Historias de los últimos días del genio

Mañana se cumplen 23 años de la muerte del hombre que ordenó flores frescas sobre la tumba de Gala, se despreocupaba del dinero, le gustaba leer pero no ver televisión, pedía sopa de ajo y se creía inmortal. 

La historia de Dalí es muy conocida. Admirador del arte renacentista, el más famoso de los surrealistas era «el gran tímido del mundo», según el irlandés Ian Gibson, brillante investigador de la historia de España (autor de biografías de Dalí, García Lorca y Machado), porque «su extraordinaria cortedad le provocaba buscar el exhibicionismo» como una forma de fuga o evasión. Lúcido hasta sus últimos momentos, me hubiera gustado conocerlo en todo su esplendor, con su locura andante y, en lo posible, en su casa catalana. Pero lo vi por única vez (como enviado de la agencia madrileña Kint International Press), postrado en una cama de la clínica Quirón de Barcelona, donde fue trasladado el 28 de noviembre de 1988, casi dos meses antes de su muerte acaecida el 23 de enero de 1989. Allí conocí a Francisco Vergés, íntimo de Dalí y de su esposa Gala Eluard desde 1963, y a quien realicé una entrevista exclusiva, que se publica ahora por primera vez. A la sazón, máximo responsable del museo Dalí, secretario general del Patronato de la Fundación Gala-Dalí, y patrono vitalicio desde su creación en 1983, lo abordé sobre el último mes de Dalí. Son aspectos de su vida al final de sus días, de donde surgen estas diez miradas sobre el célebre artista.

Decálogo del último Dalí

Eterna musa: se acordaba constantemente de Gala. Nunca se ha dejado de cumplir la orden que él mismo dio al mayordomo, Arturo Caminada, después de que falleciera la señora, de mandarle un ramo de flores con una frecuencia que permitiera que estén frescas siempre. Claveles, gladiolos, flores que le gustaban a ella. Cuando yo le digo que tenía siempre presente a la señora es que la tenía presente en forma viva, como si aún estuviera en la Tierra. (N.de la R.: su esposa había muerto siete años antes, en 1982).

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Antojos: Entre sus «caprichos», pocos días antes de su última internación, había pedido sopa de ajo. Aunque se alimentaba por sonda, pero ya lo hacía con una naturalidad total.

Fiestas: su última Navidad la pasó en Torre Galatea (residencia del artista) con el señor Pitxot (Antonio Pitxot i Soler, amigo y colaborador del artista), el alcalde de Figueres y yo. Brindó, como solía hacer él: metiendo el dedo en su copa de champán y luego se lo chupaba. Su máximo empeño para el «89 era terminar sus poemas «La teoría de las guirnaldas» y «La estación de Perpignan».

Relación con sus colaboradores: a pesar de tanto que se habló sobre la lealtad de su equipo de trabajo, nunca desconfió de sus colaboradores, pues el señor Pitxot que era un íntimo amigo suyo, lo mismo que el secretario, señor Descharmes (Robert Descharmes, secretario privado), que está en París, son excelentes personas y él lo sabía mejor que nadie. Lo mismo su abogado en Madrid, el señor Miguel Doménech.

Las jornadas: acostumbraba a levantarse a las 11 de la mañana. Desayunaba y luego se sentaba en una butaca para pasar después a la sesión del fisioterapeuta Juan Prats que le hacía masajes. A las dos comía y hacía una siesta hasta las 5 de la tarde. Posteriormente pedía que le leyeran los diarios: «ABC», «La Vanguardia», «El Periódico de Barcelona», «Le Figaró» y «París Match». Solía querer que le pusieran algún disco, como «Noche de ronda», «Tristán e Isolda» de Wagner, y otras canciones que le tocaban mucho en el «Maxim’s» de París. Es que él vivía de muchos recuerdos y le hacía muy bien eso.

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Lecturas: en sus últimos tiempos le gustó mucho la obra y la personalidad de Stephen Hawking, el mayor genio de la física teórica después de Einstein, cuyo libro «Historia del tiempo», estaba leyendo.

Entretenimientos: ¿Si veía televisión? No. Supongo que usted me lo pregunta porque en la Clínica de Barcelona la última vez vio televisión. Pero no era habitual cuando estaba aquí. En más de 25 años de mi relación con el matrimonio Dalí en Port Lligat (pueblo de Cadaqués, Gerona, España), puedo decirle que tenían un televisor en la cocina para las personas auxiliares, pero el señor Dalí y la señora no veían nunca. Ella siempre decía que prefería ocupar el tiempo en algo útil.

Promesa al Rey: sentía mucho cariño por los reyes de España a quienes conocía desde muy jóvenes. Para él tuvo un gran valor la última visita que le hizo don Juan Carlos en la Clínica de Barcelona… Porque si el rey no lo hubiera visitado, el señor Dalí se hubiera llevado un gran disgusto. Fue, como usted sabe, cuando le prometió que volvería a pintar. El día que regresó a Figueres, después del penúltimo ingreso a la Clínica, mandó a su mayordomo y a su buen amigo Pitxot a que le prepararan los pinceles con pintura. Esbozó un pequeño dibujo que luego definió y así cumplió.

Dinero y falsificaciones: el señor Dalí nunca habló de dinero ni se preocupó por él. Yo creo que no conoció el valor del dinero porque todas las cuestiones financieras las había llevado siempre Gala. Tampoco seguía las noticias sobre falsificaciones de su obra. Cuando se enteraba, llegaba a decir «mire, lo mejor sería que nos pusiéramos de acuerdo con los falsificadores… y así eliminaríamos este asunto…» y se reía. Fue un hombre que trabajó muchísimo, que logró una fortuna en cuadros.

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Inmortalidad: su naturaleza era a prueba de bomba y eso le permitía salir pronto de todos los problemas. Pero nunca mencionaba la muerte. Nunca. Siempre repetía: «soy inmortal». Eso sí, tenía claro que cuando la muerte llegara, nadie lo podría impedir. Confiaba en la Providencia y ya está.

Fuente: Entrevista realizada por el autor de esta nota al Sr. Francisco Vergés, ex director del museo Dalí y ex secretario general del Patronato de la Fundación Gala-Dalí.

por Luis Eduardo Meglioli 
 

Fuente: 

Diario de Cuyo 22/1/2012

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