Historia turbulenta

A mediados de los 60 nace una legendaria generación de periodistas, que cubrirá los momentos más dramáticos de la historia nacional: el Cordobazo, el asesinato de Aramburu, la guerrilla de los 70, la vuelta de Perón, la dictadura y la democracia recuperada en 1983. Daniel Muchnik, un protagonista, rememora cómo era ser periodista en aquellos años. Un fragmento sobre La Opinión y su trabajo en los días previos al golpe de 1976.

El 1° de julio de 1975 Heriberto Kahn, nueva estrella en la sección Política de La Opinión, se lució y con todos los honores. Describió una reunión de gabinete que el diario publicó sin corte alguno donde detallaba cómo López Rega, nombrado titular de una supersecretaría que controlaba a todos, perseguía a otro ministro, alrededor de una enorme mesa, con clara intención de pegarle. Ese día y los siguientes, La Opinión duplicó sus ventas, que venían alicaídas.  Llegó a colocar en ese corto período casi 120 mil ejemplares. ¿Cómo había obtenido ese precioso dato, que expuso con detalles impresionantes, como si hubiera sido uno de los asistentes de aquel encuentro de ciencia ficción? Ya estábamos en las nuevas instalaciones del diario, en la avenida Vélez Sarsfield al sur. Un proyecto del estudio Kocourek, de un arquitecto conocido que estaba de moda. En ese para nosotros enorme edificio, donde se instaló la impresora, la redacción disponía de una nueva distribución geográfica. Los redactores ocupaban en escritorios individuales todo el gran espacio, y frente a ellos nos sentábamos los secretarios y jefes de Redacción, todos con los escritorios unidos, de tal manera que podíamos ver a todos y todos podían vernos a nosotros. No existían las famosas “peceras”, salvo para atender a visitantes. Los secretarios sabíamos en qué cuestión estaba sumergido el que se sentaba cerca nuestro. Mi escritorio lindaba, por un lado, con el de Ramiro de Casasbellas y, por el otro, con el de Oscar Ruiz, el jefe de Noticias, que informaba permanentemente sobre las novedades de último momento. No se parecía, pero ese amontonamiento guardaba un parecido con las redacciones de los diarios de comienzos de siglo XX. En un costado se situaba el Archivo, donde hizo sus primeras letras, a los 19 años, Pablo Mendelevich, más tarde un periodista de talento y director de la carrera de Periodismo en la Universidad de Palermo. A la derecha, una pared de vidrio grueso y opaco nos separaba de la calle. Por eso, cada vez que el diario recibía amenazas de bomba, que podían ser ciertas o poco probables, nos quedábamos en el piso unos pocos temerarios, mirábamos a esa pared, que podría haber sido derribada fácilmente por una explosión, astillándonos los cuerpos. Una custodia privada cuidaba o decía que resguardaba las instalaciones. Para nosotros no se trataba de ninguna garantía. La entrada del personal estaba a una cuadra, paralela a Vélez Sarsfield, en una esquina, una zona especialmente oscura, en un barrio de cuidado. Mi mujer iba a buscarme en automóvil algunas noches. Otras veces, compañeros motorizados me acercaban al centro. Nos cuidábamos entre todos, como si fuéramos una tripulación que convivía en un tanque de guerra. Es así como con varios nos hermanamos como lo hacen los combatientes de un pelotón en una guerra, los que soportaron los mismos riesgos y los mismos temores. (…) Timerman, como un general en batalla, solía decirnos que el diario se había embanderado al antifascismo y que hacíamos frente a un sector amplio del gobierno, y a revistas y publicaciones que amparaba el ministro de Bienestar Social. Varios periodistas se fueron. Cuando llegábamos al diario poco después del almuerzo, en cada uno de nuestros escritorios había anotaciones de Timerman en papelitos de distintos colores, abrochados a notas de cada una de las secciones. Las calificaciones de “basura” o “esto es una mierda” figuraban en papelitos amarillos, entre las más suaves. El director siempre tenía objeciones a granel. Pocos, muy pocos reconocimientos. Fanor Díaz, que estaba a cargo de Política Nacional, las empezó a llamar “la sevicia nuestra de cada día”. Los cuestionamientos de Timerman eran lapidarios e imposibles de responder, y no lo hubiera permitido. ¿Lo hacía para que aprendiéramos en una profesión donde se suele aprender todos los días? ¿Era una manera de ser? ¿O acaso había una intencionalidad de denigrarnos? Quiero decir que empezábamos cada jornada con el sambenito de observaciones, críticas y advertencias. Mal inicio, sin duda, y alterador de ánimos. Es muy complejo padecer tensiones desde un comienzo. Pero ése era Timerman, el comandante de un regimiento, con un carácter de los mil demonios. (…) López Rega ya se había granjeado dos enemigos peligrosos, las Fuerzas Armadas y los sindicatos. Heriberto Kahn, de 29 años, era un petiso flacucho y con las orejas paradas como se ve a Kafka en las fotos, con mirada penetrante pero al mismo tiempo tímida, siempre equilibrado, desconocedor de la ansiedad y con una sonrisa que le agrandaba el rostro. A