. Pero varias de las mujeres de su vida –una aristócrata inglesa, una actriz, su sobrina Geli y hasta la esposa de Goebbels– siguieron ese mismo trágico camino. Hitler tuvo con ellas relaciones tortuosas, perversas y “de un romanticismo casi infantil”.

Una aristócrata inglesa, una alegre y atractiva adolescente, una famosa actriz nacionalsocialista, una madre de seis –y mujer del ministro Goebbels– y una novia eterna devenida primera dama forman parte de la seguidilla de mujeres que sucumbieron ante los encantos de Adolf Hilter, pero que terminaron por quitarse la vida. Unity Valkyrie Mitford, su sobrina Geli, Renate

                                          Hitler con Eva Braun – Foto Diario Perfil

Müller, Magda Goebbels y la más célebre, Eva Braun, son algunas de las mujeres que pasaron gran parte de sus turbulentas vidas junto al Führer. Otras, menos populares, como Zuzi Liptauer o María Riter, también optaron por inmolarse después de intimar con el carismático líder.

Hitler, un hombre bajo y con un solo testículo que se paseaba con un perro y una fusta, tenía tal devoción por el “sexo débil” que ante la presencia de una mujer bonita se sentaba de inmediato en el piso diciendo que no podía ponerse a la altura de ella. Según la biografía de Robert Waite, El dios psicópata, “Adolf Hitler practicaba una perversión sexual tan extrema que desencadenaba el suicidio de las mujeres que se vinculaban con él”.

Más allá de esta primera mirada, vale la pena preguntarse si el líder fue causa directa o efecto de las sucesivas inmolaciones de sus mujeres durante el Tercer Reich. “La capacidad excepcional de manipulación de Hitler no pudo por sí sola conducir a las mujeres al suicidio. Sin duda la personalidad del Führer, en su ejercicio del poder político, ejercía un magnetismo especial, pero cabe preguntarse en qué coyuntura histórica económica y social ocurrió esto”, afirma la psicoanalista Alejandra Jalof.

En cuanto al ámbito de lo privado, sexual, si se parte de una selección de datos biográficos amerita estudiar qué tipo de mujeres sucumbían literalmente ante su carisma mortífero. ¿Todas? No. ¿Cualquiera? Tampoco.

Comencemos por la perturbadora Angelika “Geli” Raudal, la bella sobrina de Hitler, veinte años menor que él y huérfana de padre. Desde pequeña provocó en su tío un aprecio singular que luego devino en un dominio perverso y obsesivo. Según Ron Rosenbaum en el libro Explicando a Hitler: la búsqueda de los orígenes de su mal, Hitler la celaba constantemente. “Un día descubrió que Geli mantenía relaciones con su propio chofer y guardaespaldas personal, Emile Maurice, y comenzó a vigilarla y controlarla día y noche”, relata el historiador. “Mi tío es un monstruo. Nadie puede imaginar lo que exige de mí”, confesó Geli. Finalmente la joven se pegó un tiro en el pecho. Esto perturbó a Hitler del tal manera que él mismo estuvo también a punto de quitarse la vida.

“A diferencia de otras mujeres, en este caso Hitler actúa como padre y no como habitualmente lo hacía con otras amantes, que oficiaban de madres del niño díscolo y caprichoso. Por su parte, esta mujer en posición de niña huérfana pudo haber encontrado en Hitler al padre que no llegó a conocer. El habría encarnado así la figura de aquel padre muerto pero que en calidad de amo absoluto, fue vehículo de su muerte”, aclara la psicoanalista lacaniana.

Distinto es el caso de otra de las suicidas, la actriz René Müller, quien deslumbró al líder nazi en una fiesta en la cancillería y luego pasó a encarnar el ideal de raza aria en la pantalla. Cuenta la anécdota que cuando estaban a punto de mantener relaciones sexuales por primera vez, él le exigió a ella que antes le pegara patadas mientras yacía tirado en el suelo. Años más tarde, ya terminada la relación, la artista se lanzó desde la ventana de un piso 12 luego de haber sido persuadida por Joseph Goebbels de abandonar la relación que mantenía con un joven judío. Se habló de consumo de morfina y epilepsia, pero su muerte nunca fue totalmente esclarecida. Para Jalof, “lo que no cabe aquí es la hipótesis de una locura amorosa, ni identificación alguna con la causa. El glamour de la fama, la intriga y el crimen no parecen suficientes para sacarla de la lista de masacrados por el régimen”.