diferencia de todos nosotros, no lo dominaban los cierres taquicárdicos. Llegaba tarde al diario, casi a última hora del día, minutos donde se decidía la tapa y la contratapa. Heriberto, quien había ingresado a comienzos de ese año y casi no traía consigo pasado profesional, siempre acostumbraba a azorarnos con primicias absolutas y muy chequeadas. Disponía de excelentes fuentes de información, en los partidos políticos y en las Fuerzas Armadas. Uno de sus principales confidentes fue el jefe de la Marina, el almirante Emilio Massera, y del mismo modo también lo fueron los más altos oficiales del Ejército, todos los que odiaban a López Rega que manejaba en un puño a una Isabel Perón enferma, conflictuada y atrapada en su gran ineptitud. López Rega hizo todo lo necesario para crear la tensión de los gremialistas con su persona. Colocó y sostuvo a Celestino Rodrigo hasta el último momento. Organizó la operación de rescate del cadáver de Evita, pero lo consideró un mérito propio y excluyó a la CGT del retorno de aquel cajón que estaba en la casona de Perón en Puerta de Hierro, en Madrid, después de haber sido rescatado de un cementerio italiano, donde fue anotada como desconocida, NN. Desde su supersecretaría de privilegio, López Rega procuró obtener todos los resortes para imponer la seguridad en el país, por encima de los militares, justo en momentos en que se iniciaba la intervención de las Fuerzas Armadas en el Operativo Independencia, en Tucumán, con la consigna de combatir a la guerrilla rural del ERP. Eso despertó roces de todo tipo. El Ejército ya tenía pruebas que demostraban la jefatura de López Rega de la Triple A. El gobierno ya estaba en estado de parálisis y autismo. El secreto sobre los informantes de Heriberto era compartido por Timerman y Jara. Sin dudar, intuíamos que Massera o el canciller Alberto Vignes, adscriptos al Comando en Jefe del Ejército, fueron los que comentaron, mezcla de asombro e intriga, aquella desopilante carrera de López Rega alrededor de la amplia mesa de reuniones. Hoy creo que no nos equivocamos. Timerman frecuentaba, del mismo modo, las mismas oficinas que frecuentaba Kahn. Mantenía encuentros con Massera, con el Ejército y, en tren de relaciones y protección, visitaba la Embajada de los Estados Unidos. Cuando Heriberto murió a fines de 1976, año del golpe, arrasado por un cáncer, Massera bregó para que se editara su último aporte, el libro Doy fe. Creíamos entonces, ingenuamente, como lo sostenía la prensa de izquierda y los intelectuales de derecha, como lo entendían los partidos políticos y nuestros lectores, que los militares se dividían en “buenos” y “malos”. Los primeros, aparentemente (porque eso no figura en ningún documento donde conste), pretendían el orden pero sin muertos ni represalias. Los “malos” juzgaban que el “peligro rojo” estaba decidido a conquistar el poder político y la única respuesta era la persecución, su exterminio. (…) Ninguna sección del diario estaba exenta de peripecias. En Economía explicábamos el creciente deterioro de la clase media y la clase obrera, sofocadas por la inflación. Escritores como Rodolfo Rabanal y Enrique Raab daban cuenta de cómo se podía sobrevivir. Eduardo Paredes, Pablo Giussani y José Ignacio López eran otros puntales en Política, Horacio Chaves Paz, muy ingenioso, participaba conmigo en la coordinación de toda la información económica. Sergio Cerón, quien fuera mi jefe en Panorama y en Télam, fue destinado a Casa de Gobierno. Roberto García se ocupaba de Gremiales, Osiris Troiani detallaba la política internacional como una partida de ajedrez jugada en un domicilio particular. Jorge Llistosella se especializaba en crónicas. Leopoldo Moreau, uno de los respetados de la Juventud Radical, colaboraba en distintas notas, aunque su parecer no pesaba demasiado. Dante Panzeri aportaba un lujoso agnosticismo sobre el mundo de los deportes y del fútbol en especial; nadie igualaba su ojo crítico y veraz. Participó en los años sesenta en la guerra sobre la concepción del fútbol, si debía ser un deporte llevado adelante con disciplina o bien una exaltación de la libertad creativa de los jugadores. En ese período de su vida, el de La Opinión, Panzeri publicó su libro Burguesía y gangsterismo en el deporte, donde se lució con su escritura y su negatividad frente a la globalización del fútbol. Casi al finalizar el segundo semestre de 1975, cuando ya estábamos instalados en el edificio propio y nuevo, Timerman decidió publicar otro diario porteño: decía que la máquina impresora podía dar abasto a otros tirajes. Nombró a Héctor, su segundo hijo, de 21 años, como director –quien treinta y pico de años después ejerció como canciller en el gobierno de Cristina F. de Kirchner– y como factótum ubicó a Luis Clur. Llamó al diario La Tarde, basado en información “pura” y no en interpretación de los hechos, con títulos grandes y llamativos en la tapa. Pretendió hacer un diario masivo, noticioso, que pudiera competir con Crónica de Héctor García y Diario Popular, creado por el periodista platense David Kraiselburd, asesinado por Montoneros –se afirma– en junio de 1974. De La Tarde, experiencia de la que hoy Héctor Timerman está arrepentido, recuerdo un episodio muy gracioso, teniendo en cuenta los principales protagonistas. Un día el boxeador Oscar “Ringo” Bonavena fue invitado a visitar la redacción de La Tarde. Extrañado al observar que los viejos periodistas deportivos escuchaban respetuosamente los comentarios del mozalbete y asentían sus opiniones superficiales, Bonavena le preguntó sin demasiado protocolo: “¿Y vos quién sos?”. El hombre joven contestó: “Soy Héctor Timerman”. Bonavena no dudó en responderle, con esa humorada de barrio que lo caracteriza: “Ah, entiendo, con razón sos el director”. Paralelamente Jacobo Timerman se decidió por crear una revista que resumía los principales artículos de la semana y una editorial de libros. Nos sentimos defraudados con la revista, Timerman no nos pagaba extra por las notas allí reproducidas; una injusticia. Eso no fue todo lo que emprendió, también hizo sondeos para sacar un diario en Nueva York (The New York Opinion) impulsado por Graiver, quien ya estaba instalado en Manhattan y buscaba contactos políticos y ciertas autorizaciones en distintos niveles. La sección Libros editó un trabajo muy interesante, que firmó Mario Diament: “Diálogos con un judío”, una extensa entrevista con el pensador Máximo Yagupsky. Todos estos proyectos se derrumbarían con la muerte de David Graiver, el 6 de agosto de 1976, a los 35 años de edad. La realidad cotidiana en el país agobiaba. Entre marzo de 1975 y marzo de 1976 la inflación escaló al 566%. Se multiplicó el desempleo y el déficit fiscal. Las cuentas del Estado no cerraban. Después de la partida de López Rega, Isabel Perón entró en depresiones permanentes y no se conocía a nadie que realmente cubriera el vacío en el que había entrado el gobierno. Los empresarios se agruparon en lo que dieron en llamar Asamblea Permanente de Entidades Gremiales Empresarias (Apege), que reunió a ex dirigentes de la Unión Industrial, representantes de entidades desarrollistas, la Cámara de Comercio y la Sociedad Rural, para hacerles frente a los “despojos” dejados por la CGE oficialista, la “prepotencia sindical” y la “impotencia oficial”. A todo ello se sumaban las matanzas desde la extrema derecha y desde la izquierda. La violencia, por momentos, nos paralizaba, no nos permitía reflexionar en paz. El golpe de Estado que se estaba organizando se convirtió, día a día, en el tema de las reuniones de secretarios de redacción. Rumores, versiones, cartas de lectores, protesta del agro, quejas de los empresarios, la desvalorización de la moneda, el quebranto creciente en los medios de transporte (en especial el ferrocarril), el mayor valor de los insumos importados que creaba más inflación, una clase media “partida por la mitad” –como diría Mafalda– a partir del Rodrigazo, sofocada mes a mes por el aumento en los servicios. El país expuesto a la desnacionalización de sus empresas preanunciaba un descenso acelerado en el tobogán de la historia. La política había dejado de ser un lugar de diálogo y convivencia. Oficialistas y críticos no se escuchaban; una enfermedad ya reiterada en la Argentina. La clase media, la misma que vitoreó a Perón en su regreso e insultó a los militares que se iban en 1973 (“Se van, se van y nunca volverán”), se aferró a la esperanza de un cambio drástico. Les dio vía libre a los militares para el golpe. La Opinión, como otras publicaciones, se plegó a la onda golpista. La guerrilla vivía, por su lado, enroscada en sus intenciones: a comienzos de 1976 se calculaban en 600 las víctimas de sus operaciones. El golpe llegó. Al borde del mediodía del miércoles 24 de marzo de 1976 asumió la Junta de Comandantes. 47 años de constante imprevisibilidad Escribir este libro no me resultó nada fácil. Durante más de un año, después de coordinar entregas con la editorial, no pude escribir una sola línea. No encontraba la expresión, el verbo sensato, el equilibrio. Creo que debe ocurrirles a todos aquellos que redactan memorias, recuerdos muy íntimamente guardados. Hay historias borrosas, hay pudor, nadie es dueño de la verdad definitiva sobre todo lo que hemos dejado atrás. Aquel periodismo tuvo un propósito: a la crisis del oficio por distintos motivos (la competencia de internet, las dificultades financieras, la pérdida de lectores) venía a sumarse la constante agresión desde el gobierno kirchnerista contra nosotros, y contra los medios donde ejercíamos. Teníamos que testimoniarlo. Surgía, casi como una obligación, trazar un balance de todo lo que hicimos hasta ahora, de nuestra identidad. Y así le abrí las puertas al testimonio acerca de un país desgarrado por la violencia, la frustración, las vagas ensoñaciones, la constante imprevisibilidad. Una historia de 47 años. por Daniel Muchnik Fuente: 

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 Diario Perfil 2/12/2012

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