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Magda Goebbels, la mujer del jefe de propaganda nazi, ante la derrota total frente a los rusos fue con sus seis hijos al búnker donde estaba Hitler y su marido Joseph. Allí envenenó a todos sus descendientes, incluyendo a uno que habría sido hijo de Hitler. Tal como lo retrata la premiada película La caída, después de matar a sus hijos Magda pasó a suicidarse. “Las condiciones externas, el derrocamiento del régimen y la rendición de las tropas alemanas, sumados a la megalomanía que ostentaban los Goebbels, inscriben el acto suicida en la lógica del mal menor”, aclara Jalof.

Finalmente el suicidio de Eva Braun y de Hitler se encuentra teñido de una situación extrema semejante donde las consecuencias de seguir vivos eran para ellos, objetivamente, peores. Lo cierto es que Braun era una conocida actriz de medidas perfectas, 23 años menor que Hitler. Eva habría nacido con proporciones anormalmente pequeñas en sus partes íntimas, y Hitler la obligó a someterse a largas y dolorosas intervenciones quirúrgicas para su satisfacción. Albert Speer en sus memorias señaló que Hitler proporcionaba un trato desconsiderado, opresivo y vejatorio hacia Braun.

Pasó muchos años como su amante, pero no dudó en casarse con él cuando ya la Alemania nazi perdía la guerra. El día después de la boda, cumpliendo el pacto de suicidio convenido con su amado, se tragó una buena dosis de cianuro y murió. Para entonces, ya Hitler había optado por pegarse un tiro. “Eva, objeto de tormento y como objeto de ese amo, se suicida para no caer de ese amo sin despegarse de él”, explica Jalof.

Poco divulgados pero no por ello menos espeluznantes fueron los suicidios de Zuzi Liptauer y María “Mimi” Reiter. Liptauer se suicidó luego de su primera cita con Hitler. Desde el psicoanálisis aquí no es posible suponer más que la presencia de un desencadenante cualquiera, o bien aquel que se sabe especial en el caso de ciertas psicosis, para cometer el acto suicida.

Por su parte, Mimi Reiter, hija de un funcionario socialdemócrata, intentó quitarse la vida ahorcándose con una soga. Ella tenía apenas 17 años y Hitler 37 cuando se conocieron. “Fue la primera que conoció la sombría verdad sobre la sexualidad de Hitler. El relato que hace ella en la revista Stern de la relación es una mezcla de ingenuo romanticismo de jovencita y una cortesía curiosa, afectada, casi paralizante por parte de él, que con frecuencia parece rozar lo anormal. Hitler es un extraño duro y algo despiadado que aparece con un perro y un látigo pero que después es convertido en el sueño de una adolescente por los encantos de ella”, explica Rosenbaum.

Si bien para algunos biógrafos este peculiar vínculo habría provocado el suicidio, para Jalof, “según las biografías, Reiter intentó hacer lo mismo que Liptauer pero falló. Esto nos dice más de su identificación con Suzi que de su relación con el Führer”.

Si analizamos el contexto en el que murieron y los singulares vínculos que tuvo cada una de estas mujeres con Hitler, se desprende que es imposible encontrar una causa única para todos los suicidios ni atribuirle al Führer el factor desencadenante. Así se evita caer en la temeraria noción de los llamados “síndromes”, en este caso un universal que definiría a las mujeres de Hitler con rasgos únicos. Si bien el líder nazi encontraba una similitud entre ellas y las masas, en cuanto a que ambas, sostenía, “son femeninas y dominables”, cada uno de los casos fue singular. Aquí, la masificación que Hitler pretendía no funcionó.

La aristócrata inglesa que el Führer admiraba

Unity Valkyrie Mitford (1914-1948), conocida como “la más nazi de las nazis”, despertó siempre la admiración de Hitler por su alcurnia y era una de las pocas mujeres a las que él permitía hablar de política. Aristócrata, inglesa, con una hermana comunista, se pegó un tiro en el Jardín Inglés de Munich, pero murió desterrada años más tarde en una desértica isla de Escocia.

Fue una de las cuatro famosas hermanas Mitford, educada en la elegante St. Margaret’s School de Hertfordshire. Según los biógrafos, dormía junto a su hermana Jessica, una ferviente comunista quien colgaba posters de Stalin en una pared mientras ella pegaba fotos del Führer en la otra. Era hija de un excéntrico barón y prima de la esposa de Winston Churchill. En 1933 viajó al Congreso Nacional del Partido Nazi en Nüremberg y más tarde conoció al hombre que la fascinaba, Adolf Hitler. Llegó a ser miembro de su entorno más próximo y una apasionada, pero ingenua, seguidora del nacional socialismo. Según informes de la época, al dar “el saludo de Hitler” al cónsul general británico en Munich, este le retiró inmediatamente el pasaporte.

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Cuando Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania, Unity le envió una carta de despedida a Hitler y se disparó en la cabeza en el Englischer Garten. El intento de suicidio falló, pero sufrió serios daños en el cerebro. Volvió al Reino Unido y permaneció el resto de su vida en Inch Kennet, una alejada e inhóspita isla escocesa. Los doctores decidieron que era muy peligroso extraer la bala alojada en su cabeza y por este motivo años más tarde murió de meningitis y fue enterrada en el cementerio de Swinbrook, Oxfordshire. Todavía hoy se investiga la posibilidad de que haya tenido un hijo con Hitler que luego fue entregado en adopción. Si bien Valkyrie vivió obsesionada con el Führer, éste no fue el desencadenante directo de su muerte sino más bien una locura previa vinculada a sus hermanas, a su familia y a su propio nombre.

por Virginia Mejía

Fuente: 

Diario Perfil 8/5/2011

Informacion Adicional: 

Quién fue Adolf Hitler:

Máximo dirigente de la Alemania nazi (Braunau, Bohemia, 1889 – Berlín, 1945). Hijo de un aduanero austriaco, su infancia transcurrió en Linz y su juventud en Viena. La formación de Adolf Hitler fue escasa y autodidacta, pues apenas recibió educación. En Viena (1907-13) fracasó en su vocación de pintor, malvivió como vagabundo y vio crecer sus prejuicios racistas ante el espectáculo de una ciudad cosmopolita, cuya vitalidad intelectual y multicultural le era por completo incomprensible.

De esa época data su conversión al nacionalismo germánico y al antisemitismo. En 1913 Adolf Hitler huyó del Imperio Austro-Húngaro para no prestar servicio militar; se refugió en Múnich y se enroló en el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial (1914-18). La derrota le hizo pasar a la política, enarbolando un ideario de reacción nacionalista, marcado por el rechazo del nuevo régimen democrático de la República de Weimar, a cuyos políticos acusaba de haber traicionado a Alemania aceptando las humillantes condiciones de paz del Tratado de Versalles (1918).

De vuelta a Múnich, Hitler ingresó en un pequeño partido ultraderechista, del que pronto se convertiría en dirigente principal, rebautizándolo como Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP). Dicho partido se declaraba nacionalista, antisemita, anticomunista, antisocialista, antiliberal, antidemócrata, antipacifista y anticapitalista, aunque este último componente revolucionario de carácter social quedaría pronto en el olvido; este abigarrado conglomerado ideológico, fundamentalmente negativo, se alimentaba de los temores de las clases medias alemanas ante las incertidumbres del mundo moderno. Influenciado por el fascismo de Mussolini, este movimiento, adverso tanto a lo existente como a toda tendencia de progreso, representaba la respuesta reaccionaria a la crisis del Estado liberal que la guerra había acelerado.

Sin embargo, Hitler tardaría en hacer oír su propaganda. En 1923 fracasó en un primer intento de tomar el poder desde Múnich, apoyándose en las milicias armadas de Ludendorff («Putsch de la Cervecería»). Fue detenido, juzgado y encarcelado, aunque tan sólo pasó en la cárcel un año y medio, tiempo que aprovechó para plasmar sus estrafalarias ideas políticas en un libro que tituló Mi lucha y que diseñaba las grandes líneas de su actuación posterior.

De nuevo en libertad desde 1925, Hitler reconstituyó el NSDAP expulsando a los posibles rivales y se rodeó de un grupo de colaboradores fieles como Goering, Himmler y Goebbels. La profunda crisis económica desatada desde 1929 y las dificultades políticas de la República de Weimar le proporcionaron una audiencia creciente entre las legiones de parados y descontentos dispuestos a escuchar su propaganda demagógica, envuelta en una parafernalia de desfiles, banderas, himnos y uniformes.

Combinando hábilmente la lucha política legal con el uso ilegítimo de la violencia en las calles, los nacionalsocialistas o nazis fueron ganando peso electoral hasta que Hitler -que nunca había obtenido mayoría- se hizo confiar el gobierno por el presidente Hindenburg en 1933.

Desde la Cancillería, Hitler destruyó el régimen constitucional y lo sustituyó por una dictadura de partido único basada en su poder personal. El Tercer Reich así creado fue un régimen totalitario basado en un nacionalismo exacerbado y en un complejo de superioridad racial sin fundamento científico alguno (basado en estereotipos que contrastaban con la ridícula figura del propio Hitler).

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Tras la muerte de Hindenburg, Hitler se hizo nombrar Führer o «caudillo» de Alemania y se hizo prestar juramento por el ejército. La sangrienta represión contra los disidentes culminó en la purga de las propias filas nazis durante la «Noche de los Cuchillos Largos» (1934) y la instauración de un control policial total de la sociedad, mientras que la persecución contra los judíos, iniciada con las racistas Leyes de Núremberg (1935) y con el pogromo conocido como la «Noche de los Cristales Rotos» (1938) culminó con el exterminio sistemático de los judíos europeos a partir de 1939 (la «Solución Final»).

La política internacional de Hitler fue la clave de su prometida reconstitución de Alemania, basada en desviar la atención de los conflictos internos hacia una acción exterior agresiva. Se alineó con la dictadura fascista italiana, con la que intervino en auxilio de Franco en la Guerra Civil española (1936-39), ensayo general para la posterior contienda mundial; y completó sus alianzas con la incorporación del Japón en una alianza antisoviética (Pacto Antikomintern, 1936) hasta formar el Eje Berlín-Roma-Tokyo (1937).

Militarista convencido, Hitler empezó por rearmar al país para hacer respetar sus demandas por la fuerza (restauración del servicio militar obligatorio en 1935, remilitarización de Renania en 1936); con ello reactivó la industria alemana, redujo el paro y prácticamente superó la depresión económica que le había llevado al poder.

Luego, apoyándose en el ideal pangermanista, reclamó la unión de todos los territorios de habla alemana: primero se retiró de la Sociedad de Naciones, rechazando sus métodos de arbitraje pacífico (1933); luego forzó el asesinato de Dollfuss (1934) y el Anschluss o anexión de Austria (1938); a continuación invadió la región checa de los Sudetes y, tras engañar a la diplomacia occidental prometiendo no tener más ambiciones (Conferencia de Múnich, 1938), ocupó el resto de Checoslovaquia, la dividió en dos y la sometió a un protectorado; aún se permitió arrebatar a Lituania el territorio de Memel (1939).

Pero, cuando el conflicto en torno a la ciudad libre de Danzig le llevó a invadir Polonia, Francia y Gran Bretaña reaccionaron y estalló la Segunda Guerra Mundial (1939-45). Hitler había preparado sus fuerzas para esta gran confrontación, que según él habría de permitir la expansión de Alemania hasta lograr la hegemonía mundial (Protocolo Hossbach, 1937); en previsión del estallido bélico había reforzado su alianza con Italia (Pacto de Acero, 1939) y, sobre todo, había concluido un Pacto de no-agresión con la Unión Soviética (1939), acordando con Stalin el reparto de Polonia.

El moderno ejército que había preparado obtuvo brillantes victorias en todos los frentes durante los primeros años de la guerra, haciendo a Hitler dueño de casi toda Europa mediante una «guerra relámpago»: ocupó Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Francia, Yugoslavia, Grecia. (mientras que Italia, España, Hungría, Rumania, Bulgaria y Finlandia eran sus aliadas, y países como Suecia y Suiza declaraban una neutralidad benévola).

Sólo Gran Bretaña resistió el intento de invasión (batalla aérea de Inglaterra, 1940-41); pero la suerte de Hitler empezó a cambiar cuando lanzó la invasión de Rusia, respondiendo tanto al ideal anticomunista básico del nazismo como al proyecto de arrebatar a la «inferior» raza eslava del este el «espacio vital» que soñaba para engrandecer a Alemania (1941). A partir de la batalla de Stalingrado (1943), el curso de la guerra se invirtió y las fuerzas soviéticas comenzaron una contraofensiva que no se detendría hasta tomar Berlín en 1945; simultáneamente se reabrió el frente occidental con el aporte masivo en hombres y armas procedente de Estados Unidos (involucrados en la guerra desde 1941), que permitió el desembarco de Normandía (1944).

Derrotado y fracasados todos sus proyectos, Hitler vio cómo empezaban a abandonarle sus colaboradores y la propia Alemania era arrasada por los ejércitos aliados; en su limitada visión del mundo no había sitio para el compromiso o la rendición, de manera que arrastró a su país hasta la catástrofe y finalmente se suicidó en el búnker de la Cancillería de Berlín donde se había refugiado, después de haber sacudido al mundo con su sueño de hegemonía mundial de la «raza» alemana, que provocó una guerra total a escala planetaria y un genocidio sin precedentes en los campos de concentración.

Fuente: www.biografiasyvidas.com

 

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